Libertad obliga 27
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– P lancha esa arruga de ahí –le ordena Ambre a la modista, señalando la parte trasera de mi vestido–. Dios mío, ¡y hay que ponerle un poco de antiojeras!

Durante los últimos seis días, el ritmo ha sido frenético.

Solo he podido pasar con mi padre unos minutos cada día antes de dirigirme a la sala de música, donde me paso gran parte de la noche intentando superar el miedo a que me toquen, girando entre los brazos de Félix al ritmo de un vals y jugando al Tetris en su compañía.

Cuando por fin llega el día de la fiesta, aunque ya logro bailar una pieza entera, tengo la tez demacrada y el rostro marcado por el agotamiento.

–Como le decía –prosigue Ambre mientras la modista me pasa la plancha por la falda–, Leclerc tiene el apoyo del treinta y siete por ciento, justo por debajo del partido del duque, que gana con un cuarenta por ciento.

–Entonces, ¿Leclerc tiene posibilidades de ganar las elecciones? –pregunto.

Ambre se mueve para observar mi rostro en el espejo mientras Iphigénie me aplica el maquillaje bajo los ojos.

–Cualquiera diría que le gusta tan poco como una posible victoria del duque –observa.

–Ya está, señora –interviene de forma discreta la costurera–. Hemos terminado con los últimos retoques.

–Perfecto –dice Ambre, satisfecha, estudiando la falda roja.

Contemplo mi reflejo en el espejo: estoy a la vez espléndida y provocativa, el efecto que buscaba.

Cuando los soldados vengan a por el duque, mi vestido hará juego con las cintas que adornan sus uniformes.

Seguro que Ambre estará muy satisfecha con esas imágenes...

, aunque se pondrá furiosa por no haberla avisado.

Las estilistas se marchan y Ambre se coloca detrás de mí para examinarme una última vez mientras Iphigénie me pasa los dedos por algunos mechones para colocármelos.

–¿Sabe? Si gana Leclerc, podemos empañar su imagen hasta hacerlo caer en desgracia –comenta Ambre–. Ha escrito suficientes panfletos satíricos como para que pueda cocinar algo. Deme uno o dos días y me libraré de él.

–¿Uno o dos días?

–El tiempo de poner en marcha un plan de comunicación con el que destruir su imagen. Puedo hacer milagros y emitir programas según va improvisando usted porque tengo bocetos para crear ese tipo de contenido, pero una caída en desgracia es mucho más complicada.

–Pero ¿y Luis XXII? Enseguida pusiste en marcha múltiples emisiones televisivas para denunciar sus crímenes.

–Porque teníamos pruebas, testimonios y estaba muerto –me explica–.

Leclerc está vivo, tiene apoyos y nos contestará.

Habrá que tener en cuenta todas las posibles respuestas para defendernos, lo que debe hacerse antes de empezar con el plan que sea.

Se trata de prever varias narrativas distintas.

Es una operación más compleja de lo que parece.

Eso es lo que me inquieta. ¿Y si arresto al duque esta noche, pero es demasiado tarde para que Ambre elabore el relato de su caída, a pesar de todas las imágenes de las que disponemos?

Miro el reloj. Son las nueve menos diez.

El baile empieza a en punto y al duque lo detendrán en un par de horas.

Quizá tenga tiempo de contárselo a Ambre.

Al fin y al cabo, ahora nada podrá salvar al duque, quien debe haber llegado ya y lo más probable es que esté a punto de caer en la trampa que le he preparado.

Llamo a Iphigénie, la única criada que sigue en la sala con nosotros, y, con un gesto, le pido que se marche, por lo que sale para dirigirse a su habitación.

–Ambre, me gustaría que a partir de esta noche te encargues de preparar la desgracia del duque –le anuncio.

Gira tan rápido la cabeza hacia mi reflejo que temo que se vaya a romper el cuello.

–¿En serio?

–Lo detendremos esta noche a las once. Quiero que estés preparada para anunciar por todas partes que está implicado en el escándalo del convento al procurarle cuatro víctimas a Luis XXII.

Ambre palidece.

–¿Cuatro? ¿Tiene pruebas?

–Contamos con todas las necesarias para encarcelarlo y convertirle en una vergüenza nacional. Incluso sus apoyos más fervientes preferirán que no se les relacione con él. Monsieur de Maintenon te enviará las imágenes en cuanto procedamos al arresto. Espera mi señal.

–Ay, ¡Dios mío!

Ambre se lleva las manos a la boca. Luego, parece recuperarse, se hace con la libreta y comienza a garabatear algo a toda prisa.

–En ese caso, no la acompañaré a la sala de baile –dice de forma precipitada–. Tengo mucho trabajo...

En cuanto salgo de la habitación, Agnès y Solange me esperan en el salón de las artes, ambas ataviadas con vestidos azules.

Parecen nerviosas: Agnès porque sabe lo que va a ocurrir esta noche y Solange porque teme que descubran su embarazo a unos días de su partida programada.

He conseguido idear con De Maintenon su exilio a Brasil bajo el pretexto de que quiere vivir lejos de las intrigas políticas.

Esperemos que no la descubran hasta ese momento.

Me acerco a las dos para cogerlas de las manos.

Ambas ignoran el secreto que guarda la otra, y me duele un poco haberlas puesto en esa situación.

–Gracias otra vez por acompañarme esta noche –musito.

–Es normal, Gabrielle. –Solange me dedica una sonrisa.

Agnès solo asiente. Aunque se ha quedado por mí, nuestra relación sigue siendo tensa.

–Terminemos con esto –dice con voz ronca.

Presiento que no soy la única a la que la espera la está poniendo de los nervios, por lo que me encamino enseguida a la sala de baile.

Atravesamos los pasillos rápidamente, con mis guardaespaldas pisándonos los talones.

Cuando entramos en el ala norte del palacio de las Tullerías, la música ya flota hasta los frescos, entrelazada con el aroma de las delicias culinarias.

Me detengo a unos pasos de la puerta para darles tiempo a los lacayos de que preparen su anuncio.

Los instrumentos de cuerda guardan silencio, los rumores de las conversaciones toman el relevo antes de apagarse y, por fin, un bastón choca contra el suelo.

–¡Su alteza real, la regente Gabrielle!

La puerta doble se abre ante una multitud salpicada de bordados de oro.

Los invitados hacen una reverencia, convirtiéndose en una marea radiante bajo las arañas de cristal.

Avanzo con pasos lentos hacia los cortesanos.

Enseguida reparo en el duque, acompañado del barón de Kerdoncuff y la mujer de este último, una sorpresa agradable.

Mi antigua señora me dedica una enorme sonrisa y me regocijo.

¡Qué alegría poder arrestar al protector de su marido delante de la nobleza más importante!

Será tan humillante como la vez que me sorprendió ante el piano y me pegó.

La multitud aún encorvada se separa para dejarme pasar, flanqueada por mis damas de compañía, hacia el trono, en el otro extremo de la sala.

A un lado del sillón rojo con el armazón dorado me espera Félix, recto, vestido con su uniforme de gala, el mismo que llevaba la noche que nos conocimos.

La sonrisa que intuyo en sus ojos es suficiente para tranquilizarme.

Me subo a la pequeña plataforma y me siento, aún rodeada de Agnès y Solange.

De inmediato, la orquesta reanuda la música, un minué que invita al baile, por lo que los presentes se incorporan y ocupan a toda prisa el centro de la sala.

–¿Cómo va todo, monsieur de la Brivoisière? –pregunto.

–No podría ir mejor.

Entiendo así que nada obstaculiza nuestro plan. Dentro de dos horas, el duque estará en una celda y el material comprometedor en mi posesión. Como si mis pensamientos maquiavélicos lo hubieran llamado, el duque se acerca a mí y hace una reverencia.

–Duque de Lorena, espero que esté pasando una excelente velada –susurro para que pueda hablarme como indica el protocolo.

–Magnífica, majestad. Espero que usted la disfrute al máximo...

Por el tono que ha empleado, entiendo lo que se esconde entre sus palabras: será la última. Debo contenerme para no esbozar una sonrisa más amplia.

–Le doy las gracias por su consideración, señor.

Un asentimiento de cabeza es suficiente para que entienda que puede irse. Luego, el barón y la baronesa de Kerdoncuff se acercan a saludarme.

–Ah, baronesa, ¡qué alegría verla aquí! –exclamo en cuanto se endereza–. Su vestido es una maravilla.

Se sonroja y le dedica una mirada de felicidad a su marido, quien se esfuerza por sonreír sin desviar de mí sus pequeños ojos de cerdo.

¿Sabrá su mujer cómo ha obtenido la fortuna y los privilegios?

Aunque el barón finja ser un idiota, no estoy segura de que lo de su esposa sea también una pantomima.

–Gracias, majestad –responde–. Mi modista se ha inspirado en su conjunto de la semana pasada. Siempre se viste con mucho gusto.

–He tenido una buena maestra.

Ahora desborda felicidad y le lanza un nuevo vistazo a su marido, dejando entrever su regocijo. Este no se da cuenta, demasiado ocupado estudiándome. Ah, ¡qué brusca va a ser la caída!

–Espero verla más a menudo por la corte –comento para concluir la conversación.

Es el golpe de gracia. Cuando el barón y ella se alejan, madame de Kerdoncuff rebosa alegría y no se ha dado cuenta de que no le he dirigido la palabra a su marido, dedicándole mi silencio de forma eficaz y muy descortés durante toda nuestra corta conversación.

Los saludos se suceden durante una hora hasta que por fin se presenta ante mí Régis Leclerc. Hace una reverencia muy respetuosa, aunque está más tenso que los nobles que lo han precedido.

–Monsieur Leclerc, hemos seguido con fervor los últimos acontecimientos de su campaña.

–Es un honor, mi señora. Debe saber que nuestra intención es protegerlos tanto a usted como a todos los franceses.

–Se lo agradezco.

Leclerc contempla a los invitados que giran tras él.

–Mi señora, espero que en algún momento me honre convirtiéndose en mi pareja de baile.