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L a brusca luminosidad repentina me ciega .
Debo pest añear varias veces para ver qué está pasando: la madre superiora entra en la sala y me contempla de arriba abajo, satisfecha.
Me incorporo a duras penas. Los moratones que me provocó ayer ahora están acompañados por las contracturas de haber dormido en una posición extraña.
Noto la boca tan seca que casi me duele.
–Este sitio es perfecto para ti –dice, paseando la mirada por la celda, que puedo contemplar en detalle por primera vez–. Bueno, ¿ha valido la pena romper tu voto?
Ante su tono provocativo, que rezuma desprecio, intuyo que espera que desobedezca o me rebele.
Ya puedo imaginarme el retrato de adolescente caprichosa y revoltosa que debe haberle dibujado el duque.
Enseguida tengo la certeza de que estoy aquí porque ha recibido la orden de hacer que me desmorone.
Quizá ni siquiera me vio hablar en la cena y tenía pensado encerrarme de todas maneras.
No obstante, no es la primera vez que lo pierdo todo y debo fingir que me someto a una autoridad injusta y perversa.
Las condiciones de vida en casa de los señores de Kerdoncuff no eran tan duras como estas, pero me reafirmo en mi resolución.
Cederé para no romperme, como el junco de la fábula. Niego con la cabeza.
–¿De verdad estás lista para reconocer tus errores? ¿Para cumplir tu penitencia? ¿Para respetar los votos?
Asiento ante cada pregunta. Y, con cada respuesta, la sonrisa de la madre superiora se desvanece un poco más de su rostro.
–¡Qué insolencia! –exclama–. En tus ojos veo que no estás siendo sincera.
Sin previo aviso, se lanza sobre mí y comienza a golpearme con fuerza, de forma tan violenta que chillo de dolor.
–Te voy a enseñar a someterte –jadea sin aliento.
Sale de la habitación antes de volver con un trozo de pan seco y una jarra de agua. Vierte su contenido por el suelo.
–Si tienes sed, necesitarás arreglártelas para beber. –Deja escapar una suave carcajada–. Hasta mañana. O hasta dentro de unos días.
Cierra la puerta de nuevo, dejándome a solas en la oscuridad.
Enseguida me lanzo al suelo y me mojo los labios con el charco para tratar de absorberlo.
Con los dedos, logro encontrar el cuscurro de pan y lo paso por el líquido que cubre el suelo tanto para ablandarlo como para absorber el agua.
Su sabor es nauseabundo, pero espero poder retenerlo en el estómago.
Al cabo de largos minutos, en la piedra ya no queda más que una fina película húmeda.
Vuelvo a ocupar la esquina de mi cama de piedra, aún templada por el calor de mi cuerpo.
Tras esta nueva agresión, tras esta nueva humillación, me siento más decidida que nunca a salir de aquí.
Primero, de esta celda. Luego, del convento.
Centro la mirada en la línea amarilla bajo la puerta.
¿Qué hora es? ¿Por la mañana? ¿Mediodía?
¿O es plena noche? Inspiro hondo. La pérdida de las referencias temporales quizá sea otro factor del castigo que me están infligiendo.
Como acto reflejo, muevo los dedos. Noto débil el meñique roto por haberlo mantenido inmóvil.
Lo levanto y lo bajo. Debía comenzar la rehabilitación la semana que viene.
Nada me impide hacerla yo sola. Abro y cierro la mano.
Me la masajeo. Entonces, sin poder soportarlo más, bajo del catre y, de rodillas sobre el suelo, coloco los dedos en la losa de piedra como si fuera un piano.
Comienzo con una serie de ejercicios los que hacía todas las mañanas en la época en la que estudiaba en el convento Saint-Augustine.
Al cabo de un rato, me parece oír la música, como si estuviera posando el dedo con un ligero retardo.
Empiezo desde el principio. Después, me lo masajeo una vez más.
A continuación, toco a Scarlatti, la sonata K.
262 . No sé cuántas veces la interpreto.
¿Cincuenta, quizá? Cuando siento sensible el dedo, continúo solo con la mano derecha.
Prosigo con el ejercicio hasta que el frío me deja los dedos torpes y me sobreviene el cansancio.
Luego, me subo a la cama para hacerme un ovillo, castañeteando los dientes, a la espera de que el sueño acuda a mí.
Al despertarme de nuevo, estoy helada hasta los huesos.
Me acurruco aún más, pero no logro calentarme.
Me duele todo el cuerpo. ¿Qué hora será?
¿Seguirá siendo de día? Me castañetean los dientes, tengo hambre y sed...
, pero el sufrimiento físico no es tan grave como el arrepentimiento que me sigue carcomiendo.
Mi padre ha muerto. ¿Qué habrán hecho con su cuerpo?
Sin duda, no habrán revelado su fallecimiento porque habría puesto en peligro la narrativa creada por Ambre.
¿Lo habrán escondido en una fosa común? ¿O no se habrán arriesgado y lo habrán lanzado al crematorio?
Se me forma un nudo en la garganta ante este pensamiento macabro.
No, no debo llorar. Ya no me queda agua y me siento bastante deshidratada.
Intento levantarme para moverme un poco y calentarme, pero tiemblo demasiado.
Quizá sea de noche, porque hace mucho frío.
Me esfuerzo por pensar en la vida de después.
Veo el palacio, a Solange y a los niños jugando en el jardín, preparándose para bajar a la playa.
Agnès está en la cocina, inclinada sobre un grueso tomo de Derecho.
Félix... Me permito por un instante imaginármelo al piano, a mi lado, como hemos hecho todas las noches durante los últimos meses.
Toco la Passacaglia de Händel-Halvorsen y la melodía solo se apaga cuando me quedo dormida.
–Eh, bueno, hermana Pétronille, ya sabes lo que hay que hacer. Desnúdate.
La voz de la hermana Ludivine me saca del duermevela.
Han pasado diez días, a juzgar por el número de veces que han venido a alimentarme con un cuscurro de pan y una jarra que han vertido, de forma sistemática, en el suelo.
Diez días en los que, con cada aparición de la madre superiora, he sufrido sus golpes porque ninguna demostración de sumisión parece convencerla para dejarme en paz.
Diez días en los que me he refugiado en la música y los recuerdos para no volverme loca.
Diez días en los que no me he podido duchar ni lavar los dientes.
Me pica la piel, noto el aliento fétido, tengo hambre y sed y el cubo está lleno de inmundicias porque solo me lo han vaciado una vez. Todo me recuerda lo bajo que he caído.
Desciendo a duras penas de la cama de piedra y pego la oreja a la puerta. Percibo el roce de telas. La hermana Ludivine ha traído a alguien nuevo.
–Venga, a tu celda.
Espero que se abra una puerta lejana, pero, en lugar de eso, los pasos se acercan y se oye el chirrido de los goznes de la celda a mi lado.
–Disfruta.
El pestillo se cierra con un golpe y el repiqueteo de las sandalias sobre la piedra se aleja.
Vuelve a hacerse el silencio, opresivo. No me atrevo a refugiarme enseguida en las notas.
¿Hablará la recién llegada? ¿Tendré algo de compañía?
La hermana Flavie, que estaba encerrada conmigo al principio de mi aislamiento, no pronunció ni una palabra.
Por miedo, quizá, a que prolongaran su sentencia.
Cuando los esbirros de la madre superiora vinieron a buscarla, tuvieron que ayudarla a salir de la celda porque no le sostenían las piernas.
Entendí que se había pasado cuatro días sin comer.
Todo por un simple cucharón de gachas extra.
¿Quién es esta hermana Pétronille? ¿Qué habrá hecho?
–Hola, majestad –dice de repente una voz temblorosa, pero firme.
Permanezco en silencio. ¿Será una trampa? ¿Y si la madre superiora ha enviado a una de sus favoritas para tentarme y así prolongar el castigo?
–Ah, ya veo que eres inteligente. No hace ni una semana que estás aquí y ya desconfías de las hermanas e imaginas las estratagemas que podrían poner en marcha para obligarte a incumplir una vez más tus votos. Muy bien, no esperaba menos de ti.
Aprieto los labios. Esa también puede ser una manera de engatusarme, de empujarme a confiar en ella para que cometa un error. ¿Una semana, ha dicho? ¿Hasta qué punto he perdido la noción del tiempo? ¿O está intentando confundirme aún más?
–Ah, sigues en silencio. No te preocupes. A mí también me obligaron a pronunciar ese voto.
Levanto la cabeza.
–Adivinas quién soy, ¿verdad? Si estás demasiado asustada o herida (¿sabes?, he sufrido bastantes golpes como para que la perspectiva de uno más me paralice de miedo), por favor, golpea la puerta una vez para decir que sí y dos para decir que no.
De inmediato, doy un golpe con los nudillos. Uno solo. Sé quién se encuentra a mi lado: la regente Cristina.
–Bueno, vaya dos. Las regentes de Francia de los últimos tiempos, encerradas por conservadores con sed de poder. Porque asumo que fueron las intrigas de este bando las que te han traído hasta aquí, ¿no?
Respondo con otro golpe.
–Vaya, veo que las cosas no han cambiado. Perdón por no haber venido a visitarte antes. Contaba con que volvieras a la superficie para hablar contigo durante alguna de las tareas, pero la madre superiora ha decidido prolongar tu estancia.
Deja escapar un suspiro audible.
–No te preocupes. Esta mañana no está. Si no, no me habría arriesgado a decir una palabra delante de la hermana Ludivine.
Esa vieja bruja me habría colocado en una celda lejos de la tuya para evitar que habláramos.
Pero la hermana Ludivine es un poco tonta (es un eufemismo, claro) y me ha metido en la celda de siempre.
Ponerme lejos tampoco me habría impedido hablar contigo, pero habría dificultado la situación.
Tras veinte años de silencio, me cuesta gritar y debo confesar que me sorprende el sonido de mi propia voz cuando me atrevo a romper el voto.
–¿Ocurre a menudo? –pruebo a decir.