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Me giro sobre los talones sin darle tiempo a contestar. Pero, cuando llego por fin a la habitación del pequeño Luis y lo veo ocupado dibujando las letras con su maestro ante el objetivo de una cámara, se me forma un nudo enorme en la garganta.
Debo hacer uso de toda mi fuerza de voluntad para no dejar entrever nada ante los objetivos y adoptar el papel de una madre cariñosa que juega con el pequeño Luis.
Pero, aunque el niño es adorable, veo que le lanza frecuentes miradas a Solange, quien lo anima desde una esquina de la habitación.
Casi siento que soy una impostora cuando lo abrazo para desearle buenas noches.
Odio que Agnès tenga razón, al menos sobre este punto: mi papel como madre sustituta es una venda con la que taparle los ojos al público.
Con el corazón en un puño, me dirijo a mi habitación para prepararme antes de la cena, en la que me acompañará el Círculo de Amigos de las Letras, un grupo de debate de jóvenes nobles enamoradas de la literatura que quieren hablarme de las becas que desean darles a escritoras francesas.
Pero, cuando cruzo el umbral de la antecámara, De Maintenon se levanta a toda prisa de uno de los sofás.
–Señora, perdone la intrusión, pero me temo que de nuevo debemos tratar un tema urgente.
Me apresuro a cerrar la puerta.
–¿Ha hecho algún progreso con las investigaciones? –le pregunto, solícita.
–Exacto. Debo anunciarle dos novedades. La primera es que, tras varias semanas de indagaciones, hemos arrestado a uno de los hombres que atentaron contra su vida y le prendieron fuego al convento.
–Vaya.
–Ha confesado el crimen y las imágenes de las cámaras de videovigilancia que hemos recuperado permiten identificarlo con claridad en el barco que descendía y subía por el río.
Sin embargo, se niega a decirnos para quién trabaja y, aunque hemos estudiado su entorno, de momento no hemos encontrado nada.
De él solo hemos logrado saber que es un ladrón experto.
–¿Un ladrón experto? –repito, sorprendida.
–La clase de delincuente de primer nivel cuyos servicios contrata la mafia.
Me invade un horrible presentimiento. Tras haber visto cómo se incendiaba la habitación con el material comprometedor, siempre había pensado que este se había destruido.
Pero ¿y si no fuera así? ¿Y si lo hubieran robado antes de prenderle fuego a la sala?
Eso explicaría por qué la nobleza se ha aliado tan rápido con el duque, incluido monsieur de Kerdoncuff, quien ahora debe estar obligando a los últimos disidentes a entrar en razón.
–¿Se llevó algo? –pregunto.
–No que yo sepa, señora. No tenemos ninguna imagen del desembarco e ignoramos qué podría interesarles del convento.
Es posible que hubiera documentos importantes o pruebas de la culpabilidad del delfín, y que el duque le haya pedido a alguien que se hiciera con ellos, pero me inclino por la teoría de que el ladrón y su compañero escalaron la fachada del edificio y entraron en él solo para matarla.
Por supuesto, mi ministro del Interior no sabe lo que se encontraba en la sala del incendio: ¿cómo se iba a imaginar que el material comprometedor estaba en la estancia contigua a aquella en la que el delfín guardaba sus instrumentos de tortura?
Lo más probable es que crea que estoy en posesión de esas cintas y documentos.
El veneno de la duda se me extiende cada vez más por el vientre.
Ya no puedo contentarme con especulaciones. Debo asegurarme.
–Monsieur de Maintenon, ¿puedo reunirme con ese hombre? Me encantaría interrogarlo yo misma.
De repente, parece incómodo.
–Hemos encerrado a este hombre en la Bastilla bajo una gran vigilancia. Será complicado organizar su traslado hasta allí, y tendríamos que prepararnos para responder a las preguntas de su visita a esta prisión.
–Sígame.
Salgo de mis aposentos y llamo a la puerta de la habitación de mi padre.
No recibo respuesta, por lo que ya debe haberse ido a cenar.
Es una suerte, ya que no creo que viera con buenos ojos lo que estoy a punto de hacer.
Camino hacia la pared de la izquierda y activo el querubín que monsieur de Marche-Brume me mostró hace unas semanas, por lo que se abre el túnel secreto.
–Señor, le propongo que vayamos allí de inmediato, de forma discreta. Si no, ¿de qué servirían todos estos pasadizos?
–Eh... Déjeme solo que busque un coche –farfulla.
Mientras hace algunas llamadas por teléfono, me dirijo a mi habitación, donde me espera Iphigénie.
No hace ninguna pregunta cuando le pido que me vista para salir de incógnito: unos minutos después, me desprende de mi pesado vestido azul para enfundarme una sencilla prenda negra y una capa cuya capucha me coloco enseguida para ocultar mi rostro.
Cuando vuelvo a salir, monsieur de Maintenon me espera en el umbral de la puerta oculta.
–¿No me ha dicho que tenía que contarme dos novedades? –le pregunto mientras me lanzo escaleras abajo hacia las tinieblas.
–Cuando salgamos, si no le importa, me gustaría que habláramos con mis investigadores.
Nos adentramos en el pasillo subterráneo.