Libertad obliga 19 #2
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19 #2

Ya solo veo sus hombros y las manos unidas tras la espalda. Sin embargo, sé que le he hecho daño. Pasan unos largos segundos.

–De acuerdo. –Se gira hacia mí, de repente muy serio–. Con una condición. Si yo te confieso mi secreto más profundo, tú debes hacer lo mismo. Quiero asegurarme de que yo también puedo contar contigo. A partir de esta noche, no nos ocultaremos nada.

Ahora me toca a mí reflexionar sobre su petición.

No ha mencionado el material comprometedor que me atañía, lo que quiere saber es cómo maté a Luis XXII.

¿Podré confiar en él hasta ese punto? ¿Cuál será su reacción al descubrir que soy una espía de Leclerc?

¿Podré seguir contando con su apoyo, o me arriesgo a perderlo todo con este juego de azar?

Le sostengo de nuevo la mirada, ahora glacial, y entiendo que no tengo otra opción, que aceptar su acuerdo es la única manera de restablecer la armonía que acabo de romper.

–Acepto.

Relaja los hombros y se pasa una mano por el rostro.

–Si me perdonas un segundo..., no puedo hablar de este tema estando sobrio.

Saca una petaca de la chaqueta del uniforme y le da un largo sorbo.

–Gabrielle, supongo que sabrás que Nobleza obliga tenía objetivos distintos a los que se presentaban para el público, ¿no? –comienza a decir con un tono apenas audible sobre el ruido de la fuente.

Asiento.

–Lo mismo ocurría con Al servicio del rey .

Nobleza obliga tenía como fin reemplazar a las mujeres de la nobleza por jóvenes maleables que estuvieran en deuda con el programa, sin taras genéticas que afectaran a las grandes familias.

Al servicio del rey servía para reemplazar a los viejos generales por jóvenes inteligentes, competentes...

y prisioneros del material comprometedor del rey.

Da otro sorbo y, de repente, lo noto nervioso y a la vez abrumado por un peso que siempre he sospechado, pero que ahora se delinea ante mí.

–Algunas de las pruebas del programa estaban ideadas para obligar a los candidatos a tomar decisiones con consecuencias insoportables y drásticas, consecuencias que terminaban en una cinta que el rey agitaría ante nuestras narices toda la vida si sobrevivíamos.

Se le tensa un músculo de la mandíbula. Sospecho lo que va a decir. Se dirige a uno de los bancos que rodean la arboleda. Se deja caer en él con la petaca en la mano mientras yo permanezco de pie.

–Sabes que la temporada en la que participé se grabó durante la última guerra con México, ¿no? –continúa–. Debíamos reconquistar los territorios petroleros que habían invadido hacía poco las tribus amerindias con el apoyo de los turcos.

–Sí, lo recuerdo –musito.

–Me enviaron a una misión con mis hombres para acabar con un puesto enemigo, según me dijeron, un depósito donde guardaban las armas que les acababan de enviar desde la Unión Oriental, un objetivo puramente militar.

Recibí órdenes de las altas esferas y eran claras: no dar tregua.

Debíamos destruirlas y eliminar a todo el personal enemigo.

Da un nuevo sorbo y me doy cuenta de que le tiemblan las manos.

–Al acercarnos al puesto, entendí enseguida que se trataba de un pueblo, con mujeres y niños. Los únicos hombres que había allí eran ancianos.

Un suave dolor me recorre el meñique izquierdo. Advierto que, sin querer, he apretado los puños. Ante mí, Félix se tapa el rostro con una mano.

–Traté de contactar con el cuartel general –prosigue con voz ahogada–. No me respondió nadie. Entonces, entendí qué esperaban de mí. Una obediencia ciega. Si no llevaba a cabo aquella misión, moriría en la siguiente.

Levanta la cabeza y le sostengo la mirada llena de vergüenza, brillante por las lágrimas.

–Intenté justificar la decisión ante mí mismo.

Quería ganar el programa, alcanzar un puesto desde el que pudiera evitar nuevas guerras, más muertes.

Pensaba que habían asesorado mal al rey, que debían haberle mentido si había involucrado a tantos hombres para enfrentarse a unas personas que solo querían vivir en paz.

¿Qué eran una decena de mujeres y niños en comparación con los miles de individuos que salvaría en el futuro?

–Los matasteis a todos –musito con un hilo de voz.

Asiente, derrotado, con la mirada perdida en el suelo, absorto en una pesadilla que procede directamente de su pasado.

Un instante después, pierde el control al que estoy acostumbrada y un sollozo le convulsiona los hombros.

Saca un paquete de pañuelos del bolsillo de la chaqueta y se suena la nariz con fuerza.

–Estaba equivocado –continúa–. Obtuve un buen puesto, pero el rey conservó esas imágenes para mantenerme bajo su control.

Nunca escuchó mis consejos. Habría continuado con esta guerra y nos habría metido en otras si no hubiera vaciado las arcas del Estado.

Solo esperaba que los ingresos de los territorios conquistados con tanto esfuerzo sirvieran para recuperar los fondos y poder enfrentarnos a los turcos en América.

Se retuerce las manos.

–Tras la masacre, me pasé semanas sin soportar la visión de la sangre. Incluso me desmayé en una batalla. Debí esmerarme para superar esa fobia y las imágenes que no dejaban de perseguirme. Me carcomía la culpa. Sigue ocurriéndome.

–Lo entiendo.

–Te he dicho que no tengo en gran estima a Leclerc –prosigue–.

Se alió con los turcos cuando estábamos en guerra contra ellos.

Ahora mismo quizá sea un mal necesario, pero en esa época era un traidor en todos los sentidos del término.

Él y toda su red de espías que se asociaron con una potencia enemiga.

¿Te acuerdas de un episodio en el que destruí una base enemiga?

Asiento, pero noto un peso en la boca del estómago. Un traidor. ¿Sigo pudiendo confesarle que trabajo para él?

–No era una misión –admite–. Un espía republicano se había infiltrado en nuestras filas y les había dado la ubicación de mi unidad.

Nos capturaron. Me torturaron y perdí a la mitad de los hombres en condiciones horribles.

Me escapé a cambio de la vida de uno de mis mejores amigos.

Todo por culpa de su espía. Sin embargo...

Sin embargo, cuando Leclerc mató a Luis XXI, se lo agradecí.

El cabrón tenía lo que se merecía. Ese rey solo conseguía causar desgracias.

Permanezco en silencio tras esta revelación.

Sabía que Leclerc tenía una amplia red subterránea, que se beneficiaba de la ayuda de los turcos...

, pero no sospechaba ni de lejos el papel que representó en la guerra de México.

Félix se recuesta en el banco y, movida por una chispa de compasión, acerco las yemas de los dedos a su hombro.

Se percata del gesto, levanta los ojos hacia los míos y me quedo paralizada, incapaz de deshacerme de esos últimos centímetros. Dejo caer el brazo junto al costado.

–Ahora te toca a ti –dice, reclinándose contra el respaldo.

Me froto las manos húmedas contra el vestido, como antes de una audición.

Después, estiro la mano hacia la petaca de Félix, más para ganar tiempo que por el deseo de beber.

Le doy la espalda antes de tomar un sorbo.

El whisky es tan fuerte que casi me hace toser.

¿Qué puedo decirle ahora sobre Leclerc? Quiero creer que siempre me apoyará, pero ¿no me arriesgaré a despertar sus recuerdos más dolorosos?

Por otro lado, también está mi padre, a quien le prometí que nunca contaría mi secreto.

Al confesárselo a Félix, le estaré poniendo en peligro a él también.

El riesgo es demasiado grande... Con una mano temblorosa, le doy un largo trago al alcohol.

–En la cinta...

El corazón me late a toda velocidad en el pecho y noto un nudo en la garganta. Pero, cuando me giro, la expresión fría y desesperada de Félix ha desaparecido, reemplazada por la compasión.

–Mi guardaespaldas se convirtió en mi amante.

Félix abre la boca, sorprendido.

–Había... Nos... –balbuceo, acercándome a él–.

Pillamos al príncipe amenazando al duque de Léon.

Oímos cómo confesaba el asesinato de su esposa, Capucine de Léon.

Por eso, al ver que se alejaba de los fuegos artificiales la noche del cumpleaños del rey, lo seguimos.

Quería evitar que atacara a otra persona.

Fue entonces cuando descubrimos el convento.

Vimos... Vimos al príncipe torturar a una joven.

Me siento a su lado en el banco ante la mirada perpleja de Félix. Es la verdad, pero sin las órdenes de Leclerc y la presencia de una grabadora en mi medallón.

–Gabrielle...

Pero se interrumpe, sin palabras.

–Antoine y yo nos acostamos. El día de la fiesta de compromiso debíamos huir, pero no funcionó...

No quería perder la virginidad en brazos de un hombre que ya me había hecho sufrir psíquica y físicamente.

Debido a mi desesperación, se me olvidó que quizá hubiera una cámara escondida en mi habitación.

Asiente, serio y comprensivo.

–Arrestaron a Antoine. Espiaba para los demócratas y lo ejecutaron junto a ellos...

Una lágrima me recorre la mejilla y se pierde en la seda de mi vestido.

–Señora... Gabrielle, lo... lo siento.

Me tiende una mano antes de dejarla caer.

–Antoine me dio su cápsula de veneno –miento–. Debía tomársela si lo capturaban, pero prefirió que la tuviera yo para no sufrir las torturas del rey. Preveía tragármela la noche de bodas... hasta que me di cuenta de que podía utilizarla de otra manera. Ya sabes todo lo demás.

–Y tú me liberaste a mí.

Me dedica una sonrisa triste que le devuelvo a través de las lágrimas.

–Ya no tenemos secretos el uno para el otro –musito con el pecho constreñido por el remordimiento.