Libertad obliga 24 #2
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24 #2

–No lo entendéis –protesta–. La señora ha acusado al duque de forma sutil de la tentativa de asesinato antes de oponerse directamente. Si difundimos estas imágenes, se considerará un ataque contra él. ¡Un ataque contra la nobleza! ¿Podemos arriesgarnos a avivar aún más su ira?

Reprimo un suspiro.

–Pero, si no hubiera sido capaz de superar mi fobia, el duque habría convencido a esa misma nobleza, con imágenes como prueba, de que favorezco a su adversario.

Habría tenido el pretexto perfecto para echarme.

Y, dada la cantidad de personas que pretenden votarlo, no creo que se quejara mucha gente.

–Exacto –me apoya mi padre–. Además, no podemos quejarnos de la caída en ciertos indicadores como «la capacidad de gobernar» y luego eliminar una escena en la que la regente pone en su lugar a todos esos hombres.

–Sin embargo, Ambre tiene razón –interviene Félix–: existe un riesgo real de que estas imágenes se consideren una afrenta contra el duque. Y eso podría darle la excusa para deshacerse de ti...

A mi lado, mi padre frunce los labios, titubeante. Le sostengo la mirada, que refleja totalmente su inquietud.

–Muy bien, Ambre –concluyo con un suspiro–. No emitiremos nada.

–En ese caso, nos faltan cinco minutos de programa.

–Quizá deberíamos dejar de grabar –propone Agnès con los reproches latentes en su voz–. ¿De verdad necesitan los franceses seguir su vida día tras día?

–Eso ni pensarlo –replica Ambre, poniendo los ojos en blanco–. ¿Cómo vamos a mantener una popularidad tan alta si no controlamos la narrativa? –Después, dirigiéndose hacia mí, añade–: Le sugiero que filmemos una hora con Luis.

–No creo que sea buena idea. Hoy ya ha participado dos horas en la grabación, ¿no?

–Sí, tenía clase de francés y después de matemáticas.

Si se reúne con él ahora, podrán pasar un poco de tiempo jugando juntos.

Podríamos grabar una escena que refleje una «vida familiar muy normal» y mostrarla actuando como una madre.

Y no hay nada mejor que un intento de asesinato a una mamá para reforzar su popularidad.

Suspiro. Solange me va a odiar por haber incumplido tan fácilmente su promesa.

Habíamos pactado limitar las grabaciones de Luis a una o dos lecciones al día y exponerlo lo me nos posible.

Pero, al mismo tiempo, me da la sensación de que no tengo otra opción.

Debo recuperar los puntos de popularidad perdidos.

–De acuerdo.

–Perfecto. Y, hablando de popularidad, mire lo que me ha enviado el equipo de grabación que sigue a Leclerc para La campaña .

Este aparece en pantalla, sermoneando a la población ante palacio.

– Pueblo de Francia, nuestra regente Gabrielle está en peligro.

Los que no quieren una democracia van a por ella.

Ese es el resultado de la política violenta y radical que ejerce el duque.

Pero esto no pone en peligro solo a una joven o a la regente, no, sino también a la promesa de que se cumplan los derechos humanos en este país .

–Debo decir que así me cae mejor –comenta Félix.

–Es lo que se pretende –gruñe Ambre–. Al defender a una figura popular como la regente, dulcifica su imagen y la refuerza como si fuera un defensor de la democracia. Ahora mismo no tenemos ningún sondeo, pero con otro escándalo de este tipo podría ganar las votaciones.

Capto la mirada de preocupación de mi padre: ¿estamos a punto de sustituir un problema por otro?

Tras darles las gracias a Félix y a Ambre, me dirijo a la habitación en la que Solange se ocupa del pequeño rey. Solo por el sonido de los pasos de Agnès sobre el parque detrás de mí, noto que está conteniendo su irritación.

–Vamos, Agnès, dime qué se te pasa por la mente –le pido, resignada a soportar su cólera.

–Estoy harta de esos programas –responde, exasperada.

Acelera el paso para situarse a mi lado.

–Las puestas en escena son cada vez más ridículas y artificiales.

¿No te das cuenta de lo absurdo de la situación?

Se supone que debes dirigir el país, pero estás aquí, jugando a ser actriz e interpretando líneas de diálogo según lo que piensan de ti las amas de casa de menos de cincuenta años.

Es Solange quien se pasa todos los días con Luis, ¿y ahora te hacen interpretar el papel de madre?

Ya no eres la regente ni yo tu dama de compañía, nos hemos convertido en personajes en el seno de una superproducción televisiva que ha contratado a todo un gobierno.

Me detengo en seco y centro los ojos en los suyos.

–¿Y qué otra opción tengo? –replico–. Sabes que mi popularidad es mi defensa principal contra el duque. ¿Cómo voy a mantenerla si desaparezco de las pantallas?

–Entiendo ese argumento, pero ¿qué necesidad hay de continuar con la farsa de las primeras elecciones libres que conoce el país?

Tras todo lo que está pasando, ya no hablamos del estado de Francia ni de las reformas que hay que hacer.

Se ha convertido en un concurso de popularidad en el que los candidatos solo juegan con los comunicados.

Una vez más, solo nos centramos en la «narrativa».

Quizá sirva para contar historias bonitas y adormecer al público, pero no tiene nada que ver con la política.

¡La política es seria! –Me dispongo a responder, pero continúa–: Hablas como Ambre y estás dispuesta a utilizar las mismas tácticas que Luis XXI para influir en las votaciones a favor de Leclerc.

Son unas elecciones, Gabrielle. ¿No has visto cómo las hacen en la Unión Oriental?

Hay debates y desplazamientos debido a la campaña que cubren todos los canales de comunicación.

Ningún programa sigue a los candidatos como si fueran los héroes de la historia.

No filman al presidente turco en un Consejo.

Y el rey de Marruecos nunca utilizaría la noticia de un intento de envenenamiento para respaldar a un candidato.

Porque has sido tú quien le ha filtrado la información a Leclerc, ¿verdad?

Si no, ¿cómo iba a estar al corriente, dadas las pocas personas a las que les has contado el secreto?

El rubor me incendia las mejillas.

–¿Debería ocultar que el duque ha intentado envenenarme? –escupo–. Agnès, eres...

–No, deberías haberlo revelado tú misma y haber dejado que la policía llevara a cabo una investigación pública. En lugar de eso, has interferido en la campaña confiándole la noticia a Leclerc.

–Pero...

–¡Y de menudo envenenamiento estamos hablando!

–exclama, indignada–. He leído el panfleto que se ha distribuido por la ciudad.

¡El whisky en la sala de música! ¿Por eso nos reunió Félix ante el piano para esa extraña audición hace unos días antes de colocarnos un vaso entre las manos? ¿Para probar la lealtad de todos?

–¿No hubieras hecho lo mismo si estuvieras en mi lugar? –contraataco con frialdad–. Solo alguien cercano sabía que Félix bebía de esa botella.

–Entonces, después de todo por lo que hemos pasado juntas, ¿ya no confías en mí?

–No podía confiar en nadie, Agnès.

–¿Después de que renunciara a seguir mi sueño de estudiar en la Unión Oriental por ti?

Me hierve la sangre.

–Muy bien. Si tanto te apetece, puedes irte –exploto–. Venga, si quieres irte a estudiar a la Unión Oriental, adelante. Yo voy a seguir de grabación en grabación hasta que se implemente un sistema democrático en este país.