Libertad obliga 27 #2
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27 #2

A mi lado, Solange ahoga un grito con un carraspeo. La propuesta de Leclerc, además de ser muy poco protocolaria, es de lo más inconveniente.

–Sería una pena privar a la corte de la ocasión de aportar cierto color a sus conversaciones de salón.

Por el tono, entiendo que su propuesta es una orden. La alusión al salón, donde se intercambian los cotilleos más jugosos, es clara: si mis cortesanos no hablaran del baile, tratarían temas más desafortunados sobre mí.

–Monsieur Leclerc, ¡qué gracioso! –Me echo a reír–. No le basta con arremeter contra el duque de Lorena, sino que ahora quiere distraer también a toda la corte.

Me dedica una sonrisa forzada.

–Que así sea. Bailemos.

Solange reprime una nueva exclamación. Contemplo el enorme reloj de la estancia.

Se acercan las diez y aún queda una hora antes de que intervengan las tropas de Félix.

Aunque los saludos me han servido como excusa para evitar bailar hasta el momento, nadie entendería que permaneciera sentada en mi trono, observando a la multitud, cuando la fiesta está llegando a su punto álgido.

Además, si no quiero que el baile con Leclerc levante sospechas, debo ocultarlo entre muchos otros, todo esto antes del momento fatídico en el que el baile dará un giro.

Podría correr el riesgo de ganar tiempo y esquivar a Leclerc, pero no querría crearme un nuevo adversario.

–Monsieur de la Brivoisière, ¿me concederías el honor de abrir el baile conmigo? –pregunto girándome a Félix, que sigue a unos pasos del trono.

Este, con un brillo malicioso en los ojos, hace una reverencia de inmediato y me tiende la mano.

La orquesta se interrumpe al darse cuenta de mi decisión y el silencio inunda la sala.

Respiro hondo y deslizo los dedos sobre los de Félix.

Me aferro a esos ojos conocidos y reconfortantes.

Estamos en la sala de música , me repito.

Lo que me dispongo a hacer no es diferente a lo que hemos estado practicando cada noche.

La multitud de nobles se separa cuando Félix me conduce al centro de la estancia.

Nos colocamos uno frente al otro y nos saludamos.

Las notas de los violines flotan sobre nuestras cabezas y se entremezclan para formar un vals melancólico.

Me posa una mano en la cintura. Empezamos a girar y me pierdo en sus ojos.

Quizá sea la adrenalina o el resultado de nuestros ensayos, pero por primera vez tengo la sensación de estar bailando con él, de estar con él, sin que ningún recuerdo de mi difunto marido me persiga.

Félix parece darse cuenta porque su sonrisa cortés se vuelve, durante unos instantes, más amplia, menos tensa.

Animada por este progreso, levanto la mano izquierda, aún con la escayola de colores, y la coloco sobre su hombro.

Un brillo le ilumina los ojos y un murmullo se le escapa entre los labios.

–¿Perdón? –susurro.

–No importa –contesta con una sonrisa.

Me parece tan guapo y este momento tan agradable que la culpabilidad no tarda en atraparme entre sus garras.

No hace ni dos meses que murió Antoine, y estoy bailando con otro hombre como si no hubiera pasado nada.

Casi puedo sentir cómo su fantasma me juzga.

Sin embargo, no nos prometimos nada. Un beso y una noche, eso es lo único que quiso la vida que compartiéramos.

–Respira, Gabrielle –musita Félix al darse cuenta de mi cambio de humor.

Por primera vez, me atrevo a apretarle la mano para volver a la realidad.

–Todo va a ir bien –añade.

Me observa de forma intensa y la sombra de una sonrisa le arruga los ojos.

La música se detiene de repente, y soy consciente de las demás parejas que se unen a nosotros en la pista de baile.

Ambos miembros se separan y las mujeres consultan su tarjeta de baile para saber a qué hombre acercarse a continuación.

Cuando Félix da un paso atrás, el barón de Kerdoncuff aparece ante mí.

–Creo que me toca –anuncia.

Algunas damas a nuestro alrededor intercambian una mirada, escandalizadas: el imbécil me ha dirigido la palabra sin que se lo haya permitido, incumpliendo así el protocolo.

Contemplo a Félix, cuya expresión se endurece, pero, sin una palabra, nos entendemos: es un nuevo intento del duque para desestabilizarme y, si queremos seguir el plan tal y como lo hemos previsto, no podemos permitirnos un escándalo aquí y ahora.

Por eso, cuando la orquesta vuelve a tocar, permito que el barón me coja de la mano.

Mientras que el contacto de Félix era agradable, el de este patán hace que me tense enseguida, lo sufi ciente para que me cueste respirar, aunque no tanto como para entrar en pánico.

Constato con satisfacción que tanto ensayar ha valido la pena.

–Veo que ya no te muestras tímida. –Se ríe cuando empezamos a girar.

–No me gustó su último intento de desestabilizarme, barón.

Esboza un mohín, como si meter el pie bajo mi falda no fuera más que una broma mal interpretada sin gran importancia.

Me coloca la mano en la cadera y la desplaza como si una araña correteara por mi piel.

Estoy a punto de perder el control, pero me refugio unos instantes en la música para no ceder a la angustia.

–Seguro que la intervención de monsieur de la Brivoisière le hizo entender mi postura –añado, mordaz, haciendo referencia al castigo que le infligió Félix bajo la mesa.

Mi comentario tiene el efecto esperado, dado que deja de mover la mano.

–Ah, espero que tu perrito faldero evite morderme esta noche.

Con la barbilla señala a Félix, en la periferia de la pista de baile, observándonos girar con una expresión gélida.

–Es una pena que no hayas logrado este tipo de progresos antes –dice el barón con un suspiro–. Te habría ahorrado una gran preocupación. Ahora es demasiado tarde.

–¿Y eso?

–Ah, no te hagas la loca. Sabes que tienes los días contados.

Te habrás dado cuenta de que ya no tratamos contigo ciertos asuntos políticos durante tu parodia del Consejo de Estado.

El poder ya ha cambiado de manos. El duque quería dejar que ocuparas tu sitio hasta saber el resultado de las elecciones, pero...

No termina la frase y esboza una mueca, como si acabara de probar una fruta amarga.

Sin embargo, entiendo lo que quiere decir: el duque habría esperado a las elecciones si hubiera estado seguro de su victoria porque le habrían dado mayor legitimidad a su toma de poder, pero ahora que Leclerc se está acercando en los sondeos y el resultado es incierto, no irá hasta el final para no arriesgarse a una derrota. Se deshará de mí antes.

–Lo digo por ayudarte –añade el barón–. Ya sabes, aún puedes retirarte. Seguro que nadie se opondrá a tu exilio.

Giramos una vez y cruzo la mirada con la de Félix, que se vuelve fulminante. Por supuesto, dada su capacidad para leer los labios, no ha pasado por alto el último comentario del barón.

–Pero tiene que salir de ti. Me temo que nuestro plan para destituirte te resultará duro –musita mi antiguo señor.

En ese mismo instante, la música se interrumpe.

–Gracias por este momento tan esclarecedor, barón.

Me alejo de él y monsieur de Kerdoncuff, tras una breve reverencia, se funde con la multitud.

Intercambio una mirada con Félix. Me dedica un asentimiento imperceptible antes de seguir a De Kerdoncuff.

Me encantaría formar parte de esa charla, pero ha llegado el momento de que hable con Leclerc: no solo la ausencia de Félix me garantizará que nadie espíe nuestra conversación, sino que, tras el incumplimiento de etiqueta del barón de la manera más brusca posible, un baile con el jefe del partido republicano será un tema secundario en los salones.

Lo veo en los márgenes de la pista y, en cuanto nuestras miradas se cruzan, se acerca a mí.

La pieza musical ya ha comenzado cuando me sujeta la mano con delicadeza.

–Fue un placer, Gabrielle, tener noticias tuyas –comienza a decir en voz baja.

Hace referencia a la carta codificada que le envié a Ophélia Lautrec con la información relativa al intento de envenenamiento.

–El placer es mío.

Sus dedos se crispan sobre mi cintura y jadeo durante un segundo. Por suerte, mi interlocutor no parece haberse dado cuenta, porque continúa:

–Necesitamos más. Estamos cerca de conseguirlo y la dinámica en curso es excelente, pero aún estamos lejos de ganar al duque.

Asiento.

–Estoy haciendo todo lo que puedo.

–Haz más.

Por supuesto, no puedo revelarle que su sueño se convertirá en realidad en menos de una hora y que su principal adversario acabará entre rejas.

–Estoy haciendo todo lo que puedo –repito–. Téngalo claro.

–Quiero tener pruebas de que es así porque, si no ganamos esta votación, no nos quedará otra opción que crear una crisis...

La música se acelera y me hace girar al ritmo de los violines.

–Le revelaré a todo el mundo que eres una espía turca –dice tan bajo que apenas lo oigo sin que la sonrisa abandone su rostro, como si estuviéramos teniendo la conversación más afable posible–, que le enviaste al gobierno de Estambul las grabaciones entre bastidores de Nobleza obliga , que tu medallón estaba trucado para espiar a Luis XXII y que lo envenenaste tras la boda para, como agente de un país extranjero, llegar al poder y cederle Francia a Turquía con la complicidad de la nobleza.

La convulsión que producirá todo eso nos permitirá organizar una revuelta contra el duque y contra ti.

–¿Y quién le dice que mi caída no provocará la suya? –respondo con un tono mordaz–. Su «crisis» le servirá la Corona en bandeja de plata al duque, y este no tardará en pedir que le ejecuten.