Libertad obliga 22
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L a estupefacción me paraliza tanto como el veneno. Se ha ido. Giro la cabeza hacia la esquina de la sala donde se encuentra el interfono que me permitiría lla mar al personal. Trato de girar el torso en esa dirección. En vano. Tengo los miembros inertes.

–¡Ayuda!

Solo un débil hilo de voz escapa de mi garganta.

No es suficiente para despertar al criado dormido al final del pasillo.

Sobre mi cabeza, los querubines comienzan un baile siniestro en el techo y los colores del cielo pintado se funden, pasando del azul al naranja y, luego, al rojo.

Se me forma un nudo en la garganta. Así es como va a terminar todo.

Ni revolución ni democracia. Voy a morir envenenada, sola en mitad de la noche.

–Papá... –digo, desesperada.

Pero no sirve de nada. Oigo un repiqueteo.

Se me agitan las piernas y mis zapatos chocan contra el parqué.

Me esfuerzo por recuperar el aliento. Entonces me doy cuenta de que todo acabará pronto.

Ya no sirve de nada luchar. Convulsionando en el suelo, prácticamente estoy muerta. Unos minutos más y me uniré a Antoine.

El chirrido de la puerta me desgarra los tímpanos, seguido de un golpeteo sordo en mi subconsciente.

Ha venido alguien. Rodeado de un cabello moreno, un rostro aparece ante los querubines, con los ojos negros...

Lleva una jeringuilla entre los dientes.

Félix ha vuelto. Entre los dedos sujeta un cuchillo.

Quiero gritar, pero el veneno me mantiene callada.

Noto sus manos cálidas sobre la piel, como si esta perteneciera a otra persona.

La frialdad de la hoja que me desliza entre el cuello del vestido y el mío.

El ruido de la tela que desgarra con urgencia.

El aire frío que me acaricia de repente el pecho desnudo.

Luego, el impacto de la jeringuilla que me clava con fuerza en el cuello.

El dolor que irradia por mi torso. Félix se inclina sobre mí y me aferro a sus ojos para permanecer consciente.

Sus iris son marrones, con suaves vetas verdes.

Sobre el derecho, tiene un lunar que parece una peca.

–Venga, Gabrielle –musita como una plegaria–. Respira hondo. Me tienes aquí.

Poco a poco, los pulmones se me llenan de aire.

–Respira. Quizá tardes unos minutos en recuperar la movilidad de los músculos. Creo... Creo que te he inyectado el antídoto justo a tiempo. Espero. En cuanto puedas hablar, hazlo, por favor.

Trato de concentrarme para articular una palabra, pero para mover la lengua necesito un esfuerzo considerable.

–Respira, Gabrielle.

Durante largos segundos, su expresión de inquietud se mueve tan poco como la mía y no me atrevo a abandonar sus ojos, el miedo que no desaparece en ellos. Tiene una pequeña cicatriz bajo la barbilla, apenas visible, y otra junto a la oreja.

–Félix... –logro musitar por fin.

–Gracias a Dios.

Un instante después, me abraza y el corazón se me acelera cuando absorbo su olor a colonia y siento el calor de su cuerpo al fundirse con mi piel desnuda. Por primera vez, este contacto no me resulta desagradable, sino casi reconfortante.

–Ah, perdóname.

Me deja con delicadeza en el suelo y se aleja. Cuando nuestros ojos se encuentran, en los suyos brilla una emoción contenida.

–No... Temía haber intervenido demasiado tarde –confiesa–. Pero, si has logrado recobrar la voz, no tardarás en recuperarte por completo. Podrás levantarte dentro de unos minutos, pero te seguirás encontrando mal durante todo el día.

–¿Qué...? –comienzo a decir con voz débil.

–No te canses hablando –me interrumpe–. Se trata del veneno del soldado, una droga militar que tuve la desgracia de ver actuar múltiples veces en Al servicio del rey .

Todos lo tuvimos que usar. Contra el enemigo o...

contra los otros participantes. He reconocido los síntomas de inmediato, en cuanto te has derrumbado.

Deja escapar un suspiro.

–También es un compuesto muy estable en alcohol –prosigue–. El que haya echado el veneno en la botella debía saberlo. También debía saber que veníamos todas las noches y que de vez en cuando nos tomábamos una copa. Ambos éramos el objetivo.

Me encantaría decirle que él es el único que bebe de esa botella, pero las palabras se niegan a cruzar mis labios.

–Yo mismo he tomado una copa a primera hora de la noche –continúa–. Han debido añadir el veneno en las últimas dos horas. Lo que significa que hay un espía en el seno de palacio.

Esa horrible revelación hace que me hierva la sangre y trato de levantarme. Félix no mentía: cada fibra de mis músculos protesta, y me duelen los brazos y las piernas como si me los hubiera roto.

–¿Quieres...? ¿Quieres que te ayude? –balbucea Félix–. ¿O que vaya a buscar a tu doncella?

–No.

Haciendo un esfuerzo monumental y soportando una vertiginosa punzada en los brazos, logro sentarme.

Me doy cuenta entonces de que a mi lado, junto a la jeringuilla vacía, hay un enorme maletín negro.

Estoy a punto de preguntarle a Félix qué es cuando desvía la mirada.

En ese momento, advierto que el vestido desgarrado revela mi pecho y el corsé.

–Vaya.

–Lo siento –susurra–. Te aseguro que estaba demasiado preocupado por tu supervivencia como para mirar.

Intento recolocarme los pedazos de tela del escote, pero no logro juntar los dos extremos para ocultar la piel desnuda. Félix, al darse cuenta de mi vergüenza, se quita la chaqueta del uniforme y me la tiende. Me la enfundo, aún temblorosa.

Cuando me cierro los botones, Félix se acerca a la botella de whisky apoyada en la mesa. La abre, la huele y vuelve a cerrarla antes de dirigirse a la salida.

–Deberíamos llevársela a monsieur de Maintenon...

–Espera.

Se detiene enseguida.

–Quiero conservar la botella.

Félix arquea una ceja, sorprendido. Me llevo una mano al medallón. Contar con un veneno rápido y mortal ya me ha resultado útil en una ocasión, por lo que sería una tontería privarme de un recurso así.

–Esa bebida es un arma, Félix –respondo–. Un arma que no parece ser tal, además. Dada mi situación, tan inestable, atrapada entre el duque y Leclerc, ¿quién sabe? Quizá necesite una herramienta así en el futuro.

Félix examina un segundo el líquido. Luego, se frota la barbilla, pensativo.

–Sin duda, me parece una idea prudente. En ese caso, debo advertirte de una cosa: es un veneno muy potente, pero no sirve de nada en pequeñas dosis.

Si quieres utilizarlo algún día, asegúrate de que el hombre beba mucho más de lo que has tomado tú, o te arriesgas a que solo le dé una simple migraña, sobre todo si ya ha estado en contacto con esta toxina.

Es fácil desarrollar cierta tolerancia. Tú misma deberías estar inmunizada ahora mismo para dar, al menos, dos sorbos.

–Gracias, Félix.

–También me gustaría que te llevaras el antídoto. ¿Me permites?

Se arrodilla a mi lado y abre el maletín negro.

En su interior descubro gran cantidad de material militar y médico: una máscara de gas, decenas de viales pulcramente etiquetados, guantes de látex y, en una caja de metal que Félix abre con delicadeza, dos jeringuillas iguales a la que sigue en el suelo.

–¿Por qué...?

–¿Por qué tengo siempre a mano todos estos trastos y tres antídotos? –Félix me dedica una sonrisa triste–. Bueno, aunque logré superar el miedo a la sangre, no conseguí esquivar ciertos temores que se arraigaron en mi interior. No podría dormir sin tener a mi lado al menos tres dosis.

Un velo de tristeza empaña el brillo de sus ojos, e intuyo que en silencio sufre una herida muy profunda. Pero parece recuperarse y cierra la caja con un golpe seco.

–Son para ti. Y recuerda: si algún día te envenenan de nuevo...

Se señala la carótida con el dedo.

–Memoriza el lugar donde te he clavado la jeringuilla. Saber cómo administrarme el antídoto a mí mismo ya me ha salvado la vida alguna vez.

–Gracias.

–¿Debo ir a buscar ayuda para levantarte?

Niego con la cabeza, lo que me provoca una nueva punzada en el cráneo.

–No... No quiero que nadie lo sepa.

–¿Qué? ¿Que ahora tienes veneno del soldado? ¿O que te han envenenado?

Una idea germina con estas palabras. Sí, me gustaría ocultar que ahora tengo en mis manos veneno para usarlo cuando se me antoje. Pero ¿y si finjo no haber sido víctima de un nuevo atentado?

–Las dos cosas. Si nadie lo sabe...

–Entonces, el posible espía seguirá creyendo que el whisky de esta sala está envenenado –concluye–. Y podremos tenderle una trampa que lo delatará. Es cierto que, si la persona ignora si ya se ha puesto en marcha su plan, podremos hacer una prueba para desenmascararlo.

Asiento.

–Me has leído la mente, Félix.

–Me halagas. Deja que vaya a buscar una botella a mi habitación para llenarla con este whisky.

Se agacha a mi lado para volver a cerrar el maletín. Observo cómo mueve las manos sobre el mecanismo. Respiro hondo y tiendo los dedos hacia los suyos. El contacto no dura más que una milésima de segundo, pero Félix me sostiene la mirada con los ojos brillantes.

–Gracias –musito.