Libertad obliga 31
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– A hora, queridas, tendréis que sumergiros en vuestra nueva vida monacal –exclama la madre superiora en cuanto termina el culto.

Me contempla como si me estuviera desafiando a responder.

–Hermana Ludivine, condúcelas al comedor. Nuestras recién llegadas deben tener hambre después de todo este trajín.

–Enseguida, madre.

Agnès y yo nos levantamos a duras penas para apresurarnos a seguir a la hermana Ludivine por el patio mientras el párroco sale por una puerta oculta, acompañado de cuatro mujeres, con expresión satisfecha.

El claustro está ahora vacío, pero el cielo gris se ha tornado casi negro y un fuerte viento del norte se filtra entre los tejados para convertir la superficie de la fuente en una sucesión de bruscas ondas.

–Ay, ¡qué tonta! –exclama la hermana Ludivine–. Se me ha olvidado el rosario en el interior. Esperadme aquí.

Se marcha hacia la capilla.

–¡Y no hagáis nada imprudente! –grita sin girarse.

En cuanto desaparece, Agnès escupe al suelo en su dirección y hace un gesto tan obsceno que me quedo boquiabierta por la sorpresa.

–¿Y bien? –me pregunta–. ¿De qué trataba la discusión que os impidió arrestar al duque?

Dudo un momento. ¿Y si la hermana vuelve y descubre que he roto el voto de silencio que acabo de pronunciar?

–El duque debía estar entre rejas esta mañana –insiste–. ¿Qué pasó con Félix para que hayamos acabado así? Estoy encerrada en un convento siendo atea. Necesito respuestas, Gabrielle.

–Fue culpa mía –musito a toda prisa–. Fui...

Pero la puerta chirría a nuestras espaldas y cierro la boca. La hermana Ludivine, jadeante, trota hacia nosotras.

–Venid –nos indica al pasar.

Agnès me lanza una mirada iracunda y articulo la palabra «luego» sin emitir sonido alguno.

Seguimos a la hermana Ludivine por una serie de pasillos y el rumor de las conversaciones aumenta a medida que avanzamos por el laberinto.

Al final, abre una puerta y nos adentramos en una amplia sala con el techo abovedado sobre numerosas columnas.

A nuestra llegada le sigue el silencio, y todas las religiosas giran la cabeza hacia nosotras.

Algunas aún tienen la cuchara suspendida en el aire, paralizadas en mitad del movimiento.

De los platos se desprende un olor amargo y penetrante.

–Venid por aquí –nos informa Ludivine.

Atravesamos las filas de mesas hasta una esquina donde se ha colocado una olla con cubiertos.

–Coged un bol –nos ordena Ludivine, representando con un gesto sus palabras–. Servíos un cucharón de gachas... –Tras haber llenado su recipiente, agita el utensilio ante nuestras narices–. Un solo cucharón, no más. O viviréis a base de pan seco y agua.

Lo deja en la olla.

–Coged una cuchara y buscad un sitio en el que sentaros.

Entonces, le presiona el bol lleno contra las manos a Agnès y nos da la espalda para alejarse entre las filas de mesas.

Me inclino sobre las gachas y de la olla surge un olor aún más infame que el que inunda el aire, y queda tan poca comida al fondo que dudo que vaya a poder servirme un cucharón entero. Cojo un bol y me lo lleno como puedo.

Al girarme para buscar un sitio en el que sentarnos, aprovecho para observar la estancia.

Al fondo, se eleva sobre una pequeña tarima una larga mesa, vacía de momento.

Por los cómodos sillones, el precioso mantel blanco y el oro de las copas que percibo desde aquí, entiendo que lo más probable es que se trate del lugar en el que se sientan la madre superiora y sus favoritas.

De hecho, es allí donde se instala la hermana Ludivine.

–No debe comer lo mismo que nosotras –comenta Agnès, mordaz.

Asiento. Paseo los ojos por el fondo de la sala.

Algunas no apartan la mirada de nosotras, y apenas logro ocultar la sorpresa cuando reparo en el rostro de una de ellas.

A pesar de la piel arrugada por los años, el griñón blanco y el velo negro, reconocería entre mil esa mirada, ya que me ha contemplado fijamente en mis aposentos durante mucho tiempo.

Es la regente Cristina. Me dedica un gesto de cabeza, como si quisiera darme la bienvenida, y de repente me parece un pacto tácito entre ambas, dos regentes a las que han encerrado aquí hombres con sed de poder.

A su derecha, otro rostro anciano me resulta familiar.

La reina Jeanne, la mujer de Luis XXI, exiliada aquí tras la muerte de dos de sus hijos cuando este decidió educar a mi difunto marido a golpes.

Me dedica una son risa triste y parece afectarle especialmente verme entre estas paredes.

Por desgracia, su mesa está llena, igual que todas las que la rodean.

–Tendremos que sentarnos al fondo –dice Agnès con un suspiro.

Con el corazón en un puño, nos dirigimos hacia la plataforma.

Optamos por una mesa a un lado, ocupada ya por tres religiosas, y elijo un sitio dándole la espalda al enorme sillón donde se sentará la madre superiora.

Las mujeres, la mayoría bastante jóvenes, aunque es difícil saberlo con estas prendas tan austeras, se giran de inmediato hacia nosotras, devoradas por la curiosidad.

–¿Es verdad que eres la regente Gabrielle? –pregunta una de ellas, muy guapa, con los ojos de color azul claro y unas facciones delicadas.

–Era –la corrige Agnès–. Y no podrá responderte porque le han obligado a hacer un voto de silencio.

Las tres mujeres asienten, serias.

–Como a la regente Cristina...

–Yo era su dama de compañía –continúa Agnès, a quien esta información no parece inquietarla, mientras que a mí me arden mil preguntas en los labios–. ¿Y vosotras por qué estáis aquí encerradas?

–Participé en una de las primeras ediciones de Nobleza obliga –responde otra con la mirada cansada y las primeras arrugas salpicadas por el rostro–.

Me llamaba Françoise y terminé en el convento de Notre Dame, pero pronto envejecí demasiado para gustarle a su majestad, Luis XXI, por lo que ahora soy la hermana Gertrude.

Agnès intercambia una mirada conmigo.

–Pensaba que las habíamos liberado a todas. No sabía que se había transferido a algunas de las antiguas internas.

Hago el gesto de una explosión con la mano para que Agnes entienda lo que estoy pensando.

–Quizá las llamas hicieran desaparecer los registros –me traduce.

–De todas maneras, no quiero salir de aquí –continúa la hermana Gertrude–. No quiero volver a ver a ningún hombre durante el resto de mi vida. Me dan igual mi desdicha o la madre superiora, siempre y cuando me dejen en paz.

Agnès asiente, seria.

–¿Y tú? –le pregunta a la de los ojos claros.

–Yo me llamaba Sophie de Montallandier. Tenía dieciséis años cuando...

–lanza una mirada asustada a su alrededor– Monsieur de la Rochefoucauld me sedujo, pero mis padres descubrieron nuestra relación al quedar embarazada.

Monsieur de la Rochefoucauld ya estaba casado y no tenía ninguna intención de unirse a mí.

Con mis padres, acordó encerrarme aquí para conservar el honor. Cuida del niño como si fuera solo suyo.

Le tiembla el labio inferior. En ese momento, una puerta se abre de forma estrepitosa a mis espaldas.

Un pesado silencio se apodera de la estancia.

Me giro para ver entrar a la madre superiora y a sus esbirros.

Estos pájaros de mal agüero se instalan en su sitio y una joven vestida de blanco se apresura a servirles.

A la madre superiora tiene pinta de gustarle la carne en salsa.

Me dedica una mirada cruel y me apresuro a esconder la cabeza en el bol.

Aún noto en la espalda y el vientre el doloroso recuerdo de los golpes del bastón.

Por el momento, me basta con un castigo.

–¿Y tú? –le musita Agnès a la tercera mujer cuando las conversaciones vuelven a inundar la sala.

Esta debe tener unos cuarenta años y sus ojos almendrados reflejan una gran tristeza.

–Me llamaba Charlotte de Vogüe. Durante toda mi vida fui una esposa devota y fiel, hasta que mi marido se cansó de mí. Quería vivir con su amante y convertirla en la institutriz de nuestros hijos. Cuando me opuse, me encerró aquí.

Frunce los labios, con los ojos fijos en el bol, como si deseara tragarse su pena. Luego, vuelve a levantar la cabeza para mirarnos a Agnès y a mí.

–Señoras, seguro que conocéis a todas las personas de la corte. ¿Qué tal les va a mis pequeños? –pregunta, suplicante–. François tiene diez años; Mathilde, ocho; Mathieu, cinco, y Typhaine, cuatro...

–¿Y mi bebé? ¿Sabéis cómo está el último hijo de la familia De la Rochefoucauld? –pregunta Sophie de Montallandier.

–Lo siento –musita Agnès–. No tengo noticias de ninguno de vuestros hijos.

Y sé que debería callarme, pero el sufrimiento en el rostro de la pobre madame de Vogüe es insoportable.

–Yo sí –susurro, moviendo apenas los labios.

Las dos mujeres se inclinan hacia mí con los ojos llenos de esperanza.

–No he oído hablar del último hijo de De la Rochefoucauld –murmuro a toda prisa–, pero sí sé que tus hijos, madame de Vogüe, siguen preguntando por ti todos los días.

Se le inundan los ojos de lágrimas.

–Gracias... Gracias, mi señora.

–¡Hermana Cécile!

El grito vuelve a sumir la sala en el silencio, y tardo un momento en entender que la madre superiora acaba de nombrarme.

Cuando me giro, se levanta de la mesa y camina hacia nosotras.

El rubor me inunda las mejillas y agacho la cabeza entre los hombros.

Me preparo para mentir, para negar que he hablado, hasta que comprendo que eso también está prohibido. La mujer se coloca ante mí.

–¿Y tu voto de silencio, hermana Cécile? ¿Ya se te ha olvidado?

No tengo tiempo de reaccionar antes de que me dé una sonora bofetada, cuyo chasquido asciende hasta la bóveda de la habitación.

–Tienes que aprender a callarte si no quieres que te cosa esa bonita boca con un hilo grueso. ¡Hermana Ludivine! ¡Hermana Brune!

Las dos religiosas se levantan de la mesa a su espalda con expresión de incomodidad por haber tenido que interrumpir su cena.