Libertad obliga 14 #2
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Le vuelven a brillar los ojos. Lo abrazo y, esta vez, soy yo quien lo consuela.

–Te lo prometo, papá.

–Creo que nunca dejaré de preocuparme –musita, sacando el pañuelo–. Pero al menos ahora estoy aquí. Tu administrador ha colocado mis aposentos al lado de los tuyos. Si uno de esos monstruos se atreve a tocarte un solo pelo, tendrá que vérselas conmigo.

Hablamos durante mucho tiempo antes de que deba unirme a la grabación de la comida con los ministros.

El mediodía acaba siendo un aburrimiento mortal: a las conversaciones políticas con estos hombres, ahora temerosos, les sigue la visita de embajadores extranjeros para darme su enhorabuena.

Casi doscientos representantes de países y organizaciones pasan ante mí para anunciar, con un francés a veces chapurreado, las mismas fórmulas de cortesía, por lo que repito una y otra vez mi agradecimiento.

Al menos tengo algo que hacer, porque Agnès y Solange deben mantenerse inmóviles y contentarse con sonreír.

Cuando se termina por fin esta condena, Ambre me avisa de que es la primera de una larga serie: cuando no me siente con mi Consejo cada mañana, tendré que reunirme con los jefes de las empresas; luego, con las organizaciones benéficas; después, con los nobles de las provincias...

Y todo eso, sin ni siquiera tener tiempo de escuchar sus quejas, porque al principio solo se tratará de sencillas presentaciones protocolarias.

La única conversación interesante del día ocurre al final del mismo con el cardenal de París, que ha venido a verme a palacio para organizar el funeral de Luis XXII: tras una larga charla sobre el escándalo del convento, me promete anunciar la excomunión póstuma de Luis XXII en la siguiente misa grabada del domingo.

Estoy rebosante de alegría cuando salgo de la sala: excomulgar a un fiel es la peor sanción de la Iglesia y, para el pueblo, no solo significará la prohibición de tener un enterramiento católico, sino también la prohibición de acceder al paraíso.

Ya no creo en esas necedades, pero, a pesar de todo, disfruto de una felicidad vengativa al pensar que todo el mundo ahora se imaginará a ese loco errando para siempre por el infierno...

Cuando termino con mis responsabilidades y me separo de Solange y Agnès tras una cena en compañía de los mayores empresarios del país, esta vez más cómoda que al reunirme con mis ministros, el jardín de palacio está sumido en la tiniebla y los candelabros me iluminan el camino de vuelta a mi habitación.

Iphigénie se precipita hacia mí enseguida para aflojarme el corsé.

Dejo que me quite el vestido en silencio.

–Se le están curando las heridas muy rápido –musita detrás de mí.

Comienza a pasarme el ungüento por la espalda y capto mi reflejo en el espejo de cuerpo entero. Los moratones que me salpican el pecho ya no son tan oscuros, sino una mezcla de rojo, azul y amarillo.

–En unos días, desaparecerán del todo.

–Estas marcas quizá, sí...

Pero las otras no. Antoine nunca volverá. ¿Qué habría dicho o hecho si siguiera aquí? Lo más probable es que se lo hubiera contado todo. A lo mejor él habría podido tocarme, igual que mi padre, y...

–¿Va todo bien, señora? –me pregunta Iphigénie.

Me doy cuenta de que una lágrima me recorre la mejilla.

–Todo bien.

Es mentira, claro. Desde la noche de bodas, cada vez que no estoy ocupada cumpliendo mi papel o rodando alguna escena, los muertos aparecen para atormentarme y se me desmorona la careta.

Cojo un algodón para desmaquillarme mientras me cepilla el pelo.

A medida que me limpio el corrector, surgen las ojeras.

Me siento demasiado cansada, lo que se refleja en mi aspecto.

A pesar de eso, esta noche, como las demás, temo quedarme dormida por las visiones terribles que acompañan al sueño.

Ayer jugué al juego de Félix, pero no me causó el efecto esperado. Quizá lo tenga todo demasiado fresco...

–Si no me necesita para nada más, me marcho, señora –musita Iphigénie en cuanto termina.

Me quedo a solas con mi reflejo en esta habitación a oscuras.

Me dejo caer contra el respaldo del sillón.

Si Antoine siguiera en el mundo, ahora me tendría entre sus brazos.

Si me concentro, puedo sentir aún sus manos recorriéndome la piel, el calor de su abrazo.

Se me forma un nudo en la garganta y lucho contra las lágrimas.

Me levanto a toda prisa y me seco los ojos con la manga.

No puedo seguir torturándome de esta manera.

Antoine está muerto y nada le va a devolver la vida.

Comienzo a caminar con pasos rápidos por la habitación, trazando extensos óvalos alrededor del escritorio para tratar de recuperar la compostura.

De forma inconsciente, mis pasos adoptan el ritmo del primer movimiento de La tempestad de Beethoven.

Sé lo que me aliviaría: tocar el piano, embriagarme con la música hasta que las notas me inunden el cerebro.

Me acerco la férula a los ojos y contemplo el meñique, que me palpita bajo la venda.

La rabia borbotea en mi interior una vez más, ocultando de manera momentánea mi pena, y me empuja a deambular de nuevo por la habitación.

Al volver a pasar delante de la mesa, no lo soporto más: si sigo encerrada en este cuarto, me volveré loca.

Cojo un camisón, el juego y me dirijo a la sala de música.

Las notas que se escapan de la estancia se interrumpen cuando el ruido de mis pasos retumba en el pasillo.

Al abrir la puerta, Félix está ahí, sentado tras el instrumento, con un vaso de whisky al lado de las partituras, como la última vez.

Junto a él se erige una pila de carpetas.

No debía esperar verme, porque se ha quitado la chaqueta del uniforme y se ha abierto la camisa sobre el pecho depilado.

Cuando se percata de donde he posado los ojos, se la abotona hasta el cuello enseguida, se levanta y hace una reverencia.

La advertencia de Agnès me retumba en los oídos: ¿Puedes confiar totalmente en él?

Sin embargo, me cuesta creer que tenga una doble cara cuando se muestra tan respetuoso.

–Señora, perdone mi vestimenta, es... –comienza a decir.

–No pasa nada.

Señalo el montón de carpetas que hay sobre el piano.

–¿Estaba trabajando?