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La mansión de monsieur de Maintenon es una casa de 1940 construida en el corazón de un exuberante jardín al final de un pequeño callejón sin salida situado en la colina de Montmartre.
Bajo la suave luz de las farolas, su fachada se deforma convirtiéndose en suntuosas espirales y circunvalaciones esculpidas en la piedra caliza, típicas de esta época conocida por la locura arquitectónica.
Mi ministro me invita a bajar y, tras pasar la seguridad ante la valla, atravesamos un bosque oscuro y aromático que llega hasta el umbral de la puerta.
–Un jardín maravilloso –comento.
–Uno de mis antepasados trajo todas estas especies de sus viajes a la India –me explica De Maintenon.
Nos adentramos en un vestíbulo con el patrón de un tablero de ajedrez en el suelo, donde el mobiliario verde recuerda a la estética floral de moda el siglo pasado. Advierto que no nos recibe ningún criado.
–Si me lo permite, deje que le guarde la capa –me propone De Maintenon–. Le he pedido a mi personal que se marche. Pronto entenderá por qué.
Intrigada, me quito la prenda, que cuelga de un gancho.
Me invita a seguirlo al primer piso. En un pasillo rosa, abre la primera puerta a la izquierda.
En una estancia con las contraventanas cerradas, dos hombres aún jóvenes, de unos treinta años, uno delgado y el otro todo lo opuesto, levantan la cabeza de sus escritorios.
Tras superar la sorpresa inicial, se apresuran a levantarse para hacer una reverencia, pero el protocolo es ahora mismo la última de mis preocupaciones: en las paredes en torno a ellos cuelgan cientos de fotografías y notas.
De lejos, reconozco las imágenes del príncipe, de baja calidad, que debieron captar las cámaras de seguridad.
En las otras salen jóvenes mujeres, sus víctimas, sin duda.
–Estos son Ruinard y Philippe, mis dos mejores investigadores y las únicas personas en las que confío para buscar a los cómplices del príncipe en el escándalo del convento.
Como sabrá, mi mujer y mis hijos se están hospedando en la casa de mi exilio provincial: aquí solo vivimos nosotros tres.
Así me aseguro de que ninguna de nuestras sospechas o pistas salga de estas paredes.
Las personas de las que desconfiamos son demasiado poderosas o tienen los tentáculos tan largos que no podemos confiar ni en una criada ni en un cocinero...
–Entonces, ¿se encargan ustedes mismos de las tareas del hogar?
–Soy yo quien se ocupa de eso, majestad –interviene el hombre más grande, el que se llama Ruinard–. Tres horas cada sábado y...
–Y, si la he hecho venir aquí, es para informarle de un descubrimiento decisivo en nuestra investigación sobre el duque –lo interrumpe De Maintenon.
–¿En serio?
Una oleada de alivio me relaja los músculos de la espalda y me deshace el nudo del estómago. Quizá tenga por fin una vía de escape de este tira y afloja insoportable.
–Se lo suplico, señor, cuéntemelo todo.
–Si se acuerda de nuestra última reunión, le informé de que habíamos identificado entre las víctimas a cuatro doncellas del duque de Lorena.
Hemos comparado las fechas de nacimiento y los apellidos en el registro del fondo de pensiones de los empleados de la casa y nos hemos remontado hasta la empresa de selección a través de la que las contrató el secretario del duque.
De Maintenon le hace un gesto con la cabeza a Ruinard, quien continúa:
–Partimos de la idea de que las jóvenes cuya desaparición nunca se denunció debían proceder de las clases sociales más bajas: prostitutas, criadas, huérfanas...
–También es posible, aunque todavía debemos demostrarlo, que el duque haya utilizado al barón de Kerdoncuff para localizar a estas jóvenes –interviene Philippe–.
El hombre recluta a muchas como criadas, siempre chicas bonitas de las que abusa su señor y a las que se intenta comprar para sufrir este tipo de ataques.
–Según las listas del fondo de pensiones, se empleó a todas estas mujeres uno o dos meses, lo que corrobora la hipótesis de que se las contrataba solo para entregárselas al delfín –continúa Philippe.
–Pero, aunque los medallones muestren que las jóvenes estuvieron en el convento –prosigue Ruinard– y las fotografías del corcho confirmen que están muertas, el duque siempre podría afirmar que esas víctimas solo pasaron brevemente por su casa, que no las conocía y que se marcharon porque no se entendían con su ama de llaves.
–Y es en este punto en el que hemos descubierto cómo arrinconarlo –interviene De Maintenon, satisfecho–. Ruinard, muéstrale a la regente lo que hemos descubierto.
–Claro.
El detective coge el ordenador y reproduce un vídeo: la imagen no es muy nítida, pero se reconoce a la perfección al duque, que sale de una casa con una joven vestida como criada cogida del brazo.
Hace caminar a la sirviente, que parece estar borracha o drogada, a juzgar por sus pasos inciertos, hasta que la monta en un coche.
–En un primer vistazo, no parece nada serio –dice el detective Ruinard–. El duque acompaña a una empleada hasta un Duguain blanco, un modelo utilizado por casi todos los conductores y taxis de la capital. Pero mire...
Hace clic en un icono de la pantalla y la calidad de la imagen mejora de forma drástica.
Aumenta la imagen para centrarla en el cristal del vehículo.
En él aparece, durante un breve instante, un rostro que se inclina para observar la calle.
Ruinard pausa el vídeo y ahogo una exclamación: es Luis XXII.
–El duque le proporcionó una víctima al príncipe justo después de una velada festiva en su casa –anuncia De Maintenon, orgulloso–. Es la última vez que se vio a esa mujer con vida.
–Y, dado que contamos con estas imágenes, no puede negar que la haya dejado en sus manos. Todavía buscamos la manera de inculparlo por las otras tres víctimas, pero aún debemos repasar gran cantidad de grabaciones.
–¿Gran cantidad de grabaciones? –repito.
–He sido listo. –De Maintenon esboza una sonrisa, de repente muy satisfecho consigo mismo–.
La vecina del duque es la viuda De Fichon, una anciana dama que sabía que vivía sola desde hace años.
¿Y qué hacen a menudo las mujeres mayores y solitarias en estos barrios?
Instalan sistemas de vigilancia. Con un vecino tan importante como el duque, con idas y venidas permanentes y múltiples veladas hasta tarde con invitados bastante borrachos, madame de Fichon tenía, como es obvio, muchas cámaras bien escondidas, dirigidas al perímetro de su propiedad.
La buena suerte ha sido que la viuda invirtió en un sistema muy caro que archiva hasta un año de imágenes.
Seguimos analizándolas para tratar de conectar al duque con la muerte de las otras tres criadas.
–Gracias, monsieur de Maintenon. ¡Ha hecho un trabajo excelente!
Pero, en lugar de sonreír, el hombre solo inspira hondo.
–Majestad –continúa–, hemos encontrado estas imágenes por pura casualidad. Me pregunto hasta qué punto podríamos progresar si contáramos con el material comprometedor de la Corona. Sé que es usted quien conserva ahora las valiosas grabaciones del rey. ¿Podría procurarnos acceso?
La petición me pilla desprevenida. Sí, confío en De Maintenon, pero ¿de verdad puedo revelarle que ya no las tengo? ¿Que ahora es el duque quien posee todo ese material?
–Vayamos por partes –respondo para ganar tiempo–. Monsieur de Maintenon, necesito saberlo: ¿estás imágenes se podrían utilizar en un tribunal?
–Tenemos razones para creer que sí –contesta sin ocultar una chispa de decepción.
Noto cómo se me dibuja una sonrisa vengativa en el rostro. Puedo conseguir que arresten al duque sin que la nobleza se oponga, ya que esta temería enfrentarse a la cólera pública... y, al mismo tiempo, recuperar el material comprometedor para acabar con todos los demás.