17
U nos segundos más tarde , en el jardín temporal del crematorio estalla lo que solo puede considerarse una gran fiesta y el sonido de decenas de botellas de champán al descorcharse flota sobre nuestras cabezas.
Las burbujas fluyen por la pirámide de copas mientras los invitados asaltan las mesas de comida.
Sin embargo, no estoy de humor para unirme a ellos.
Solo tengo unos minutos para aceptar la propuesta del duque o convertirlo definitivamente en un enemigo declarado que esta vez no se contendrá a la hora de atacar.
Mientras la multitud se aleja del crematorio, permanezco a la sombra del hangar.
Agnès y Solange me dedican una mirada inquisitiva.
–Quiero quedarme aquí un rato –comento–. Por favor, id con las demás.
–¿Seguro? –me pregunta Agnès.
Es obvio que se ha dado cuenta de que algo no va bien, y la siento casi tan tensa como yo. Advierto que el duque tampoco se ha movido de su sitio y parece esperar a que me quede a solas de nuevo. Ni Agnès ni Solange pasan por alto este rápido vistazo, por lo que endurecen la expresión.
–Seguro –contesto–. Luego nos vemos.
Tras un breve asentimiento, se alejan de mí. Evoco el Preludio Op. 28, n.º 7 de Chopin para reunir el valor suficiente mientras el duque se acerca a mí.
–El barón le habrá comentado mi propuesta –musita sin dejar de fingir que contempla la fiesta.
Se distribuyen los primeros vasos y tanto los nobles como las víctimas brindan ante los objetivos de las cámaras.
–Monsieur de Kerdoncuff me ha hablado de su preocupación por mi seguridad, sí –respondo con toda la calma posible–. Hemos...
Da tres pasos para colocarse detrás de mí tan cerca que me roza el borde de la falda con los zapatos y las siguientes palabras se me bloquean en la garganta. Tras días evitando el mínimo contacto con hombres, esta proximidad repentina me oprime tanto como si me apuntara con un arma.
–Continúe, por favor.
Su voz se vuelve dulce y melosa en mis oídos. Se acerca un poco más hasta que siento el calor que emana de su cuerpo. Trato de ordenar mis pensamientos, de no dejar que su presencia maliciosa me afecte mentalmente.
–Acepto –logro gemir con un susurro.
Está demasiado cerca. Desde fuera, debe parecer un hombre de Estado aconsejándome en la sombra mientras observo la fiesta, pero no me engaña: sin duda busca aprovecharse de esta proximidad ahora que hemos sellado nuestra alianza.
Doy un paso al frente, pero de inmediato noto cómo tira de mí.
Me siento horrorizada al percatarme de que me ha cogido de una de las cintas del corsé.
–Espere, querida –musita con un tono seductor.
Noto cómo me coloca la mano entre los riñones. Me quedo sin aliento y los músculos no me obedecen.
–Haremos una pareja preciosa –continúa el duque, quien parece tomar mi falta de reacción como consentimiento.
Busco entre la multitud, frenética, a mi padre o a Félix, a quien sea, pero los rostros se convierten en un borrón ante mis ojos. El duque me acaricia la parte baja de la espalda.
–Ahora que remamos en la misma dirección, conviene ponernos de acuerdo –me susurra al oído–.
Debemos seguir con esta farsa electoral porque no nos beneficiaría dar marcha atrás, pero desde mañana la haremos desaparecer poco a poco de los comunicados para centrarnos en nuestro acercamiento.
Por supuesto, arrestaremos a Leclerc. Encontrará algún pretexto.
No será complicado, sus folletos llevan pidiendo el final de la monarquía mucho tiempo y, por lo tanto, la destitución de ambos...
Envalentonado por mi silencio, el duque me recorre la columna vertebral con los dedos hasta rozarme la piel de la espalda.
–Claro, para hablar de forma pública de la boda, habrá que esperar unos meses. Pero tenga paciencia, valdrá la pena, ya lo verá. Me sé mostrar generoso con las jóvenes, sobre todo si la chica en cuestión reconoce que es por el bien del país. Juntos levantaremos la nación.
Se aleja de mí y es así como vuelvo de forma brusca a la realidad.
La fiesta, que había desaparecido durante un momento ante mis ojos, explota en colores, aromas y sonidos.
Enseguida entiendo la razón de que el duque se haya separado de mí: una cámara nos está enfocando a los dos.
Trato de sonreír, de interpretar el papel de quien acaba de tener una conversación seria y confidencial con su ministro, pero solo puedo pensar en aprovechar la ocasión para apartarme de él sin que pueda cogerme de nuevo del vestido.
Tan rápido como me lo permiten las circunstancias, me acerco a la multitud.
Por fin, cruzo la mirada con la de Agnès, que habla nerviosa con Solange. Vienen a mi encuentro de inmediato.
–Demos un paseo –digo en voz alta para que la nobleza no haga preguntas al verme marchar–. Tanto alboroto me está dando dolor de cabeza.
Las cojo del brazo y me dirijo a la valla que rodea el jardín. Es la que escalé hace unas semanas con Antoine. Dos guardias se apresuran a abrirla cuando me acerco.
En cuanto pongo un pie en el camino arcilloso, me cuesta menos respirar.
El terror que me ha provocado este contacto con el duque desaparece y libera la rabia que bulle en mi interior desde la conversación con el barón.
A duras penas la contengo y me adentro entre la vegetación hasta que se aleja el bullicio de la fiesta.
–Gabrielle, ¿qué pasa? –pregunta Solange, tensa.
Cuando me giro, Agnès parece inquieta.
–Ha sido la conversación con el duque –respondo con un nudo en la garganta por la rabia–. No solo hemos hablado, se ha atrevido a ponerme la mano encima como si ya fuera de su propiedad.
Solange abre la boca, estupefacta, mientras la expresión de Agnès se endurece.
–Además, el barón de Kerdoncuff se ha mostrado muy desagradable.
Comienzo a contarle nuestra charla en detalle y la ira no tarda en teñirles las facciones.
–¿Crees que tiene razón? –me interrumpe Agnès cuando menciono lo que ha dicho sobre Félix–. ¿Crees que monsieur de la Brivoisière tiene algún secreto turbio que ocultar?
Esbozo una mueca.
–El rey tenía una manera de ejercer presión sobre él. No sé si el barón hablará de lo mismo o si será un comportamiento ilícito o amoral que pueda repetirse. Quizá solo espere que monsieur de la Brivoisière vuelva a cometer los mismos errores.
Asqueada, sufro un escalofrío al imaginarme a Félix en un burdel. Sin embargo, es un comportamiento casi normal entre los hombres de la nobleza... Aun así, acabaría para siempre con la buena opinión que tengo de él.
–Ah, con lo respetuoso y caballeroso que parece –comenta Solange, apenada.
–Habrá que esclarecer ese asunto –me advierte Agnès–, pero continúa. ¿Qué te ha dicho el duque?
Cuando contesto a su pregunta, Agnès deja escapar una repentina carcajada socarrona.
–¡Enhorabuena! –exclama–. Ese desgraciado acaba de confesar sus debilidades principales: Leclerc y las elecciones.
Un instante después, su respuesta despeja las nubes de tormenta que me oscurecían la mente.
–Entonces, eso es lo que teme... –reflexiono en voz alta–, una campaña electoral escandalosa en la que tenga que enfrentarse a un republicano y defender sus ideas bajo los focos.
Comienzo a andar de un lado para otro.
–Exacto –concuerda Agnès–. Ambos te han amenazado con las manos vacías.
No puedes arrestarlos sin pruebas contundentes, es verdad, pero ellos tampoco pueden apartarte tan fácilmente como pretenden.
Félix no solo tiene a sus tropas vigilando el palacio, sino que controla toda la capital y, si el barón ha sentido la necesidad de mencionar que aún puede corromperse, entonces, hasta que se demuestre lo contrario, te sigue siendo fiel.
–Bien visto, Agnès. Entonces, ¿has cambiado de opinión sobre él?
Se encoge de hombros.
–Me parece más agradable desde que se pasó una tarde hablándonos de las secuelas psicológicas de los soldados y los métodos para superarlas, pero todavía no me fío de él. A decir verdad, aunque te confesara lo que tenía el rey sobre él, permanecería en guardia. Tiene demasiado poder...
Deja la frase suspendida en el aire, puesto que ya hemos tratado este tema largo y tendido.
–Pero, volviendo a nuestro problema –prosigue–, no creo que el duque y el barón hayan utilizado las maniobras de intimidación justo hoy por casualidad.
Leclerc ha vuelto esta mañana y las elecciones se convertirán en el tema principal de conversación a partir de mañana.
Debe ser un golpe desesperado del duque para evitar una campaña que ya parece desastrosa para su imagen. Leclerc es un orador excelente.
Pasea la mirada por los alrededores para asegurarse una vez más de que estamos a solas.
–A decir verdad –confiesa–, leo en secreto sus panfletos en línea desde hace muchos años.
Dado que es una joven inteligente que sueña con estudiar Derecho en la Unión Oriental, no me sorprende, pero Solange suelta un pequeño chillido.
–Ay, Agnès, ¡venga ya! –exclama–. Es un acto revolucionario.
–Siempre me he sentido muy identificada con sus ideas –replica como respuesta–. No tengo duda alguna de que será capaz de hacer trizas los argumentos del duque. Leclerc no se reprimirá a la hora de atacarle y será un riesgo para la popularidad de todos los candidatos del bando conservador.
Asiento, aunque con cierta aprensión: sé que detrás de la imagen de demócrata que se ha construido Leclerc se encuentra un hombre cruel, sin escrúpulos.
Sin embargo, utilizarlo para desestabilizar al duque parece cada vez más mi única opción, a menos que la investigación de De Maintenon encuentre alguna prueba milagrosa.
Leclerc está también listo para tomar el poder y... Me quedo paralizada.
–¡Sé cómo conseguir que la campaña se vuelva más violenta!
Madame de Léon me sugirió que instaurara el puesto de presidente de la cámara baja para que formara parte de mi consejo.
¿Y si anuncio su creación hoy mismo? Leclerc luchará con uñas y dientes para que lo elijan.
Además, tal vez los miembros del partido del duque se vean tan tentados por el prestigio y la visibilidad del nuevo cargo que le hagan la competencia.
El duque se tendría que defender de Leclerc por un lado y de sus propios aliados por otro.
–Muy buen razonamiento –comenta Agnès–. En una situación así, se producirán altercados entre los conservadores y nos resultará más fácil aprovecharlos. Gabrielle, es una idea brillante.
Le dedico una sonrisa y Solange me coge de la mano ilesa.
–Ten cuidado. El duque ya ha intentado asesinarte y, si actúas en contra de sus deseos, ¿quién sabe qué más hará?
–Lo entiendo, pero no puedo dejar que me gane. No volveré a ser un accesorio en brazos de un hombre para aumentar su popularidad.
–Muy justo –me anima Agnès–. Y no puedes ceder ante él porque las peticiones que te ha hecho son solo las primeras de una larga lista. ¿Quién sabe cuándo parará? Seguirá exigiéndote cada vez más sin que tengas nunca la seguridad de que tu vida no corre peligro.
Asiento con seriedad.
–Deberíamos regresar a la fiesta. Ya nos hemos ausentado demasiado.
–¿Cuándo vas a anunciar la creación del puesto de presidente? –me pregunta Agnès.
–Se me ha ocurrido el momento perfecto –contesto con una sonrisa despiadada.