Libertad obliga 11
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E n cuanto abr imos la puerta , nos encontramos cara a cara con uno de los oficiales de policía de la ciudad, con un hacha en la mano.

La sorpresa le contorsiona las facciones y se interrumpe en mitad del gesto.

Advierto entonces el enorme grupo de agentes reunidos ante esta entrada que no se abre más que una vez al año.

Todos estaban intentando romperla mientras llegaban los bomberos.

–¡Señora!

Dos hombres se abalanzan hacia mí para ponerme a salvo.

–¡No la toquéis! –interviene Félix, antes de acercarse para colocarse a mi lado.

Un gigantesco crujido retumba detrás de mí. No necesito girarme para saber lo que ha ocurrido: el techo se ha derrumbado sobre el pasillo en el que nos encontrábamos.

–Es Gabrielle. ¡Es la regente!

Tras los servicios de emergencia, la multitud que se había apartado para dejar pasar a los camiones de bomberos se da cuenta de mi presencia.

Estoy atrapada entre los manifestantes y un edificio en llamas.

Considero durante un instante la opción de hacer que los agentes de la policía me acompañen a palacio, pero advierto que el cámara se ha colocado el aparato sobre el hombro y centra su objetivo en mí.

Si quiero denunciar los crímenes de Luis XXII con la fuerza suficiente, no se me va a presentar ninguna ocasión así.

Con la cámara pisándome los talones, me abro paso entre los agentes mientras los camiones se detienen ante el convento.

Los bomberos corren hacia el fuego en el momento en el que penetro en el corazón de la muchedumbre, con el vestido destrozado y chamuscado por las llamas.

Frente a mí, descubro a parisinos de todas las edades.

Un hombre de unos cincuenta años, vestido con un delantal de carnicero; una joven apenas mayor que yo, con el uniforme de criada; una anciana con un opulento atuendo azul marino, lo que indica su estatus como burguesa...

Por primera vez, estoy ante este pueblo, el de verdad, no el de los sondeos, del que me han separado desde que llegué a Versalles.

Con una mano, saco un puñado de medallones de las profundidades del lado derecho de mi guardainfante.

–¡Pueblo de Francia! –grito.

Un silencio surrealista desciende sobre la enorme avenida. Solo lo interrumpe el rugido furioso del incendio que combaten los bomberos detrás de mí.

–¡Pueblo de Francia! Hoy, aquellos que no querían que revelara los crímenes del rey Luis XXII me han intentado matar y han prendido fuego al convento para hacer desaparecer las pruebas de sus atrocidades.

En la mano tengo los medallones de bautismo de todas las víctimas asesinadas por ese pervertido.

Ante mí, la anciana se santigua y mueve los labios, rezando una oración silenciosa. Separo del conjunto el primer medallón.

–Se llamaban Mathilde, nacida el 14 de abril de 1987; Françoise, nacida el 8 de agosto de 1991...

– ... Julia, nacida el 13 de septiembre de 1990, y Sabrina, nacida el 12 de enero de 1985.

Pueblo de Francia, aquí están los nombres de las víctimas de Luis XXII.

Prometo justicia, justicia para todas aquellas mujeres que han sufrido su perversidad, pero también para sus familias.

Y a todos vosotros os prometo el final del yugo tiránico de este rey cruel.

Desde mañana, trabajaré para convocar elecciones con el fin de poder ocupar los escaños de los diputados que ejecutó .

Tras la consola, Ambre pausa el vídeo y en la enorme pantalla de la sala donde se reúne el comité de propaganda del país se congela mi rostro, deformado por la ira.

Envuelta en una gigantesca manta de lana, con una taza de té humeante en la mano, hace una hora que monta las imágenes ante la mirada penetrante de Félix.

Dejo escapar un suspiro desde mi sillón al verme tan enérgica y provocadora, aún llena de adrenalina.

No creo que pueda repetir una actuación así durante un tiempo: tras dejar que los servicios de salud de la realeza me sometieran a un minucioso examen para asegurarse de que no me había intoxicado, me han vendado e inmovilizado el dedo roto, dado que no me pueden hacer una radiografía por si llevo en mi vientre al heredero real.

El médico de palacio lo ha dejado claro: es mejor que pierda parte o toda la movilidad del meñique, que no pueda volver a tocar el piano como en el pasado, que arriesgar la vida del sucesor de Luis XXII.

El latido doloroso me llega hasta el hombro, un recordatorio constante de que ese monstruo quizá haya conseguido privarme de mi única válvula de escape.

–Puede darle las gracias a quien ha intentado asesinarla, señora –comenta Ambre mientras navega por la siguiente secuencia antes de cortarla–.

No solo hemos grabado un programa que marcará un hito en la historia de la realeza, sino que ahora tiene lo que quiere, con la aprobación del pueblo: la denuncia de los crímenes de Luis XXII y elecciones.

Félix Lanconnay de la Brivoisière esboza una mueca.

–Sin embargo, hemos evitado la catástrofe por los pelos.

Si no hubiera reconocido esos lanzallamas, si no hubiera logrado esquivar el ataque del primer asesino e ir al auxilio de la señora regente, esas granadas incendiarias nos habrían transformado a los dos en antorchas vivientes.

Este hombre sabía lo que hacía al usar ese artefacto: además de acelerar de forma drástica un incendio, el producto oleoso que contiene se expande por toda la superficie con la que entra en contacto y es imposible limpiarlo.

Cualquier intento solo consigue extenderlo.

Reprimo un escalofrío y me remuevo en mi enorme sillón de cuero cuando le da a Ambre la misma explicación que a monsieur Maintenon. Los dos hombres del convento pretendían darnos una de las muertes más atroces.

–Ambre, ¿estás segura de que nadie, aparte de nosotros y el equipo de grabación, sabía que estábamos allí? –pregunta Félix.

La aludida no responde de inmediato y reanuda el vídeo, pasando esta vez a un plano sobre los bramidos de la multitud. Ante mí, la anciana burguesa y la joven doncella se abrazan entre lágrimas.

–Totalmente segura –dice al final–. Le recuerdo que esta secuencia no estaba prevista al principio.

Se ha decidido en el último momento, cuando hemos descubierto la difusión de los panfletos.

Quizá nuestros enemigos hayan anticipado esta decisión, pero no podemos ignorar que este intento de asesinato no ha sido más que una casualidad, puesto que los dos criminales primero prendieron fuego al material comprometedor.

–Parece lo más lógico –intervengo–, pero sigo sin estar convencida. El hombre que me atacó debió estar escondido en una celda, porque me pillo totalmente desprevenida. También es posible que prendiera fuego al material comprometedor para atraernos y dejarnos atrapados.

Contengo un suspiro. Aunque no le hemos contado nada de esa sala a Maintenon, he tenido que informar a Ambre sobre lo que había en ella: ahora que ya no dispongo de ningún medio para mantener a raya a la nobleza, su papel es crucial. Inclinada sobre la consola, pasa a la secuencia siguiente.

– Se trata de un intento odioso de matar a nuestra querida regente, Gabrielle –afirma monsieur Maintenon en la pantalla–.

He movilizado a todos mis equipos de seguridad para que investiguen este asunto.

Los científicos criminales recorrerán el convento milímetro a milímetro, y puedo asegurar que no descansaremos hasta que los culpables estén entre rejas en la Bastilla.

–En cualquier caso, esos asesinos trabajaban siguiendo órdenes, es evidente –añado–. ¿Sería posible que el duque tratara de hacerme desaparecer? ¿O el círculo más cercano al rey? Si esas personas conocían sus costumbres o, peor, si estaban involucradas, quizá querían deshacerse de las pruebas.

–Se trata del duque. Creo que está claro –replica Félix, serio–.

Es el único que se beneficiaría de forma directa de su muerte y de la destrucción del material comprometedor.

Sobre todo, es el único que debía tener una idea de dónde estaba escondido, por su proximidad con Luis XXII o por sus amenazas.

Ahora que lo pienso, la única noche que ha pasado aquí la ha dedicado a abrir las puertas del convento.

No le habrá resultado difícil deducir dónde se encontraba todo ese material.

Las mejillas se me tiñen de rojo. Me da la impresión de que he cometido un terrible error.

–Debería haber hecho que lo movieran desde el primer momento.

Félix asiente con expresión de estar enfadado consigo mismo.

–¿Y ahora qué hacemos? –le pregunto–. Con la destrucción de ese material, no tenemos ningún medio de presión sobre el duque de Lorena o la nobleza.

–Tranquila, dudo que le cuente esta novedad al resto de la cámara alta, por miedo a que todos los pares de Francia intenten ocupar su sitio.

A ojos de los nobles, todavía lo tiene en su poder y podría mantener esa ilusión.

Además, le puedo contar pequeños secretos de familia que seguro que se encontraban en esas cintas.

Se aclara la voz y Ambre interrumpe su montaje para girarse hacia él, totalmente atenta a sus palabras.

–El señor I...

–¿El señor I? –repito.

–Es el apodo de monsieur de Choiseuil en ciertos círculos, en referencia a la I que se añadió a su apellido original, De Choiseul, cuando los revolucionarios de 1789 registraron su estado civil.

Su abuelo la defendió como si fuera una hazaña tras haber acabado con los últimos protestantes y haber apoyado al rey mientras los demás huían.

«Recto como una i» se convirtió en su lema familiar oficial.

Pero, dejando a un lado las proezas de su ilustre antepasado, el señor I huyó ante el enemigo en su primera batalla durante el rodaje de mi temporada de Al servicio del rey .

Tiembla desde entonces porque ese secreto salga a la luz.

Esta información ya me ha resultado útil en el pasado, sobre todo para conseguir la mano de su hermana.

Félix me dedica una sonrisa pícara.