12
–Terminemos con su habitación –musita monsieur Marche-Brume.
–¿No me ha enseñado ya la salida de mi cuarto de baño?
–Hay otra particularidad en sus aposentos...
Lo sigo hasta la antecámara. Presiona la cabeza de un querubín y se oye un clic discreto. Se desplaza un panel que Marche-Brume abre y revela un compartimento secreto, vacío por el momento.
–Aquí guardaba siempre la regente Cristina sus documentos más confidenciales.
–Muchas gracias, señor.
Observo el escondite. Sería el lugar ideal para parte del material comprometedor... si lo tuviera.
–Ya está, señora, eso es todo lo que sé –concluye–. No dude en llamarme si quiere que le refresque la memoria.
–Monsieur Marche-Brume, tengo una última pregunta.
–Adelante.
–¿Sabía de la existencia del pasadizo al convento?
–Por desgracia, sí –contesta con expresión arrepentida–.
Pero, aunque conocía su ubicación y su mecanismo de abertura, se suponía que ese túnel no llevaba a un edificio, sino a una calle.
Al menos, cuando me mostró las salidas mi predecesor.
Me parece que las obras del convento de hace veinte años tenían como fin cambiar dicha salida.
–Ya veo. Pero supongo que alguien debía comprobar el mantenimiento de estos túneles, ¿no? Todos son muy antiguos.
–No tenía autorización para usar esos pasadizos. Son un privilegio de la familia reinante. Hacía una inspección todos los años para controlar la solidez de las paredes y el techo, pero nunca llegaba al otro extremo del camino subterráneo.
¿Me estará mintiendo? El hombre es mayor, encorvado bajo el peso de los años, y me parece que le tiene un gran cariño a su puesto... Por otro lado, me da la impresión de que no me está escondiendo nada. Si no, ¿por qué me iba a contar que conocía la entrada al túnel?
Estoy sumida en mis pensamientos cuando un lacayo anuncia la llegada de Agnès a mis aposentos. Cuando monsieur Marche-Brume se va, Agnès avanza para hacer una reverencia. Le hago un gesto para que me siga a mi habitación.
–Gabrielle, ¿te encuentras bien? Me he enterado de lo del incendio...
–Todo va bien –le confirmo, poniendo fin a la conversación sobre el tema.
No tengo ganas de revivir esos momentos aterradores en un edificio en llamas; sobre todo, no antes de haber jugado durante varias horas a ese juego turco que me ha recomendado Félix. Siempre y cuando mi dedo, ahora más dolorido que antes, me lo permita.
–He podido hablar unos momentos con el administrador, monsieur Marche-Brume, cuando me ha estado enseñando todo este lugar –prosigo tras unos segundos de silencio–. La Corona pondrá a disposición de las supervivientes el castillo de Randan a partir de mañana.
–¡Qué buena noticia!
Pero, aunque Agnès sonríe, noto que está preocupada.
–Me gustaría hablar contigo si me puedes dedicar un poco de tiempo –me pide al final.
–Aún quedan unos minutos antes de que tengamos que ir al comedor para ver el programa con monsieur de la Brivoisière, así que adelante.
Llamo a Iphigénie, quien sale de su habitación y comienza a ponerme un atuendo más formal para esta noche.
–Justo de él quería hablarte. Me he dado cuenta de que has disfrutado de su compañía tanto ayer como hoy por la tarde. Gabrielle, ¿confías en él?
Giro de golpe la cabeza hacia mi amiga.
–¿Qué quieres decir?
–Bueno, podría beneficiarse de tu desaparición. Félix Lanconnay de la Brivoisière controla todas las tropas de la capital. Para él sería un juego de niños dar un golpe de Estado si dejaras de serle útil.
–Nunca haría algo así –la contradigo con firmeza–. En ese caso, ¿por qué no dejó que me quemara viva?
–Pero ¿cómo puedes estar segura de que no persigue otro objetivo?
Desapareció de las pantallas tras su paso por Al servicio del rey .
Quizá se esté aprovechando de ti para volver a ellas.
Y una vez que haya aumentado su popularidad, solo tendría que utilizar a las tropas para tomar el poder. ¿Puedes confiar totalmente en él?
La pregunta me hace reflexionar. Aún tengo en la cabeza la imagen de Félix con sus compañeros cuando recuperaron las cintas en la sala del material comprometedor. Las quemaron justo después de matar a Grimaux. ¿Qué contendrían?
–¿Cómo puedes estar segura de que De la Brivoisière no te utiliza para deshacerse del duque?
La observo, perpleja, y siento que sus palabras encienden una chispa de duda en mi interior.
Sería ingenioso utilizarme como peón para concentrar los esfuerzos del duque sobre mi persona mientras él crea su propia red de aliados en la sombra...
Sin embargo, ya me ha ayudado en otras ocasiones.
A menos que su auxilio también sea un paso calculado.
–Lo tendré en cuenta.
–Por otro lado, también está Ambre. Te empuja a utilizar los mismos métodos que los dos monarcas anteriores: propaganda y manipulación de imágenes, además en altas dosis. Utilizando la misma receta no se consiguen cosas distintas, y dudo que todo eso lleve a una auténtica democracia.
–En este caso, por desgracia, no tengo elección –respondo–. Debemos destruir la imagen de Luis XXII y consolidarme como regente. No sé cómo hacerlo sin esos programas.
Agnès asiente.
–Lo entiendo, solo quería... Ve con cuidado, por favor.
Me coge de la mano buena. En este momento, me alegro de tenerla a mi lado. Agnès es inteligente, observadora y, al contrario que yo, que me he sumergido tras la muerte del rey en un torbellino de intrigas, puede retirarse lo suficiente para analizar los acontecimientos de lejos.
–Prestaré atención. Y cuento contigo, Agnès, para que me abras los ojos.
Me dedica una sonrisa. Iphigénie está terminando de cambiarme cuando llaman a la puerta. Un lacayo entra con un montón de cartas en la mano. El corazón me da un vuelco al reconocer la caligrafía del primer sobre. Es de Ophélia Lautrec.
–¿Podéis dejarme a solas?
Enseguida, tanto Agnès como Iphigénie se marchan. Me precipito hacia mi escritorio y cojo el abrecartas para abrir el correo con un movimiento brusco. No me entretengo leyendo su contenido y descodifico el mensaje sin demorarme: «Debes. Preparar. Regreso. Leclerc. Charbonneau. Por. Indulto. Real».
La sangre me desaparece del rostro. Eso es todo. Ninguna mención a las órdenes anteriores que exigían mi suicidio. Ninguna disculpa ni palabra de ánimo. Solo una nueva petición, como si siguiera siendo un simple peón.
Pero eso es lo que eres , me susurra una voz en mi cabeza.
Me dejo caer en el sillón del despacho. Soy un peón para el rey, para Leclerc y quizá para Félix.
Y pensar que hace dos días creía poder liberarme de todas estas influencias, y ahora me encuentro dividida entre los monárquicos conservadores y mis antiguos aliados.
Contemplo el mensaje una vez más. Podría ignorarlo.
Podría dejar a Leclerc y Charbonneau pudriéndose en Turquía.
Pero así me arriesgo a que me consideren su enemiga.
Y ahora poseen mucha información comprometedora que me atañe: grabaciones de mi relación con Antoine, pruebas de mi colaboración con ellos...
¿Difundirían esos extractos, aunque eso significara que el duque podría aprovecharlos para deshacerse de mí?
Me encantaría creer que no, pero, después de que Leclerc me ordenara tragarme la cápsula de veneno, no puedo estar segura...
Al mismo tiempo, acceder a su petición e indultarlos también es peligroso.
La red de Leclerc ha reivindicado el ataque que le ha costado la vida a Luis XXI.
Si perdono a un regicida, ¿cómo reaccionarán los nobles?
¿Y el duque? No puedo siquiera buscar consejo en Félix para resolver este dilema.
Sí, intuye que maté a Luis XXII, quizá también mi implicación en una red de la oposición, pero de ahí a revelar que espío para los abolicionistas... Así podría perder su apoyo.
–¿Señora?
La voz de Iphigénie me saca de mis pensamientos.
–Señora, la esperan en el comedor.
Me levanto a toda prisa y salgo de la habitación con el corazón aún lleno de indecisión.