30
– S oy la madre superiora Adélaïde –anuncia la monja–.
Debo informaros de que vuestra vida de lujos, ocio sidad y lujuria se termina aquí y ahora.
En cuanto cruce mos el umbral, estaréis bajo mi autoridad y la de Dios.
Mi deber es asegurarme de que vuestra conducta no mancille la salud de vuestra alma, así como la de todas las que hay en este lugar.
Con un gesto que parece más una orden seca que una invitación, señala a la puerta principal.
Agnès pasa ante mí para adentrarse en el vestíbulo en penumbra, donde los vapores del incienso y la cera parecen estar incrustados en la piedra y la madera de los bancos.
Nos esperan cuatro mujeres, también vestidas de negro, cuyos rostros, marcados por el tiempo, podrían ser agradables si no esbozaran una mueca espeluznante.
Ante la ausencia de patas de gallo entre sus arrugas, comprendo que ninguna sonrisa conseguirá nunca borrar su expresión hostil.
–Estas son las hermanas Ludivine, Brune, Louise y Amélie. Os ayudarán a prepararos.
Sin más preámbulos, se encaminan por un pasillo que se abre a la derecha y Agnès y yo adaptamos nuestros pasos a su ritmo mientras la madre superiora cierra la comitiva.
Inter cambio una mirada con mi amiga de infortunios y me parece que compartimos los mismos interrogantes y temores.
¿Qué querrán decir con «prepararnos»? Para un simple cambio de ropa no se necesita la presencia de cuatro mujeres.
Seguimos caminando en silencio por una serie de pasillos hasta que las hermanas abren una puerta a la derecha.
Encienden la luz de la estancia sumida en la oscuridad más densa y ante nosotras aparece un cuarto de baño alicatado en color negro, en el que varias alcachofas de ducha de latón se alinean en las paredes.
–Aquí podréis lavaros cada mañana y cada noche –nos informa la madre superiora.
Me estremezco ante la falta de intimidad. A mi lado, Agnès tensa el rostro y frunce los labios.
El chasquido de dedos de la madre superiora retumba entre las paredes de la estancia, y las hermanas que nos acompañan se lanzan sobre Agnès y sobre mí.
Mientras dos de ellas se disponen sin miramientos a desatarnos las cintas de los vestidos, las otras dos nos tiran del pelo, arrancándonos las horquillas de forma tan violenta que se quedan entre los dedos crispados mechones enteros.
El ataque es tan repentino que tardo un momento en reaccionar.
Le lanzo una mirada aterrada a Agnès, quien también esboza una mueca cuando la monja le hunde las manos en el cabello.
Me muerdo las mejillas para no decir nada, para no gritar.
El vestido cae a mis pies, seguido del guardainfante, y el pelo me roza los hombros.
Cuando la religiosa detrás de mí se dispone a deshacerse de mi corsé, me clava las uñas en la espalda.
La otra se encarga de mi férula, liberando con violencia mi mano izquierda.
Por suerte, me la iban a quitar dentro de una semana y, aunque noto la zona sensible, ya no me duele.
Mi ropa interior se une a las prendas en el suelo, y me encuentro desnuda y temblorosa en esa habitación helada.
La madre superiora se coloca ante mí, triunfal, cuando cruzo los brazos sobre el pecho.
–Ahora extirparemos cualquier rastro de vicio de tu encantadora persona, querida –canturrea, satisfecha–. Ludivine, las tijeras.
Entro en pánico cuando la hermana en cuestión le tiende la herramienta. La madre superiora las abre y cierra ante mi rostro con una expresión cruel. Estira la mano para cogerme uno de los mechones y retrocedo, más por instinto que por una preocupación real por mi pelo.
–Ah... Quieres que lo hagamos por las malas, ¿no?
–No –respondo, negando con la cabeza–, pero...
–Ludivine, Brune, sujetadla.
Las dos monjas me cogen de inmediato por los brazos y me obligan a revelar la poca intimidad que había conseguido preservar.
Creo que la madre superiora me va a cortar el cabello, pero deja las tijeras en el suelo.
Desaparece de mi campo de visión y, cuando vuelve unos segundos después, lo hace con un bastón en la mano.
–¡No! ¡No!
Es Agnès quien grita. Yo me siento demasiado horrorizada como para reaccionar. La madre superiora levanta el brazo y el primer golpe me aterriza en el vientre. No tarda en unírsele un segundo. Y un tercero. Suelto un gruñido de dolor. A mi lado, Agnès sigue gritando.
–Suponía que te resistirías –dice la madre superiora, balanceando el garrote–. Me han comentado que eres muy caprichosa...
Entiendo entonces que es una orden del duque. Aunque hubiera obedecido a la primera, habría encontrado una excusa para darme una paliza. Vuelve a desaparecer y creo que ya ha terminado, pero el golpe siguiente, en plena espalda, me sorprende tanto que lanzo un grito.
–Pare, por el amor de Dios –gime Agnès.
Y, aunque me duele, le dedico una mirada de desesperación porque debería callarse.
Ya bastante malo es que le den una paliza a una de las dos.
Agnès, con los ojos brillantes por las lágrimas, parece entenderlo, ya que deja de resistirse entre las dos hermanas que la retienen.
Pero ya es demasiado tarde. En cuanto cesan los golpes, que me dejan paralizada por el dolor, la madre superiora se sitúa ante mi amiga.
–Vaya, una de las prostitutas de Luis XXII...
La monja le escupe en la cara y un fogonazo de ira incandescente ilumina la mirada de Agnès.
–No voy a pegarte con esto porque te excitarías.
Se cambia el bastón de mano y le da una sonora bofetada.
Y otra. Y otra más. Agnès no tarda en tener las mejillas rojas y los ojos inundados de lágrimas, mientras el rímel le corre por el rostro.
La madre superiora recupera entonces las tijeras.
Le corta el largo cabello a mi amiga con impetuosos gestos de rabia, sin preocuparse de igualar los mechones.
Poco tiempo después, Agnès parece un espantapájaros con una mata de pelo irregular que surge de su cráneo y manchas negras que se extienden desde sus ojos a su mandíbula.
–Ahora tú, pequeña Gabrielle –exclama cuando termina con Agnès.
Aún retenida por las dos monjas, notando el latido doloroso de la sangre en la espalda y el vientre, esta vez no opongo ninguna resistencia.
¿De qué serviría? Cualquier acto percibido como rebelión solo conseguiría alargar este castigo.
Dejo que me tire de los mechones del pelo mientras los corta.
Se arremolinan en enormes volutas de color castaño que caen sobre las baldosas negras y forman una corola a mis pies.
Los observo con una persistente sensación de irrealidad.
Ayer mismo, Iphigénie los peinaba para prepararme antes del baile en palacio.
Iphigénie... ¿Qué le harán para asegurarse de que guarde silencio?
Sin duda, mi criada, con lo perspicaz que es, sabrá que no he renunciado por voluntad propia.
Se habrá percatado de la desaparición de mi padre, e incluso quizá haya oído el disparo.
Tanto ella como los demás sirvientes. ¿Qué suerte correrán?
–¡A la ducha!
Una de las religiosas me suelta del brazo derecho para abrir un grifo. La otra me empuja bajo el chorro de agua gélida y no logro contener un grito.
–¡Frótate bien! –escupe la madre superiora, lanzándome una pastilla de jabón–. Aunque acepte enderezar a las pecadoras, no me ocupo de piojosas.
Comienzo a lavarme ante la mirada indiscreta de mis carceleras, con las mejillas sonrosadas por esta nueva humillación. Agnès me imita.
–Y quitaos el maquillaje y los restos de laca. Aquí no toleramos esa clase de artificios.
Me froto el rostro y me paso el jabón por el pelo.
Noto la cabeza ligera sin la melena recogida con gran cantidad de horquillas.
Cuando creo que ya he terminado, la madre grita un «¡Seguid!
» lleno de bilis. Enseguida la piel me escuece, desde la cabeza a los pies, lo que se añade al desagradable ardor de los dolores que ya sentía en el cuerpo.
Intercambio una mirada con Agnès, que está roja como el carmín, desde la frente hasta los dedos de los pies, y su cabello corto y aplastado por el agua la hace parecer un niño.
–Ya basta –chilla la religiosa–. Vestíos.
Advierto que, mientras tanto, una de las monjas ha ido a buscar varias toallas.
Nos da un enorme paño áspero a cada una y me seco como puedo con esta tela que me raspa la piel un poco más.
Luego, la hermana Ludivine, creo, me tiende la ropa.
Una sencilla camiseta blanca como ropa interior, un escapulario negro, un griñón y un manto blancos y un velo negro.
Cuando giro la cabeza hacia Agnès, se asemeja a todas las religiosas benedictinas del país, tanto que su rostro aún enrojecido destaca sobre la tela inmaculada que lo enmarca.
Para rematar el conjunto, nos dan un par de sandalias.
–Mucho mejor –dice la madre, satisfecha–. Ahora, seguidnos para pronunciar vuestros votos.
Nos empujan hacia delante, un nuevo gesto gratuito de maldad.
Rodeadas por las monjas, seguimos a la madre superiora por los pasillos.
Por el camino, nos cruzamos con algunas mujeres que nos dedican una mirada asustada antes de acelerar el paso.
Todas parecen temer a la madre superiora y ser tan desgraciadas como nosotras.
Llegamos, por fin, a un enorme claustro cuya galería de delicadas columnas acota un patio donde borbotea una fuente en el centro de un jardín de estilo francés.
El entorno sería exquisito si no fuera por la presencia inquietante de unas monjas torturadoras a nuestro lado.
Lo atravesamos para cruzar una enorme puerta que se abre a la capilla del convento.
En esta sala oscura que sobrevuelan los efluvios del incienso, un hombre, un sacerdote, se gira hacia el Cristo crucificado.
Las carceleras nos conducen a un extremo de la nave y nos obligan a arrodillarnos en el suelo.
–Padre, podemos empezar.
Cuando el hombre se gira, descubro a un párroco enfermo, encorvado por los años. Con una sonrisa en el rostro, se acerca a nosotras.
–El negro te sienta bien, señora –me susurra con un tono amable que me sorprende después de todo lo que nos han hecho sufrir.
Luego, se gira hacia Agnès y coge una amplia bocanada de aire:
–Agnès Cresson, ¿prometes decir la verdad?
–Sí –responde sin dudar.
–¿Te presentas por voluntad propia y totalmente libre ante mí?
Agnès hace una pausa para fulminar con la mirada a las hermanas, que nos observan con malicia. Sin embargo, no creo que esté titubeando, sino tratando de que la mentira parezca lo más evidente posible.
–Es obvio –replica con un tono mordaz, por lo que recibe un pequeño capón en la coronilla.
–Agnès Cresson, ¿le prometes a Dios castidad, pobreza y obediencia?
–Sí –responde sin rodeos.
–A partir de ahora, te llamarás hermana Marie-Madeleine, la santa patrona de las prostitutas –anuncia la madre superiora.
Satisfecho, el cardenal se gira hacia mí.
–Gabrielle Marie Louise Lacroix, ¿prometes decir la verdad?
–Sí –susurro.
–¿Te presentas por voluntad propia y totalmente libre ante mí?
No utilizo el mismo tono burlón de Agnès, solo respondo un «Sí» resignado.
–Gabrielle Marie Louise Lacroix, ¿le prometes a Dios castidad, pobreza y obediencia?
–Sí –contesto con un nudo en la garganta.
Espero que esa sea la última pregunta, pero solo asiente con una sonrisa y continúa:
–Gabrielle Marie Louise Lacroix, ¿le prometes a Dios tu silencio?
–¿Perdón?
La madre superiora salta hacia delante para golpearme con el puño en el hombro y el impacto me recorre todo el brazo hasta los dedos.
–Nuestro querido regente está muy preocupado por la salud de tu alma, niña –continúa con suavidad el cura, inclinándose hacia mí como si tratara de calmar la pataleta de una cría–.
No quiere que de tu boca salgan mentiras e invenciones.
–Se incorpora–. Prosigamos: Gabrielle Marie Louise Lacroix, ¿le prometes a Dios tu silencio?
El corazón me late en los oídos, ensordecedor. ¿Qué otra opción tengo? Noto un nuevo golpe que me lanza de cara al suelo. Me retumba la cabeza durante unos instantes y absorbo el aroma acre de la piedra antes de que tiren de mi escapulario hacia atrás. Las hermanas me incorporan.
–Es por tu bien, querida –insiste el sacerdote con una sonrisa tierna–. Quieres acceder al paraíso y la vida eterna, ¿verdad? Para eso, debes renegar de tus errores y hacer la penitencia más admirable posible. Gabrielle Marie Louise Lacroix, ¿le prometes a Dios tu silencio?
–Sí –musito.
–A partir de ahora, te llamas hermana Cécile –interviene la madre superiora–. Es la patrona de los músicos, por lo que espero que te guste. Pórtate bien y quizá te dejemos tocar en misa.
–Maravilloso, maravilloso, maravilloso –exclama entusiasmado el párroco–. Para conmemorar vuestra llegada, celebraré una misa solo por vosotras. Así tendréis la oportunidad de empezar a purificar vuestra alma.