25
L a Bastilla se yergue ante nosotros tal y como me la había imaginado: un mastodonte oscuro y gigantesco que se recorta sobre el cielo malva de la noche parisina, una visión medieval en pleno siglo xxi y el triste reflejo de los horrores que lleva presenciando desde hace décadas.
Nuestro vehículo avanza hasta la caseta del guardia y compruebo una vez más que la capucha me mantiene oculto el rostro antes de que monsieur de Maintenon baje el cristal.
Le muestra una placa al soldado, quien vuelve a su puesto para bajar el puente levadizo.
Se me encoge el corazón al imaginarme a mi padre entrando aquí hace ahora cinco años.
El repiqueteo de las cadenas retumba en la noche y los paneles de metal tocan por fin el suelo ante nosotros de forma estrepitosa. Nuestro coche lo cruza y, en cuanto supera el arco de piedra, el puente se eleva una vez más detrás de nosotros.
–No se preocupe –musita De Maintenon–. Solo es una medida para evitar que los recién llegados huyan o las visitas aprovechen la ocasión para idear un plan de escape.
Respondo con un asentimiento, aunque no me tranquiliza demasiado. El coche se detiene y salimos de él. Contemplo las paredes negras que rodean este patio pavimentado, tan altas que solo se intuye un delgado trozo del cielo sobre ellas.
–Por favor, sígame –musita De Maintenon.
Me adapto a su ritmo cuando un guardia se apresura a abrirle una pequeña puerta.
Nos adentramos en un pasillo estrecho con el techo bajo que me recuerda más a los túneles de una mazmorra que a los pasadizos de un castillo.
De Maintenon se detiene ante una primera puerta y le muestra su placa a un guardia.
Luego, ante una segunda. Y una tercera...
Hasta que por fin llegamos a la sección donde están los prisioneros.
Pesadas puertas de metal cubren las paredes de piedra y el hedor a miseria humana se me cuela por la garganta.
Contengo una arcada y me llevo un trozo de la capa a la nariz para tapármela.
–¿Esto es... normal? –Trago saliva.
–En esta zona, sí. Se considera que estos individuos son peligrosos, por lo que hay que esperar a que haya suficiente personal armado para limpiar las celdas. El olor mejorará en otras plantas.
En ese momento, un grito demencial retumba a mi derecha y me sobresalto.
–¿Y qué han hecho para acabar aquí?
–Por lo general, atacar a un guardia.
Superamos dos puertas más antes de que De Maintenon me guíe hacia una escalera.
Subimos dos plantas, les mostramos la placa a tres soldados y llegamos a un pasillo idéntico al primero, aunque esta vez sin olores nauseabundos.
Mi ministro del Interior acepta la llave de un soldado antes de conducirme hasta una celda.
–Este es nuestro hombre.
Abre la puerta. Descubro una estancia estrecha, amueblada con dos sillas a un lado y una mesa al otro, tan poco iluminada que al principio me cuesta distinguir dónde está el prisionero.
Solo cuando levanta la cabeza, de una palidez casi luminiscente, me doy cuenta de que el hombre está colgado de las muñecas en la pared del fondo a la altura justa para que pueda tocar el suelo con las puntas de los pies.
–Vaya... Tengo... visita –jadea.
El rostro se le ha inflamado en varias partes, tiene el ojo derecho amoratado y, cuando trata de sonreír con una mueca espantosa, revela una boca a la que le falta un incisivo. Aunque este hombre intentó quemarme viva, no puedo dejar de sentir lástima por cómo ha acabado.
–¿Le han pegado? –le pregunto a De Maintenon.
–Necesitábamos que hablara, majestad.
Sufro un escalofrío. Ya sabía que Luis XXI utilizaba la tortura en las prisiones... Debería haber anticipado que mi ascenso no iba a abolir mágicamente esta ofensa a los derechos humanos más fundamentales.
–Suéltelo, por favor –le ordeno a De Maintenon–. Apenas puede respirar.
–Señora, esa es la idea. Y me incomoda imaginármelo moviéndose con libertad en la misma habitación que usted...
–Suéltelo y pida que nos traigan un té –insisto–. Es una orden.
Sorprendido por mi cambio de tono, De Maintenon obedece. Llama a un guardia, quien, confundido, le pide que le repita la petición para asegurarse de que la ha entendido.
–La señora ha pedido que le traigan un té –musita el ministro–. Seguro que hay en el despacho del director...
–Voy a preguntar.
Tenemos que esperar quince minutos para que traigan una vajilla de porcelana sobre una bandeja, con dos tazas y un plato de dulces, y otros cinco para que encuentren la llave con la que liberar al prisionero de las cadenas.
Cuando por fin lo sueltan, se derrumba en el suelo.
Tarda un momento en ponerse de rodillas y enseguida se masajea las muñecas.
–Muy bien. Ahora, déjenos a solas.
Mi orden es un cubo de agua fría sobre De Maintenon y los guardias.
–Señora, con todos mis respetos...
–Este hombre apenas puede tenerse en pie. Desde aquí veo que la mesa y las sillas están ancladas al suelo. Átenlo a una de ellas, quédense detrás de la puerta y, si intenta hacerme algo, tendrán todo el tiempo del mundo para intervenir.
De Maintenon abre la boca para protestar, pero por fin se rinde y, para causarme buena impresión, echa con fervor a los guardias de la celda.
–¿No habéis oído a la señora? Obedeced. ¡Más rápido!
Dos guardias hacen que el ladrón se siente sin miramientos, mientras el otro trae las cadenas con las que atarle los pies a las patas de la silla.
Después de asegurarse de que está bien sujeto, abandonan la sala.
La puerta se cierra y me sitúo ante el delincuente.
El prisionero, débil, levanta la cabeza para soltar un gruñido y, aunque me he mostrado firme ante De Maintenon, no tardo en desviar la mirada de sus ojos, que no ocultan su animosidad.
En ese momento, decido quitarme la capucha.
Aprieta la comisura de la boca cuando me reconoce. Cojo la tetera para servirnos el té.
–Por favor, toma alguna galleta. Supongo que no te habrán dado demasiado de comer.
–La regente en persona viene a merendar conmigo. –Suelta un silbido–. No me esperaba algo así. ¿Es para darme una paliza aún mayor después?
–Al contrario. ¿Sabes? No creo en la tortura. Mira en qué estado te encuentras y no ha servido de nada. ¿Para qué voy a dejarles que continúen así? Sin embargo, creo que todo el mundo tiene un precio.
El brillo de la codicia le ilumina los ojos.
–Sé que actuaste siguiendo órdenes y que te pagaron por el trabajo que te trajo hasta aquí. Sin duda, querrás ponerle un precio al nombre de quien te contrató. Adelante, ¿quién te pidió que robaras esas cintas?
No contesta de inmediato. Le da un sorbo al té, que traga con una lentitud exagerada. Entiendo que debo hacerle una oferta.
–¿Qué me dices del indulto real, de cien mil luises de oro y de un billete sencillo a un país de tu elección, cambio de nombre incluido? Seguro que te gustaría marcharte a algún destino concreto.
Baja la taza, sorprendido. Luego, tras recuperar la expresión impasible, coge una galleta.
–Esas cintas deben tener mucho valor para usted, a juzgar por la suma que me está proponiendo...
Doy un sorbo al té para ocultar mi satisfacción. Está cayendo en la trampa que le he tendido: de forma sutil, quería conseguir la confirmación de que robó el material comprometedor, y acaba de confesarlo. Ahora solo queda saber si puedo conseguir que venda al duque...
–Verá, el problema –continúa– es que, a pesar de que su oferta supera todas mis expectativas, temo más a mi gremio que a usted. Esta celda y la muerte que me promete la Corona son un paseo exquisito y primaveral en comparación con lo que me espera si incumplo mi promesa...
–Bueno, en ese caso, aprovecha este momento de tranquilidad –le sugiero.
Empujo el plato con pastas hacia él: aunque rechace mi oferta, nada me dice que no seguirá dándome nuevos datos si le dejo hablar. El hombre me lo agradece con un gesto de cabeza y sigue comiendo y bebiendo con calma, en silencio.
–¿Cómo te llamas? –le pregunto.
–Jean Dubois, majestad.
–¿Y cómo te convertiste en ladrón?
–Me está pidiendo de nuevo que revele un secreto que no me pertenece...
Se traga de golpe las dos últimas galletas, y entiendo que está intentando que esta conversación termine lo antes posible.
–Al menos, ¿te pagaron bien por intentar quemarme viva? –pruebo a decir.
El hombre suelta una carcajada.
–No le voy a decir nada más, majestad. ¿Sabe? Me da miedo el gremio, sí, pero más aún quien quiere su cabeza.
Y, tras eso, se bebe el resto del té.
–¡Guardia! Vuelve a colgarme de la pared.
Cuando los empleados de la Bastilla entran para ocuparse del delincuente, salgo al pasillo, inquieta.
He descubierto dos cosas. La primera es que, si el hombre tiene más miedo a quien lo contrató que a su gremio y a mí, debe tratarse, sin duda, del duque.
Sabe que es poderoso, que controla todas las instituciones del país, y supone que pronto ocupará mi lugar en el trono.
Mi oferta era atractiva, pero no estaría a salvo en ningún lugar del mundo.
La segunda es que el duque dispone de gran parte del material comprometedor de la Corona, además del suyo propio.
Los dos ladrones tuvieron un par de horas para buscarlo por el convento y, aunque esa sala la abrieran la última, debieron tener tiempo para llevarse gran cantidad del material antes de que nuestra llegada les obligara a prender fuego al resto.
El estómago se me convierte en una piedra.
El duque lleva semanas siendo más poderoso que yo, y mi título como regente no es más que eso, un título.
–¿Ha obtenido lo que deseaba? –me pregunta De Maintenon.
–Sí. Ahora, vayámonos. Pero, por favor, ponga fin a la tortura de ese pobre hombre, porque no hablará.
Salimos a toda prisa de la prisión y nos subimos al coche. Cuando el puente levadizo golpea el suelo de forma estrepitosa, De Maintenon rompe el silencio:
–A mi casa –le pide al conductor.