28
C uando abro los ojos al día siguiente , me da la im presión de que estoy sumida en una pesadilla.
La ha bitación está a oscuras y en silencio porque Iphigénie aún no se ha despertado.
Sin poder esperar más, me levanto y me enfundo el camisón para llamar a un criado.
Un hombre aparece enseguida en el umbral de la puerta.
–¿Majestad?
–¿Tienes noticias de monsieur de la Brivoisière?
–No, mi señora. No está en sus aposentos.
–Envía a alguien a su casa. Y que insista.
–Así lo haremos.
Cierro la puerta y dejo escapar un suspiro tembloroso.
¿Dónde está Félix? Lo más probable es que ayer por la noche se apresurara a perseguir al duque, pero ¿por qué no volvió a palacio después?
¿Le habrá pasado algo? ¿O no me creyó y decidió distanciarse?
Se oye un repiqueteo discreto e Iphigénie no tarda en aparecer.
Sin mediar palabra, me coloco ante el tocador para que me peine.
¿Cómo voy a salir de este embrollo? Si Félix no aparece en misa, su ausencia se notará sin lugar a duda.
Será suficiente para que el duque piense que he perdido su apoyo.
Tomo una amplia bocanada de aire. A menos que finja que una obligación lo ha retenido en alguna parte...
La puerta se abre de golpe y Agnès irrumpe en mi habitación. Parece tan alarmada como ayer, después de que le explicara que, de momento, no íbamos a poder arrestar al duque. Con un gesto, le pido a Iphigénie que se marche para que podamos hablar con total libertad.
–¿Qué ha pasado? –me pregunta Agnès en cuanto nos quedamos a solas.
–Félix y yo hemos tenido... una disputa.
–¿Una disputa? ¿Sobre qué? ¿Y por qué ahora?
Me quedo callada. ¿Qué puedo revelarle a Agnès sin empeorar la situación?
–Agnès...
En ese momento, el lacayo anuncia la llegada de Ambre. Me callo de inmediato.
–¿Y bien? –comienza a decir esta en cuanto cruza el umbral–. ¿Dónde está el arresto que me prometió? Pensaba que debíamos atacar al duque de Lorena hoy hasta hacerlo caer en desgracia.
–Un simple contratiempo –musito, agotada.
–¿Sabe? Los contratiempos pueden salirnos caros en este momento –gruñe Ambre, sombría–. Pero, bueno, la prepararemos para el resto del día.
Mientras me maquillan, visten y peinan, trato de recibir noticias de Félix. Sin embargo, cuando mi lacayo vuelve, solo me informa de que no responde al teléfono y que el mensajero ha fracasado porque no está en su casa. Me dirijo a misa con el corazón en un puño, acompañada de Solange y Agnès.
–Al menos sus hombres siguen por aquí –me susurra esta última cuando salimos hacia la capilla del palacio de las Tullerías.
De lejos, percibo las siluetas oscuras situadas ante la valla y el peso que tengo sobre el pecho se aligera un poco. Si Félix ha dejado a sus tropas es porque desea protegerme. No está todo perdido. Todavía puedo darle una explicación.
Asisto a la ceremonia en un estado febril. No oigo los cuchicheos y los murmullos a mis espaldas, pero siento cómo las miradas se centran en el lugar vacío que debería ocupar Félix de la Brivoisière en el banco detrás de mí. Cuando salgo de la capilla, la multitud estalla en rumores.
–Dios mío, no hace falta poner esa cara –me reprende Ambre–. Monsieur de la Brivoisière volverá para asistir al Consejo. Ayer bebería demasiado, eso es todo.
Levanto la cabeza para mirarla.
–No crea que lo pasé por alto –dice, encogiéndose de hombros–.
Le dio demasiado a la bebida. No es ninguna deshonra.
Todos los veteranos de la guerra de México se consuelan con el alcohol, con una raya de coca, con mujeres o las tres cosas.
Es el precio por servir al país, pero mandaré a un mensajero para que lo busque, aunque sea para echarle un cubo de agua fría en la cabeza.
–Gracias, Ambre –le respondo para ocultar mi malestar.
Sin embargo, no puedo evitar tamborilear con los dedos, nerviosa, sobre los reposabrazos del sillón en el que me están retocando el maquillaje.
Aunque es una práctica que suelo aceptar encantada, hoy cada pincelada me resulta insoportable.
No, Félix no volverá a tiempo para el Consejo, y el duque de Lorena y el repugnante barón de Kerdoncuff comprenderán que he perdido a mi «perrito faldero», como habían predicho.
–Tranquilícese, mi señora –insiste Ambre–. Vendrá. Y recuerde el mensaje que queremos transmitir con esta secuencia: «Como protectora de un niño, pienso en el bien del país».
Asiento y respiro hondo para recuperar el valor mientras la maquilladora me quita la capa con la que protegerme el escote de encaje.
Me estoy dirigiendo a la puerta doble cuando un lacayo golpea el bastón para anunciar mi llegada.
El Consejo se levanta y hace una reverencia.
El duque está ahí, pero los puestos de monsieur de Maintenon y Félix están vacíos.
Me apresuro a ocupar mi sitio en un extremo de la mesa, en mi silla habitual, cuando reparo en un detalle: no hay ninguna cámara presente en la sala.
En la periferia de mi campo de visión, noto el movimiento sutil de los guardaespaldas que se acercan. Me huelo la trampa.
–Denme un instante –digo con tono autoritario–. Me deben alisar una arruga del vestido.
Me giro antes de que la puerta doble se cierre.
–Majestad, ¿qué ocurre? –pregunta Ambre cuando paso ante ella–. ¿Debemos sacar la plancha o...?
Pero no le doy tiempo a terminar la frase. Me dirijo hacia el exterior de la estancia y corro por el pasillo.
–¡Se escapa! –grita una voz masculina desde la sala–. ¡Atrapadla!
Mis tacones repiquetean sobre el parqué y avanzo a toda prisa ante lacayos atónitos, al mismo tiempo que, a mis espaldas, oigo el ruido de las pesadas botas de los guardias que me pisan los talones.
Paso ante el primer salón y giro a la derecha en una esquina del pasillo.
Estoy en el ala en la que se encuentran mis aposentos, pero me detengo antes e irrumpo en la ha bitación de mi padre.
Este se pone en pie de un salto al verme y el periódico se le cae al suelo.
–Gabrielle, ¿qué pasa? –me pregunta cuando me precipito hacia uno de los tabiques para girarle la cabeza a un querubín.
–Papá, nos tenemos que ir.
Un instante después, mi padre se acerca a mí. Un panel en la pared se desplaza y me lanzo hacia el interior justo cuando abren la puerta de la habitación de una patada. Doy media vuelta.
–Gabrielle, ¡huye!
Y en sus ojos veo tanta desesperación que esta vez, solo esta vez, le obedezco. Avanzo por el pasadizo oscuro.
–¡No vais a atrapar a mi hija! –ruge mi padre a mi espalda.
Vuelo sobre la escalera en espiral que desciende a las tinieblas, tan en vertical que me da la impresión de que me voy a caer.
Me guío rozando la mano ilesa por la piedra mientras bajo.
El aire está cargado de humedad y del ruido de los pasos que me siguen.
Están muy cerca. Acelero el ritmo a pesar de que el corazón me late a toda velocidad y me falta el aliento.
Por fin llego a un estrecho corredor iluminado por tenues luces de neón que se encienden al detectar mi presencia. Me lanzo hacia delante.
–¡Ahí está!
Corro hasta quedarme sin aire, a pesar de que el corsé me aprieta el pecho, de los kilos que tela que me cuelgan desde las caderas.
–¡Atrapadla!
Me dirijo hacia la salida, que está cerca, pero no logro moverme y siento cómo tiran de mí hacia atrás. Cuando me giro, un guardaespaldas me ha atrapado por la falda. Tensa los brazos sobre el tejido y me dedica una sonrisa triunfal.
–No tan rápido, bonita.
Trato de obligarle a soltar la tela, pero, como respuesta, tira de ella con brusquedad hasta que me precipito directamente a sus brazos. Se me corta la respiración.
–Se acabó el paseo –escupe con crueldad.
Sin miramientos, me carga al hombro y me devuelve a palacio como si fuera un saco.
Me resisto y le doy golpes con el puño derecho y la férula en la espalda, pero nada parece afectarle.
Atraviesa el pasillo con pasos rápidos y sube las escaleras hasta los aposentos de mi padre.
Cuando llegamos, tengo el tiempo justo de levantar la cabeza para constatar que este ya no se encuentra allí.
Mi secuestrador me deja en el suelo y, de inmediato, dos guardaespaldas me cogen por los brazos.
–¡Qué vergüenza me dais! –exclamo cuando tiran de mí hacia el pasillo.
Pero permanecen imperturbables ante mis reproches, con expresión impasible y la mirada fija en el horizonte de ebanistería pintada de palacio.
Volvemos sobre nuestros pasos y el veneno del miedo se filtra despacio por mis venas.
¿Dónde están los hombres de Félix, que deberían protegerme?
¿Qué destino me tiene preparado el duque?
Sobre todo, después de haberle desobedecido y no haber dejado de provocarlo.
–¡Gabrielle!
Al girar una esquina, advierto que llevan a Solange y a Agnès hacia la sala del Consejo, igual que a mí.
Un sudor frío me perla la frente. Mis guardias aceleran el paso y, aunque corro para que no me arrastren por el suelo, muchas veces mis pies se mueven en el vacío cuando me levantan de forma momentánea en el aire.
Atravesamos la antecámara. Las maquilladoras han desaparecido, igual que Ambre. El miedo vuelve a atenazarme el pecho. Tras el marco de la puerta, percibo a todos mis ministros, de pie alrededor de la mesa. Y, de espaldas, al duque, que ocupa el sitio que suele pertenecerme.
–Ah, ¡señora! –exclama en cuanto los guardias que me retienen irrumpen en la sala–. No hemos podido esperarla.
La puerta se cierra detrás de nosotros y los hombres atraviesan la sala para lanzarme al suelo, cerca del sillón en el que antes se sentaba el duque.
Cuando levanto la cabeza, los ministros, todos de pie, me observan con seriedad, excepto en el caso del barón de Kerdoncuff, cuyo rostro refleja una expresión triunfal.
A la derecha del duque veo a mi padre, retenido por un guardia, y a la izquierda, a Solange y Agnès.
–Señora –comienza a decir el duque de Lorena.