Libertad obliga 29
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A lgunas heridas marcan el alma a demasiada profundidad como para poder sanarlas.

A mis pies, la multitud apiñada tras la valla de palacio suelta un largo quejido.

Las mujeres, tanto ancianas como jóvenes, sollozan mientras los hombres se limpian las mejillas con un pañuelo.

El viento hace revolotear mi vestido gris y despeina a los súbditos que están asistiendo a mi discurso de despedida.

–Con gran pesar, he decidido alejarme. No olvidaré nunca la simpatía que me habéis procurado en uno de los momentos más duros de mi joven existencia.

Me voy a retirar al convento para rezar por la salud de mi querida Solange, de su hijo y del duque, que espero que sepa protegerlos y reconfortarlos mientras asume el papel de regente.

No necesito fingir para empezar a llorar. Mi padre ha muerto. El duque no me ha dejado siquiera despedirme del cuerpo. Solo he podido verlo, tumbado en el suelo, con los ojos abiertos, contemplando el techo sin verlo, con una herida de bala en el lado izquierdo de su elegante chaqueta color crema.

–Me...

Un sollozo me impide continuar. Me seco las mejillas con el dorso de la mano.

–Me despido de vosotros. Desde mi retiro, os echaré de menos. Pero debéis saber que siempre estaré ahí y, aunque me aleje, me sentiré cerca de vuestros corazones y almas, por los que rezaré cada día.

Con una mano temblorosa, recoloco los folios cubiertos de la caligrafía elaborada y precipitada de Ambre.

Ha improvisado este texto en unos minutos mientras me enfundaban este vestido gris.

Un vestido que ya se encontraba en mi guardarropa.

¿Lo encargaría al principio de Nobleza obliga por si no le gustaba al príncipe? ¿O lo hizo anticipando este día?

–Gabrielle, ¡adiós! ¡Gabrielle!

Los gritos desgarradores de la multitud me acompañan cuando me alejo para subirme al coche que me espera ante las escaleras de palacio.

Cruzo el patio con pasos lentos, como me pidió Ambre, y me la imagino deleitándose con las imágenes: la joven regente de gris que le da la espalda a la multitud y se distancia del pueblo y el poder.

Una llamarada de ira arde durante un instante sobre mi pena.

Si pudiera, mataría a esa traidora con mis propias manos.

Cuando me acerco al vehículo, el motor ya está en marcha.

Los vidrios tintados no me permiten ver si Agnès se encuentra en su interior, como me prometió el duque, y se me corta la respiración al imaginármelo vacío.

Un lacayo abre la puerta de la parte trasera y, aliviada, por fin me encuentro con mi amiga.

En cuanto me siento a su lado, nos refugiamos en los brazos la una de la otra.

–Ay, ¡Gabrielle! –musita con un sollozo.

–Lo siento, Agnès, lo siento...

Me aprieta aún más contra sí. El coche arranca con una sacudida y nos obliga a separarnos. Unos momentos después, salimos del recinto de palacio y nos abrimos paso entre la multitud que ahora contienen los soldados que la vigilaban.

–No lo entiendo, Gabrielle. Las tropas de Félix... –susurra Agnès con la voz aún rota por las lágrimas–. ¿Por qué no han intervenido?

–Porque no son los hombres de Félix –razono–. Mira sus cintas. No son rojas, sino doradas...

–Las tropas de Lille –murmura Agnès, que nació en esa ciudad.

Asiento. Sin Félix a mi lado, no tenía ninguna posibilidad.

Por eso Ambre intentó envenenarlo. Por eso el duque y ella han aprovechado la ocasión de derribarme cuando no ha aparecido en palacio.

Compraron a algunos guardaespaldas que estaban esperando el momento en el que se ausentara mi apoyo principal.

–Entonces, ¿dónde está Félix? –pregunta Agnès, preocupada.

–No lo sé, pero me temo lo peor. Tanto por él como por monsieur de Maintenon.

–Gabrielle, ¿por qué discutisteis ayer por la noche para que el duque consiguiera escapar? ¿Qué pasó?

Se me forma un nudo enorme en la garganta.

Nunca debería haber mentido a Félix. Nos prometimos no ocultarnos nada.

Si hubiera confiado en él cuando se confesó y le hubiera contado todo sobre mi papel como espía para Leclerc, nunca nos hubiéramos encontrado en la sala del Consejo mientras el duque se marchaba del baile.

Podríamos haberlo arrestado... Me encantaría contárselo todo a Agnès, pero percibo al con ductor tras el cristal y las motos que rodean el coche.

Nada me asegura que no nos estén escuchando.

–¿Gabrielle? –insiste Agnès.

–No puedo contártelo ahora –musito–. Aquí no.

Agnès suelta un suspiro y me aprieta la mano más fuerte.

–Siento lo de tu padre...

Las lágrimas me inundan los ojos. Tenía razón desde el principio.

Fue una locura formar parte de Nobleza obliga , creer que Leclerc cumpliría su palabra y me sacaría de allí, pensar que podía convertirme en regente y controlar a la nobleza, obstinarme cuando la partida ya estaba perdida, desde el momento en que el duque me robó el material comprometedor.

Todos mis esfuerzos no han servido para nada.

Al percatarse de mi angustia, Agnès me vuelve a abrazar.

–Lo has hecho lo mejor que has podido –dice, descifrando sin dificultad mis pensamientos–. Y me has salvado la vida. El duque habría disparado.

Asiento. Permanecemos juntas durante mucho tiempo hasta que Agnès se separa y se deja caer en el asiento.

La imito, rendida ante el agotamiento y corroída por las emociones del día.

Fuera, los curiosos saludan al coche y agitan pañuelos cuando pasamos.

Unos lloran y otros nos sonríen. Algunos nos aplauden.

Me siento como una actriz que hace su última reverencia.

–Debería haberte hecho caso. –Me sorbo la nariz–.

Mira cómo se despiden de mí. Se han tragado el espectáculo y nosotras solo somos sus personajes.

Observan el programa pasivamente y no se cuestionan las narrativas que ven porque, en general, se las creen.

Aquella a la que adulaban anuncia que se retira de un día para otro y a nadie le parece extraño.

Agnès suspira.

–Mientras sigan existiendo esos programas, nada cambiará.

–Lo he entendido demasiado tarde, y lo siento. Si te hubiera escuchado, no habría confiado tanto en Ambre. No habría podido tejer su tela a mi alrededor y no habría informado al duque de mis movimientos.

Me convulsiono por un nuevo sollozo y escondo la cara entre las manos.

–Me arrepiento de tantas cosas... Por mi culpa, vas a acabar también en el convento, en lugar de seguir con tus estudios. He fracasado a lo grande.

Aunque Agnès me coloca una mano en el hombro, no dice nada. Cuando levanto la cabeza, observa al conductor con expresión severa.

–Vayamos día a día, hora a hora, como decía mi padre –concluye con voz sombría.

Deja escapar un profundo suspiro y me aprieta contra sí.

–Al menos eso es lo que aprendí de mis padres. Abnegación y perseverancia.

–¿Los echas de menos?

Una sonrisa le curva la comisura de la boca.

–Para nada. Por algo no los he invitado nunca a palacio ni he contactado con ellos.

–¡Qué vergüenza, Agnès! Estaba tan absorta en mi papel de regente, tan decidida a enfrentarme al duque y reformar el país que no me he dado cuenta de que nunca hablabas de tu familia ni me proponías que viniera a verte.

Agnès se encoge de hombros.

–¿Y cuándo hemos tenido tiempo de intercambiar esta clase de confidencias? Además, no podíamos vernos sin estar rodeadas de un ejército de estilistas, maquilladoras y asesores de comunicación.

–Bueno, ahora al menos tendremos tiempo para eso.

Suspiramos al unísono cuando el coche se adentra por una larga carretera solitaria, sin nuestro séquito, siguiendo los carteles que indican «Chartres - Blois - Orléans».

–Mis padres se portaron fatal conmigo –me confiesa Agnès–. Siempre me criticaban, me presionaban porque mis resultados escolares no eran lo bastante buenos como para que consiguiera una beca turca...

–¿Los estudios en Turquía eran idea suya? –pregunto sin disimular mi sorpresa.

–Por supuesto. Mi padre es abogado en Lille y tiene bastante fama, pero no es lo suficientemente rico ni importante como para emigrar a la Unión Oriental.

Le rechazaron todas sus peticiones de visado y tenía claro lo que le esperaba.

¿A qué se hubiera dedicado allí? Se habría convertido en otro taxista francés en las calles de Estambul.

Y mis padres no tenían ninguna intención de acabar su vida aquí.

Por eso, encontraron una solución en su hija, lo que les permitiría conseguir un visado de residencia permanente.

Debía estudiar Derecho, conseguir un buen puesto y la nacionalidad y, por último, llevarme a mis padres para que pudieran quedarse en ese territorio de forma legal.

Luego, como es obvio, tendría que compartir mi salario con ellos para que pudieran jubilarse en Antalya.

–Lo siento, Agnès. Me parece muy injusto.

–Bueno, estaba preparada para todo eso. Yo también quería vivir en Turquía, cortarme el pelo y llevar pantalones de colores.

Lo que me sorprendió fue su actitud cuando aparecieron las cámaras de Nobleza obliga para buscarme.

Mi madre les abrió la puerta. En cuanto los vi desde la primera planta, quise huir.

En realidad, debería haberme marchado el día anterior, pero cancelaron mi vuelo, así, por casualidad.

Estaba lista para encaminarme al aeropuerto, por lo que bajé con el petate, el pasaporte y el billete.

Mi padre me retuvo. Mi madre me arrastró a la puerta principal.

Según ellos, no podía causarles una vergüenza nacional al rechazar un honor así.

Además, con el matrimonio ventajoso que iba a conseguir, podría pagarles el visado y permitirles instalarse en Turquía unos años antes.

Me empujaron ante las cámaras sin pensar siquiera que me arriesgaba a acabar en el convento y me encontré atrapada en ese circo.

–Agnès...

Me alejo de ella para observar su rostro de piedra, aún inundado de rabia después de tanto tiempo.

–No es culpa tuya que esté en este coche –escupe con amargura–. Es suya. Cuando entré a formar parte del programa, solo tenía un objetivo: conseguir el mejor matrimonio posible para separarme de ellos.

Suspira y entiendo así su ambición y determinación al principio de Nobleza obliga .

–No me puedo creer todavía que Solange esté embarazada –musita Agnès.

–Estaba tan contenta... Me da miedo saber que está con el duque. Quizá la deje cuando nazca el niño.

Durante lo que parecen horas, permanecemos abrazadas la una contra la otra, sumidas en un silencio afligido, contemplando el paisaje, los campos de Beauce que no tardan en extenderse por el horizonte gris, con sus viejas fincas fortificadas que salpican estas extensas llanuras.

Tras pasarme meses encerrada en palacios, donde una pared o un seto limitaba mi campo de visión, me invade una curiosa sensación de libertad que disfruto con amargura: tal vez sea la última vez que veo una inmensidad así.

–Parece que nos estemos dirigiendo a Blois –comenta Agnès un momento después.

–La ciudad de Solange.

–Su familia estará encantada de saber que por fin se va a casar –prosigue con un tono mordaz–. Nunca le perdonaron su deshonor.

–Lo más probable es que nos lleven al convento donde está encerrada la regente Cristina.

Agnès asiente, seria, y me da la sensación de que está reprimiendo las ganas de añadir algo más.

El vehículo ralentiza la marcha y sale de la carretera principal para incorporarse a una vía que cruza los campos, flanqueada por altos plátanos y abedules.

Me seco las manos húmedas en la seda gris.

No me puedo creer que estemos llegando al final del viaje.

A mi lado, Agnès juguetea nerviosa con los pliegues de su vestido.

Por fin, el vehículo gira hacia una pequeña senda de tierra que se adentra en un bosque denso y oscuro.

Hay tantos baches que Agnès y yo nos desplazamos en todas direcciones en el asiento trasero.

Al cabo de un cuarto de hora, aparece un enorme claro en cuyo centro se yergue el convento, muy largo, con los techos cubiertos de tejas rojas de los múltiples edificios que intuyo que forman parte del recinto.

Igual que Notre Dame, ninguna ventana da al exterior.

Me incorporo en el asiento para contemplar el lugar.

El camino se bifurca ante nosotros: a la derecha, sube hacia un enorme portón que parece destinado a los vehículos, y a la izquierda zigzaguea hacia la entrada principal del convento, a juzgar por su fachada labrada, rematada con una estatua de la Virgen.

Nuestro coche apenas se ha detenido ante las dos escaleras de la entrada cuando aparece una monja vestida de negro, con aspecto severo y una arruga de preocupación tan marcada que le divide la frente en dos partes casi iguales.

Espero que se acerque a abrirnos la puerta del coche, pero Agnès se dispone a bajar del vehículo cuando el motor sigue aún en marcha. Yo también salgo al exterior. En el aire flota el aroma a madera y setas, y los árboles ya parecen vestir los colores del otoño.

–Ah, señoras, por fin habéis llegado –exclama la religiosa, cortante.

Y entiendo, con esa sencilla frase, que no espera mi llegada desde hace horas, sino días o incluso semanas.

Rodeo el coche para colocarme frente a ella, junto a Agnès.

Apenas he hecho una reverencia para saludar a nuestra anfitriona cuando el coche vuelve a ponerse en marcha.

Unos segundos después, ha desaparecido por el camino, abandonándonos definitivamente ante el rigor de la religión.