Libertad obliga 19
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– T odos estos maniquíes representan las víctimas de la cruenta represión política de Luis XXII, represión apoyada y aprobada por el duque.

En la gigantesca pantalla de la sala donde debate el comité de propaganda, Leclerc se une a sus partidarios para lanzar esos muñecos a tamaño real, vestidos con las mismas camisas que llevaban los condenados a muerte el día de su ejecución, mientras los demás siguen vertiendo bidones de colorante alimentario rojo.

Ahora ya sé por qué ha vuelto hoy, en vez de mañana: tenía pensado dar un golpe de efecto, retransmitido en directo por toda Francia.

Así comenzaría su campaña de la manera más llamativa posible.

A mi lado, Ambre, monsieur de Maintenon, Félix y mi padre no parecen estar disfrutando demasiado del espectáculo.

Solo Agnès aprecia la puesta en escena, a juzgar por la sonrisa que le decora el rostro al final.

–¿Y quiere dejar que alguien así se presente a una presidencia? –pregunta Ambre, aún enfadada por mi anuncio sorpresa.

–Señora, es una grave perturbación del orden público. Yo recomiendo arrestarlos –interviene De Maintenon a mi espalda.

–Yo también –dice, rabiosa, mi asesora de comunicación, aporreando el teclado–.

Estas imágenes son un desastre. Las víctimas no dejan de llorar, la nobleza se agita y es evidente que usted está en shock.

Leclerc puede decir lo que quiera, pero la regente también era su objetivo.

Es una afrenta directa hacia su persona y...

–He prometido elecciones libres, un presidente de la cámara baja y un programa especial, así que no voy a retroceder –la interrumpo.

–¿Estás segura de que se necesita un programa especial? –interviene Agnès con suavidad.

–¡Por supuesto! Si vamos a llevar a cabo unas elecciones en estas circunstancias, ese programa será necesario –exclama Ambre–. No podemos dejar que se peleen unos con otros sin controlar la narrativa. Si no, acabará perjudicándonos. Pero ese no es el problema...

Ambre hace girar la silla para mirarme.

–Ha conseguido la alianza –replica–. Solo tiene que mantener un perfil bajo durante unas semanas para aprovecharla. Dele incluso garantías al duque y haga que arresten a Leclerc. Nadie podrá criticar su decisión tras un golpe de este estilo. Ahora todo está perdido.

Hiervo de rabia.

–El duque debería habérselo pensado dos veces antes de cogerme del corsé como si compartiéramos ya la misma cama –estallo, llena de ira.

Mi padre suelta una maldición, a monsieur de Maintenon le brillan los ojos y Ambre abre la boca como un pez al que hubieran sacado del agua de repente.

–Majestad, tiene razón –interviene Félix con expresión seria–. Emplear métodos tan vergonzosos y bruscos muestra que su propuesta de alianza nunca ha sido sincera.

Sentado en un sillón, junta las manos ante él y pasea la mirada entre nosotros.

–Y, aunque ya he tenido que pagar las consecuencias de una trama ideada por los contactos de Leclerc, me alegra que este haya decidido atacar al duque.

Esta revelación hace que esboce una mueca, pero no tengo oportunidad de pedirle los detalles antes de que Ambre recupere su actitud profesional:

–Da igual, señora. Debería haber comprobado conmigo si este anuncio era lo correcto –insiste con una pizca de dulzura en la voz–.

¿Se da cuenta de que cada ataque contra el duque es también un ataque contra sus partidarios?

Es decir, contra la inmensa mayoría de la nobleza.

¿Cree que va a aceptar esa falta de respeto?

¿Cuánto tiempo pasará antes de que se subleven contra usted?

No arrestar a Leclerc cuando la ha avergonzado delante de toda Francia es admitir que lo apoya o que no se atreve a oponerse a él.

Ante los ojos del público, será una regente simpatizante o una regente débil...

–No podemos pensar que los telespectadores son idiotas –la contradice mi padre–.

Sin duda, se habrán dado cuenta de que solo se ha mencionado al duque: el funeral había terminado, la regente había acabado su discurso y en ese momento solo quedaba que él tirara las cenizas.

Se aleja de ser un crimen de lesa majestad.

Se lo agradezco con un movimiento de cabeza: él sabe que no puedo hacer nada contra Leclerc.

–En cuanto a la nobleza –continúa–, los que están a favor del duque están en contra de ella igualmente, con o sin las provocaciones de Leclerc.

Ambre no parece demasiado convencida.

–La cuestión es que ahora está atrapada –dice–.

Si el idiota de Leclerc es su única estrategia para enfrentarse al duque y le deja pasar esta primera transgresión, se tomará la libertad de multiplicar las provocaciones sin que pueda hacer nada en contra de él.

Al final, lo que bajará será su credibilidad. Aún estamos a tiempo...

–Sin embargo, me parece que aquí la única credibilidad que se está viendo afectada es la del duque –argumenta mi padre–.

Leclerc acaba de recordarle a todo el mundo que el duque de Lorena dio el visto bueno a la investigación de la cámara alta que condenó a De Léon y a los diputados demócratas, aunque estos fueran inocentes.

–Exacto –comento–. No lo vamos a arrestar y seguiremos adelante con ese programa diario.

He tomado una decisión y no pienso revocarla.

Ambre, dejo que elija a un miembro de su equipo para que prepare las emisiones relacionadas con estas elecciones.

Deberá ponerse en contacto con el duque de Lorena, Leclerc y otros jefes de partido para mostrar sus perfiles a partir de mañana y organizar el seguimiento de su campaña.

Dentro de una semana, me reuniré con todos.

–Señora, si me lo permite –interviene De Maintenon–, creo que deberíamos reforzar su seguridad. Si el duque se siente acorralado, podría intentar algo de nuevo. Voy a intensificar las inspecciones y aumentar el número de guardias.

Las paredes de la sala parecen cerrarse sobre mí.

–Será lo más seguro, sí.

Pero no logro deshacerme de la sensación de que estoy atrapada en mi propio palacio y en esta situación...

–Hemos terminado –concluyo con un suspiro.

Necesito salir, tomar el aire. Sin darles tiempo a protestar, me alejo de la sala donde está reunido el comité de propa ganda.

Con la mayor rapidez posible sin alarmar a los criados y lacayos que me encuentro por el camino, avanzo con largas zancadas por pasillos interminables hasta cruzar la puerta exterior del palacio.

La brisa fresca de la noche, cargada de aromas florales, me golpea con fuerza y calma ligeramente el latido frenético de mi corazón.

He usado una de las salidas de los aposentos de la reina María Teresa y los árboles cierran sus copas tenebrosas sobre mi cabeza.

Corro por el césped, donde las luces parecen luciérnagas que iluminan algunos parterres.

–Señora...

Me giro y descubro a Félix, cuya silueta intuyo en la oscuridad. Sin duda, me ha seguido.

–¿Se encuentra bien? –pregunta, preocupado.

Niego con la cabeza.

–Ha sido un día largo.

–Eso seguro. ¿Necesita compañía?

La tentación de pedir que se marche, de no dejar que vea mi inquietud y de ser prudente, sobre todo tras las insinuaciones del barón de Kerdoncuff, es demasiado grande.

No obstante, con el paso de los días, la presencia de Félix se ha vuelto necesaria, un ritual reconfortante al final de la jornada, un momento de normalidad al que aferrarme.

–Por favor, paseemos juntos.

Pasamos en silencio cerca de un cobertizo que debe pertenecer a los jardineros, a juzgar por las regaderas apoyadas en la pared.

Luego, nos adentramos en el jardín aún sin mediar palabra.

En alguna parte sobre nuestras cabezas, una lechuza ulula con suavidad.

La figura de Félix no es más que una sombra hasta que llegamos a una de las grandes avenidas iluminadas.

Se oye el murmullo de una fuente cercana.

Lo percibo tras una arboleda: es el lugar por el que Antoine y yo paseamos tras haber visto al delfín torturando a una joven.

El corazón se me encoge de forma tan violenta que me paro en seco.

–¿Va todo bien, señora? –me pregunta Félix, quien se ha dado cuenta de mi inquietud.

–Eh...

Pero no puedo contárselo, igual que tampoco puedo confiárselo a Agnès y a Solange.

–Todo bien –musito.

Me acerco a la fuente, hipnotizada por su borboteo.

–¿Usted habría arrestado a Leclerc? –le pregunto a bocajarro a Félix–. No ha dicho nada antes, en la sala.

–No creo. No es un personaje al que le tenga especial aprecio, ya que no me gustan sus métodos ni sus aliados, pero es el único opositor que queda tras la ejecución de los diputados del Partido Demócrata.

Usted misma lo ha dicho: prometió elecciones libres, por lo que no puede encarcelar a los candidatos.

Asiento, reconfortada. Pero enseguida me asaltan las dudas.

¿Y si Leclerc me debilita, como ha anticipado Ambre?

¿Y si Félix cuenta con eso para hacerse con el poder como teme Agnès?

Suelto un profundo suspiro. Tras este día tan espantoso, mi único deseo es saber de una vez por todas si puedo confiar de verdad en Félix.

O nuestras conversaciones siempre estarán teñidas de desconfianza...

–Señor, necesito que hablemos –anuncio.

Hago una pausa. De la Brivoisière me dedica una mirada intensa, esperando a que vaya al grano.

–Félix –comienzo, decidida a tutearle por primera vez–, necesito saber si puedo confiar en ti.

Este mediodía, el barón de Kerdoncuff ha dicho de manera implícita que pronto dispondría de material comprometedor sobre ti.

No quiero arriesgarme a que el duque lo corrompa y lo utilice en mi contra.

Necesito saber qué se encontraba en las cintas que destruyó.

Mi petición hace que se le desvanezca de inmediato la expresión afable. El hombre que se encuentra ante mí parece sombrío... y peligroso. Me da la espalda y la oscuridad del bosque le devora el rostro.

–Félix...

–Dame un minuto –escupe.