Libertad obliga 13
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E l cinturón me golpea en la espalda . Grito, suplicando para que me mate.

–¿Piensas que puedes envenenarme? Puta zorra, te voy a dar una buena lección.

Un instante después, el rey me tira al suelo, agarrándome del pelo. Choco contra el borde de las escaleras con las piernas y el frío hormigón me raspa la piel.

–¡Piedad! ¡Piedad!

Se oye un grito. El rey me vuelve a lanzar al suelo. Cuando levanto la cabeza, descubro a Agnès, desnuda, atada a una cruz.

–Te dije que soñaba con verte manipulando unas tenazas –me susurra el sádico al oído.

Me desmayo.

Cuando recupero la consciencia, Antoine levanta los ojos de color azul hacia mí. Justo antes de que caiga la guillotina.

Me despierto con un grito, empapada de sudor, con el corazón en la garganta. En la oscuridad, palpo las cortinas que me rodean y el dolor que me recorre la mano izquierda me provoca un gemido. Alguien abre el dosel de la cama de golpe.

–¿Va todo bien, señora? –dice, inquieta, Iphigénie–. ¿Otra pesadilla?

Entorno los ojos para acostumbrarme a la luz del amanecer.

–Sí, todo va bien, Iphigénie.

–¿Quiere jugar? –pregunta, acercándome el aparato que trataba de ocultar hace unos instantes–. A menos que desee dar un pequeño paseo. Es lo que siempre me decía mi madre cuando tenía una pesadilla: no hay nada como estirar las piernas para espantar los malos pensamientos.

–No, gracias.

–Solo queda media hora para que lleguen sus damas de compañía y su equipo. Deje que llame para que le traigan el desayuno.

Me sumerjo en el Tetris hasta que aparece un criado con una bandeja.

Me obligo a comerme los huevos cocidos, pero no tengo hambre.

No dejo de tener pesadillas e Iphigénie no para de correr a mi lado en cuanto me oye chillar.

Sin embargo, ayer por la noche estuve jugando hasta quedarme dormida.

¿Será posible que en mi caso no funcione?

A menos que tarde un tiempo en hacer efecto.

–Veo que no soy la única que ha dormido mal.

La voz de Agnès me empuja a volver a la realidad. Aún con el camisón, entra en la habitación y, sin contemplaciones, se deja caer en una silla a mi lado.

–¿También has tenido pesadillas? –le pregunto.

–Ah, como la mayoría. Deberías escuchar los gritos que se oyen durante toda la noche en el ala donde se alojan las jóvenes que estuvieron recluidas en el convento. Cuando no nos despiertan nuestros propios sueños, lo hacen los de las demás.

Coge uno de los pequeños panes de la cesta de bollería y lo unta con mantequilla.

–¿Y Solange?

–Reza –contesta con un suspiro–. Si se despierta, reza y vuelve a quedarse dormida. Llegará dentro de poco. Cuando me he ido, estaba dándole las gracias a Dios por haberle permitido descansar al final de la noche.

Aunque no pone los ojos en blanco, sé que se está conteniendo. Agnès parece tener el mismo concepto de la fe que yo: una gigantesca pérdida de tiempo. Sin embargo, si estuviera convencida de que al rezar podría evitar las pesadillas, lo haría voluntariamente.

Alguien llama de forma discreta a la puerta y Solange se une a nosotras con un vaporoso camisón blanco. Con su pelo rubio y su tez clara, parece respirar salud, al contrario que Agnès o yo, con el rostro marcado por las ojeras.

–No sabía que nos ibas a invitar a desayunar, Gabrielle.

–Yo tampoco –bromeo con una sonrisa–, pero Agnès ha decidido servirse...

–¡No te hubieras comido todo! Aquí hay al menos quince cruasanes.

–Por favor, Solange –la invito con un gesto–, ayuda a Agnès a acabarse toda la cesta con bollería. Se ha empeñado en una tarea demasiado grande para ella sola.

Seguimos entre risas hasta que Ambre llega a las siete en punto. En menos de un minuto, la habitación se llena de maquilladoras y estilistas, como en los días más importantes de Nobleza obliga .

–Madre mía, señora, ¿no ha dormido nada? –exclama mi asesora en cuanto me ve–. Annette, quiero que hagas una de tus máscaras descongestionantes. Con el antiojeras no bastará.

Contengo un suspiro mientras las peluqueras nos peinan el cabello a Agnès, a Solange y a mí.

–Sin embargo, espero que se sienta preparada para su primer día de verdad como regente –anuncia Ambre.

–Todo lo posible.

–Dentro de una hora, estará en misa con la nobleza –me recuerda–.

Después, tendrá su primer Consejo de Estado con sus ministros, seguido de una pausa y, luego, una comida de trabajo.

Recibirá las felicitaciones de los embajadores a las tres y el encuentro con el arzobispo de París para hablar del funeral de su difunto marido es a las cinco.

De ocho a diez, cenará con el club de los treinta, los dirigentes de las treinta empresas francesas más grandes.

Asiento antes de que Annette me aplique la máscara en el contorno de ojos.

–Será un día ajetreado –prosigue Ambre–, pero sé cómo animarlas a las tres.

Hemos recibido los primeros sondeos tras la difusión de ayer.

Los resultados son excelentes: su cuota de popularidad asciende al noventa y cinco por ciento, algo inaudito.

En cuanto a la de Luis XXI, ha bajado a un veintitrés por ciento, y la de Luis XXII, a un quince por ciento.

Y eso solo tras un único programa. Esperamos que su prestigio baje aún más cuando emitamos los testimonios.

Ayer difundimos su entrevista, Agnès, y las reacciones son unánimes.

Ha vuelto a ganarse el favor de la opinión pública.

La interesada esboza una sonrisa.

–Lo único que me importa es que se sepa quién era ese desgraciado.

Pero, por la manera en la que se acomoda en la silla, siento que se alegra más por esta recuperación de su reputación de lo que parece.

Dejamos que los equipos se ocupen de nosotras, borren cualquier rastro de una noche difícil y nos maquillen. Cuando nos dirigimos a misa, todas vestidas de negro, muestro la sobriedad de la regente Cristina al inicio de su reinado.

El horrible Te Deum resuena bajo la arcada de la iglesia del palacio cuando hago mi aparición.

Todas las cabezas se giran hacia mí. Primero, las de la nobleza parisina, la de los salones y los círculos literarios, con atuendos resplandecientes.

Luego, las de los pares del reino, la nobleza política que pasa de padres a hijos desde hace generaciones.

Por último, en las primeras filas, las de mis ministros y consejeros más cercanos.

Vislumbro al duque de Lorena al pasar ante su banco y a Félix de la Brivoisière, quien me hace un gesto discreto con la cabeza.

Me sitúo en mi sitio habitual en la parte delantera de la nave, flanqueada por Agnès y Solange.

– In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti .

Bajo la bóveda estrellada de la iglesia de las Tullerías, agacho la cabeza, piadosa, ante las cámaras y me santiguo como he hecho otras veces cuando era criada. Odio la misa, pero esta vez debo interpretar mi papel para todo el pueblo, que me está viendo en directo en la primera cadena.

El sacerdote entona un cántico y, mientras finjo imitarlo, me centro en el problema que ha ocupado todos mis pensamientos desde ayer por la tarde: ¿debo indultar a Leclerc?

¿Será capaz de revelar mi papel como espía si no le obedezco?

Me pondría en muy mal lugar: mi puesto ya es precario, pero así se volvería imposible.

Paso el resto del rito sopesando los pros y los contras hasta que la Marcha para la ceremonia de los turcos inunda la nave, indicando el momento de mi partida. Me levanto, recta y rígida, con el rostro impasible, y efectúo mi salida.

–Magnífico, señora –comenta Ambre, que se reúne conmigo en el patio–. Unas imágenes preciosas.

Respiro hondo mientras regresamos al palacio para dirigirnos a la sala del Consejo. Faltan unos minutos para salir al campo, para saltar a la arena. Llegamos a un salón adyacente a la sala, en el que una maquilladora se dispone a rectificarme la tez. Me siento ante el tocador, frente al espejo.

–La reunión se dividirá en dos partes –me recuerda Ambre–. Primero, los asuntos que consideramos que interesarán al público y, a continuación, tras el cese de las grabaciones, el estado de la propaganda y los expedientes de los grandes proyectos del Estado. ¿Se siente preparada?

No. Sin el material comprometedor y teniendo que enfrentarme a un enemigo que ha intentado matarme, siento que estoy a punto de dejar que me lancen a un foso con leones. Pero no puedo dejarlo entrever, por lo que respondo:

–Estoy preparada.

–Un poco más de corrector –le musita Ambre a la maquilladora.

Un último vistazo y por fin puedo abandonar el tocador. Un lacayo anuncia mi llegada en cuanto me dirijo a la sala. No tengo tiempo de evocar una melodía para calmar el latido frenético de mi corazón, por lo que me contento con respirar con lentitud, como antes de una audición.

En el interior, quince hombres vestidos de negro se levantan con un concierto de chirridos de sillas y hacen una reverencia.

De inmediato, noto la presencia de cuatro cámaras en las esquinas de esta enorme estancia rectangular, con los objetivos dirigidos hacia mí.

Ocupo mi lugar sobre el majestuoso sillón rojo, con los reposabrazos cubiertos de pan de oro, en el extremo de la gigantesca mesa de madera.

Los hombres se vuelven a sentar y yo me quedo paralizada.

De Kerdoncuff está allí, sentado al lado de Félix, en el puesto del ministro de Finanzas.

Sin embargo, no aparecía en la distribución de asientos que me enseñaron ayer.

¿Qué hace aquí? Cruzo la mirada con el duque, cuyo rostro se quiebra con una sonrisa cortés y bondadosa.

Esta maniobra lleva su firma. ¿Qué puede ser más inquietante que ver sentado en el Consejo al hombre que me dio órdenes durante toda mi adolescencia?

Por desgracia para él, siempre he sabido mantener la máscara puesta en presencia del barón: al fin y al cabo, he fingido obedecerle mientras espiaba en su casa para Leclerc.

Si pretendía desestabilizarme, ha fallado.