24
– H emos perdido diez puntos en «capacidad para go bernar», trece en «confianza en su visión» y ocho en «opinión favorable».
Sobre todo, su prestigio ha bajado entre las amas de casa de menos de cincuenta años...
Todo esto, unido a las insinuaciones de Leclerc, hace que su popularidad vaya en caída libre.
Ambre agita ante mis narices las hojas en las que ha impreso los gráficos. A mi lado, Agnès pone los ojos en blanco.
–No es muy realista pensar que siempre va a tener un ochenta por ciento de opiniones favorables.
–Sin embargo, ese es el objetivo de todos los asesores que han servido a la Corona –replica Ambre–.
Ochenta por ciento y más. –Me sostiene la mirada–: Si no autoriza más horas de grabación con el pequeño Luis, debería rectificar el rumbo en los Consejos.
Últimamente me cuesta encontrar momentos que sean presentables para su programa.
Muéstrese dulce pero firme con los ministros.
Recuerde, ahora es una figura maternal, utilice los elementos del lenguaje que hemos repetido.
«Teniendo en cuenta el futuro de los niños de esta nación».
«Por el bien del encantador hombrecito que tengo a mi cargo»...
–Ya lo he entendido, Ambre.
Agnès reprime un suspiro.
–Buena suerte –concluye mi asesora de comunicación.
Me levanto de la silla de maquillaje y cuadro los hombros para recuperar el valor.
Sin embargo, como lleva ocurriéndome todos los días desde hace dos semanas, tras la tentativa de envenenamiento, noto un nudo en el estómago por la angustia.
El duque ya no reprime sus injurias. Cuando no está ausente en el Consejo, ocupado insultándome en los mítines de campaña, me ataca directamente, utilizando a todos mis ministros para criticar cualquier palabra que sale de mis labios.
Como resultado, mi popularidad no deja de caer, y siento cómo me empuja hacia la salida con suavidad pero firmeza.
Sabe que no puedo destituirlo ni detenerlo sin que la nobleza entera se subleve contra mí, y se aprovecha.
–Hola, señores –los saludo al entrar en la sala.
Enseguida me doy cuenta de que algo no va bien.
Félix, en lugar de ocupar el sillón a mi derecha, ha intercambiado su sitio con el barón de Kerdoncuff.
Este último me dedica una sonrisa melosa mientras Félix me contempla, avergonzado, como si quisiera que comprendiera que no ha tenido elección.
¿Qué jugarreta me habrá preparado el duque esta vez?
Tomo asiento, presidiendo la mesa.
–Bueno –empieza a decir el duque como si ya estuviera al mando del Consejo de Estado y yo no fuera más que un vasallo que hubiera llegado tarde–, señores, hoy debemos debatir un tema importante. Se trata de la seguridad de la regente.
Esta propuesta me pilla desprevenida.
–Duque de Lorena, primero debemos tratar los planes para reformar los orfanatos.
–Creo que, aunque ese tema sea importante, tendrá que esperar porque, al parecer, nos ha ocultado una información esencial.
El duque se saca un papel de la chaqueta y lo desliza por la mesa hasta mí.
Lo cojo antes de que me ponga una mano en el corsé.
Es un panfleto del periódico de Leclerc, Francia Repu blicana : «Tentativa de envenenamiento a la regente: el duque trata de acaparar el poder».
Enseguida adopto una expresión de sorpresa para ocultar mi alivio: por fin los republicanos han decidido utilizar la información que les di en la carta que le envié a Ophélia Lautrec hace unos días. Ha llegado mi milagro.
–Señora, nos han lanzado los periódicos contra los coches cuando veníamos a palacio –continúa el duque–. ¿Por qué nos hemos enterado de que ha sobrevivido a un asesinato a través de los folletos del partido enemigo?
Le lanzo un vistazo a De Maintenon, quien se inclina sobre el periódico para leer el titular y parece descubrirlo al mismo tiempo que yo. Con lo acostumbrado que está a avisarme de los movimientos de Leclerc y sus simpatizantes, esto parece haberlo pillado por sorpresa.
–¿Qué le molesta, duque? –replico–. ¿Que hayan atentado contra la vida de su regente o que no le haya puesto al corriente? Quizá debería saber que solo informé a monsieur de Maintenon para que investigara sobre el tema.
–Así es –interviene el aludido–. El veneno se encontraba en una sala que frecuenta la regente y que mis hombres registran a menudo, lo que indica que se trata del trabajo de un espía. Debíamos investigar de forma discreta para encontrar al culpable y averiguar para quién trabajaba.
La alusión de De Maintenon es clara: está acusando de forma indirecta al duque.
–Creemos que ha sido un criado –continúa–. Un tal monsieur Oiseau, un empleado de cocina, lleva desaparecido desde esa noche.
El duque esboza una suave sonrisa e intercambia una breve mirada con el barón de Kerdoncuff, a mi derecha.
–No, lo que me molesta es que esta noticia, al parecer confidencial, haya llegado a oídos de mi adversario político y la utilice con fines electorales. Cualquiera pensaría que está intentando influir en las elecciones.
En ese momento, siento un movimiento en el vestido. Entonces, alguien me posa el pie en la pantorrilla. Se me corta la respiración.
–Voy a decirle, querida, lo que creo que está pasando –continúa el duque.
Lo que está pasando es que el barón de Kerdoncuff ha introducido su puntera bajo mi falda para que me quede muda ante sus acusaciones. Me aferro con fuerza al borde de la mesa con la mano derecha. No debo sucumbir. Ni entrar en pánico.
–Lo que está pasando –continúa con calma el duque de Lorena– es que ha visto que su favorito, monsieur Leclerc, va perdiendo según los sondeos. No niegue que es su favorito: le ha dejado pasar múltiples crímenes de lesa majestad y le ha permitido sembrar el caos desde que regresó a Francia.
Hace una pequeña pausa, como si pretendiera dejarme contestar, pero no logro articular el mínimo sonido. El pie me sube por la pantorrilla. Trato de recordar los ejercicios con Félix. Respirar. Sumergirme en la música. Evoco a Purcell. Music for a while .
–Su silencio es inquietante. Confiesa haberle filtrado esta información a monsieur Leclerc, ¿verdad? Responda.
El pie de De Kerdoncuff trata de empujar la tela para subir aún más. Se me acelera la respiración. Me sumerjo un poco más en la melodía, como cada vez que he intentado coger a Félix de la mano por las noches. Till the snakes, drop, drop, drop, drop, drop, drop, drop, drop, drop from her head...
–¡No es verdad! –exclamo, levantándome.
El pie de De Kerdoncuff cae con fuerza sobre el parqué.
El duque me dedica una mirada penetrante, llena de maldad.
Entiendo que no esperaba que resistiera ese ataque orquestado.
Advierto las cuatro cámaras que nos están grabando.
Si no hubiera reaccionado, esas imágenes, que se hubiera esforzado por conseguir, habrían supuesto mi fin: favorecer a Leclerc me habría desacreditado tanto ante el pueblo como ante la nobleza.
–Me está acusando de algo horrible, señor –continúo, furiosa–.
Sobreviví por poco a ese atentado y, si lo he mantenido en secreto, no ha sido para gritarlo a los cuatro vientos después, dado que ni mi propio padre lo sabía.
Allí donde usted ve un complot, solo hay precaución y prudencia.
–Inspiro hondo antes de proseguir con el ataque–: Lo que le molesta es descubrir el alcance de la red de los republicanos entre los criados y los lacayos, que saben quién maquina qué en realidad...
El duque entiende enseguida la acusación.
–¿Cómo se atreve, señora, cuando mi única preocupación siempre ha sido su seguridad?
Oigo un suave gemido a mi derecha. Giro la cabeza, igual que toda la asamblea, y descubro, con el rostro violáceo y los ojos brillantes, al barón de Kerdoncuff jadeando en su asiento.
Enseguida advierto que Félix saca la mano de debajo de la mesa.
–¿Se encuentra bien, señor? –pregunta con aspecto cortés–. ¿Quiere que le ayude?
–¿Necesita un médico? –propone De Polignac.
–No... No... No –balbucea el barón con voz temblorosa–. Todo va bien. Solo es cansancio.
–¡Vaya!
Félix le da un vigoroso golpe en la espalda que a punto está de lanzar la cabeza del barón contra la mesa. Me dispongo a reanudar mi ataque cuando un clamor sume la estancia en el silencio de repente.
–¿Qué es ese escándalo? –se queja el duque.
Sin pedirme permiso, se levanta para mirar por la ventana. Lo imito. En el exterior, una multitud se apiña tras la valla ante un hombre subido a una caja blanca. Reconozco enseguida esa silueta nerviosa y el pelo corto. Leclerc.
–Voy a ver de qué se trata –me informa De Maintenon.
Lo detengo con un gesto.
–Espere, creo que lo vamos a saber enseguida.
Sin más preámbulos, abro la ventana y, a la vez, el cristal blindado, transgrediendo así el protocolo de seguridad.
–¡Proteged a la regente! ¡Salvad a la regente! ¡Vamos!
En cuanto repara en mi presencia, la multitud estalla en exclamaciones:
–Ahí está, ahí está. ¡Gabrielle! ¡Aguante!
Los gritos de ánimo de la multitud inundan la estancia, silenciando a los ministros. Necesito hacer uso de toda mi fuerza de voluntad para no responder con una sonrisa burlona a la mirada de estupefacción del duque.
Creo que por fin Leclerc ha entendido que, si yo caigo, él caerá conmigo.
–¡Es una catástrofe! –exclama Ambre.
En la sala del Consejo, ahora que se han ido los ministros, mi asesora y yo repasamos a cámara rápida en el ordenador las imágenes de la sesión de hoy junto con Félix de la Brivoisière, Agnès y mi padre.
–No tengo nada, nada de nada, que pueda enviarle al editor.
–Al contrario, creo que tienes una prueba evidente de la falta de respeto del duque –le contradice mi padre.
Pero Ambre no le responde, aún ocupada estudiando las grabaciones que se han tomado con una perspectiva diferente. Desde que le hemos puesto al corriente de la tentativa de envenenamiento y ha visto las imágenes que se han captado esta mañana, tiene los nervios de punta.