21
E l reloj de palacio marca las once de la noche cuando termino la cena en compañía de mi padre, el único mo mento agradable de todo el día.
Atravieso el pasillo con largas zancadas, aún dándoles vueltas a mis conversaciones con Leclerc y el duque.
No puedo evitar enfadarme con migo misma.
¿Por qué no acepté la mano del primero? ¿Por qué aparté al segundo?
No debería haber permitido que se produjera esta situación.
Llevo semanas jugando al juego de Félix, pero sigo sin ver resultado alguno.
No hemos quedado en el piano esta noche, pero me dirijo igualmente a la sala de música esperando encontrarlo allí.
Está vacía, sumida en la oscuridad. No dudo un segundo y llamo a su puerta, que se encuentra un poco más allá en el mismo pasillo. No responde.
–El señor está en la sala de esgrima –me anuncia una voz que pertenece al lacayo situado de forma permanente en el pasillo–. ¿Quiere que lo vayan a buscar?
–No, iré yo misma.
Me dirijo al ático, donde De Marche-Brume me mostró esta enorme habitación amueblada por Luis XX. Los gritos y tintineos metálicos flotan hasta mí mientras recorro el pasillo. Abro la puerta.
Dos asaltantes se enfrentan bajo las vigas ornamentadas con flores de lis.
Llevan las máscaras puestas y van vestidos de blanco, pero reconozco enseguida la figura atlética de Félix.
Lo observo durante un momento, sin aliento: se desplaza con una elegancia felina hacia su adversario, saltando, atacando y bloqueando con aplomo antes de retroceder en un mismo movimiento.
Ya lo vi combatir en Al servicio del rey , pero nunca con la espada.
Lo contemplo durante unos instantes, cautivada, hasta que su compañero me señala con un gesto de la cabeza.
Félix se sube la máscara para girarse hacia mí.
Con las mejillas rojas, el pelo revuelto y los ojos brillantes, de repente me resulta deslumbrante.
–¿Qué pasa, Gabrielle? –me pregunta, viniendo a mi encuentro.
–Siento molestarte, Félix, pero necesito tu ayuda.
–Dame un segundo.
Se quita los guantes y la coraza y no puedo evitar pasear la mirada por su camisa abierta y su torso, que recorren múltiples cicatrices.
¿Son secuelas de la guerra? Pero Félix parece darse cuenta de que lo estoy estudiando y se gira para abrocharse los botones hasta el cuello y ponerse la chaqueta del uniforme.
Sin necesidad de intercambiar una palabra, nos dirigimos a la sala de música. En el pasillo, el lacayo se ha quedado dormido en la silla y pasamos de puntillas ante él para entrar en la estancia.
–¿Quieres que toquemos esta noche? –me pregunta en cuanto cierro la puerta.
–Pues...
De repente, me siento idiota por confesarle un secreto que ya ha intuido:
–Félix, sabes que no soporto el contacto con los hombres desde mi noche de bodas. Y... –Me dedica una mirada intensa, por lo que añado–: Hoy lo ha descubierto el duque. Esta vez me ha cogido de la mano y me he quedado paralizada.
Félix palidece.
–¡Qué desgraciado! –exclama–. Sabía que ese hombre no tenía honor, pero hasta ese punto... –Su indignación es tan grande que no logro reprimir una sonrisa–. En otra época, lo habría desafiado a un duelo –continúa, enfadado–. Me habría encantado clavarle un cuchillo en tu nombre.
Esta vez, suelto una carcajada, pero Félix se pone muy serio.
–Gabrielle, supongo que sabes que estoy dispuesto a todo para servirte.
Me sostiene la mirada y me contempla con tal intensidad que, por un instante, se me olvidan las razones de mi presencia aquí. Me recuerda a Antoine, siempre preparado para defenderme. Alejo ese pensamiento sombrío y dejo escapar un suspiro de frustración.
–Félix, a pesar del juego y tus consejos, nada parece atenuar esta fobia. Has mencionado que te pasaste semanas sintiéndote incómodo al ver la sangre, pero que conseguiste superarlo. ¿Cómo lo hiciste?
Parece recomponerse.
–¿Qué síntomas tienes? Puedes describirme qué sientes cuando te tocan.
–Me siento paralizada. Me cuesta respirar y no puedo moverme. A veces, me sumerjo en recuerdos dolorosos como si los estuviera reviviendo.
–Ya veo. Me ocurría lo mismo. Son las secuelas de un trauma profundo.
–¿Y cómo las superaste?
–Por exposición. Repetidas veces. Todas las noches, bajo las sábanas, me pinchaba en la yema del dedo y me obligaba a observar la gota de sangre. Fue... –Niega con la cabeza–. Fue muy duro, pero funcionó.
Se acerca a mí, a una distancia de repente incómoda. Luego, despacio, me ofrece la mano.
–Puedes intentar el mismo método conmigo si lo deseas.
Trago saliva. He visto a Félix todas las noches, le he enseñado a tocar el piano, pero su mano me causa el mismo efecto que si tuviera ante mí una serpiente o una araña.
–Comienza relajándote –continúa–. Respira hondo, primero desde el estómago y luego desde el diafragma.
Asiento.
–Imagínate que vas a tocar una de tus melodías preferidas. Y, cuando estés lista, tócame la mano. Un dedo. Con una milésima de segundo será suficiente.
Me dejo cautivar por el «Adagio» del Concierto n .
º 3 en re menor, BWV 974 , del compositor Alessandro Marcello, adaptado por Bach para el piano.
Siempre me ha parecido que esta pieza era embriagadora con su apariencia de ópera a pesar de tocarse con un único instrumento.
Es una de las primeras que interpreté en público en el conservatorio a los ocho años.
Cuando tengo la mente sumida en un remolino de acordes, estiro la mano hacia la de Félix con los dedos temblorosos. Trato de acercarlos, pero se me corta la respiración y la melodía se disuelve como una pluma en un cubo de sosa cáustica.
–Tómate tu tiempo –susurra.
Asiento y vuelvo a empezar. Invoco la música, adapto mi respiración a su ritmo lento... y, antes de que tenga tiempo de reflexionar demasiado, le rozo la mano a Félix. El calor de sus dedos sobre los míos me agarrota todos los músculos de la espalda y me quedo sin aliento.
–¿Gabrielle? ¿Gabrielle?
Félix ha retrocedido algunos pasos y me observa con inquietud.
–Has... Has sufrido una ausencia. ¿Quieres continuar?
–Eh... Sí.
En realidad, no tengo ganas, pero he decidido esforzarme.
No quiero volver a vivir la situación de esta mañana.
Félix da un paso hacia mí y me ofrece de nuevo la mano abierta.
Me sumerjo en las notas hasta que me ahogo en ellas.
Esta vez, mi mano se detiene a unos centímetros de la suya y permanece ahí hasta que la melodía se apaga.
–No puedo –musito, derrotada.
–Ha estado muy bien –me reconforta–. Has conseguido hacerlo una vez y es solo tu primer intento. Tardé días hasta que pude mirar la gota.
Retrocede algunos pasos y me contempla los dedos, que no dejan de temblarme.
–¿Quieres que toquemos una pieza al piano para recuperarte de las emociones? A menos que prefieras algo más fuerte.
Señala la mesa en la que descansa la botella de alcohol.
–La segunda opción me parece mejor –susurro.
Félix se dispone a verter un dedo del líquido ambarino en el vaso antes de dejarlo sobre la mesa de café más cercana.
Después, se aleja de forma respetuosa para darme espacio.
Esta atención tan delicada me calienta el corazón tanto como debería hacerlo el alcohol y me vuelve a invadir un arrebato de culpa.
Se muestra tan considerado, tan digno de mi confianza...
Quizá debería contarle mi papel como espía.
Pero ¿cómo abordo el tema de nuevo? Tengo la sensación de que he perdido la oportunidad y de que ya es demasiado tarde.
Para olvidarme de esta angustia desagradable, cojo el vaso y me bebo su contenido de un sorbo.
–Gracias, Félix.
–No me las des. Eres tú la que se ha esforzado en este caso. Lo que he visto esta noche augura que progresarás rápido. Si seguimos practicando todos los días...
Encantada con la idea de un encuentro diario durante semanas hasta que me recupere, el corazón se me encoge una vez al verlo feliz.
–Por supuesto, no debes asustarte si algunos días no logras...
La presión me aumenta de golpe en el pecho. Debe ser porque Félix acaba de acercarse demasiado a mí. Un puño ardiente se me cierra en torno al corazón y un hormigueo se apodera de mis dedos.
–Félix...
No tengo tiempo de continuar antes de que me cedan las rodillas. Caigo y me golpeo la cabeza contra el suelo. Trato de levantarme, pero parece que de repente he perdido el control de los brazos y las piernas. Un segundo después, aparece a mi lado.
–Félix... No... No puedo moverme. No...
Pero Félix, con una mirada impenetrable, solo me coge de uno de los brazos. Luego, me baja el párpado inferior del ojo derecho. La sensación de sus manos sobre la piel me provoca una nueva oleada de pánico.
–Félix... Llama al médico –balbuceo–. Es... veneno. El intercomunicador del salón...
–El médico llegaría demasiado tarde.
Luego, sin pronunciar una palabra más, sale de la sala. Me quedo sola, inmóvil en el suelo, moribunda.