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–De eso nada, De Kerdoncuff –lo interrumpe entonces Félix de la Brivoisière, dando con entusiasmo un golpe en la mesa con la palma de la mano–.
¿Ha dicho cien millones de luises? Creo que mi hacienda y mi fortuna personal suman unos sesenta millones.
Señora, si la acepta, me gustaría hacer una donación para financiar este censo.
No soy la única que abre la boca, sorprendida: alrededor de la mesa, todos están en shock. Intercambio una mirada con Félix: ha puesto sobre la mesa sus riquezas para salvarme el culo y no ha dudado ni un segundo.
–Pero, monsieur de la Brivoisière, ¡es un sacrificio inmenso!
–Inmenso, pero necesario –comenta.
–Es usted muy generoso –responde entonces De Kerdoncuff–, pero aún debemos encontrar otros cuarenta millones y...
–Seguro que la Corona también puede contribuir al esfuerzo sin precedentes de monsieur de la Brivoisière.
Contemplo el enorme anillo de casada de la mano derecha, con el célebre diamante de María Teresa, una de las joyas de la Corona más valiosas, con fama internacional. Con gestos lentos y calculados, lo deslizo por el dedo para dejarlo sobre la mesa.
–Una piedra de este valor seguro que encuentra comprador. En los reinos de América del Norte gobiernan príncipes que se han enriquecido enormemente gracias al petróleo y siempre están buscando piezas de lujo, ¿no es verdad?
–Señora... –balbucea De Kerdoncuff–. Señora, esa alianza tiene un valor inestimable. Lleva siglos en la familia real. No puede...
–Podemos. A no ser que encontremos presupuesto de otra manera que no sea el que dedicamos a los orfanatos.
El hombre palidece y de inmediato percibo cómo le lanza un rápido vistazo al duque. Tenía razón: De Kerdoncuff actúa siguiendo sus órdenes. Y su intento de desestabilizarme acaba de sufrir un serio revés.
–Bien, otro asunto arreglado. Ahora que ya tenemos financiada la votación, deseo que se lleven a cabo una campaña electoral y un censo lo antes posible...
Contemplo el orden del día. La parte grabada del Consejo debería detenerse aquí, tras mi señal, pero todavía no he tomado una decisión sobre la petición del indulto de Leclerc.
Centro los ojos en la palabra «elecciones» y asimilo la importancia de lo que acabo de conseguir.
Una campaña electoral. Un periodo de agitación política intensa en el que los conservadores y los progresistas no dejarán de enfrentarse.
Sin duda, si permitiera que Leclerc y Charbonneau volvieran, no tardarían en formar parte de esto.
Pienso en lo que me sugirió Agnès sobre que quizá Félix me esté utilizando para desviar la atención del duque.
¿Y si yo también utilizo la misma estrategia?
¿Y si permitiera que volvieran los republicanos para que el duque y De Kerdoncuff se centraran en atacarlos a ellos?
–Hay una última decisión de la que debo hacerles partícipes –anuncio tras una corta pausa.
El duque arquea una ceja y Félix gira los hombros hacia mí.
–Voy a indultar al señor Leclerc, al señor Charbonneau y a todos los republicanos exiliados en Turquía. Con el fin de que estas elecciones sean libres, me parece esencial que se escuche a todas las corrientes políticas, incluso las más radicales.
De Kerdoncuff se sobresalta, Maintenon se agarra a la mesa y Félix, a mi lado, esboza una expresión de sorpresa. Sin embargo, el duque solo curva los labios con una sonrisa terrorífica.
–Hemos terminado.
En cuanto las cámaras se apagan, la sala estalla en gritos de indignación.
–Señora, ¿lo dice en serio? –se queja De Kerdoncuff–. Son enemigos de la Corona.
–Son terroristas, los asesinos responsables de la muerte de Luis XXI –se rebela el duque.
–Silencio.
Mi gélida orden hace que todos cierren la boca, pero me lanzan miradas furibundas, a excepción de Félix, que parece disfrutar de mi anuncio como si fuera una broma de la que no tiene claro si debe reírse.
–Me alegra constatar que les preocupa la búsqueda de los verdaderos culpables del asesinato de Luis XXI. Habría deseado que se hubieran preocupado igual cuando se decidió que acusarían al duque de Léon de regicidio.
El malestar inunda la sala. Entiendo que, sin querer, me he quitado la máscara de «joven viuda afligida pero capaz» y les he dedicado el tono ácido y amargo que reservo para la nobleza en mi fuero interno.
–Y todos los reunidos en esta mesa sabemos que el único culpable de la muerte de Luis XXI es su hijo.
Utilizó a los republicanos como herramienta al filtrar la información que comprometía la seguridad del rey.
Advertí su alivio cuando se anunció que mi marido había muerto por causas naturales.
¿Me equivoco al suponer que sabían que había conspirado para deshacerse de su padre?
Sus rostros no solo reflejan sorpresa, sino respeto mezclado con temor. Ninguno, excepto el duque, me creía capaz de entender los conflictos políticos.
–Bien, ahora que hemos aclarado este punto... Monsieur Maintenon, me gustaría que exhumara el cuerpo del duque de Léon y los diputados demócratas ejecutados con el fin de darles sepultura. ¿Puede encargarse?
–Así lo haré –responde enseguida, asintiendo con seriedad.
–Pasemos ahora a los asuntos del reino.
El duque de Lorena y el barón de Kerdoncuff me observan durante el resto de la reunión con una mirada fulminante. Ha empezado la guerra.