31 #2
–Madre –interviene madame de Vogüe–, es culpa mía. He insistido, y como la hermana Cécile tiene buen corazón...
–¡Silencio, hermana Monique! O acabarás tú también en aislamiento para recordar tu voto de obediencia. Hermana Ludivine, hermana Brune, conducid a la hermana Cécile a la planta baja.
Se acerca a mi rostro, tanto que huelo la ternera bourguignon en su aliento.
–Te quedarás allí hasta que hayas aprendido la lección.
Se aleja y, sin más contemplaciones, las dos religiosas me cogen cada una de un brazo y me alejan de mi comida.
No me resisto ni protesto. Así solo conseguiría empeorar la situación, y no tengo ganas de descubrir si esta amenaza de coserme la boca es un farol o la promesa del sufrimiento que me puede infligir esa horrible monja. Salimos al pasillo.
–¿A quién se le ocurre hablar, hermana Cécile? –escupe la hermana Ludivine.
–Es cierto. Ahora tendremos que tomarnos la comida fría. No sientes ningún respeto por nosotras, aunque te hayamos lavado, vestido y alimentado hoy.
Me trago la bilis que me sube por la garganta.
Como si hubieran oído las quejas que guardo en mi interior, me agarran con más fuerza hasta hacerme daño.
Tras haber recorrido dos pasillos, la hermana Ludivine se detiene ante un enorme tapiz antiguo.
Lo levanta y tras él aparece una puerta que, al abrirla, da paso a la oscuridad.
Se enciende una bombilla que ilumina algunos escalones de piedra.
Un fuerte olor a excrementos que poco tiene que envidiar al primer pasillo de la Bastilla se me cuela por la garganta.
El corazón me late de forma violenta al pensar en lo que significa: la ausencia de un aseo o un baño.
Descendemos con cautela y el aire se vuelve tan frío que me da la impresión de que, con cada escalón, me estoy sumergiendo en un cubo de agua fría.
A pesar de eso, me sudan las palmas de las manos.
Por fin llegamos a un pasillo que parece una prisión, donde una sencilla bombilla delinea los contornos de las puertas de metal.
El hedor es tan fuerte que apenas puedo respirar.
–Por favor –suplica una débil voz–. Por favor, tengo hambre.
–Hermana Flavie, tienes que aprender que no puedes servirte más de un cucharón –se burla Ludivine–. Venga, dentro de unas horas podrás comer.
–¡Y deja de lloriquear! O extenderemos tu castigo un día más.
La hermana Brune me empuja para que avance.
Las dos brujas se deshacen de mi velo, el griñón y el escapulario con sus dedos retorcidos.
Me dejan solo con la camiseta interior, temblorosa en esta cueva gélida y oscura, con los pies desnudos sobre la piedra húmeda y sucia.
La hermana Ludivine abre una celda al final del pasillo y me empuja de cabeza hacia su interior.
–Pásalo bien –canturrea al cerrar la puerta.
El ruido del cerrojo retumba a mis espaldas y me quedo a solas, a mi suerte, sumida en la oscuridad más absoluta.
Los sollozos me ascienden por la garganta, pero me los trago y me contengo a la espera de percibir el sonido de pasos alejándose.
No quiero que me castiguen por haber llorado, igual que no quiero darles a esas desgraciadas el placer de ver que han conseguido romperme.
Cuando oigo el golpe de la puerta al cerrarse en algún punto sobre mi cabeza, por fin dejo caer las lágrimas de la manera más silenciosa posible.
¿Y si la interna que está en la celda conmigo me denuncia?
Me aovillo en el suelo, acercándome las rodillas al pecho para mantenerme caliente.
Quizá esté a punto de despertarme. Iphigénie abrirá el dosel de la cama, mi padre seguirá con vida y vendrá a tomarse el desayuno conmigo...
Con fuerza, cierro los ojos, con la esperanza de volver a ese momento.
Pero, en lugar de la caricia de las sábanas de seda sobre mi piel, solo noto el tejido áspero de la camiseta, el aire frío que me acaricia la nuca y la piedra húmeda y gélida bajo los pies y las nalgas.
No sé cuánto tiempo permanezco ahí postrada, llorando por los muertos y arrepintiéndome.
Solo cuando no me quedan más lágrimas, se me ha empapado la parte superior de la camiseta y tengo un dolor de cabeza terrible, me planteo levantar la mirada.
Un tenue rayo de luz se filtra por la puerta y, aunque se me han habituado los ojos a la oscuridad, no distingo el contorno de la celda.
Palpando con la mano, me dispongo a explorar la estancia.
Paseo los dedos por la pared hasta que encuentro lo que debe ser una cama o, al menos, un catre de piedra rugosa.
Golpeo algo con el pie y un ruido estrepitoso retumba por la habitación.
Me precipito al suelo para recuperar el recipiente.
Un cubo. Y, a juzgar por el olor que desprende, supongo que está destinado a que haga en él mis necesidades.
Asqueada, lo dejo en el suelo y continúo mi exploración.
Sin embargo, aunque doy la vuelta y palpo la pared de arriba abajo antes de estudiar el centro de la estancia, no encuentro ningún otro mueble ni utensilio.
Un cubo y un catre de piedra. Ninguna manta ni sábana.
Ni siquiera agua. Al límite de mis fuerzas y rota por las emociones del día, al final utilizo el baño improvisado y me siento en la cama.
La piedra está tan fría que me penetra en la piel de las nalgas hasta hacer que me castañeteen los dientes.
Me acurruco para pegarme contra la esquina de la pared y centro los ojos en la fina línea amarilla bajo la puerta.
¿Qué dijo Félix sobre la época en la que los turcos lo habían cogido prisionero?
Se pasaba los días imaginándose escenas que viviría cuando consiguiera escapar.
La vida de después. Cierro los ojos. Si salgo de aquí, mandaré arrestar a la madre superiora y a sus esbirros.
Meteré al duque entre rejas. Y pagaré a todas estas personas con su misma moneda encarcelándolos en la Bastilla.
O puedo enviarlas al exilio. ¿Qué haría mi padre en este caso?
Una nueva oleada de pena me sobreviene. Entonces me imagino que le doy sepultura.
Luego, que me siento ante un piano en un palacio frente al mar, cerca de Brest, un palacio con largas cortinas blancas en las ventanas.
Toco todos los días. Agnès viene a visitarme desde Turquía y Solange tiene su propia habitación, igual que su hijo y Luis.
Y Félix... Abro los ojos y me encuentro con la penumbra.
De nuevo, las lágrimas me recorren las mejillas.
No, Félix tiene que seguir con vida. ¿Y si esta mañana mis mensajeros se encontraron con la puerta cerrada porque el duque lo mandó asesinar durante la noche, como a De Maintenon?
¿Y si nunca tengo la oportunidad de explicarme ante él?
¿Y si nunca podemos volver a hablar o tocar el piano?
Siento que el corazón se me rompe de nuevo.
Confió en mí, me ayudó a superar la fobia al contacto de los hombres y, a pesar de eso, no logré abrirme ante él.
Quizá sea tan responsable de su muerte como lo soy de la de mi padre.
Me convulsiono a causa de un sollozo. El arrepentimiento y el frío me mantienen despierta durante mucho rato en la oscuridad.