15 #2
–Señora –continúa De Maintenon cuando nos adentramos en la ciudad–.
Mi investigación sobre los asesinatos del convento avanza a pasos agigantados.
Hemos logrado encontrar a casi todas las víctimas y les hemos seguido el rastro a muchas.
Entre ellas había tres antiguas candidatas de Nobleza obliga , un número espantoso de prostitutas y jóvenes declaradas prófugas, pero sobre todo... Eh...
Frunce los labios.
–Siga, por favor.
–Algunos casos son más complicados. Para empezar, hemos identificado a una criada que desapareció de la casa de los señores de Choiseuil, tras la descripción de su familia, a quien su prometido le hizo llegar su medallón con una nota.
Asiento, temiendo lo que va a decir a continuación.
–Este prometido, señora, era su guardaespaldas en Versalles, un tal Antoine Boucher.
Tras analizar las imágenes que se grabaron en el convento durante el incendio, faltaba también una joya bajo una de las fechas del tablón.
Quizá sea esa la verdadera razón por la que se le ejecutó, junto con todos los diputados demócratas.
Señora, ¿su escolta le confió algo sobre este asunto?
Sin duda, entró en el convento y tal vez fuera él también quien les pasaba información a los republicanos.
En las carpetas de Grimaux hemos encontrado múltiples informes de contraespionaje que respaldan esta teoría.
–Eh...
Dios mío, De Maintenon está siendo muy meticuloso y su pregunta es increíblemente peligrosa. Debo tener cuidado con mi respuesta, o me arriesgo a que me descubra. ¿Y quién sabe si me seguirá siendo leal en ese momento?
–Me sorprende, señor. Antoine me mencionó que había estado prometido, pero nunca me imaginé que... Pensaba que se trataba de una ruptura, no de una desaparición.
Me interrumpo, me paso una mano temblorosa por la frente, fingiendo verme sobrepasada por demasiadas emociones.
–Si es cierto, su ejecución, igual que la de los diputados, es más imperdonable todavía.
–Ese hombre era valiente –contesta De Maintenon–. Si no lo hubieran ejecutado cruelmente, le habría tendido la mano...
Esta confesión me encoge el corazón un poco más. Antoine sigue formando parte de todos mis sueños y pesadillas.
–Ah, ¡se me olvidaba! –exclama de repente.
Se saca mi medallón del bolsillo interior de la chaqueta y lo deja caer sobre mi mano enguantada.
–No se ha encontrado nada en los análisis, pero eso no quiere decir que no haya contenido un dispositivo en algún momento y lo hayan retirado después.
Dejo escapar un suspiro de alivio que nada tiene que ver con haber recuperado la reliquia familiar. Aun así, para asegurarme, abro el colgante y finjo comprobar su estado, aunque sea la última de mis preocupaciones.
–Me he ocupado personalmente de vigilar que nadie lo dañara –añade.
Me meto el medallón en el bolsillo.
–Pero centrémonos en el tema principal –continúa De Maintenon–.
Tenemos a una criada desaparecida en casa de los señores de Choiseuil.
Que una criada desaparezca es sospechoso, pero puede ocurrir.
No, lo más inquietante... –Baja la voz–.
Lo más inquietante son las cuatro criadas del duque de Lorena cuyos medallones se han encontrado en el tablón del convento.
–¿Cuatro? –repito, atónita.
–Cuatro. Por supuesto, es posible que el duque no se haya dado cuenta de su ausencia, ya que es un hombre muy ocupado...
Pero lo dudo. Luis XXII asistió a múltiples veladas en su casa, y es probable que aprovechara esas ocasiones para llevarse a las jóvenes.
Sin duda, el duque debería haber establecido la conexión.
En el mejor de los casos, tendría que haberse olido algo.
En el peor, quizá fue él quien puso en su camino a esas criadas adrede como regalo a cambio de algunos favores.
Los hombros se me curvan bajo un peso invisible.
Tener al duque como enemigo es una cosa, pero ¿saber que, además, es cómplice de toda esta crueldad...
? El hombre, asociado con el canalla de De Kerdoncuff, ha tomado ahora una dimensión aterradora.
¿Y es a él a quien debo proponerle una alianza en menos de una hora?
De repente, me sudan las manos bajo el fino encaje de los guantes.
–Supongo que entiende hasta qué punto esta información es impactante –continúa De Maintenon–.
No tenemos pruebas, solo elementos circunstanciales.
El duque es una figura central en la nobleza y el gobierno, el portavoz de la cámara alta, presidente del partido conservador más importante.
Su red es gigantesca y, si lo arrestáramos ahora, contactaría con toda la alta sociedad para que lo ayudara y causaría innumerables estragos.
De momento, sin algo concreto, no podemos actuar contra él...
–Lo entiendo a la perfección, señor.
Nuestro coche recorre la autopista de camino a Versalles.
–Hay otro dato sobre nuestra investigación del que me gustaría hablar...
–De repente, parece incómodo–. Señora, sé que para elegir el crematorio para la incineración del rey se ha pasado por un intenso proceso de reflexión y de numerosas conversaciones con el Consejo.
También soy consciente de que es demasiado tarde para cambiar el lugar y la hora del evento, pero...
Ya me imagino lo que va a decir. No esperaba menos de este sabueso.
–Me temo que Luis XXII siguió el mismo razonamiento que nosotros... –concluye.
–¿Qué quiere decir? –respondo con el tono más inocente posible.
–Eh, bueno, hemos elegido el crematorio de Versalles porque es propiedad de la Corona, accesible, fácil de proteger para evitar que se congregue una multitud e ideal para quemar un cadáver...
Me quedo en silencio.
–Lo que hemos descubierto estos últimos días –continúa– es una coincidencia total entre las fechas de los asesinatos y el diario de partidas de caza en Versalles.
–Dios mío. Monsieur de Maintenon, ¿qué podemos hacer? Si lo que dice es cierto, estamos a punto de mancillar la escena de un crimen.
–Por desgracia, me temo que las pruebas desaparecieron hace mucho tiempo.
En cuanto el investigador ha llegado a esta conclusión a primera hora de la mañana, ha interrogado al administrador de Versalles: el crematorio se limpió minuciosamente el día antes de la coronación de Luis XXII, es decir, unos días después de su último asesinato.
Según sus palabras, la operación fue bastante meticulosa, vigilada por la guardia real, lo que le sorprendió... Ahora sabemos la razón.
Asiento con la mayor inquietud posible.
–Por supuesto, tendremos que movilizar a los científicos expertos para que examinen la escena en los próximos días –prosigue–, pero, por ahora, supongo que debemos disfrutar de la ironía de que este asesino vaya a acabar convertido en cenizas en el mismo sitio donde, al parecer, se deshacía de sus víctimas.
Ah, ¡y qué deleite me produce esta ironía que he orquestado yo misma!
–Pero, cuando una puerta se cierra, se abre una ventana –continúa De Maintenon–.
El crematorio se encuentra muy lejos del convento.
Si tenemos razón, lo más probable es que se utilizaran coches para trasladar los cuerpos.
Vamos a analizar la flota de palacio para identificar a los que hicieron el trayecto y a buscar las cámaras de vigilancia que haya por el camino.
Si combinamos eso con el itinerario de cada víctima, esperamos tener dentro de poco una idea de todas las personas implicadas en este asunto, además de los guardaespaldas de Luis XXII que ya están entre rejas.
–Bien, monsieur de Maintenon, cuento con usted para llevar a cabo la investigación de la manera más discreta posible.
–Por descontado, señora.
–Pero, sobre todo, ahora me gustaría que concentrara sus esfuerzos en el papel que han podido tener el duque de Lorena y los amigos más íntimos del rey.
Entenderá, sin duda, que me estoy arriesgando al tenerlos en mi gabinete si estos señores han estado implicados, mucho o poco, en un escándalo así.
–Lo entiendo a la perfección y, encontremos lo que encontremos, será la primera en enterarse.
Me dedica un asentimiento y le contesto con una sonrisa de satisfacción: su investigación puede darme las herramientas para neutralizar al duque. Ahora solo tengo que mantenerme en el poder hasta entonces.