Libertad obliga 14 #3
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–Sí, hasta hace unos minutos. Los servicios de Inteligencia me han enviado un informe sobre una posible invasión del Santo Imperio Románico-Germánico este mediodía. Ya sabe que se aliaron con los turcos en la última guerra y aprovechan cualquier ocasión para arrebatarnos el Flandes francés.

–¿Cree que la amenaza es seria? –pregunto, preocupada.

–No parece, aunque trataré el tema en el Consejo mañana.

Su economía es tan débil como la nuestra después de México, y aún no han movilizado a las tropas.

Además, la muerte de Luis XXII no ha creado el caos que necesitarían para que no respondiéramos con firmeza y de forma organizada ante su ataque.

–Menos mal –suspiro–. Ya me está costando bastante tener controlado al duque.

Se sienta en el taburete y observa cómo me dejo caer en el sillón a su lado, desde donde veo el teclado. No paso por alto que, de repente, parece incómodo.

–¿Cuándo decidió indultar a Leclerc?

Ha intentado formular la pregunta con un tono neutro, pero noto una pizca de resentimiento en su voz.

–Me da la sensación de que no le ha gustado esa decisión.

–Digamos que me intriga. Siempre he sentido mucho respeto por las ideas de Leclerc, no tanto por sus métodos, igual que me ocurre con los de aquellos que lo acogen.

Contengo un suspiro. Si él supiera...

–Tomé esa decisión después de que el barón de Kerdoncuff me acusara públicamente de haber financiado la boda con el presupuesto para los orfanatos. Si hay una persona a la que el duque deteste más que a mí es a Leclerc, y espero que lo distraiga durante un tiempo...

Asiente, de repente más comprensivo.

–Pero, señor, se lo suplico, no hablemos más de ese tema –continúo–. Tras un día así, solo me apetece escuchar un poco de música. ¿Puede tocar para mí?

–No se me da demasiado bien –duda–. No me ha enseñado ningún profesor; he aprendido con un piano desafinado. Le va a parecer ridículo...

–¿Quiere que le ayude? Aunque no pueda tocar, al menos analizaré su técnica. Quizá me distraiga lo suficiente para conseguir dormir.

–En ese caso, será un placer.

Coloca con delicadeza las manos sobre el piano y presiona varias teclas seguidas, tocando una melodía que se me cuela en el corazón. La melancolía de la Serenata de Schubert me transporta enseguida al recuerdo de la boca de Antoine sobre la mía. Una oleada de lágrimas no tarda en sobrepasarme.

–Algo menos conmovedor, por favor...

–Ah –responde al darse cuenta de mi conmoción.

Se dispone a juntar las partituras sobre el atril y se levanta para ir a buscar otras en una de las estanterías de la estancia. Le observo estudiar, pensativo, las baldas.

–Me gustaría darle las gracias una vez más por su intervención esta mañana, monsieur.

–No ha sido nada. De todas formas, no me merezco ese dinero. Ya se lo dije, quise dilapidar mi fortuna en cuanto se acabó Al servicio del rey . Por fin he tenido la ocasión de hacerlo, y por una causa justa.

Mueve un velador sobre el que reposa una botella de whisky para acceder a las partituras de Bach.

–Seguiré siendo más rico que cuando salí de Normandía: todavía tengo la mansión parisina en la calle Saint-Honoré y mis honorarios, que son muy generosos. Es bastante para seguir cuidando de mi madre y mi hermano más pequeño, que es lo único que me importa.

–¿Qué le ha parecido a su prometida que haya donado su fortuna? –pregunto para darle conversación, más que por curiosidad.

–Mademoiselle de Choiseuil me ha devuelto el anillo este mediodía, señora. Me temo que no le gustan los hombres sin un centavo.

–Ay, lo siento mucho...

Se gira para dedicarme una sonrisa sincera.

–Yo no. Este matrimonio de conveniencia ya no tenía sentido, dado que solo era una sencilla demostración de lealtad hacia Luis XXI y luego Luis XXII. Al menos este asunto me ha evitado tener que romperlo yo mismo.

Coge un libreto de uno de los estantes superiores.

–Bach, las Variaciones Goldberg . ¿Le parecen bien? –pregunta, agitando las partituras.

–Perfecto.

Félix vuelve a sentarse y abre las partituras por el aria. Se dispone a tocar y observo durante un momento cómo sus dedos bailan sobre el teclado.

–Pare.

Se gira hacia mí, prestándome toda su atención.

–Su mano izquierda va con cierto retraso. ¿Me permite que se lo muestre?

Acerco el sillón al piano para colocar la mano derecha sobre el teclado, manteniéndome siempre a una distancia cómoda de Félix.

–Adelante –musito.

Tocamos juntos, él la parte de la mano derecha, y yo, la de la izquierda.

–¿Lo oye? –le pregunto mientras sigo avanzando por la pieza–. Ta, ta, ta, ta, ta...

–Sí, lo entiendo.

Debería dejarlo continuar él solo, pero noto cómo mi mente se pierde en el amplio paisaje salpicado de notas y mi mano ilesa se deleita recorriendo el piano. Se me calma la respiración y desaparece la tensión de mis hombros.

–Venga, comience de nuevo –lo animo en cuanto se acaba la pieza.

–Vale, pero prométame que jugará un rato al juego que le he regalado –me pide, señalando el aparato que tengo a mi lado–. Lo más probable es que tarde unas semanas en sentir sus efectos, pero le aseguro que le ayudará.

–Entonces, no lo dejaré.

Félix me dedica una sonrisa.

–Tres, dos, uno...

Comienza a tocar y me refugio en la música junto a él hasta bien entrada la noche.