Libertad obliga 15
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– N o está embarazada, señora –me musita Ambre al oído mientras, a su espalda, las maquilladoras y peluqueras recogen el material tras terminar mi sesión de belleza.

Asiento despacio, aliviada. Han pasado doce días desde que accedí a la regencia, doce días en los que he estado temiendo los resultados de ese análisis de sangre.

¿Y si, a pesar de la droga abortiva de Grimaux, llevaba dentro el hijo de Antoine?

Pero Ambre, en el espejo, esboza una mueca de preocupación y cuelga el teléfono antes de garabatear a toda prisa en la libreta.

–Lo anunciaremos tras el funeral. Mañana o pasado.

–Ay, Gabrielle, ¡me alegro mucho por ti! –exclama Solange a mi lado con la voz ronca por la emoción–. Por fin van a curarte el dedo. Ahora los médicos no podrán negarse a hacerte una radiografía.

–¿Cómo ha acogido el pueblo el testimonio de madame de Léon? –le pregunto a Ambre.

–Mejor de lo que esperábamos. El duque de Léon ha hecho una remontada histórica en cuanto a la opinión pública y, en términos de audiencia, el programa se sitúa solo por detrás de su espectacular huida del convento.

Se interrumpe cuando un lacayo anuncia a monsieur de Maintenon y, poco después, este irrumpe en la sala.

–Perdone mi repentina llegada –dice tras los saludos de cortesía–, pero soy portador de una noticia de la que debemos hablar sin más demora.

Solo necesito intercambiar una mirada con Solange para que esta salga de la habitación, arrastrando consigo tanto a Ambre como a Iphigénie.

Mi ministro del Interior deja el ordenador sobre el escritorio, entre alfileres y extensiones de cabello, y abre una ventana en la que aparece un vídeo donde una pequeña multitud exaltada agita pancartas en la zona de llegadas de un aeropuerto.

–Me había pedido que le avisara del regreso de los republicanos del exilio –comenta De Maintenon–. Leclerc y Charbonneau han aterrizado hace menos de una hora.

Asiento con los ojos fijos en la pantalla. Un hombre moreno cruza la puerta doble y reconozco a Charbonneau, quien vino de incognito hace unos meses para reclutarme. Una mujer mayor lo abraza antes de que los rodee un grupo no demasiado numeroso.

–Se trata de su tía bisabuela –me explica De Maintenon–, acompañada de sus hijos y nietos. El resto de la familia de Charbonneau sigue exiliada en Turquía.

–Ya veo. ¿Han sido nuestros servicios los que han grabado estas imágenes?

–No, señora. Se trata de la propaganda oficial de Leclerc...

Sale enseguida del modo de pantalla completa y me muestra la página web donde se aloja el vídeo: «Democracia para Francia», se lee en enormes letras azules, blancas y rojas, recuperando los colores de la antigua bandera revolucionaria.

–Parece que es el nombre de su nuevo partido –me informa De Maintenon.

Reprimo una sonrisa al contemplar al hombre que ocupa la pantalla.

Será quien me libere del duque o, al menos, quien lo mantenga ocupado durante un tiempo.

Alto, seco, con aspecto nervioso, Leclerc lleva el pelo casi rapado al cero al estilo de los revolucionarios confesos desde 1789, lo que acentúa aún más los ángulos afilados de su rostro.

Al contrario que a Charbonneau, no lo recibe ningún familiar, ya que no le queda nadie, ni en Francia ni en Turquía, dado que Luis XXI los eliminó a todos.

Sin embargo, en lugar de sus parientes, se le acerca una horda de jóvenes que ha ido a celebrar su regreso, agitando la bandera tricolor.

Me cuesta no ver reflejada en ellos a la persona que era hace unos meses: sin duda, si no me hubieran reclutado para Nobleza obliga , yo también habría festejado el regreso del republicano del exilio.

– Quiero anunciar que, al frente del partido Democracia para Francia, me presento candidato a las elecciones de la cámara baja nacional para la región parisina –proclama el revolucionario–.

No dejaré de defender la justicia y los derechos de la humanidad que nos han arrebatado de manera tan cruel en este país...

Contengo una carcajada sarcástica y me inclino en el asiento para escuchar el discurso. La brecha entre sus aspiraciones y lo que me ordenó hacer es tan grande que me cuesta mantener una expresión neutra ante el ministro. Cuando termina, monsieur de Maintenon cierra el ordenador.

–Un buen orador –gruñe De Maintenon, dándole voz a mi opinión–. Pero ha frustrado mis predicciones: lo esperaba mañana para que la noticia de su regreso eclipsara la del funeral de Luis XXII.

–Yo no estoy tan sorprendida. El último programa, el de los crímenes políticos de mi difunto marido, se emitió ayer por la noche.

Supongo que habrá querido volver en cuanto se ha limpiado su nombre, sin perder un tiempo valioso para lanzar su campaña.

Seguro que prevé hacer algún anuncio hoy, unido a la cremación del rey.

–Tiene razón, señora.

Se interrumpe, pensativo de repente.

–Sabe que, si considera que va demasiado lejos, solo tiene que decirlo, ¿verdad?

Asiento, esperando que mis cálculos sean correctos y nunca tenga que recurrir a esa opción.

–Señora, hay otro tema del que me gustaría hablar con usted –continúa monsieur de Maintenon.

Se interrumpe antes de lanzar un vistazo a su alrededor, nervioso, y parece dudar de repente.

No oculto mi sorpresa: ayer mismo inspeccionamos la habitación para asegurarnos de que no contenía ningún aparato de espionaje.

Está claro que hay una segunda amenaza de la que le gustaría hablar, pero ¿de qué se tratará si no se atreve siquiera a decirla en voz alta en el corazón de palacio?

–Deje que tome algunas medidas de seguridad adicionales antes de hablar del segundo asunto. La prudencia es la madre de la seguridad.

Tras esto, hace una reverencia y abre la puerta, tras la que se encuentra Ambre con una enorme funda en la mano y una sonrisa radiante en el rostro, seguida de cerca de Agnès y Solange.

–Señora, su atuendo para el funeral acaba de salir del taller.

–Ya está. ¡Impecable! –musita Ambre cuando Iphigénie termina de rizarme un último mechón.

–Te queda perfecto –me asegura Agnès.

Me miro en el espejo. Se acabaron las prendas negras: llevo puesto un impresionante vestido rojo cuyas mangas anchas, unidas al corsé, me marcan la silueta con suaves curvas que hacen que parezca que mi rostro pálido está flotando sobre la seda brillante.

Ambre y yo hemos llegado a la conclusión de que seguir yendo de luto estaría mal visto: el impacto de los programas en los que se revelaban los crímenes de Luis XXII ha sido tal que se han trasladado sus retratos, que antes adornaban establecimientos públicos y privados, a bares y pubs para que sirvan de diana para los dardos.

«Veinte puntos por la boca, treinta por la nariz y cincuenta por los ojos».

–Además, queda bien con nuestros colores, ¿no? –dice Solange al acercarse a Agnès y a mí para que las tres nos reflejemos en el espejo.

–Nuestros vestidos combinan, sí, y, además, el mío me resalta la tez –suspira Agnès.

Las dos van vestidas de rosa y azul, como el primer día de Nobleza obliga , una idea de Ambre para recordar quiénes eran antes de cruzarse en el camino del rey.

–El cortejo está preparado, señoras –interviene mi asesora–. Dense prisa. Ya llevamos dos minutos de retraso.

Nos encaminamos hacia la escalinata mientras Ambre nos pisa los talones.

–No se olvide, señora –me susurra–. Es el momento perfecto para ofrecerle al duque la alianza de la que hemos hablado y demostrar buena fe acercándose a él durante la celebración.

–Lo sé, Ambre –musito.

No ha desistido durante los últimos diez días, por lo que he acabado por ceder. Al fin y al cabo, nada me impide hacerle creer al duque que estoy preparada para considerar un matrimonio con él. Si consigo encontrar otra manera de quitármelo de encima, siempre podré dar marcha atrás...

–Muestre un poco más de entusiasmo cuando lo haga, por favor –insiste Ambre.

A mi lado, Agnès pone los ojos en blanco y Ambre se da cuenta enseguida–.

Lo digo en serio. Todas sus pequeñas indirectas en el Consejo no han logrado aún enturbiar su popularidad, pero su «incapacidad para mejorar la situación financiera del país» se ha reflejado en los sondeos.

De ahí a que todos los otros indicadores caigan hay un paso. Necesitamos que el duque se calme.

–Entendido, Ambre.

–Además, podría ser una verdadera oportunidad para aliarse con él –insiste–. ¿Quién sabe lo que le deparará el futuro? Podría necesitar su apoyo en algún momento.

–Intentemos evitar esa opción todo lo posible –interviene Agnès–. El tema este de las bodas es agotador. Ya es momento de que una mujer en Francia pueda existir más allá de su marido...

Nos apresuramos a cruzar la salida. Esta vez no hay cámaras en la escalinata: el espectáculo tendrá lugar en otra parte.

Mi coche avanza y me sitúo en el asiento trasero.

Espero que Solange y Agnès me acompañen, pero, en su lugar, es monsieur de Maintenon quien se cuela en el interior.

No tengo tiempo de protestar antes de que dé dos golpes contra el cristal que nos separa del conductor para ordenarle que arranque.

Me giro y observo que mis dos amigas permanecen en las escaleras, contemplando cómo se aleja mi limusina.

–Perdone la intrusión, señora –comienza a decir el ministro–, pero tengo que comunicarle información de gran importancia, y este es el único método que he encontrado de hacérsela llegar con total seguridad. Cuando me he separado de usted antes, ha sido para registrar este coche de arriba abajo.

Arqueo una ceja, intrigada.

–¿De qué se trata para que tome tantas precauciones, señor?

–Me temo que, cuando le revele todo lo que sé, se mostrará tan prudente como yo.

Hace una pausa mientras el vehículo cruza la valla de palacio. En el exterior, una enorme multitud nos saluda y lanza flores al cortejo tras la hilera de policías que la contiene.