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E sbozo mi mejor sonrisa antes de que la puerta se abra.
El aparcamiento del crematorio está irreconocible: los arcos cargados de rosas llevan a un jardín que han tar dado apenas unas horas en instalar, con gigantescas composiciones florales y metros de césped que se extienden sobre la gravilla amarillenta.
Cruzo el túnel de vegetación, rodeada por un aroma embriagador, y de inmediato me siguen dos cámaras.
–Señoras y señores, madame Gabrielle, la regente.
En cuanto entro en el jardín, la alta nobleza al completo, que forma una extensa composición colorida, rodeada de maceteros desbordantes de lilas inmaculadas y hortensias azules y rosas, hace una reverencia.
Un sol radiante ilumina los vestidos de tonalidades vivas de las víctimas del delfín, concentradas en torno a una mesa central donde descansa una pirámide de copas de champán.
Solo han querido venir diez: las otras se han quedado en el castillo de Randan, su nueva residencia en el corazón de la naturaleza en el Puy de Dôme, donde se alojarán de ahora en adelante y recibirán todos los cuidados que necesiten.
La nobleza se incorpora cuando se lo indico y los largos vestidos se deslizan por el césped verde.
Por el aspecto del crematorio, que parece un palacete de campo, cualquiera pensaría que estamos en una boda veraniega si no fuera por el muelle de descarga de hormigón que percibo desde aquí.
–La que acaba de hacer su aparición es nuestra querida regente, Gabrielle –anuncia con un susurro Patrick de Saint-Martin, el presentador estrella de Nobleza obliga .
A dos metros de mí, siguiendo nuestras instrucciones, es el único que habla frente a la cámara, narrándoles a los telespectadores lo que ocurre como si se tratara de una sencilla recepción al aire libre.
Agnès y Solange por fin aparecen y avanzo por el césped.
Reparo de inmediato en el duque de Lorena, de pie con el barón de Kerdoncuff junto a una de las mesas de comida.
Me dedica una sonrisa que pretende ser cálida y, de inmediato, tengo la certeza de que era consciente de que le entregó cuatro de sus criadas a un sádico, igual que no dudó en enviar a unos asesinos a por mí.
Este hombre no se detendrá ante nada para obtener el poder.
Espero que Leclerc se enfrente a él de forma despiadada y, con un poco de suerte, monsieur de Maintenon me aporte pruebas con las que frenarle de manera tan rotunda como el material comprometedor que tenía sobre él.
Sí, pero ¿y si esa ayuda llega demasiado tarde?
Ambre me sostiene la mirada, tras un panel de control, y me dedica una expresión alentadora.
Con un movimiento de cabeza, les pido a Agnès y a Solange que se alejen, como estaba previsto, cuadro los hombros y camino hacia mi objetivo.
A mi alrededor, los cortesanos retoman sus conversaciones, pero no me engañan: todos fingen no estar pendientes de mis pasos mientras, en secreto, esperan que me dirija a ellos para permitirles hablar conmigo como indica el protocolo.
Advierto varias expresiones de decepción cuando me junto con el barón y el duque.
–¡Qué maravilla de recepción, señora! –exclama este último tras los saludos de cortesía–.
Ya le conté mis reticencias en cuanto a la organización de este funeral, pero debo confesar que ha aplacado mis mayores temores.
Sin duda, se trata de una de las ceremonias de despedida de las que se acordará todo el país.
A su derecha, De Kerdoncuff asiente, entusiasmado, con la boca llena de una de las delicias que han colocado en la mesa.
–¡Magnífica, sí! –concuerda con la frente roja por el sol, al mismo tiempo que coge otra pasta–. ¡Estas tartaletas están de muerte!
Si no supiera que su sencillez esconde una profunda maldad, el barón de Kerdoncuff casi conseguiría que bajara la guardia con su alegría infantil.
Entiendo por qué es tan peligroso: si se dedica a atiborrarse así ante la jefa de Estado, ¿quién no va a considerarlo un bobalicón, amante de la buena vida?
En un primer momento, parece un personaje un poco grosero, sin ambición, demasiado idiota para progresar en este mundo de tiras y aflojas e intrigas complejas.
Sería fácil tratarlo como un vasallo sin sospechar que dirige una red de prostitución cuyo único fin es conseguir material comprometedor.
–Si me perdonan –musita el duque–, debo asegurarme de que el crematorio esté preparado.
Se aleja con zancadas bruscas sin darme tiempo a detenerle y me quedo a solas con De Kerdoncuff, que sigue saqueando la comida de la mesa.
A nuestro alrededor, los nobles siguen ignorándome de forma sistemática, a excepción de mi padre, quien, mientras mantiene una conversación con la marquesa de Montespan, me observa con inquietud.
Las víctimas del delfín forman un grupo aparte y no se atreven a mezclarse con el resto de la aristocracia.
–¿Sabes, Gabrielle? –dice De Kerdoncuff, tuteándome como si fuera todavía la dama de compañía de su mujer–. Has jugado bien hasta ahora, pero sé que no eres tan tonta como para no ver que la partida casi ha terminado.
–¿Qué insinúa con...?
–Acabo de admitir que no eres tan tonta –me interrumpe de forma brusca, metiéndose una nueva pasta en la boca–. No me hagas arrepentirme de mis palabras.
La contestación es tan brusca que me siento como si me hubiera abofeteado.
Echo un vistazo a izquierda y derecha, pero, aunque algunas personas nos miran de reojo, nadie parece haberse dado cuenta de nada.
Atisbo a uno de los guardaespaldas que está cerca de un arco cubierto de flores.
¿Debería hacerle una señal para que detuviera al barón?
No, no puedo arriesgarme a montar un escándalo, aquí no, ahora no.
No delante de las cámaras y con un hombre que, sin duda, aún dispone de métodos de presión sobre parte de la nobleza presente.
No obstante, no puedo permitir que me hable así.
–Ya veo que es hora de dejar caer las máscaras –replico–. Cuidado, barón, me temo que a algunos señores aquí reunidos no les gustaría saber que los ha pillado en brazos de alguna profesional.
Pero la amenaza lo hace reír.
–Ah, supongo que, si tuvieras la posibilidad de revelar esa información, lo habrías hecho ya.
Pero no tienes nada, ¿verdad? Vamos, Gabrielle, no te pongas nerviosa.
Solo pienso en tu bienestar, créeme. Apoyé tu candidatura para Nobleza obliga , ¿sabes?
La duquesa de Léon quizá te contara que fue ella la que le habló de ti al rey.
Olvídalo. Fui yo quien convenció a su majestad para que te eligiera.
Las plebeyas guapas y educadas no se ven todos los días, sobre todo si son criadas, y su hijo necesitaba una descarga de popularidad entre la clase baja.
Por casualidad, conseguir que participaras en el programa, además de garantizarte un futuro, me procuró una suma cuantiosa y un escaño en la cámara alta.
Lo dice con un tono agradable y satisfecho sin dejar de comer, e imagino que, desde el exterior, debe parecer que estoy teniendo una conversación banal con uno de mis ministros.
Me esfuerzo por adoptar una expresión afable para mantener esta ilusión y evito explotar.
El barón me vendió al rey Luis XXI. La bilis amarga me hierve en el estómago.
–Soy, como se suele decir, tu benefactor –continúa con voz seria–. Tras haberte dado un techo y un empleo, te conseguí la mejor opción de este país. Sin duda, entenderás que me preocupe por ti, ¿no es así?
No le respondo y permanezco inmóvil, paralizada al ser consciente de algo horrible.
Si este hombre tenía una relación lo bastante cercana al rey como para saber que el delfín participaría en Nobleza obliga , entonces...
, ¿conocía su perversión? Le procuraba chicas a toda la nobleza.
¿Sospecharía algo? ¿Se las enviaría a las salas de tortura del convento?
–Sin embargo, la partida ha terminado, Gabrielle –continúa De Kerdoncuff–.
Eres popular entre el pueblo, sin duda, pero tu prestigio no dejará de caer en cuanto sea evidente tu falta de experiencia y la cámara alta comprenda que no eres más que la titiritera de esta farsa.
Ah, sí, quizá creas que cuentas con De la Brivoisière, que vigila las entradas de palacio como un perrito faldero, pero no pongas tu seguridad en manos de un hombre que se uniría a nuestra causa sin pensárselo dos veces si le diéramos los argumentos correctos.
–Me encantaría veros intentarlo –replico con una sonrisa gélida.
Pero ni yo misma me creo esa fanfarronada. ¿Félix habrá sucumbido a una de las trampas del barón? Una oleada de asco me sobreviene al imaginármelo aprovechándose de una joven que la desgracia hubiera empujado hacia la prostitución.
–Ah, no te lo tomes así –continúa el barón–.
Te lo digo para ayudarte. Ahora que te he prevenido, puedes evitar terminar como la anterior regente, que seguirá en un claustro, pegada a su rosario, durante el resto de su vida.
No es demasiado tarde para que te unas al bando del duque, no sé si me entiendes...
Tu popularidad sigue siendo lo bastante grande como para que le seas de utilidad.
Solo tendrás que parir a un mocoso encantador que añadir a su colección para disfrutar de lujos el resto de tu vida, acompañada de tu padre y tus amigas.
Utiliza la cabeza, Gabrielle, es lo único que te pido.
No te resistas y evítanos la molestia. Es lo que les digo siempre a mis nuevas adquisiciones: no os resistáis e intentad disfrutar un poco mientras estéis aquí.
Lo que se intuye entre líneas me da náuseas, y debo apretar los pliegues del vestido entre los puños para ocultar un ligero temblor.
–¿Cómo te atreves?
–Ah, me atrevo porque un pajarito me ha contado que tu prueba de embarazo ha salido negativa.
Tu regencia ahora pende de un hilo. Ya te lo he dicho: no quiero verte en una situación más desafortunada aún que la actual.
Estás atrapada, mientras que yo soy intocable.
Enviarme a la cárcel sería declararle la guerra al duque, quien se aliaría con la nobleza en un abrir y cerrar de ojos.
No querrás enfrentarte a una rebelión, ¿no?
Pero no tengo tiempo de responder antes de que un lacayo le dé una fuerte patada al suelo a mi espalda.
–Señoras y señores, ¡el rey!
Se hace el silencio y, con la mandíbula apretada, me giro hacia los arcos cubiertos de flores bajo los que percibo el féretro que se está acercando.
–Esta oferta, por supuesto, tiene fecha de caducidad –me susurra De Kerdoncuff–. El duque espera tu respuesta en cuanto se encienda el fuego.
Con un nudo en la garganta por la rabia, me alejo con paso firme y la cabeza alta de ese horrible noble de poca monta para aproximarme, como estaba previsto, a la senda que recorrerá la procesión con el fin de aparecer en primer plano en las imágenes.
Agnès y Solange me flanquean y las víctimas de Luis XXII se agrupan detrás de nosotras.
Seis hombres vestidos de negro, con la frente perlada de sudor, hacen su aparición en el jardín, llevando el ataúd por las asas.
La tapa está abierta, como dicta la tradición, para demostrarle al pueblo que el rey está muerto.
Me había preparado para este momento, como todas las mujeres que han aceptado venir.
Pero, cuando observo el rostro pálido y perfecto de mi difunto marido, posado sobre la almohada de lino, en lugar de la incomodidad o la angustia que esperaba sentir, noto una nueva bocanada de odio, un odio puro e incandescente que me hace apretar los dientes.
A mi espalda, una de las víctimas deja escapar un sollozo y debo contenerme para no abofetear al cadáver que pasa ante nosotras.
Abofetearlo, encarcelar al duque y al barón y... Agnès me coge de la muñeca de repente.
–Tranquilízate, Gabrielle –me susurra.
Me doy cuenta de que tengo los labios fruncidos y de que se ha quebrado la máscara de seriedad que debía adoptar. Inspiro hondo, intentando centrar la mirada en la túnica blanca con la que han cubierto el cadáver para no ver ese rostro que detesto.
Lo seguimos en procesión hasta la boca del crematorio y noto cierta satisfacción vengativa al constatar que Ambre ha llevado a cabo mis instrucciones al pie de la letra: no se ha decorado aquel espacio industrial, por lo que el hormigón desnudo, la cinta transportadora negra y la trampilla de metal le dan al entorno el aspecto de una planta de tratamiento de residuos.
Muy adecuado para un desgraciado como Luis XXII.
Ante el objetivo de las cámaras, camino con paso lento tras el ataúd que deja escapar un fuerte olor a lavanda hasta que los hombres lo dejan sobre la cinta transportadora.
El ruido amortiguado de la madera sobre el caucho se superpone a la visión de otro cuerpo al que lanzaron a este mismo crematorio.
–Gabrielle...
El susurro de Agnès me saca del trance. Me he detenido a dos pasos de la pequeña marca blanca del suelo, el lugar donde debo colocarme para ofrecerles el mejor plano posible a las cámaras antes del comienzo de la cremación.
Avanzo brevemente sin apartar los ojos del féretro mientras el cardenal de París hace su aparición.
–Reina regente, señoras y señores, pueblo de Francia –comienza a decir con fuerza, centrando la mirada en el objetivo de una cámara a mi izquierda–, hoy despedimos a un monstruo, un hombre al que Dios le dio todos los beneficios posibles y, sin embargo, eligió la senda del demonio.
Se desvió de su camino como monarca y, sobre todo, de su deber como cristiano para regodearse con el vicio y la depravación.
Hoy, el rey no tiene derecho a un ritual funerario porque ya no es miembro de nuestra Iglesia.
Es un alma condenada a la que se le han cerrado las puertas del paraíso y la vida eterna...
Un murmullo de aprobación recorre la multitud. No puedo evitar echar un vistazo a mi derecha, al duque y al barón, un poco más lejos en primera fila, para verlos enfatizar cada afirmación airada del cardenal con un asentimiento. ¡Qué pantomima!
–Hoy el destino de este hombre constituye una advertencia para todos los que eligen la vía del mal –concluye el cardenal–. Su cuerpo arderá hasta verse reducido a cenizas y no conocerá sepultura ni descanso.
El cardenal se acerca al botón y me interroga con la mirada como habíamos previsto. Le dedico un breve asentimiento y pone la cinta transportadora en marcha. El féretro se desliza con lentitud hacia la trampilla del crematorio antes de caer en las llamas ante el aplauso entusiasta de la multitud.