11 #2
–Luego está De Vogüe. No tiene suficiente con haber engañado a su mujer, que le ha dado cuatro hijos, sino que ha hecho que la encierren en el convento La Fortaleza para que su amante se instale en su casa.
Todo el mundo cree que la religión se le ha subido a la cabeza, pero yo no opino lo mismo: la duquesa de Léon contrató a una de sus criadas el año pasado, que le confió que nunca la separarán de sus hijos, que al parecer preguntan todavía por ella todos los días.
Si De Vogüe le causa problemas, amenácele con traer de vuelta a su mujer a la corte.
Asiento.
–Y luego, por supuesto, está el famoso De Kerdoncuff –anuncia con un tono cargado de desprecio.
Me dedica una mirada muy seria.
–Señora, seguro que se estará preguntando por qué un personaje tan mediocre como el barón ha conseguido acceso al canal siete y, desde hace poco, un escaño en la cámara alta.
Me incorporo. Ha conseguido avivar mi interés.
–Debo confesarle que me he preguntado a menudo cómo ha accedido a un honor así, sí. El barón no es la persona más inteligente ni la más trabajadora. Sospecho que ha conseguido contactos en circunstancias o lugares poco recomendables.
Félix asiente con gravedad.
–Exacto. Sin embargo, este cruel personaje en concreto sabe ocultar muy bien su juego.
De Kerdoncuff es un lobo que camufla su gran inteligencia tras un disfraz de mediocridad e incompetencia.
Su intuición le ha permitido identificar a la perfección el modo más seguro de crecer en la alta sociedad.
Además, su sencillez, que le da el aspecto de un hombre grosero e inofensivo, le ha permitido desarrollar su actividad sin levantar sospechas.
Porque, señora, De Kerdoncuff es un proxeneta y uno de los creadores del material comprometedor.
Dejo caer los brazos. Sabía que el barón era malo, pero he acabado descubriendo que es peor.
–Es una de las primeras cosas que descubrí cuando me dieron mi puesto tras Al servicio del rey .
De Kerdoncuff es el cabecilla de una inmensa red subterránea de prostitución que, además de procurarle grandes ganancias, tiene como finalidad recopilar imágenes comprometedoras de todas las personas importantes.
Su pequeño negocio ha logrado captar la atención del rey: imagine el interés que despertó en Luis XXI tener a mano tal fábrica de material comprometedor.
¿Comprende ahora todos estos privilegios caídos del cielo?
–Sí, sí, muy bien.
Una mano incandescente me aprieta el corazón.
Ya odiaba a los De Kerdoncuff por haberme privado de mi educación y por haberme contratado por un salario miserable para hacer las camas y lavar sus sábanas...
Pero ¿esto? Recuerdo con un escalofrío la mirada libidinosa que me dedicaba el barón de vez en cuando.
¿Me habría expuesto por todo París como carne fresca si no me hubieran elegido para Nobleza obliga ?
–Amenácele con sacar a la luz su papel y relaciones públicas y la dejará tranquila. Muchos nobles se preguntan cómo su material comprometedor ha llegado a manos del rey y desean venganza.
–Se lo agradezco infinitamente, Félix.
–Quizá podría cultivar también algunas relaciones para conseguir aliados –me sugiere Ambre–.
Gracias a Nobleza obliga , las futuras esposas de algunos nobles que siempre están buscando favores ya la conocen.
Por ejemplo, Charles de Montmorency. Una casa muy antigua y prestigiosa que cayó en desgracia tras el fracaso de la revolución de 1789.
Hace ya dos siglos que intenta volver a la corte y conseguir el título de par.
El joven Charles es la esperanza de la familia, sobre todo de su madre, quien ha conspirado desde que era un niño para conseguir que participe en Nobleza obliga .
Ha debido vivir a la sombra de la gloria pasada y perdida de sus ancestros.
Vaya a su boda, conviértalo en par de Francia y habrá ganado a un aliado con facilidad.
–Ya veo, Ambre.
De repente, me arrepiento de no haber hablado más con las otras candidatas de Nobleza obliga . Estaba tan centrada en mi misión... Por otro lado, nunca pensé que me encontraría en una situación en la que necesitaría su amistad.
Ambre me saca de mis pensamientos.
–Y, si quiere acabar para siempre con la amenaza que supone el duque de Lorena a su reinado, recuerde lo que le he dicho, señora.
Los matrimonios y los niños le permitirán mantener un alto nivel de popularidad.
El duque es viudo, un hombre respetado y poderoso, mayor que usted, pero todavía atractivo.
Es un candidato perfecto para crear una bonita familia feliz en torno al futuro pequeño rey. Propóngale una alianza.
Estoy a punto de atragantarme.
–¿Perdón? Pero es... Es... No puedes decirlo en serio. Quizá haya intentado matarme. ¿De verdad quieres que me case con él?
Solo la idea de acercarme al duque me provoca náuseas. A mi lado, Félix frunce el ceño con una expresión severa.
–Solo es una propuesta, claro –replica Ambre, centrándose de nuevo en la consola–. Considérenlo una posible estrategia más.
Añade la melodía del programa a la imagen, y una música sombría, el segundo movimiento de Concierto para piano nú mero 23 de Mozart, inunda la estancia.
«Luis XXII, el rey asesino» aparece con letras blancas sobre fondo negro.
Toqué esa pieza por primera vez con nueve años; las notas y los movimientos de los dedos me invaden la mente con total claridad.
Sin embargo, hoy la música me pesa en el corazón, cada nota que no puedo tocar es como un golpe en el pecho.
Contengo las lágrimas cuando en la pantalla se muestran los nombres de las víctimas, en el orden en el que las he anunciado, con su fecha de nacimiento. No puedo compadecerme. Sigo con vida.
–¡Excelente! –exclama entusiasmada mi asesora, que no se da cuenta de mi malestar, demasiado centrada en la pantalla–. Tras este primer programa, encadenaremos los episodios que contengan los testimonios grabados esta tarde. Leclerc y su grupo tendrán dificultades para competir contra todo esto.
Mueve las manos, eufórica ante la idea de ganarles la partida a los republicanos y sus panfletos.
–Es excelente, pero no suficiente –comento.
Ambre gira la cara hacia mí, suspicaz.
–Si poseen la grabación de lo que el rey me contó durante las ejecuciones –prosigo–, no han revelado todo su contenido.
Luis XXII me dijo que había filtrado adrede la información sobre la seguridad de su padre, sabiendo que llegaría a oídos de los republicanos.
No organizó el atentado que le costaría la vida, sino que dejó que se llevara a cabo para tener una excusa con la que terminar con el duque de Léon y toda la oposición de la cámara baja.
A Félix se le ilumina el rostro, como si acabara de confirmar algo que sospechaba desde hacía tiempo.
–Me habría encantado que me hubiera dado toda esta información antes –se queja Ambre, quien contiene a duras penas su enfado.
–Quería revelar primero las atrocidades del convento antes de abordar este tema –me justifico–, pero ahora que llevamos la voz cantante, conviene que mantengamos nuestra ventaja.
Asiente y comienza a garabatear algunas notas con una rabia nada disimulada.
–Imagino que, en ese caso, tendremos que añadirlo lo antes posible a los episodios. ¿Tiene pruebas de la inocencia de De Léon? ¿Hay algo que podamos mostrarle al público?
–Ambre, deberíamos contactar lo antes posible con la duquesa de Léon –le responde Félix–.
Aunque se ha retirado, no querrá perderse la oportunidad de recuperar el honor de su hijo.
Sabía que Luis XXII había matado a su nuera y que el duque pretendía enfrentarse al rey la noche de su cumpleaños para recopilar pruebas contra él.
Nunca se le volvió a ver. Ahora que se conoce el escándalo del convento, su testimonio podría arrojar nueva luz sobre este asunto.
–Puedo confirmar su versión –intervengo–. Vi al duque seguir al príncipe al interior de palacio durante los fuegos artificiales. Debió sorprenderlo al entrar en el convento. Cuando los republicanos revelen el resto de la grabación, confirmarán la inocencia de De Léon.
Ambre hace llamar enseguida un mensajero y noto el corazón un poco más ligero ante la idea de poder hacerle por fin justicia al pobre duque de Léon.