18
C uando los guardias nos vuelven a abrir la valla del jardín del crematorio, la fiesta bulle en su máximo apogeo y los nobles brindan bajo el sol. Algunas cabezas se giran hacia nosotras de inmediato, incluidas las de Félix y mi padre. Me acerco a ellos enseguida.
–Gabrielle, ¿va todo bien? –me pregunta el segundo.
–¡De maravilla! Solo necesitaba caminar un poco.
Compruebo la posición de las cámaras. Aquí donde nos encontramos, en el centro de la multitud, no nos enfoca ninguna.
Por eso, sin dejar escapar ni un solo sonido, articulo algunas palabras para que Félix me lea los labios: «El duque me ha amenazado.
Exige el arresto de Leclerc y la interrupción de la campaña electoral.
Voy a doblar la apuesta y a anunciar la creación del puesto de presidente».
–Sin duda es una idea excelente –me responde enseguida–. Espero que hayas estirado bien las piernas antes del discurso durante la dispersión de las cenizas.
Entiendo el mensaje de inmediato: no solo cuento con su aprobación, sino que me está animando a actuar más rápido, hoy mismo, aunque deba salirme del programa organizado al milímetro para este funeral.
–Muy bien. –Le dedico una sonrisa radiante.
Durante unos segundos, Agnès, Solange y yo deambulamos entre la multitud con la intención de que las cámaras capten escenas bonitas para el programa: mantengo una conversación cordial con la marquesa de Montespan, quien me comenta un nuevo proyecto televisivo sobre costura, o bromeo con monsieur Beaumont, quien me pide de forma humorística si puede utilizar algunas cenizas del difunto monarca para preparar el cemento de las obras de renovación de una prisión en sus terrenos.
Enseguida reúno el coraje suficiente como para darle al duque la ilusión de que está ganando la partida y me paso mucho tiempo riéndome con él y con De Kerdoncuff.
Un grupo de músicos se instala cerca del crematorio y toca piezas populares que se emiten en tiempo real en todas las ciudades de Francia.
La celebración sigue su curso hasta que, por fin, el cardenal de París sale del edificio con una urna sencilla y negra que contiene las cenizas de Luis XXII.
–Señoras y señores –anuncia entonces el presentador–. Lo que veis aquí es lo que queda del rey asesino. Ahora que hemos recuperado sus cenizas, nuestros nobles invitados se marcharán de la fiesta para dirigirse al puente de Luis XIX, donde las dispersaremos sobre el Sena.
Me encamino hacia mi coche, el primero de una larga fila de vehículos. Entro en su interior acompañada de Agnès y Solange y, exhaustas por todas esas interacciones, permanecemos en silencio durante la primera parte del trayecto.
–No ha ido mal –susurra al final Solange–. Creo que las chicas han estado bastante cómodas, a pesar de las circunstancias.
–A mí también me lo ha parecido –responde Agnès–. He visto a Marie-France totalmente sumida en una conversación con monsieur d’Honfleur.
–Ah, ¿el astrofísico del que nos habló?
–El mismo. Parecía cautivada.
Seguimos tratando la situación de las víctimas, la de las que ya están deseando enfrentarse al mundo entero, como Marie-France, a la que le gustaría estudiar en Turquía, y la de las que apenas salen de la habitación en su nueva residencia.
Nuestro coche se adentra en las calles de París y, poco después, llegamos a la plaza Saint-Jaques, cerca del puente de Luis XIX.
Una enorme tienda regia de terciopelo rojo se erige sobre los plátanos que bordean esta explanada cuadrada.
El coche se detiene ante la entrada, por lo que salgo y penetro en ella.
No he dado ni tres pasos cuando me asalta un ejército de maquilladoras y peluqueras.
–Recordad –les dice Ambre–, después de la frescura de los retoques de este mediodía, buscamos la frialdad para el resto de la velada.
A continuación, me susurra al oído:
–¿Y bien?
Enseguida entiendo que está haciendo alusión a la alianza que debería haberle propuesto al duque.
–Todo está bajo control –respondo, lacónica.
–Me alegra oír eso. –Me sonríe mientras se lleva una mano al pecho.
Siento cierto remordimiento por ocultarle parte de la verdad, pero hay demasiadas personas a nuestro alrededor para que pueda contarle el nuevo plan. Una pena... Seguro que no escatimará en reproches más tarde.
–Un poco más de laca en el pelo de Agnès, por favor –comenta cuando pasa a inspeccionar a mis damas de compañía–. ¿Y dónde están los vestidos? Dios míos, mademoiselle Victor, ya deberían estar fuera de las fundas.
Treinta minutos más tarde, Agnès, Solange y yo salimos de la tienda con expresión seria y severa, las tres vestidas con seda azul medianoche.
El día está llegando a su fin y los edificios proyectan una sombra glacial sobre la plaza en la que nos encontramos.
En el puente, el cielo pálido contrasta con los colores vivos de los nobles aquí reunidos tras un cordón rojo que los separa de la barandilla de piedra a la izquierda, río abajo.
Solo tienen autorización para estar a este lado las víctimas de Luis XXII, mi Consejo y el cardenal.
Este último, aún con la urna negra en la mano, permanece recto, una silueta roja que destaca sobre las prendas oscuras de los miembros del gobierno.
Nos ponemos en marcha ante la mirada de la nobleza, seguidas de cerca por múltiples cámaras.
–El momento que estábamos esperando –susurra monsieur de Saint-Martin al micrófono cuando pasamos ante él.
Me sudan cada vez más las manos a medida que me acerco al duque, quien me espera a este lado de la barandilla.
Será él quien lanzará las cenizas al Sena.
Para calmar los latidos frenéticos del corazón, evoco la Siciliana de Bach, la última pieza que ha repetido Félix bajo mis directrices.
Cuando por fin me coloco sobre la pequeña cruz blanca dibujada en el suelo, he recuperado la sensación de calma.
–Querido pueblo de Francia, hoy cerramos un capítulo en la historia de nuestro país, un país mancillado por las perversiones y crímenes de Luis XXII, el rey asesino.
Continúo con el discurso como habíamos previsto, sin cambiar ni una coma, con expresión seria ante las cámaras. Hasta el momento en el que debería darle la orden al duque para que lanzara las cenizas.
–Como ha dicho el cardenal de París, hoy es un día en el que le damos la espalda al mal...
–Dejo que esa frase quede suspendida en el aire durante unos breves segundos y abandono mi máscara de frialdad para esbozar una tenue sonrisa–.
Por eso, inspirada por su maravilloso sermón y los consejos que me ha dado el duque de Lorena, he decidido obrar en favor del bienestar y la salud del pueblo francés.
La pobreza, el hambre y el trabajo duro pueden alejar a cualquier alma cristiana de su fe...
Y pocas veces he hablado de estos problemas al deliberar con el Consejo.
Por eso, voy a crear el puesto de presidente de la cámara baja con el fin de que un representante elegido por el pueblo forme parte de mi gabinete y me informe de las dificultades con las que se encuentran mis súbditos.
Recibiré a los líderes de cada partido dentro de una semana y, para que el pueblo tenga más información a la hora de elegir, los seguiremos durante toda su campaña en un programa diario.
Le dedico una sonrisa radiante a la cámara antes de girarme hacia el duque. Una mueca que trata con desesperación de hacer pasar por entusiasmo le crispa las facciones.
El cardenal tarda dos largos segundos en recuperarse de la sorpresa y darse cuenta de que mi discurso ha terminado.
Con un ligero titubeo, le tiende la urna al duque de Lorena.
Este, con la inquietante rigidez de un autómata, se acerca a la barandilla.
Sus ojos brillan por la consternación. Sigo su mirada.
Debajo, enormes volutas de color rojo sangre bailan sobre la superficie del río.
Doy un paso atrás. ¿Qué es esta broma? Pero el duque no se detiene y, ajustándose al plan del rodaje, abre la urna con expresión neutra y la vacía sobre el agua.
Cuando las cenizas tocan la superficie, esta se ha teñido totalmente de carmesí.
Un grito surge del grupo de víctimas y pronto lo acompañan los de toda la nobleza.
–¡Hay cuerpos en el agua! ¡Hay cuerpos en el agua!
Me inclino sobre la balaustrada y no logro reprimir un grito ahogado. Un cadáver sin cabeza flota sobre el río, ahora rojo.