Libertad obliga 26
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A ú n tiemblo de emoción cuando irrumpo en la sala de música a medianoche.

Creía que encontraría solo a Félix, pero lo descubro en compañía de Agnès, ambos sentados ante el piano.

Esta visión atempera de inmediato mi entusiasmo.

Me observan, sorprendidos, al no esperarse ver me ataviada con prendas tan sencillas.

Mi llegada repentina parece haber interrumpido su dúo y, ante la idea de que Félix esté compartiendo un momento de complicidad con Agnès en cuanto me he ausentado por primera vez, siento una pun zada de celos y decepción.

–¿No estás haciendo las maletas para irte a la Unión Oriental? –le pregunto a Agnès con un tono que no logra ocultar mi amargura.

Mi comentario le provoca una sonrisa, igual que a Félix.

–No voy a abandonarte tras nuestra primera pelea –replica.

–Os dejo a solas –musita Félix, levantándose.

–No, es contigo con quien debo hablar.

Se sienta de inmediato, sorprendido por mi mal humor.

–¿Me necesitas? –pregunta Agnès, preparada también para marcharse.

Tardo un momento en responder, sopesando los pros y los contras. Por un lado, Agnès me ha hecho mucho daño al cuestionar mis decisiones. Por otro, sería una tontería separarme de ella cuando necesito más que nunca su intuición política.

–Quédate –digo al final.

Me dirijo enseguida hacia el sistema de sonido y reproduzco el disco que contiene, Valses de Madrid , al máximo volumen, antes de acercarme de nuevo a Félix y a Agnès. Los dos permanecen sentados en el taburete ante el piano, por lo que me apoyo en el instrumento para hablar con ellos.

–A última hora de la tarde, he ido a la Bastilla –comienzo a decir con una voz apenas audible sobre la música.

Los dos me escuchan con atención y, en cuanto abordo el robo del material comprometedor, Agnès se alarma.

–Dios mío, es una situación muy peligrosa, Gabrielle, más de lo que me imaginaba.

–Por eso quiero hablaros del segundo descubrimiento de la velada.

Prosigo con mi visita a la casa de De Maintenon y el vídeo en el que se veía al duque procurándole una joven al príncipe.

–Podemos conseguir que lo arresten –concluyo–. Pero ahí es donde necesito vuestros consejos: ¿cómo y cuándo? El duque está en plena campaña y nos arriesgamos a influir en la primera votación. Al fin y al cabo, las elecciones son un tema serio...

Agnès me fulmina con la mirada, pero no responde a mi indirecta.

–En realidad, no hay ninguna duda –contesta Félix–. Debemos encerrarlo lo antes posible. Desde el punto de vista de los votantes, posees conocimientos esenciales sobre el duque que, una vez se revelen, harán que cambien su voto. Tienen derecho a saberlo para tomar una decisión informada.

–Yo pienso lo mismo –concuerda Agnès.

–Y, desde el punto de vista de los nobles, una parte de ellos no tiene voz en las elecciones porque el duque los mantiene a raya.

Si lo arrestas y recuperas todo el material comprometedor, será un alivio inmenso para ellos y podrán volver a presentarse.

Estoy pensando, sobre todo, en Beaumont y la rama reformista.

En cuanto a los que lo apoyan, visto el impacto del escándalo del convento en Francia, nadie querrá que se le asocie con eso y el bando conservador no solo se verá afectado, sino que estará dividido hasta el final de la campaña.

Al encarcelarlo, no solo lo neutralizarás, sino que recuperarás el control de la cámara alta y permitirás una oferta electoral más amplia.

–Bien visto –dice Agnès.

Asiento. Siempre he querido detener al duque en cuanto tuviera pruebas suficientes, pero tener la confirmación de ellos dos me indica que estoy haciendo lo correcto.

–¿Cómo lo hacemos?

Félix dirige la mirada hacia los frescos, absorto, y, mientras las alegres melodías del siglo xix llenan la sala, parece una figura romántica y reflexiva de esa época.

–Deberíamos actuar cuanto antes, pero también de la manera más brusca y pública posible –dice, pensando en voz alta–.

Su arresto debería producirse delante de toda la nobleza para que sepan que, además de eliminarlo, estás recuperando el control de todo el material comprometedor.

No debe tener tiempo de avisar a nadie, ni a su familia ni a sus apoyos más cercanos, como el barón de Kerdoncuff.

Los que vayan a caer con él quizá tengan la tentación de actuar.

–Podríamos arrestarlo durante la asamblea plenaria de la cámara alta –sugiero–. Se reúne el viernes de la semana que viene.

–No –contesta Agnès–. No es lo bastante pública. Solo estarán los pares del rey, pero faltarán sus mujeres y la nobleza acaudalada pero reciente. Hay que organizar un baile.

–¡Qué buena idea! –exclama Félix–. Un baile nos permitirá reunir a toda la nobleza importante, grabar la velada para el reino y darnos tiempo para organizarlo.

Si lo hacemos la semana que viene, aún quedarán tres semanas de campaña para que se presenten los distintos partidos de la nobleza. El único problema...

Intercambiamos una mirada. Es obvio que el único problema soy yo.

¿Cómo voy a organizar un baile cuando, durante las dos semanas que llevo esforzándome por darle la mano a Félix, no he logrado soportar su contacto más de unos segundos?

¿Qué habría pasado si no hubiera logrado apartarme del barón esta mañana?

Agnès parece comprender la alusión y asiente, seria.

–Organizaremos un baile –decido–. La idea es demasiado buena y el duque no verá venir el golpe.

–Mis hombres, situados por todo el palacio, actuarán bajo mis órdenes en el momento oportuno –sugiere Félix–. Durante la velada, podría utilizar a las tropas de la capital para requisarle los bienes al duque y recuperar el material comprometedor nada más lo arresten.

–Solo hace falta avisar a Ambre de que vamos a celebrar una fiesta.

–Seguro que tiene alguna narrativa que aplicarle –comenta Agnès, sarcástica.

–¿Puedes ir a decírselo enseguida? Solo lo del baile, claro –añado–. Cuento con vosotros dos para que la noticia del inminente arresto del duque no salga de esta sala.

–Cuenta conmigo.

Entonces, mi amiga se levanta y siento que su frase no tiene nada que ver con mi petición de discreción, sino con el apoyo y el afecto que me está ofreciendo. Aun así, sigo enfadada, demasiado dolida por las palabras que me ha dedicado esta tarde como para responder.

En cuanto Agnès abandona la estancia, dejo caer la cabeza entre las manos. El día ha estado plagado de demasiadas emociones.

–¿Sabes? Si estás cansada, podemos dejar nuestras prácticas para mañana –me sugiere Félix.

–Imposible –contesto, alzando la mirada–. No puedo pasarme toda la fiesta sin bailar porque la gente se hará preguntas... Debo superarlo.

–Gabrielle, no seas tan dura contigo misma. Has hecho grandes progresos. Hoy mismo has recuperado el control cuando te ha tocado el cerdo de De Kerdoncuff. Hace unos días, te habrías quedado paralizada.

–Y todo se habría acabado.

Félix asiente, comprensivo, antes de levantarse para colocarse ante mí.

–¿Quieres bailar? Ya tenemos la música.

Me tiende la mano abierta y las notas de la orquesta se arremolinan a nuestro alrededor, invitándonos a movernos al ritmo del vals.

Me doy cuenta de que nunca he bailado con un hombre sin la presencia de cámaras.

Observo a Félix durante unos segundos. Su sonrisa.

Su propuesta. Entonces, tras ralentizar la respiración con ayuda de la melodía, acepto su mano.

El ritmo cardiaco se me acelera ligeramente cuando siento su palma sobre la mía.

–¿Puedes colocarme la otra mano en el hombro?

Trato de levantarla, pero de repente el corazón me late demasiado fuerte y estoy a punto de perder el control.

–No.

–No pasa nada. Diremos que te lo impide la férula. Dentro de unos segundos, te voy a coger de la cintura. Avísame cuando estés preparada.

Cierro los ojos y me sumerjo aún más en el ritmo de la música.

–Adelante.

El corsé de este conjunto es mucho más fino que el que suelo utilizar con mis prendas habituales, y noto el calor de la mano de Félix sobre mi cuerpo.

La reacción es inmediata: se me constriñe el pecho y el sonido del cinturón azotándome me estalla en los oídos. Pero no cedo. Abro los ojos de nuevo.

–Bailemos.

Nos ponemos en movimiento al lado del piano, bajo los frescos celestiales del techo.

Aprieto los dientes. Debo aguantar. Debo aguantar.

Félix me agarra con más fuerza para hacerme girar y siento cómo desliza los dedos por mi espalda, allí donde recibí los golpes con el cinturón.

No puedo soportarlo más. Me alejo de él con brusquedad, casi sin aliento.

–Gabrielle, ¡ha estado genial! –exclama.

Pero me alejo un poco más, con los ojos llenos de lágrimas. El salón se oculta tras la visión de Luis XXII inclinado sobre mí. Se te van a quitar las ganas de que te toque nadie .

Me dejo caer de rodillas y poso las manos sobre la alfombra en busca de aire.

–No... No puedo.

–Gabrielle, ya has hecho un gran progreso.

–No. Tú también tienes cicatrices que no se podrán borrar. No creas que no me he dado cuenta de que bebes todas las noches, Félix –comento, hosca, centrando la mirada en él.

La conmoción le ensombrece las facciones y enseguida sé que he ido demasiado lejos.

Sin mediar palabra, se sienta en el sofá más cercano, con la cabeza baja y los ojos fijos en el suelo, derrotado.

De repente, me avergüenza haber permitido que mi sufrimiento se haya desbordado hasta el punto de herir a quien me tiende la mano.

–Lo siento. No lo pienso de verdad.

Permanece en silencio. Me levanto para acercarme a su lado. Me encantaría recorrerle el hombro con las yemas de los dedos, pero no logro estirarlos hacia él.

–No, tienes razón –musita–. ¿Quién soy yo para darte consejos? Utilizo el alcohol como anestesia. Bebo todas las noches desde que escapé del asentamiento turco. Es lo único que me permite dormir y...

Se interrumpe, demasiado conmocionado como para seguir.

–Félix, lo siento.

–Durante todo mi encierro, me imaginé la vida que llevaría cuando saliera de allí. La vida de después. Me aferré a ella con uñas y dientes para soportarlo. Pero no he logrado construir esa vida sin la ayuda del alcohol, que me permite olvidar todo lo que he vivido y elimina mi culpabilidad.

Su angustia es tan evidente que por fin logro superar los últimos centímetros que nos separan. Le rozo el hombro con los dedos. Sorprendido, levanta la cabeza antes de dedicarme una sonrisa triste.

Luego, sin dirigirme la palabra, se incorpora, va a buscar la botella y, con zancadas ligeras, se encamina hacia la ventana. La abre y estira el brazo para verter todo el whisky en el patio.

–Se acabó.

La botella repiquetea sobre la mesa cuando la deja. Luego, se coloca ante mí y me ofrece de nuevo la mano.

–No volveré a tomar ni una gota. Al fin y al cabo, si tú estás luchando contra tus demonios, tal vez haya llegado el momento de que yo afronte los míos.

Permanezco muda ante esa declaración en forma de confesión. Una confesión que me complace. Valses de Madrid sigue retumbando bajo la cúpula y, sin pensarlo, deslizo los dedos sobre los suyos.

–Bailemos antes de pasar a la siguiente etapa.

Comenzamos a dar vueltas por la sala mientras la mullida alfombra persa amortigua nuestros pasos.

Inclino la cabeza y me sumerjo en la música antes de coger una amplia bocanada de aire.

Félix me ha confiado de nuevo los recuerdos que lo están atormentando.

Quizá sea el momento de que yo le hable de los míos.

–La noche de bodas, el rey me ató y me golpeó con el cinturón. Luego... Luego, me mordió. Desde la nuca hasta el pecho. Cuando un hombre me toca, aún oigo sus azotes.

A Félix se le endurece la expresión.

–Habría matado a ese hijo de puta con mis propias manos.

Un brillo peligroso aparece en sus ojos y, por un segundo, entreveo al soldado que aparecía en Al servicio del rey .

–Félix, quiero poder bailar en la fiesta sin arriesgarme a perder el control. Colócame la mano en la cintura.

–Tienes razón –acepta, serio.

Me sitúa una mano entre los riñones para hacerme girar al son de los violines.