Libertad obliga 23 #2
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23 #2

Frunzo los labios. De nuevo, me cuesta reconciliar la imagen de Solange, tan maternal y considerada, con la de una asesina.

Sin embargo, tras fracasar en mi prueba, esta mañana sigue distante e irritable, una actitud que esperaría de una culpable que no sabe interpretar un papel.

Quizá lo más prudente sería alejarla de aquí cuando llegue el joven rey.

Su coche avanza hasta la puerta doble y un puñado de criados se pone en marcha.

Por otro lado, la multitud que ha venido a recibirle estalla en vítores.

El vehículo efectúa una amplia vuelta para detenerse delante de la alfombra roja y monsieur de Polignac, mi ministro de Asuntos Exteriores, baja de él y le tiende una mano al niño de pelo moreno, que tiene los rasgos delicados crispados por el pavor.

Esbozo mi sonrisa más cálida, la que reservaba para el príncipe en Nobleza obliga , pero es la primera vez que es sincera: este niño no ha pedido estar aquí y necesitará consuelo.

–Bienvenido, querido Luis.

Me arrodillo ante él para que mis ojos estén a la altura de los suyos. Mi actuación no le ha convencido y unas enormes lágrimas amenazan con escapársele entre las pestañas.

–Te he preparado una habitación llena de juguetes. ¿Quieres venir a verla?

Le tiendo la mano y, aunque la acepta, siento que va en contra de su voluntad, debido a la insistencia de la mirada de monsieur de Polignac, que ha debido recordarle en el coche lo que debía hacer.

Me sigue al interior de palacio, flanqueados por Agnès y Solange.

El ministro de Asuntos Exteriores cierra la comitiva ante la mirada fría de las cámaras.

–Un minuto –interviene Ambre en cuanto la multitud no puede vernos–. Tú, colócate un poco más lejos. Quiero imágenes de la regente y el rey avanzando juntos de la mano.

Nos detenemos y obliga al técnico a moverse.

–Quiero ir con mamá –gime Luis a mi lado.

–¿Estáis preparados? –pregunta Ambre.

Bajo sus órdenes, avanzo sin soltar al niño.

–¡Corten! La luz es horrible. Repitámoslo.

–Quiero ir con mamá...

–No tardaremos mucho, Luis –le promete Ambre–. Aquí, colócate con tu compañero al final del pasillo.

El niño abre mucho los ojos cuando el hombre y su técnico de sonido pasan a su lado antes de estallar en sollozos.

–Ay, tienes miedo.

Solange me aparta sin miramientos para inclinarse sobre él como una gallina con su pollito. Un instante después, lo abraza.

–¡Quiero ir con mamá!

–Pequeño –le consuela, acariciándole el pelo.

Entonces, levanta la cabeza hacia De Polignac.

–¿Quién es esta madre de la que no para de hablar?

–Su nodriza, señorita. La mujer que lo crio tras la muerte de sus padres hace tres años.

–¿Dónde está?

–Sigue en Brasil. Le hemos pagado una recompensa muy generosa y...

–¿No lo dirá en serio? –escupe con una agresividad poco habitual en ella.

Aún con Luis abrazado contra su pecho, se levanta a toda prisa:

–¿Habéis arrancado a este niño de su hogar y lo habéis separado de la única madre que ha conocido solo para pasearlo como un mono ante las cámaras nada más llegar? –nos echa en cara, rabiosa–. Debería daros vergüenza.

Lanza una mirada glacial a su alrededor y no puedo evitar sentir que me está incluyendo en su protesta, igual que a Ambre y a De Polignac.

–Nos vamos a ir a su habitación y no saldremos hasta que se tranquilice.

Sin darnos tiempo a reaccionar, camina con pasos rápidos mientras Luis esconde la cabeza en el hueco de su cuello.

–¡Y encontrad a la nodriza! –grita sin girarse.

Desaparece por una esquina del pasillo, dejándonos atónitos ante su estallido.

–¿Qué le pasa? –musita Agnès.

–No lo sé, pero el misterio ya ha durado suficiente –replico.

Me apresuro a seguir a Solange.

–¿Solange?

Cuando entreabro la puerta de la habitación del pequeño Luis XXIII, amueblada desde el principio de mi reinado, descubro a mi amiga inclinada sobre él ante una caja de bloques de construcción.

–¿Hacemos una bonita casa? –le propone–. ¿Te parece bien?

–Sí –responde el niño con timidez.

Durante un segundo, solo los observo, sin atreverme a molestar.

Bajo la ebanistería verde, rodeado de peluches de ardillas, ciervos y perros que evocan una decoración forestal, el niño se relaja visiblemente con el juego y recupera la sonrisa en cuestión de minutos.

En cuanto a Solange, es la primera vez que la veo tan feliz.

Sabía que le gustaban los niños, que le encantaba ocuparse de sus hermanas y hermanos pequeños, pero no sabía hasta qué punto.

Sonríe de manera más abierta de lo habitual, le brillan los ojos y no deja de soltar exclamaciones llenas de entusiasmo mientras su casa toma forma.

Cuando colocan la última teja en el techo, por fin abro la puerta totalmente.

–¿Solange?

Me ve y la sonrisa le desaparece tan rápido que se asemeja a una llama extinta bajo una corriente de aire.

–¿Te puedo dejar solo un momento? –le pregunta a Luis–. Quiero hablar con mi amiga, pero volveré.

Me sitúo en una esquina de la habitación, cerca de un pequeño triciclo que conduce un enorme oso de peluche.

–Gabrielle, tenemos que proteger a este niño –musita en cuanto se acerca a mí con la voz trémula por la emoción–.

Quizá tú soportes grabar un episodio diario, pero él no.

Imagínate la conmoción que representa para un crío de esa edad encontrarse rodeado de desconocidos que lo utilizan para alimentar al público.

Señala con la barbilla a Luis, que saca unos arbustos de la caja para colocarlos en el jardín de la casa.

–Mira, es una edad en la que debería preocuparse de su próxima merienda o de la mochila que llevará a clase. Y lo vamos a enviar al escenario de un circo. La Corona ya pesa bastante.

Contengo un suspiro. Tiene razón, es cierto. Ningún niño debería estar destinado a gobernar un país. El lugar de Luis está en Brasil, junto a su madre adoptiva. Pero, si no puedo cambiar el sistema, debo conservar a mi lado su pieza maestra.

–Trataremos de protegerlo todo lo que podamos, Solange.

–Pero ¿será suficiente?

Su inquietud es evidente: se retuerce las manos, consumida por la angustia. ¿Y si me envenenó porque el duque está ejerciendo presión sobre ella de alguna manera?

–Solange, ¿estás bien?

Mi pregunta parece ponerla un poco más nerviosa. ¿Qué me está ocultando? ¿Y cómo puedo hacer que confiese sin revelar mis sospechas?

–Llevas unos días con los nervios de punta –continúo, prudente–. Pareces ausente y ayer saliste de la sala de música sin haber tocado el vaso.

Esta alusión al veneno parece funcionar, porque a Solange le empieza a temblar el labio inferior. Espero unos segundos, segura de que confesará si aguardo lo suficiente, pero, en lugar de eso, me da la espalda para observar una imagen de una lechuza dibujada en la pared.

–¿Qué pasa, Solange? Ya sabes que...

–Estoy embarazada –musita.

No puedo evitar sobresaltarme.

–¿Qué...? ¿Es...?

Se gira para mirarme.

–Es suyo –responde con un sollozo–. De Luis XXII.

–Solange, lo siento. No necesitas tenerlo. Encontraremos una solución.

Quiero abrazarla, pero se aleja de mí.

–No lo entiendes. Quiero tener a este niño.

Un escalofrío de aversión me recorre el cuerpo. Ni siquiera había pensado en esa opción. ¿Llevar al descendiente de ese monstruo, al fruto de sus atrocidades? ¿Cómo puede Solange...?

–¿Sabes que obligaban a abortar a las chicas que se quedaban embarazadas en el convento, Gabrielle? –prosigue–. Por tu cara, entiendo que mi embarazo te repugna, pero para mí es un milagro.

Posa la mirada en el pequeño rey.

–Siempre he querido tener una familia. Es mi mayor deseo, el que me ha acompañado desde que tengo uso de razón.

Recé todas las noches por tener un marido e hijos.

Creía que lo había conseguido cuando me seleccionaron para Nobleza obliga .

Después, el príncipe hizo pedazos todos mis sueños.

Me vi convertida en su víctima hasta la muerte, incluso tras su desaparición. ¿Quién querría estar conmigo?

Se lleva una mano al vientre.

–Este embarazo es un regalo que me ha hecho Dios tras todas esas pruebas. No espero que lo entiendas. Sé que no tenemos la misma concepción de la fe.

–Te equivocas, Solange, lo entiendo bien.

Eso explica por qué se adormiló en la cena con los embajadores, sus ausencias y su rechazo a tomar alcohol.

No es una traición, es un embarazo que no conseguirá ocultar durante mucho más tiempo.

Aliviada por poder seguir contando con mi amiga, la abrazo y esta vez no me aparta. Al contrario, me devuelve el gesto.

–Enhorabuena, Solange. Me alegra que hayas encontrado un rayo de sol en el que refugiarte.

–Gabrielle, tengo miedo –musita, abrazándome más fuerte–. Mucho miedo. Este niño es un posible heredero de la Corona.

Me alejo de ella. Por la conmoción, no me he dado cuenta de lo que significa este embarazo: una nueva línea sucesoria. Mi posible desaparición como regente. No hay duda de que el duque no tardará en legitimar a este heredero para apartarme del poder. Solange se quedará a solas con él.

–Gabrielle, no quiero que este niño crezca aquí –susurra, desesperada–.

No deseo que me obliguen a ocupar tu puesto.

No soy como tú o como Agnès. A vosotras se os da bien desentrañar intrigas políticas.

No duraría ni una semana en tu lugar en la corte, lo sé.

Tienes que prometerme que no contarás nada de este embarazo.

Me enviarás lejos en cuanto sea posible.

La cojo de las manos.

–Tienes mi palabra, Solange. Voy a... Voy a preparar tu partida desde hoy mismo.

Me abraza de nuevo mientras me pregunto: Si Solange no ha intentado envenenarme, entonces, ¿quién ha sido?