Libertad obliga 13 #2
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–Señores, cuando me eligieron regente, le pedí al duque de Lorena que formara un Consejo. Y ahora estamos aquí reunidos, ante los ojos de los franceses.

Todos me miran, esperando a que abra el baile.

–El primer asunto del que debemos ocuparnos es el atroz incendio del convento. Con este acto criminal, no solo se pretendía eliminarme, sino también destruir las pruebas de los crímenes cometidos por Luis XXI y Luis XXII contra las jóvenes que el pueblo de Francia les había confiado.

Un silencio sepulcral inunda la sala. Todos son lo bastante inteligentes como para entender que he formulado la frase de tal manera que los abusos perpetrados por los dos monarcas anteriores no parecen una ofensa para ciertos individuos, sino para todos los franceses, los que esperaban que cada año su hija o sobrina saliera elegida con la esperanza de que consiguiera una vida mejor.

–Monsieur Maintenon, ayer le confiamos la investigación de este crimen. ¿Qué ha descubierto?

El aludido se aclara la garganta.

–Señora, hemos determinado que dos personas se colaron en el convento pasando por el río y que permanecieron allí dos horas.

En una cámara de seguridad río arriba hemos detectado una embarcación.

Aún no hemos podido identificar hacia dónde se dirigieron tras huir, pero nuestros equipos están ocupados analizando todas las grabaciones efectuadas a lo largo del Sena.

Hace una pausa, creo que destinada a los telespectadores para darles tiempo de asimilar toda esta información, antes de continuar:

–Nuestra pista más probable es que se trate de dos delincuentes que pertenecen al crimen organizado. Se conoce a esta mafia por desviar material militar y llevar a cabo operaciones de sabotaje. Todo en este atentado lleva su huella. Debían estar siguiendo órdenes.

Advierto que nadie en la mesa frunce el ceño. ¿Es una reacción calculada para parecer serios ante las cámaras, o de verdad les sorprende muy poco que alguno de ellos se haya aliado con el crimen organizado?

–Gracias, monsieur Maintenon. Eso nos lleva al segundo tema. Ayer le entregamos los medallones que conservaba el rey. Ahora usted es el encargado de investigar los crímenes de Luis XXII y llevar ante la justicia a cualquier persona sospechosa de colaboración.

Una nueva oleada gélida inunda la sala tras mis palabras y presto atención a las reacciones. Mientras que De Kerdoncuff se tensa ligeramente, el duque apoya los antebrazos en la mesa, con el ceño fruncido, dando la impresión de estar muy interesado.

–¿Ha podido identificar a las víctimas? –prosigo.

–A diez de ellas, señora. Aún debemos confirmar sus muertes.

Nuestros servicios han recibido la llamada de un centenar de familias preocupadas por la desaparición de su hija en la capital.

Aunque resultará fácil organizar estas denuncias, identificar el recorrido de cada víctima será, por el contrario, un proceso largo.

Estamos hablando de setenta y dos asesinatos.

Pedimos paciencia tanto a usted como al pueblo.

Asiento.

–Señores, hemos prometido justicia a los franceses, pero también estamos aquí reunidos por las elecciones. Deseamos organizar una votación para renovar la cámara baja lo antes posible.

De Kerdoncuff, al parecer ahora a cargo de las finanzas del Estado, se inclina sobre la mesa, un movimiento que le he visto hacer a menudo cuando recibía a los comerciales en el castillo.

–Señora, entiendo su deseo de restaurar esta asamblea ahora vacía.

Sin embargo, es mi deber hablarle del presupuesto del Estado, cuyo enorme déficit tras nuestra última guerra contra México nos impedirá convocar elecciones antes del año que viene.

Y, para hacerlo en dicho momento, tendremos que discutir qué otra partida de gastos sacrificaremos para ponerlas en marcha.

Un censo cuesta muy caro, casi cien millones de luises.

Permanezco en silencio unos instantes. Se dirige hacia mí con el mismo tono autoritario que solía utilizar para pedirme que limpiara su habitación.

Esta intervención no estaba prevista. En la agenda del Consejo que me entregó Ambre ayer por la noche, el ministro de Finanzas no tomaba la palabra en ningún momento.

Le dedico una mirada fría al duque y el resto de la sala desaparece.

El jugador de ajedrez que tengo frente a mí acaba de mover a su peón, aunque este peón parece más un bufón.

–¿No podemos extraer esta suma del presupuesto de la Corona? –sugiero.

–Señora, ya forma parte del presupuesto para el funcionamiento de la Corona –replica De Kerdoncuff–.

Y se ha gastado por completo con el funeral de Luis XXI y su boda.

La cámara alta ha tenido que incrementarlo con urgencia.

Podemos extraerlo de nuevo de la partida destinada a los orfanatos y los albergues para personas sin recursos, pero...

La mención me produce un escalofrío. Ante las cámaras, este desgraciado me acusa de haberles quitado el pan a los más necesitados para cebarme e insinúa que estoy dispuesta a continuar.

–Monsieur de Kerdoncuff –replico con un tono glacial–, ordeno que se les devuelvan todos los medios a los orfanatos.

–Entonces, en ese caso, señora, no vamos a poder convocar elecciones...