Libertad obliga 28 #2
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28 #2

Inspira hondo, como si estuviera olfateando en el aire un aroma exquisito.

–Usted no lleva en su vientre ningún heredero y solo fue reina durante unas horas, así que ha llegado el momento de que le informe de que dejamos de ceder a sus caprichos. Su manera de reinar ya le ha hecho bastante mal a su país.

–Soy lo bastante viejo como para recordar el buen estado de las finanzas y la economía de Francia antes de la desastrosa guerra de México que respaldaba usted –le contradice mi padre con brusquedad–. ¡Qué tonterías está diciendo!

Pero el duque le presta tanta atención como a una mosca en las molduras del techo.

–Monsieur de Polignac, tráigale la bebida a la señora.

A mi derecha, mi ministro de Asuntos Exteriores se aleja de la mesa para ir a buscar una botella de whisky sobre un velador. Advierto que Ambre se encuentra en una esquina de la estancia con los ojos como platos. Monsieur de Polignac la coloca ante mí y se dispone a servirme un vaso.

–Va a beberse el veneno –me ordena el duque–. Una muerte natural, la consecuencia de un corazón debilitado por las pruebas. Será una enorme tragedia nacional.

–Gabrielle, ¡no! –exclama mi padre.

Pero el duque saca de la chaqueta un antiguo revólver, con la culata desgastada, y apunta a Solange en la cabeza. La sangre me desaparece del rostro.

–Bébase el veneno o haré que su querida amiga sea víctima de un triste accidente.

–¡No! –exclamo–. ¡No puede hacer eso!

Pero, como única respuesta, el duque amartilla el arma con el pulgar. No tengo otra opción. Solo hay una cosa que puedo hacer para proteger a Solange y darle la vuelta a la situación.

–¡Está embarazada! –grito sin aliento.

La perplejidad inunda las facciones de estos hombres y De Kerdoncuff sufre una sacudida por la sorpresa. Pero, mientras la mirada del duque se endurece, la de Solange se llena de desesperación. Sabe que le he salvado la vida, pero también que la he condenado.

–¿Va a matar a un posible heredero del trono?

Casi puedo ver cómo los engranajes del cerebro del duque comienzan a girar. No tarda en aparecerle una suave sonrisa en el rostro.

–Señor duque, es perfecto –exclama Ambre a mis espaldas–. Así tendrá una oportunidad de oro para deshacerse de Gabrielle sin matarla. ¡Un cambio de heredero!

Su entusiasmo me pilla desprevenida, más aún que este golpe de Estado. Se coloca a mi lado sin dejar de sonreír.

–Es justo la clase de ocasiones que buscábamos –continúa–.

Una manera de apartarla sin tener que enfrentarnos a la cólera o la desconfianza del público.

Si Solange lleva en su vientre a un heredero y el pequeño Luis es el segundo en la línea sucesoria, nadie podrá quejarse si la regente se retira.

Con la imagen maternal que hemos construido en torno a ella y la pérdida de este niño que no tiene, no podrá seguir aquí porque sería un golpe demasiado duro para ella.

Todos pensarán que el convento es la opción más apropiada.

–Muy bien pensado, Ambre –dice el duque, satisfecho–. Como siempre.

No puedo ocultar mi sorpresa ante la expresión radiante de mi asesora de comunicación.

Ambre. Era Ambre quien espiaba a favor del duque.

Fue ella quien le informó de mi presencia en el convento el día del incendio.

También fue ella quien envenenó el whisky para tratar de matar a Félix.

Sabía que bebía, como me ha dicho antes.

Sin duda, cuando le puse al corriente de la desgracia inminente del duque el día anterior, se apresuró a informarle.

¿Habrán asesinado a De Maintenon? ¿Y a Félix? ¿Esa es la razón de su ausencia?

–Solo nos queda arreglar el espinoso asunto de la sucesión –continúa Ambre–. Luis XXII no tiene muy buena reputación y, sin duda, al público le costará aceptar que el fruto de sus perversiones suba al trono.

El duque y algunos nobles asienten con la cabeza.

Intercambio una mirada con mi padre, tan desconcertado como yo por esta traición.

Agnès fulmina a Ambre con la mirada. Siento como si el estómago se me hubiera convertido en piedra.

No se fiaba de ella, de sus estrategias.

Debería haberla escuchado. Intuyó su doble juego antes que yo.

–¿Qué sugieres? –le pregunta el duque.

–Luis XXI no está tan mal visto, comparado con el diablo de su hijo. Era un hombre libidinoso que se aprovechó de las jóvenes del convento, pero no las asesinó. Nada que no poda mos corregir. Deberíamos hacer pasar a este niño como el fruto del idilio entre mademoiselle Solange y él.

–¿Por qué no el fruto de un matrimonio secreto? –sugiere el duque–. Así el niño sería legítimo.

A su lado, a Solange le empieza a temblar el labio inferior.

–¿Podemos hacerlo? –pregunta Ambre–. La mujer de Luis XXI sigue viva, aunque esté en un retiro monástico.

El duque se encoge de hombros.

–Y no saldrá nunca de ahí. Podemos correr el rumor de que murió hace unos años y de que se ocultó la noticia para no afligir al pueblo y a las tropas en plena guerra con México.

Pasea la mirada por los hombres allí presentes, como si los estuviera desafiando a contar algún día la odiosa conspiración de la que están formando parte.

–Encontraremos a un sacerdote que testifique esta unión –continúa–. Crearemos un documento falso que legitime la sucesión.

–Y solo hará falta que pongamos en escena un acercamiento antes de casarlo con mademoiselle... madame Solange para que pueda convertirse en el padre adoptivo del niño y conserve el poder –concluye Ambre.

El duque le dedica una mirada llena de diversión a Solange.

–Me encanta esa idea –susurra.

Solange retrocede de forma imperceptible, con los brazos cruzados sobre el vientre en un gesto protector que me da náuseas.

La he vendido. Le he salvado la vida, pero la he condenado a soportar la compañía de un hombre horrible.

Debería haber dejado que se fuera, haberla exiliado en cuanto me habló de su embarazo, en lugar de dedicar tiempo a perfilar los detalles de su viaje.

–Solo tenemos que amañar la próxima votación para garantizar su victoria, y de aquí a unas semanas será el regente y controlará las dos cámaras –prosigue Ambre con entusiasmo–.

Luego, dedicaremos al menos tres o cuatro meses a preparar su compromiso, otro para la boda, que organizaremos antes del nacimiento del bebé...

–No vayamos tan rápido –la detiene el duque–. Primero, la regente debe anunciar su retirada.

Centra los ojos en los míos y trago saliva.

–Monsieur de Kerdoncuff, prepare la pluma. Ambre, dale el papel.

Mi antiguo señor saca una pluma de su bolsillo interior y se apresura a dejarla en la mesa ante mí mientras Ambre separa una hoja del taco que lleva encima.

–Señora, escriba lo que le voy a dictar.

–¿Para qué tengáis vía libre antes de manipular las elecciones y obligar a Solange a que se case con el duque? –protesto por puro formalismo–. Sin duda...

Con un gesto tan rápido que no tengo tiempo de seguirlo con los ojos, el duque estira el brazo hacia mi padre. Se oye una detonación y este se desploma.

–¡Papá!

Quiero lanzarme hacia él, pero monsieur de Polignac me detiene. Me resisto, intentando liberarme.

–Voy a matarlo. Voy a...

–Ya estoy harto de sus chiquilladas –escupe el duque.

Apunta a Agnès con el arma.

–Si no obedece, será la siguiente. Acaba de perder a su padre por sus caprichos. ¿Quiere perder a su amiga?

Un sollozo me convulsiona los hombros. No, debo estar soñando.

–¡Escriba! –grita el duque.

Con una mano temblorosa, cojo la pluma.

–«Yo, Gabrielle, regente del reino de Francia, soy consciente de la existencia de un nuevo heredero al trono».

Escribo la frase como puedo y solo me interrumpo para evitar que una lágrima caiga sobre el folio.

–«No logro seguir en palacio ante la ausencia del que ahora considero mi hijo, el joven Luis» –prosigue Ambre–.

«La pena y el desconsuelo que me inspira su partida inminente a Brasil me conmocionan.

Acabo de superar demasiadas pruebas para que pueda seguir aquí más tiempo.

Ahora solo busco la paz, el silencio y el recogimiento».

–«Por eso, me retiro de la vida política y dejo al cargo al duque de Lorena por estar en mejor posición para garantizar la regencia hasta el nacimiento del hijo de Luis XXI» –continúa el duque.

Aunque esté terminando, aún no ha apartado el cañón del arma de la cabeza de Agnès.

Va a matarla, estoy segura. En cuanto firme el documento, apretará el gatillo.

A mí me dejará con vida solo porque soy lo bastante popular como para que pueda serle de utilidad en algún momento, incluso desde mi retiro en el convento.

–«Renuncio a mis derechos y posesiones, que restituyo íntegramente a la Corona». Y firme, «Gabrielle».

Debo encontrar una manera de negociar la vida de Agnès. Me tomo mi tiempo para delinear mi nombre con bonitas letras redondas. Cuando estoy a punto de terminar la última letra, oigo el ruido del martillo al activarse.

–Un simple papel no será suficiente para acallar las sospechas –anuncio a toda prisa–. Necesitará que me dirija al pueblo con un discurso.

Cuando levanto los ojos y la pluma, el duque me dedica una sonrisa cruel. Le lanzo una mirada a Ambre, quien entorna los ojos.

–¿No tengo razón?

–La verdad es que sería una buena idea. Así concluirá su narrativa ante el pueblo y le dará más credibilidad a su partida.

Interroga al duque con la mirada. No dejo tiempo para que pueda dar su opinión:

–Haré el discurso. Suelte a Agnès y envíela conmigo al convento. Mientras siga viva, declararé todo lo que quiera.

Ambre y el duque intercambian una larga mirada.

–Sería una manera de asegurarnos de que nadie se oponga a este traspaso de poder –trata de convencerlo la asesora.

El duque, por fin, baja el arma y yo reprimo un profundo suspiro.

–Muy bien, pero actuará exactamente como deseamos...