Libertad obliga 14
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T odavía hiervo de rabia cuando salgo de la sala, y debo contenerme para que mis zapatos de tacón no retum ben sobre el parqué.

¿Cómo se atreven? Me atacan ante las cámaras y sugieren que con mi boda se ha agravado la pobreza del país.

Agarro con fuerza los pliegues de mi ves tido con el puño derecho.

Ambre acude a mi encuentro de in me diato.

–¿Ha perdido la cabeza? –me pregunta a media voz en cuanto se coloca a mi lado–. ¿Indultar a Leclerc? ¿Se ha leído alguno de sus panfletos? Ese tipo está loco. Hará arder el país como hizo explotar a Luis XXI.

–Será un adversario a la altura del duque –gruño.

Me dejo caer en el sillón para que me retoquen el maquillaje y, enseguida, las técnicas se ocupan de mi rostro y mi cabello.

–¿Eso es lo que pretende? ¿Enfrentarlos al uno contra el otro con la esperanza de que el duque se olvide de usted?

–Suspira y prosigue sin darme tiempo a responder–: Durante las semanas que dure la campaña, quizá funcione, pero nada más.

¿Qué hará entonces? Se enfrentará a un duque más enfadado que nunca. Debe buscar un aliado sin falta.

–Intenta quemarme viva, invita a mi antiguo señor al Consejo para acusarme de rapiñarles los fondos a los más necesitados, ¿y debo ponerle ojitos?

–Exacto –refunfuña Ambre con un susurro–. No estoy hablando de hacer lo que es justo, sino de lo que es necesario para su supervivencia. El duque ahora es demasiado poderoso. Será mejor que lo tenga de su parte.

Me sumo en un silencio glacial. Sé que tiene razón, pero este hombre, igual que ese matrimonio, representan todo lo que siempre he combatido.

–¿Y la generosidad de monsieur de la Brivoisière? –exclama Ambre para cambiar de tema–. Sin duda, su popularidad batirá récords. Le habrá costado sesenta millones, sí, pero se ha asegurado el deleite de los corazones de las masas durante mucho tiempo.

Me tenso ante estas palabras. ¿Será una maniobra por su parte? Agnès me ha prevenido de que quizá Félix me esté utilizando para volverse popular... Y donar su fortuna no sería un gran sacrificio si contara con apoderarse de la Corona y el tesoro real.

–En nuestra agenda, tenemos una pequeña pausa que debería, espero, dibujarle una sonrisa –anuncia Ambre.

Me giro hacia ella, que me observa con aspecto travieso.

–Su padre ha sido liberado esta mañana, señora. La espera en el salón azul.

Me pongo en pie de un salto, arranco la capa de papel que me han colocado en el cuello para proteger mi vestido de los polvos y el colorete, y salgo de la sala a toda prisa sin acordarme siquiera de darle las gracias a Ambre.

El salón azul solo está a unos metros. Abro la puerta de golpe y mi padre se levanta de un salto del sofá.

–¡Gabrielle!

Corro para abrazarlo y constatar, con alivio, que es de carne y hueso. Comienzan a caerme las lágrimas que llevo tanto tiempo conteniendo.

–Mi niña. Mi pequeña...

Mi padre me consuela como hacía cuando era una cría, acariciándome con suavidad el pelo. Cuando me separo por fin de él, tiene los ojos brillantes y me percato de su rostro demacrado, su ropa demasiado ancha y sus profundas ojeras. Ha adelgazado mucho.

–Creía que no volvería a verte. Ay, Dios mío, ¿qué te ha pasado en el dedo? No me digas... –Me coge la mano herida para estudiar la férula–. ¿Te...? ¿Te lo ha hecho él? ¿El príncipe? –balbucea–. He salido esta mañana, pero por la Bastilla corrían rumores aterradores.

Asiento, conteniendo apenas las lágrimas, y la sangre le desaparece del rostro.

–¿Y tú...? Quiero decir, ¿cómo...?

Desvía la mirada hacia la puerta que he dejado abierta al pasar.

–¿Podemos hablar con libertad? –susurra.

Entiendo enseguida lo que quiere decir. Es una de las pocas personas que conocen mi verdadero papel como espía en Nobleza obliga . Me apresuro a cerrar la puerta.

–Sí, tranquilo. Monsieur de Maintenon inspecciona a menudo el palacio y esta ala ha pasado su estudio esta mañana para garantizar la confidencialidad de mi Consejo después de apagar las cámaras.

–Ya veo.

–Papá... –Me acerco a él con el corazón en un puño–. Tenías razón –le confieso–. Le envié todas las pruebas a Leclerc y Charbonneau, y me dejaron a mi suerte de igual manera.

Le cuento mi misión de espionaje: cómo desenmascaré a Luis XXII como asesino de Capucine de Léon, cómo descubrí el convento y cómo los republicanos me pidieron que siguiera en la misión, traicionando así su promesa de rescatarme.

–¿Lo sabían? –pregunta mi padre horrorizado, lívido de rabia–. ¿Lo sabían y te dejaron ahí dentro, a merced de ese degenerado?

Comienza a andar de un lado para otro, furioso.

–Estaba convencido de que Leclerc estaba dispuesto a todo para conseguir su objetivo, pero ¿esto?

Ah, sí, es fácil esconderse detrás de una gran causa para enviar a jóvenes a una misión peligrosa.

¿Dónde están en ese caso sus famosos derechos humanos con los que lleva taladrándonos el cerebro desde hace diez años?

–Papá, no hables tan fuerte. Quizá estas paredes estén exentas de equipos de espionaje, pero los pasillos están llenos de criados. Podrían oír lo que estás diciendo.

Saca un pañuelo y se lo pasa por la frente.

–Claro, claro, lo siento, cariño.

Sigo con mi relato y, cuando llego al momento en el que me ordenaron que me suicidara durante la noche de bodas, a mi padre le tiembla la mandíbula inferior. Nunca me ha dado tanto miedo.

–Entonces... Entonces... –articula a duras penas.

Respira hondo, tratando de evitar explotar–.

¡Vaya traición! –escupe entre dientes–. ¡Qué vergüenza!

Tienes dieciocho años... ¿Y todo para qué?

¿Para que ese revolucionario de pacotilla pudiera convertirse en salvador al día siguiente de tu muerte y organizar por sí solo la revolución?

Asiento. Que mi padre haya llegado a la misma conclusión que yo me reconforta.

–Como si el pueblo fuera a perdonarlo por haberse refugiado en el país de un enemigo con el que llevamos en guerra diez años –prosigue–. Espero que no hayas vuelto a contactar con ese loco.

Dudo un poco antes de responderle. Me planteo por un segundo mentirle, protegerle, pero es la única persona que puede aconsejarme con todo conocimiento de causa y acabará por descubrir, de forma inevitable, que he indultado a Leclerc.

Le cuento lo que ha ocurrido estos últimos días sin ocultarle el contenido de la carta de Ophélia Lautrec.

Cuando termino, mi padre ha vuelto a entrar en cólera y frunce de nuevo el ceño, señal de que está sumido en sus pensamientos.

–Sin duda, no pasaste nada por alto cuando observaste cómo llevaba a cabo las negociaciones...

–No he dejado de utilizar tus trucos.

Suelta un suspiro y se deja caer sobre uno de los sofás. Me sitúo a su lado.

–No me atrevo a imaginar lo que podrías haber alcanzado en otro país –exclama, negando con la cabeza–.

Serías una concertista brillante, eso seguro, pero no habría sido suficiente.

Podría haberte confiado el mando de la empresa con los ojos cerrados y, bajo tu dirección, se habría convertido en una multinacional.

Siempre has tenido nervios de acero. Me acuerdo aún del día de mi arresto, cuando los agentes del rey vinieron a interrogarte: «Señores, estoy preparada para responder a sus preguntas y explicarles la contabilidad de nuestra empresa». ¡Y solo tenías catorce años!

Suelta una carcajada, como si la historia no fuera más que una anécdota, en vez del día en el que nuestras vidas cayeron por un precipicio sin fin.

–Nunca debería haber intentado demostrar mi inocencia ni arrastrarte conmigo –se disculpa–. Los dos juntos, con tu inteligencia y mis contactos, habríamos creado un imperio en otro lugar, lejos de aquí.

De repente, parece derrotado, cansado..., viejo. Le coloco una mano en el brazo.

–Ahora eres regente, sí, pero sigues rodeada de cuervos. El barón es una víbora, el duque, un demonio y Leclerc no me da buena espina. Incluso me atrevería a decir que es el más peligroso. Maquilla sus horribles intenciones detrás de buenas palabras. Debes ser prudente, hija mía.

Se interrumpe un instante para reflexionar. Espero a su lado a que su astuta mente haya terminado de analizar la situación.

–A parte de la población no le gusta demasiado Leclerc, ya que lo ven como un traidor, pero el hombre es un auténtico animal político, que maneja el arte de la palabra y de los debates dialécticos de maravilla.

Tiene el apoyo de las grandes democracias orientales, que siempre lo han considerado el oponente perfecto de Luis XXI y sus estúpidas guerras en las regiones petrolíferas de América.

Será un personaje importante en las elecciones, y quizá consiga incluso ganar.

–Creo, dime si me equivoco, que mi siguiente movimiento sería encontrar una manera de hablar con él. Quizá pueda convocarlo con los demás jefes de partido antes de empezar la campaña.

Mi padre arquea una ceja.

–¿Para sondearlo? ¿Para ver si sigue siendo un aliado conveniente?

–Exacto.

Apoya las manos sobre las rodillas, levanta los ojos al cielo para reflexionar y frunce el ceño.

–Bueno, supongo que, después de todo lo que has sufrido, te debe al menos una explicación. No podrá actuar contra ti, no directamente. Al fin y al cabo, eres la regente. Me parece una buena idea.

Me dedica una sonrisa sincera, que le arruga el rostro ahora demacrado, creándole surcos que nunca le he visto.

–Papá, ¿podrías convertirte en mi secretario personal? –pregunto–. Conoces los mecanismos de la política y sabes mi papel en Nobleza obliga . Solo puedo confiar totalmente en ti.

–Será un placer, tesoro. Pero debes prometerme una cosa: nunca le revelarás a nadie tu vínculo con Leclerc.

A nadie. Es un secreto demasiado peligroso para compartirlo, incluso con las personas que consideras más cercanas.

La mínima indiscreción de su parte podría ponerte en peligro, ¿lo entiendes?

Me echo a temblar desde hace meses ante la idea de lo que podrían hacerte si te descubrieran.