Libertad obliga 27 #3
52%

27 #3

Me hace girar una vez más y el aliento se me bloquea en la garganta. Ante mí, en torno a la pista de baile, Félix me observa, pálido como una sábana, igual que si hubiera visto un fantasma. ¡Dios mío! ¿Le habrá leído los labios a Leclerc?

–Ah, lo tenemos todo previsto para que el duque caiga contigo –continúa Leclerc sin abandonar su tono amable– y, si de verdad estás comprometida con la república, aceptarás este sacrificio con fervor.

La música sube de nuevo, pero me resisto a moverme. No puedo perder de vista a Félix; sobre todo, porque temo lo que pueda descubrir de labios de Leclerc.

–Señor, nos...

–De todas maneras, tu papel como espía debería llegar a su fin de una manera espectacular –me interrumpe–. No creo que pretendas gobernar el país después de...

–Nos están escuchando –le corto, hablando esta vez un poco más fuerte.

Leclerc levanta la cabeza enseguida y recorre la multitud con la mirada.

–¡Qué mala suerte! Además de haber fallado en tu misión, ¿ahora intentas hacerme caer en una trampa?

Seguimos girando y busco a Félix con los ojos. Lo veo desaparecer entre la multitud, con el estómago convertido en un nudo. ¿Qué ha captado de nuestra conversación? ¿A qué conclusión habrá llegado? Quiero separarme de Leclerc, pero me sujeta con más fuerza.

–¿Quién nos está escuchando?

Permanezco en silencio.

–¿Quién nos está escuchando? –repite.

–Se ha ido.

Sin embargo, lejos de tranquilizarse, Leclerc me aprieta la mano ilesa hasta hacerme daño.

–Vas a conseguir que gane las elecciones. Si no estamos en cabeza en los sondeos dentro de una semana, no tendré otra opción que entregarte a los leones.

–Aún debo llegar viva a la votación. ¿De verdad cree que el duque va a permitir que le supere? Tomará el poder antes.

–Entonces, utiliza la imaginación. Invítame a palacio de nuevo con la excusa de escuchar mis ideas sobre la reforma de los orfanatos.

Sé que estás trabajando en ese tema y seguro que, con una secuencia juntos, ganaré los últimos puntos que necesito.

En cuanto al duque, si no encuentras la manera de detenerlo, aléjate de él.

Ya se te ocurrirá una misión con la que enviarlo lejos de la capital para que desaparezca de las pantallas.

Luego nos ocuparemos de él, te lo prometo.

La música llega a su fin y las parejas se separan.

Busco a Félix entre la multitud, pero no está por ninguna parte.

Miro el reloj. Las diez y veinte. ¿Es posible que haya ido a avisar a las tropas?

No, debía salir de la sala a menos cuarto.

¿Estará cerca de la mesa con la comida? Me dirijo al trono con lentas zancadas para no dejar entrever mi inquietud.

–¿Has visto a Félix? –le pregunto a Agnès.

–Me ha pedido que te diga que te espera en la sala del Consejo.

La losa que me presiona la caja torácica se vuelve aún más pesada.

–Agnès, ¿puedes cubrir mi ausencia unos minutos? Si te preguntan dónde estoy, diles..., diles...

–Que tienes un asunto urgente que arreglar con un ministro.

Asiento a toda prisa antes de girar sobre los talones.

Abandono la sala lo más rápido posible ante los ojos discretos y curiosos de los cortesanos.

En cuanto la puerta se cierra a mis espaldas, acelero el paso y supero a toda prisa a los guardias y lacayos que se enderezan y se esfuerzan por mantener los ojos por debajo de los míos.

Comienzo a correr en las escaleras del ala norte.

Me precipito hacia la segunda planta, atravieso las distintas habitaciones y pasillos y llego a la sala del Consejo.

Félix se encuentra ante los parteluces de la ventana, mirando al patio.

–Félix...

–¿Es cierto? –pregunta con un tono glacial sin girarse–. ¿Espías para los turcos?

El rubor me cubre las mejillas.

–No, soy... Soy una espía de Leclerc –balbuceo–. Solo soy una espía republicana. Lo siento mucho, Félix. Me habría encantado contártelo antes, pero temía...

Me acerco a la pared a su lado para tratar de sostenerle la mirada. Pero su expresión se ha vuelto ilegible y sus ojos no abandonan el patio de palacio.

–Ya trabajaba para la red en la casa de los señores de Kerdoncuff, buscaba pruebas en su casa para demostrar la inocencia de mi padre.

Cuando se enteraron de que me habían seleccionado para Nobleza obliga , me pidieron que investigara la muerte de Capucine de Léon, que desenmascarara al asesino, y obedecí.

Es lo único que he hecho, Félix, tienes que creerme.

Nunca he tenido contacto con Turquía ni le juro lealtad. Nunca he sido una agente extranjera.

–¿Y por qué te amenaza?

–Quiere crear una crisis y evitar por todos los medios que el duque gane las elecciones. Félix, te lo suplico, perdóname.

Pero, de repente, no parece estar escuchándome. Con el rostro pálido, se aleja a toda prisa de la ventana.

–Gabrielle, no salgas de aquí –musita con voz monótona.

Centro los ojos en el patio que no ha abandonado su mirada. Fuera, el duque se sube a un coche.

–¿Félix?

Pero, cuando me giro, está saliendo de la habitación a toda prisa. Al observar de nuevo el patio, la limusina cruza la valla a gran velocidad. Hemos fracasado.