10
D os hor as más tarde , me reúno con Félix en el salón donde está escondida la entrada al túnel que lleva al convento.
Ambre nos acompaña a la cabeza de un equipo de tres cámaras y dos técnicos de sonido.
Bajamos las escaleras en penumbra. Nuestros pasos retumban por el largo y sombrío pasillo y, de reojo, advierto que Félix me dedica una sonrisa tranquilizadora.
Tras llegar al final del túnel, subimos las escaleras que ascienden hasta el convento. Apenas hemos cruzado la puerta cuando un fuerte bullicio amortiguado reverbera por el pasillo, que suele estar totalmente en silencio.
–Ah, veo que monsieur Maintenon tenía razón sobre la posibilidad de que se produjera una manifestación –anuncia Ambre–. A juzgar por el ruido, deben ser muchos. No pasa nada, lo quitaremos en posproducción. Continuemos.
Félix y yo avanzamos hacia la habitación más cercana. Las cámaras estudian la sala, deteniéndose en los velos rosas, las cortinas de satén y algunos muebles que reflejan con total claridad el uso que se hacía de este entorno. Ambre, siempre tan estoica, no logra reprimir una mueca de horror.
–Para monsieur de la Brivoisière y para mí fue un shock acercarnos a la mirilla –le explico a la cámara– y confirmar lo que había confesado el rey antes de morir. Decidimos liberar a todas las mujeres lo más rápido posible. Pero para eso necesitábamos las llaves...
Tomamos el camino opuesto a la sala de los medallones, giramos una esquina del pasillo y abrimos una puerta un poco más oscura que las demás.
Ambre no logra contener un grito ahogado.
Colgados de múltiples ganchos se alinean los juguetes de un sádico: hachas, garrotes y látigos de todos los tamaños y colores.
Es una de las múltiples salas de armas que descubrimos cuando evacuamos a las mujeres del convento.
Advierto que la cámara se detiene en el desgaste que se percibe a la perfección en uno de los instrumentos.
–En esta planta, es la única sala que encontramos abierta –miento–, y entendimos que habíamos entrado en el infierno.
En ese momento, monsieur de la Brivoisière, que había contado las escaleras, consideró que debíamos encontrarnos en la segunda planta dentro del edificio.
Tenía razón. Nos dirigimos hacia donde pensamos que podrían estar las zonas comunes de la planta baja.
Retrocedemos por la galería para dirigirnos a una escalera un poco más alejada.
–En este pasillo –dice Félix sin mirar atrás–, comencé a sentir que monsieur Grimaux se ponía nervioso. Los que me han visto en una batalla lo saben: tengo un instinto excelente. Me preparé para el momento en el que reaccionara...
Bajamos las escaleras hasta la planta inferior, donde nos recibe un pasillo parecido al primero, con más puertas. Me detengo delante de una de ellas.
–Aquí está la cocina, donde encontramos a los criados encargados de alimentar y cuidar de las mujeres. Los interrogamos, pero pronto comprendimos que no podían hablar: a todos les habían cortado la lengua.
–Uno nos hizo un gesto para que lo siguiéramos cuando le anunciamos que Luis XXII estaba muerto y que debíamos liberar a las jóvenes –interviene Félix.
Estamos volviendo a nuestro punto de partida, a la planta en la que se encuentra la sala con los medallones, cuando oímos romperse un cristal tras un recodo del pasillo.
Félix y yo intercambiamos una mirada. Ha entrado alguien.
En este edificio que hemos evacuado por completo, accesible solo desde el palacio, ha entrado alguien y se está acercando al material comprometedor. El corazón me da un vuelco.
–¡Quedaos aquí! –pide Félix al grupo–. No os mováis.
Echa a correr. Haciendo caso omiso a su orden, me dispongo a perseguirlo mientras un cámara me pisa los talones, dejando atrás a Ambre y al resto del equipo.
Cuando llego al pasillo, de repente me percato del espeso humo negro que se escapa de la sala de los medallones.
Félix ya está saliendo, cubriéndose la boca con un pañuelo.
Corre a toda prisa hacia el otro extremo del pasillo.
Ralentizada por el pesado vestido, me precipito hacia la habitación.
Entonces calculo el alcance del desastre: de la sala adyacente, allí donde se encontraba el material comprometedor, salen enormes llamas que llegan al techo.
Permanezco paralizada un segundo, conmocionada por el estupor. Ante mis ojos, todo mi poder político está a punto de convertirse en cenizas.
–Señora –interviene el técnico de la cámara–, deberíamos...
No lo pienso. Tosiendo y escupiendo, me lanzo hacia el panel de corcho con los medallones y me apresuro a cogerlos para meterlos en el guardainfante. Los de la parte roja que representan a las asesinadas, a la derecha, y los de la parte verde, las vivas, a la izquierda.
–Señora, tenemos que irnos.
Pero, a pesar de su aviso, el hombre se queda a mi lado mientras recupero los colgantes lo más rápido posible. Si desaparecen, nunca tendremos la lista completa de las víctimas del delfín.
–¡Señora!
Me giro hacia él. Las llamas llegan a la mesa de trabajo sobre la que se encuentran los utensilios que usaba Luis XXII para torturar a sus víctimas. Me arden los ojos. Cojo los últimos medallones de una vez y me lanzo hacia el pasillo para volver con el equipo de televisión.
Me detengo en seco. A unos metros, un hombre con un pasamontañas, vestido totalmente de negro, permanece allí, ante una celda abierta, cortándome el paso. Lanza una bola en mi dirección.
–¡Gabrielle!
Noto que tiran con fuerza de mí hacia atrás.
Me golpeo la cabeza contra el suelo y se produce un forcejeo.
Antes de entender qué está pasando, alguien se me lanza encima.
Félix. Tira de mi falda y entro en pánico.
El pasillo está ardiendo. Mi vestido está ardiendo.
¡Mi vestido está ardiendo! Trato de retroceder, pero Félix me retiene, arrancándome la tela que han alcanzado las llamas.
Echa el material chamuscado a la barrera incandescente que se yergue ante nosotros.
Luego, con un único movimiento, me levanta.
–Señora, ¿va todo bien? –pregunta el técnico unos pasos detrás de nosotros, de pie, grabándolo todo.
Pero Félix tira de mí en dirección contraria sin darme tiempo de responderle. Me doy cuenta de que hay otra cortina de fuego en el extremo opuesto del pasillo. Estamos atrapados.
–Quédese aquí –me ordena Félix.
Esta vez, le obedezco y veo que se precipita hacia el material comprometedor.
–¡Félix!
Pero ya ha desaparecido entre las penumbras irrespirables.
–¡Félix! –toso.
Impaciente, me acerco, levantándome las enaguas para cubrirme la boca.
–Señora, ¡es demasiado peligroso! Tenemos que irnos. Encontrar una salida.
–¿Qué salida? –Me coloco ante el técnico–. Mira a tu alrededor. ¡Estamos atrapados!
El hombre parece darse cuenta entonces de lo que está ocurriendo y baja la cámara.
–Dios mío.
Intento entrar de nuevo en la sala con las medallas cuando Félix aparece, escupiendo y tambaleándose. Entre las manos lleva un mazo.
–Venga conmigo. He pedido ayuda, pero me temo que llegará demasiado tarde.
Corre hasta una de las celdas contiguas.
Se me corta la respiración cuando veo la enorme cruz provista con grilletes para los tobillos y las muñecas.
Pero Félix la rodea enseguida y se precipita hacia una pequeña ventana en la pared contra ria, que no había visto en un primer momento.
Con fuerza, lanza el mazo. El triple cristal se fractura.
Aún necesita cuatro intentos más para que, por fin, el vidrio reforzado ceda.
Una ráfaga de viento fresco despeja el humo y el rumor de la multitud invade la sala mientras, a nuestras espaldas, el incendio se vuelve el doble de intenso con esta nueva bocanada de oxígeno.
Salgo de repente de mi estupor. Busco entre la nube negra que recupera terreno algo que pueda servir como cuerda para bajar al patio, pero, a excepción de la enorme cruz y una mesa, la habitación está desierta.
Entonces, me percato de lo larga que es la tela que llevo puesta.
Dos enaguas. Cada una está hecha con, al menos, cuatro metros. Me apresuro a quitármelas.
–¡Félix! –lo llamo, tendiéndole la primera prenda interior.
La coge y enseguida le rompe las costuras para atarla en lo alto de la cruz.
La acerca a la ventana mientras me deshago de la segunda.
Cuando nuestra cuerda improvisada está lista, solo voy vestida con la camisa y el guardainfante blanco bajo el corpiño negro de mi vestido.
Se oye un crujido sobre nosotros. Alzo la mirada hacia el techo.
Las llamas han alcanzado las vigas. La sala está ardiendo.
–Se va a venir abajo –advierte Félix–. Señora, rápido, pase usted primero.
Me ofrece una mano para levantarme hasta la ventana, pero, a pesar de la urgencia, la angustia no me abandona y no logro aceptarla.
Sin embargo, no me deja otra opción, puesto que me coge por la cintura para auparme.
Por suerte, mi malestar pronto se ve opacado por el miedo a las llamas.
Me aferro con fuerza a la cuerda improvisada y, al cruzar la ventana, el cristal me araña las pantorrillas.
Quedo suspendida a dos plantas de altura sobre el patio empedrado.
Apoyo los pies en la pared y comienzo a bajar con cuidado, a pesar del dolor espantoso que de repente se ha apoderado de mi dedo fracturado y la debilidad de mis músculos que luchan por soportar mi propio peso.
Cuando llego al final de las enaguas atadas, aún estoy a dos metros del suelo y agito las piernas en el vacío.
Levanto la cabeza y percibo el objetivo de la cámara fijo en mí desde la ventana.
Encima de ella, el techo está ardiendo. Se me corta la respiración y suelto la cuerda.
Caigo con pesadez sobre la piedra y me alejo enseguida. Ahora le toca al técnico bajar.
En medio del patio, contengo la respiración.
A lo lejos, oigo el bramido de las sirenas de los camiones de bombero.
Llegarán demasiado tarde. El cámara está a medio camino y Félix sigue ahí arriba, bajo un techo que ahora el incendio debe haber devorado por completo.
Una teja se desliza y cae sobre los adoquines a unos metros de mí.
Después, otra. Me llevo las dos manos al pecho, a pesar del latido doloroso del meñique. No va a escapar a tiempo.
El técnico salta también y respiro un poco más aliviada cuando veo a Félix cruzar la ventana. Pero, tras él, el techo se derrumba con un crujido y las tejas caen en cascada.
–¡Félix!
Levanta el brazo para protegerse la cabeza, sujeto a la cuerda solo por una mano. Aunque espero verlo aterrizar en el suelo en cualquier momento, aguanta a pesar de la lluvia de proyectiles que le golpea con fuerza.
–Señora, ¡venga! Debemos marcharnos.
Pero ignoro al técnico y dejo que se vaya.
No puedo apartar la mirada de Félix. Contra todo pronóstico, continúa su descenso, deslizándose con una sola mano por la larga cuerda blanca.
Entonces aterriza en el suelo, se levanta a toda prisa y se abalanza hacia mí.
Corremos hacia la pesada puerta, cuyo pestillo ya ha abierto el cámara.