20
– S eñores, la regente.
El lacayo golpea el parqué con su bastón cuando entro en la sala del trono.
Han pasado dos semanas desde la cremación de Luis XXII y los cuatro partidos políticos franceses han elegido a sus candidatos para presentarse al puesto de presidente.
Avanzo con una lentitud calculada hasta el estrado en el que se colocó Luis XXI antes que yo.
Los cuatro hombres siguen haciendo una reverencia, con la mirada centrada en mí, al mismo tiempo que se filtra por las ventanas una suave luminosidad otoñal de finales de agosto cuyos tonos cálidos armonizan con sus atuendos oscuros.
Las cámaras me siguen hasta el trono, donde me siento.
Despliego mi vestido de seda azul a mi alrededor y poso la mano que me acaban de operar sobre el reposabrazos.
Me tomo mi tiempo para observar a los invitados antes de hacerles una señal de que pueden incorporarse.
A la derecha, el duque de Lorena parece tenso y el maquillaje no ha logrado ocultar del todo sus profundas ojeras.
El agotamiento de la campaña se intuye en su rostro y lo estudio con cierta satisfacción.
Según los últimos sondeos, su partido es el favorito por un estrecho margen, por lo que debe esforzarse para mantener esta posición.
A continuación está monsieur d’Ivoley, un conservador extremo, delgado, por no decir esquelético, vestido con prendas moradas, de la opinión de que la teocracia francesa no es lo bastante teocrática.
El hombre solía apoyar al duque, pero ahora es independiente y tiene una idea tan radical de las mujeres que le cuesta mirarme a los ojos.
A su izquierda, monsieur Beaumont, noble pero reformista, se mantiene recto, vestido con ropa azul cielo.
Partidario de una monarquía parlamentaria, es probable que sea el único que respalda las medidas que he tomado desde que accedí al trono.
Por último, Regis Leclerc completa el grupo.
De negro para recalcar su estatus de plebeyo, con el pelo corto, el rostro impasible y demacrado por el ritmo intenso de la campaña, percibo que el hecho de que la reverencia se esté eternizando lo está cabreando.
–Incorpórense.
Leclerc se endereza como alma que lleva el diablo mientras los demás lo hacen con esa elegancia distinguida de los nobles habituados a los protocolos.
–Señores, es un placer recibirlos en el palacio de las Tullerías...
Doy mi discurso, una versión sencilla del que pronunciaba Luis XXI todos los años en Nobleza obliga , mientras observo la reacción de los hombres.
Ya puedo sentir que Beaumont no me tratará con hostilidad: la sombra de una sonrisa no le abandona los labios.
El duque me odia, pero lo oculta bien ante las cámaras.
En cuanto a D’Ivoley, le sigue costando mirarme a los ojos.
El gran desconocido continúa siendo Leclerc.
Recto ante mí, adopta una expresión a la vez neutra y cortés.
No he recibido ningún mensaje de su parte desde la carta de Lautrec en la que me pedían que lo indultara y, aunque su campaña está teniendo un éxito razonable, no ha parado de aplaudir «mi brillante idea de crear un puesto de presidente» sin dejar de apelar de forma indirecta al fin de la monarquía y, por lo tanto, a mi expulsión como regente.
Espero que esta conversación me permita por fin comprender a su personaje.
–Los he recibido para tener un encuentro privado –concluyo.
Me levanto y vuelvo a la estancia de la que he salido hace unos instantes, vacía ahora de guardias, maquilladoras y material de belleza. Acabo de ocupar mi sitio en el sillón cuando el lacayo anuncia la llegada del duque de Lorena.
Cuadro los hombros en mi sitio y tomo una amplia bocanada de aire. No hemos estado a solas desde nuestra charla el día de la incineración del rey, y la presencia de las cámaras no le ha impedido mostrarse desagradable.
El duque entra, tenso, vestido con sus prendas de color azul marino. La puerta se cierra y el hombre avanza hasta colocarse en el centro de la estancia.
–Creo que, dado el punto en el que nos encontramos, podríamos ahorrarnos las reverencias –comienza a decir con una media sonrisa.
–Así es.
–Debo confesar que la he subestimado. No creía que se obstinaría a avanzar en la triste dirección que ha elegido ni que se opondría con tanta resistencia. Sin embargo, pensaba que ambos nos beneficiaríamos de la alianza.
Permanezco en silencio.
–Mire en qué situación nos encontramos ahora, observándonos así, como perros de porcelana, aunque es evidente que ambos ganaríamos al asociarnos.
Yo controlo a toda o casi toda la nobleza, así como a las instituciones francesas, y usted es capaz de convencer a las masas.
Los dos juntos lograríamos transformar el país.
Deja escapar una suave carcajada. Me esfuerzo por contemplarlo con una expresión neutra.
–Muy buen resumen –le respondo–. Pero se le olvida que no nos ponemos de acuerdo sobre las reformas que hay que llevar a cabo.
–No es la primera en intentar conducir dichas reformas. La regente Cristina se pasó diez años creando la cámara baja, que solo ha servido para que algunos proletarios elegidos acepten sobornos.
Evito recalcarle que es la nobleza la que se encuentra en el corazón de la corrupción de este país y que ocupa la mayor parte de los escaños de las asambleas.
–Y mire para qué le ha valido –continúa–. Para acabar en un convento.
Aunque permanezco impasible, me percato de que es la segunda vez que me hablan del destino de la madre de Luis XXI. La amenaza sigue ahí, aunque sea más sutil que la del barón de Kerdoncuff.
–Todavía está a tiempo de aliarse conmigo –comenta el duque, persuasivo, acercándose a mi sillón–. ¿Sabe? Sentí su inquietud en el funeral de su difunto marido.
Trago saliva. ¿No se pensará de verdad que me siento atraída por él? Me preparo para levantarme y pedir que se retire cuando se lanza hacia delante y me coge de la mano ilesa. Un grito se me bloquea en la garganta.
–Piénselo, pequeña –continúa, acariciándome los dedos con fervor–.
Imagínese la vida que tendría a mi lado.
Y considere cuál es la alternativa. Tengo a la nobleza de mi parte y usted solo a monsieur de la Brivoisière, quien, aunque la proteja, no podrá pasarse la eternidad a su servicio.
¿De verdad cree que podrá resistirse tanto tiempo?
Se lleva mis dedos a los labios. Se me acelera la respiración y el pánico me comprime la caja torácica.
–¿Qué dice? –musita.
Pero no consigo hablar. Solo logro hundirme en el sillón para tratar de escapar de él. Una sonrisa cruel se le dibuja en el rostro.
–Entonces, los rumores son ciertos... No puede soportar el contacto de un hombre sin sentirse incómoda.
Con la otra mano, me toma de la barbilla para acercar mi cara a la suya.
–Es una pena –dice, inspeccionándome como si fuera un objeto de colección–. No sabía que su difunto marido le había hecho tanto daño. Mírese. ¿Cómo espera estar preparada para un primer acercamiento antes de las elecciones? No va a funcionar...
Me recorre el cuerpo con los ojos llenos de lujuria.
–Sí, una auténtica pena –repite.
Entonces, tan rápido como me ha cogido de la mano, me suelta. Inhalo una amplia bocanada de aire.
–Supongo que ya tendremos ocasión de vernos antes de su partida –dice el duque–. Hasta entonces, pórtese bien y disfrute de sus últimos momentos en palacio...
Sale de la habitación, dejándome jadeante y a punto de desmayarme.
–Monsieur Leclerc –anuncia el lacayo, siguiendo el orden de importancia de los partidos políticos.
El aludido irrumpe en la estancia cuando todavía no he recuperado el aliento.
Me levanto del sillón para tratar de ocultar mi inquietud, pero, cuando nuestras miradas se cruzan, me siento insignificante.
Al hombre que tengo frente a mí le da igual mi estado; no puedo olvidar lo que me exigió hacer.
La puerta se cierra y Leclerc cruza la estancia con largas zancadas.
Espero a que se detenga a una distancia respetable, como indica el protocolo, pero se acerca aún más.
El corazón se me acelera ante la idea de que me toque él también y doy un paso atrás por instinto.
Cuando estira el brazo para que nos apretemos la mano, como buen republicano, contengo un grito ahogado.
–¿Te niegas a saludarme como un igual? –pregunta con severidad.
Da un paso al frente y yo retrocedo de nuevo sin aliento. El aspecto afable de Leclerc pasa en una fracción de segundo del desdén al desprecio, sin que tenga tiempo de recuperar la calma y la voz para explicarle mi malestar.
–¿Esta es la razón de tu deserción? –escupe con inquina–. ¿Le has cogido el gusto a la vida en palacio hasta el punto de rechazar la mano de un compañero? ¿Me tratas como a un criado convocándome con mis enemigos y sigues haciéndolo en privado? ¿Tan importante te crees?
Leclerc se aleja unos pasos, fulminándome con la mirada mientras contempla mi vestido de arriba abajo. Por mi parte, me siento demasiado estupefacta por este ataque tan directo.
–¿Qué...? ¿Qué deserción? –consigo balbucear.
–Eh, bueno, estás viva. –Enfatiza la última palabra como si fuera un insulto desdeñoso–.
¿No recibiste la orden de suicidio? –prosigue.
Me taladra con la mirada y camina de un lado a otro de la estancia–.
¿No te das cuenta de la oportunidad que nos has arrebatado?
Si hubieras obedecido, el país estaría ardiendo y la mitad de la nobleza, incluido el rey, iría de camino al patíbulo.
Tu egoísmo ha hecho que fracase la revolución.
Niego con la cabeza. Trato de contestar, pero continúa hablando:
–¿Te das cuenta de que, por tu culpa, aunque por algún milagro ganemos las elecciones, será imposible deshacernos de todos esos parásitos?
Si hubieras obedecido y te hubieras tragado el veneno como te ordenamos, habríamos eliminado a la nobleza en cuestión de meses, incluso semanas, y nos habríamos hecho cargo del país sin enfrentarnos a la oposición.
Ahora tardaremos años en erradicarla y conseguir que prevalezcan nuestras ideas.
Gabrielle, creía que defendías nuestra causa.
Permanezco muda durante un momento. Tenía razón. Dejó que ejecutaran a los diputados demócratas y ordenó que me suicidara para ser la única alternativa creíble a un monstruo.
–Pero, bueno, no todo está perdido –prosigue, paseándose por la sala–. Ahora te codeas con el bando enemigo, así que podrás sernos útil en otras ocasiones. Al menos nos lo compensarás favoreciéndonos.
Se gira y centra los ojos en mí.
–Pero no es suficiente. Los sondeos nos muestran como perdedores, y nuestro plan no funcionará nunca si un parásito como el duque gana las primeras elecciones libres del país. Debes conseguir que nos hagamos con la victoria, me da igual el método que utilices.
No tengo tiempo de ordenarle que se detenga antes de que salga de la estancia.