32 #2
–Ah, por fin oigo el sonido de la tuya –dice, satisfecha–.
Que es muy bonita, por cierto. Para responder a tu pregunta: no, no suele ocurrir.
En veinte años, he aprendido la lección, ¿sabes?
Sé obedecer para pasar desapercibida a ojos de la madre superiora.
Ya no hablo más que cuando una recién llegada me suscita interés y puede traer noticias de la corte y el mundo, más allá de los ecos poco habituales que nos llegan aquí, que conseguimos cuando una de nosotras se encarga de limpiar los aposentos de la madre superiora mientras esta ve algún programa.
Deja escapar una pequeña carcajada ahogada que retumba entre las paredes del pasillo.
–Y sé bien que entre lo que se emite y lo que sucede en realidad hay un mundo –comenta, burlona–.
La hermana Élisabeth escuchó tu breve discurso una mañana mientras limpiaba el suelo de la vieja bruja.
Fíjate, en menos de media hora, ya sabía todo el convento que venías para acá.
Imagino que fue el duque de Lorena quien te obligó a retirarte.
Pero ¿cómo lo hizo? ¿Tiene material comprometedor sobre ti? ¿O amenazó a alguien cercano?
La voz de la regente se ha vuelto cortante, por lo que entiendo que ambas tenemos un enemigo en común. El odio que noto bullir ante estas últimas preguntas me empuja a responderle:
–Mató... Mató a mi padre ante mis propios ojos. Luego, apuntó con la pistola a mi dama de compañía.
Entonces, no logro retener las palabras, que se me escapan como un río desbordado. Se lo cuento todo, excepto mi papel como espía para Leclerc.
–Ah, ¡qué desgracia! –exclama cuando le menciono que puse al corriente a Ambre de la caída inminente del duque–.
Nunca, nunca se le debe contar a nadie un golpe futuro.
Lo aprendí a las malas al principio de mi reinado, pero tenía una posición más estable que la tuya y me pude recuperar.
En la caza, no podemos anunciarle nuestra presencia a la presa.
Suspira con fuerza.
–Déjame adivinar. ¿A esa desvergonzada se le fue la lengua?
–Peor que eso. Me traicionó.
Continúo mi relato, que salpico con maldiciones cada vez que nombro al duque o a De Kerdoncuff.
–¿Sabes? Tengo una deuda inmensa contigo por haber protegido a mi bisnieto antes de nacer –responde con voz dulce cuando termino.
–No me debe nada. Actué para salvar a mi amiga. Temo haberlos puesto a ella y al bebé en una posición horrible, ya que ahora están en manos del duque.
–Yo también lo pienso –musita la antigua regente con un suspiro–. El duque seguirá los pasos de mi hijo y ahogará un poco más al país.
Un sonido procedente del piso superior la empuja a callarse de inmediato. El miedo me mantiene más en silencio que mi voto. ¿Qué me harán si me descubren hablando de nuevo? Mis condiciones de aislamiento ya son bastante inhumanas.
–El duque fue uno de los cortesanos que pusieron a mi hijo en mi contra, ¿sabes? El pequeño Luis tenía siete años cuando su padre murió por una enfermedad genética.
Contengo una exclamación. Siempre había creído que Luis XX había muerto de tuberculosis. Entonces, ¿los hijos de Luis XXI no fueron los primeros en sufrir esa enfermedad?
–El duque formaba parte de su séquito –continúa–.
Descubrí demasiado tarde que todas mis reformas eran, según sus palabras, un crimen de lesa majestad, una puñalada contra la soberanía.
Poco a poco, hizo que mi hijo no se fiara de mí.
Cuando Luis me apartó al regresar de la guerra de México, el joven cariñoso y filántropo que crie había desaparecido.
Encerró a su madre, exilió a su propio hermano por exigir mi liberación y asesinó a toda su familia.
¡A su propio hermano! ¡Y a sus dos sobrinos y cuñadas!
¿Y qué haría con su hijo para que se divirtiera asesinando a mujeres?
Dadas la amargura y la tristeza que se reflejan en su voz, entiendo que no soy la única que permanece aquí encerrada con sus remordimientos y su sentimiento de culpa. No sé cómo esta anciana dama puede haber sobrevivido a tantas desgracias.
–El duque de Lorena era joven en esa época en la que conspiraba con mi hijo contra mí –continúa–.
Aunque se considera a Luis el responsable de todo eso, sé, en el fondo de mi corazón, que el duque tuvo un papel determinante no solo dándome la espalda, sino también corrompiéndolo.
Tienes razón: si mi bisnieto está bajo la autoridad de ese hombre, está en grave peligro, igual que su madre.
Una descarga de rabia me consume al imaginarme a Solange y a su pequeño bajo las órdenes de ese monstruo.
–¿Qué puedo hacer? –le pregunto–. Debo huir, ir en su ayuda. Seguro que conoce la manera de salir de aquí.
–Si escaparas, ¿cómo protegerías a tu dama de compañía y a su hijo? No te dejarán acercarte a palacio.
Permanezco en silencio un momento. He gastado tanta energía tratando de mantenerme cuerda en esta celda, intentando convencer a la madre superiora de mi sumisión para salir de ella, que no he pensado en mis opciones si consiguiera huir.
–Todo dependería de lo que F...
Pero me callo enseguida. Ya cometí el error de revelarle mis planes a Ambre, y mira dónde he acabado. No puedo arriesgarme de nuevo cuando, en el subconsciente, acaba de germinar una posible solución.
–Ah, aprendes rápido –dice la regente Cristina, satisfecha–. Si te callas, quiere decir que tienes una idea.
Deja escapar una suave carcajada.
–¿Sabes? En cierto sentido, me alegra que nos hayamos conocido, aunque me hubiera gustado que no fuera así. Seguí tu corto reinado con entusiasmo. Una mujer que intentaba rehacer lo que mi hijo había deshecho. Es una pena que recurrieras a los comunicados y los programas como él. Sin eso...
Chasquea la lengua.
–Señora, soy consciente de mi error –admito–. Pero me cuesta ver cómo podría haber procedido de otra manera. Se lo suplico, deme alguna solución. ¿Cómo habría reparado los estragos causados por su hijo?
En ese momento, un suave chirrido flota hasta nosotras desde la planta superior.
Me callo, pero es demasiado tarde: unos pasos descienden a toda prisa.
Me alejo de la puerta y corro a refugiarme en una esquina de la cama de piedra.
En cuanto me hago un ovillo, la puerta se abre de golpe y aparece la madre superiora.