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– ... A nuncio así que retiro la candidatura de mi partido a las próximas elecciones y os animo a votar al partido Francia Unida.
–Y ya es el segundo que declara su retirada en favor del duque –suspira mi padre, observando cómo Beaumont termina su discurso en el ordenador de Ambre.
–Había visto venir lo de D’Ivoley –respondo mientras Iphigénie me deshace el peinado tras esta cena interminable–. Al fin y al cabo, es conservador. Pero las ideas de Beaumont se alejan mucho de las de este partido...
–Es evidente que el duque le ha presionado –concluye mi padre–.
No me gusta, Gabrielle. Queda menos de un mes para las elecciones y De Lorena supera por mucha diferencia a Leclerc.
Necesitaríamos un milagro para que se invirtiera esa tendencia.
Ya verás como no dudará a la hora de ocupar el puesto de presidente de la cámara baja, a la vez que el de portavoz de la cámara alta.
Con estas dos responsabilidades y la legitimidad de las urnas, se va a proclamar rey, no regente, si consigue desbancarte. Será coser y cantar para él.
–Sobre todo, si no encuentran al pequeño Luis XXIII –añado, lúgubre–. De momento, soy la regente de un rey al que no hemos visto nunca.
–Vamos, no se preocupe –interviene Ambre–. Seguro que pronto recibimos noticias del pequeño Luis. ¿No nos han dicho los servicios de inteligencia que estaban a punto de encontrarlo? En cuanto al duque...
El lacayo que anuncia la llegada de Solange corta a la asesora.
–Perdón por la interrupción. Me han pedido que venga a buscarte.
–¿Para ir adónde? –pregunta mi padre, desconfiado–. Además, a esta hora...
–Se trata de una sorpresa –contesta Solange con una sonrisa.
Me apresuro a levantarme. El momento que llevo esperando desde hace tres días por fin ha llegado.
–Ambre, papá, venid.
–Tú también, Iphigénie –añade Solange, aún sonriente.
Mi doncella arquea una ceja, intrigada, pero obedece de inmediato. Atravesamos a toda prisa el pasillo.
–¡Qué misteriosa! –le susurro a Solange, fingiendo que no conozco el destino–. Espero que no se trate de la sorpresa de uno de mis embajadores. Ya me ha costado soportar la cena.
–Ah, sí. –Solange suelta un suspiro–. Creía que me iba a dormir en mitad de la comida. Hacía tanto calor... Pero no te preocupes, no se trata de eso.
Reprimo una sonrisa: Solange sí que se ha adormilado en la mesa, aunque apenas unos segundos, ya que le he dado un suave codazo. En su defensa diré que estaba sentada con el embajador del zar de Rusia, y quizá sea el hombre menos interesante del mundo.
–¿La sala de música? –finjo sorprenderme cuando giramos la esquina.
–¡Lo has adivinado!
Abro la puerta de la habitación. En el interior, bajo la suave luz de las arañas me esperan Félix y Agnès.
Con Solange, mi padre, Ambre e Iphigénie, estas personas constituyen mi círculo más cercano, las que viven en palacio y saben que Félix y yo nos reunimos aquí todas las noches.
Hemos necesitado tres días para encontrar la ocasión perfecta para reunirlas a todas en esta sala sin que parezca precipitado o poco natural.
–Supongo que se estarán preguntando por qué les hemos hecho venir –comienza a decir Félix, acercándose al piano.
Para guardar las apariencias, asiento.
–Saben que la regente y yo compartimos la misma pasión por la música y que nos reunimos todos los días en torno al piano. Lo que seguramente ignoran es que ha tenido la amabilidad de darme clases.
Como es obvio, esta noticia no sorprende a nadie, pero mis invitados asienten de manera cortés, aparte quizá de Ambre, quien le lanza una mirada llena de desconfianza a Félix.
Dado que busca con desesperación una nueva historia de amor que acabe en boda y que puedan grabar las cámaras durante los próximos meses, casi me parece ver cómo se ponen en marcha los engranajes de su cerebro.
–Para darle las gracias a la regente, así como a todas las personas que la apoyan y la acompañan en su día, tengo el honor y el placer de ofreceros esta audición...
Félix hace una nueva reverencia ante los aplausos y, según nuestro plan, se sienta en el taburete.
Aunque hemos prepa rado toda la escena con sumo cuidado, siento que está nervioso por cómo se frota las manos contra la tela de las perneras del pantalón antes de tocar.
Coloca los dedos sobre las primeras notas, como le he enseñado, y, tras una corta pausa, comienza a tocar el «Adagio» del Concierto n .
º 3 en re menor, BWV 974 , de Marcello y Bach.
La música surge del instrumento y aprovecho este momento para estudiar a nuestros invitados.
Mi padre parece tan contento como cuando tocaba para él siendo una niña: siempre ha apreciado la música, y no hay nada que le guste más que este tipo de conciertos privados.
Me centro en Ambre. Esta contempla a Félix con una mirada calculadora, y me da la impresión de que está sopesando los pros y los contras de una posible unión.
Unos pasos más allá, Agnès mueve la cabeza al ritmo de la melodía.
En cuanto a Solange, parece agotada y ausente, igual que en la cena de esta noche, perdida en un sueño.
Nadie presta la menor atención a la botella de whisky que descansa en el velador. Esperaba que el posible culpable mostrara cierto nerviosismo al estar en esta sala, pero, por ahora, no ocurre nada. Eso quiere decir que debemos pasar a la segunda parte del plan.
–Maravilloso, monsieur de la Brivoisière –exclamo cuando Félix presiona las últimas teclas del piano.
Siguiendo mi ejemplo, los invitados se deshacen en aplausos y felicitaciones.
–Gracias a todos –prosigue Félix–. Debo confesar que estaba más nervioso por el recital que antes de muchas batallas.
Se pasa una mano por la frente para fingir que se seca el sudor.
–Si quieren acompañarme tomando una copa...
–¡Qué buena idea! –exclamo–. Después de todo lo que hemos comido con los embajadores, seguro que nos vendrá muy bien un digestivo. El cocinero de palacio se ha superado, pero era una comida demasiado copiosa.
Sin más preámbulos, me dirijo a una esquina de la habitación para recuperar la botella de cristal.
De manera poco ceremoniosa, me apresuro a servir el whisky.
Por supuesto, este alcohol es inofensivo: Félix ha vertido el contenido de esta botella en otra que he escondido cuidadosamente, junto a las jeringuillas con el antídoto, en el compartimento secreto de mi habitación.
Distribuyo los vasos, prestando atención a sus reacciones.
Mi padre me lo agradece con una sonrisa.
Como es obvio, nunca he sospechado de él, pero no podía excluirlo de esta pequeña reunión.
Me acerco a Ambre, quien acepta la suya mientras sigue observando a Félix.
Por su parte, Agnès parece querer bebérselo de un trago.
Por último, le tiendo un vaso a Solange, quien lo mira con consternación.
¿Solange? Imposible. Es la criatura más dulce que he conocido nunca.
–Damas y caballeros, por Francia –anuncio, levantando mi vaso.
Lo vacío de un trago y me apresuro a contemplar a mis invitados.
Todos me imitan: Ambre se bebe el suyo sin que sus ojos abandonen a Félix, Agnès le da un largo sorbo, igual que Iphigénie, y mi padre se humedece los labios como un experto en whisky.
Todos beben, menos Solange. A mi lado, solo gira el cristal entre los gráciles dedos con expresión abatida. No, no me lo puedo creer.
–¿Va todo bien? –le musito, fingiendo preocupación para ocultar mi sorpresa.
–Sí, todo bien. Solo estoy un poco cansada, demasiado para beber.
–¿De verdad no quieres darle un par de sorbos? Así quizá te calientes un poco el cuerpo.
–Estoy segura. De todas maneras, no soy muy fan del whisky. Si no te importa, me gustaría marcharme. No me encuentro muy bien y se ha hecho tarde.
–Sí, claro.
Atónita, observo cómo deja la copa en el velador y sale de la habitación.
¿Cómo puede Solange, con lo dulce, sentimental y piadosa que es, haber intentado matarnos a Félix y a mí?
¿Qué le habrá prometido el duque? Por dentro, me siento como si me hubieran apuñalado en el corazón.
Si no puedo confiar en Solange, ¿en quién puedo hacerlo?
–¡Señora!
Me giro y descubro a Ambre, con el teléfono pegado a la oreja y una sonrisa radiante en el rostro.
–¡Han encontrado al pequeño Luis XXIII! –exclama–. Los servicios de inteligencia lo traerán a Francia mañana a primera hora.
–¡Eso se merece otro brindis! –propone Félix.
–Y un cambio en el programa –comenta Ambre, alarmada–. Debemos grabar su llegada a palacio mañana.
–Esto debería ayudarte a asegurar un poco más tu posición –me susurra mi padre.
Pero no me siento totalmente aliviada al recibir la noticia.
La llegada de ese niño afianza mi papel como regente, sí, pero también confirma que, si desapareciera, ese puesto no podría quedarse vacante.
El duque va a multiplicar sus ataques, estoy segura, y, cuando gane las elecciones, será aún más difícil enfrentarme a él.
Mi padre tenía razón: necesitaremos un milagro para evitar que gane.
Este se acerca a Félix para servirse un segundo vaso.
Un milagro , me repito, contemplando el líquido ambarino que sale de la botella. Creo que se me acaba de ocurrir uno.
–Vale, póngase ahí, sí. ¡Perfecto!
En la escalinata de palacio, Ambre termina de colocarnos en los peldaños para recibir al pequeño Luis XXIII.
Ataviada con un vestido de un azul inspirado en los retratos de la Virgen María con el fin de acentuar mi nuevo papel como madre sustituta, me sitúo con la espalda recta ante la puerta doble.
Según De Maintenon, el niño tiene cinco años, ha recibido una educación razonable y se expresa de forma correcta en francés, aunque se siente más cómodo en portugués.
Lo han criado con una identidad falsa en una aldea tranquila a unas horas de Río de Janeiro.
–No creo que todas estas cámaras sean buena idea para un niño... –repite Solange a mi lado.