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U na serie de golpes me saca a duras penas del sueño. Un suave rayo de tenue luz se cuela por un pequeño resquicio del dosel de la cama. ¿Qué hora es? Se oyen pasos precipitados, seguidos del chirrido de la puerta. Permanezco paralizada.
–¿Qué pasa? –Es la voz de Iphigénie.
–Monsieur Maintenon debe ver a la regente enseguida. Hace diez minutos que intentamos contactar contigo.
–Señor, es muy temprano.
Echo hacia atrás la manta y abro las cortinas.
–Ahora le recibo. Dadme un segundo.
Iphigénie vuelve a cerrar la puerta y saca un vestido informal de la cómoda.
La habitación sigue sumida en la oscuridad.
Solo una tenue luz cruza las enormes ventanas y baña la madera oscura.
Me ato la prenda negra sobre mi camisón de lino negro, al mismo tiempo que mi doncella enciende las lámparas.
Un rápido vistazo al reloj me informa de que son las seis de la mañana.
–Hazlo pasar.
Antes de que un lacayo lo anuncie, monsieur Maintenon entra en la habitación y hace una reverencia.
El hombre parece mayor, sin pelo en la cabeza, pero su silueta aún atlética me informa de que ha seguido ejercitándose a pesar de permanecer lejos de la corte y el ejército.
Cuando se incorpora, advierto su rostro alerta, recién afeitado a pesar de la hora tan temprana, y sus ojos brillantes con la misma chispa de inteligencia y sagacidad que tanto me gusta en los de Félix.
No hace falta que hable para que entienda por qué me lo ha recomendado.
–Señora, siento molestarla a una hora tan intempestiva.
El duque de Lorena me informó ayer de que requería mi presencia como ministro del Interior.
Aún no se ha anunciado mi puesto, soy consciente, pero hace unas horas que he asumido mis funciones y he comenzado el traspaso de poder con monsieur de Bontemps, quien sirvió en ese puesto a los dos monarcas anteriores.
–Se detiene, pero, con un gesto de la cabeza, lo invito a continuar–: Hace unos treinta minutos, los prefectos de las casas más grandes de Francia me han informado de que se han distribuido estos panfletos por todas partes. ¿Puedo?
Me percato entonces de la hoja doblada que lleva bajo el brazo.
La abre, la deja sobre el escritorio y me invita con la mano a consultarla.
Me acerco y se me hiela la sangre. «Luis XXII: el asesino de Capucine de Léon» ocupa con letras grandes la parte superior de la primera página.
Reconozco enseguida la tipografía: es la de la página web de Leclerc.
–Nuestras tropas de paz han localizado a los distribuidores de estos folletos a las cinco de la mañana en las esquinas de múltiples calles y paradas de autobús –prosigue monsieur Maintenon–. Estimamos que el número de copias es de unas cien mil...
Mientras sigue hablando de sus sospechas sobre las posibles imprentas que han contribuido en la producción de dichos panfletos, paseo la mirada por el segundo artículo. «El convento de Notre Dame: el harén personal del rey».
–Nuestras oficinas provinciales nos han confirmado que se han repartido por todas las ciudades y que algunos incluso se han distribuido a la entrada de sus fábricas. Hemos detenido a unas cuarenta personas y...
–Suéltenlas –intervengo de inmediato.
–¿Perdone?
–Se ha descubierto el pastel, como decía el coronel Winston.
Advierto que parece apreciar esta referencia a la guerra de 1850 contra Inglaterra.
–Todos nuestros intentos de detener la distribución de estos panfletos se verían como el deseo por nuestra parte de acallar este asunto –continúo–. Suéltenlas y dé la orden de no intervenir.
–Así será, señora.
Sin embargo, no se mueve y siento su titubeo.
–¿Qué ocurre?
–Señora, más allá de la angustia por este escándalo, monsieur de Bontemps y yo vemos en este asunto una enorme brecha en la seguridad real.
Luis XXII siempre se molestaba en examinar de forma minuciosa todos los lugares que visitaba para evitar que las cámaras o los micrófonos de los espías transfirieran información sensible a nuestros enemigos.
Y ahora comprendo que no se trataba tanto de proteger al país como de ocultar sus propios crímenes.
Pero la cuestión es que, antes de las ejecuciones, se inspeccionó el palco que ocuparon ustedes, y monsieur de Bontemps está seguro de que no había ningún micrófono.
Contengo la respiración.
–He analizado las imágenes que se tomaron durante la ejecución y la posición del rey cuando le reveló esta atrocidad. Señora, mi petición quizá le parezca absurda, usted me perdone, pero... ¿podría darme su medallón? Me gustaría analizarlo.
No necesito fingir conmoción y me llevo la mano al pecho.
–¿Mi...? ¿Mi medallón?
–Conozco las técnicas de espionaje turcas y su propensión a apoyar a los disidentes.
Así, es posible que hayan encontrado la manera de sustraerle la joya y equiparla con una grabadora pasiva, indetectable en la mayoría de los casos, excepto en el momento en el que un cómplice recuperara los datos.
¿Ha sentido que se calentaba durante los últimos días o semanas?
Abro los ojos como platos. Este hombre ha dado en el clavo.
–No... No lo sé. Como se imaginará, tenía los nervios de punta.
Me apresuro a quitarme el colgante. Debo conservar la calma. No solo no encontrará nada, sino que, si descubriera cualquier cosa, siempre podría negarlo. Necesito evitar que siga esta pista. Y tengo una misión para él con la que debería ocupar todo su tiempo.
–Monsieur de Maintenon, dejaré que desmonte mi medallón, pero, por desgracia, necesito sus servicios para un asunto bastante más urgente.
Señalo con el dedo el segundo artículo en el que se revela la verdadera naturaleza del convento. Arquea una ceja, inquisitivo.
–Me da miedo que estas revelaciones, aunque sorprendentes, no sean más que la punta de un gigantesco iceberg.
Le cuento lo que ocurría en el interior de ese edificio, no solo los suplicios sufridos por las jóvenes allí recluidas, sino también los asesinatos. A medida que hablo, apenas puede contener la ira y la indignación. Cuando termino, tiene los labios fruncidos en una mueca amarga.
–El rey y Grimaux no pudieron actuar solos. Supongo que comprenderá la necesidad de investigar con discreción para que podamos hacerles justicia a las víctimas y evitar que nuevas revelaciones por parte de los republicanos desaten el caos.
–Así lo haré, señora.
Alguien llama de forma discreta a la puerta y el lacayo anuncia a Ambre Dupuis, que entra en la estancia. Se queda paralizada cuando percibe a monsieur Maintenon. En la mano lleva el mismo panfleto que me ha enseñado hace un instante.
–Veo que ya la han informado –dice tras los saludos de cortesía–. Debemos modificar lo antes posible las grabaciones de las que hemos hablado, señora. Las imágenes tendrán más alcance si se convierte en su protagonista.
Enarco una ceja. Ayer me disuadió para que no testificara.
–No se me ocurrió que los republicanos pudieran saber lo del convento –me explica–. La distribución de los folletos lo cambia todo. Si no tomamos medidas de inmediato para preservar su imagen y ponerla del lado de las víctimas, nos arriesgamos a que el escándalo salpique a toda la nobleza.
–¿Y qué sugiere?
–Que repita ante las cámaras la escena en la que monsieur de la Brivoisière y usted descubrieron el convento la noche de la muerte del rey. Debemos grabar allí cueste lo que cueste.
–Señora, si me permite –interviene Maintenon–.
Con la difusión de estos panfletos, tememos que los parisinos sitien el edificio.
Me he tomado la libertad de dar la orden de colocar guardias ante la puerta por si una multitud trata de entrar en él.
Ahora será más necesario aún, dado que me acaba de revelar que es la escena de un crimen: no queremos contaminarla.
–Pero esta puerta solo se abre desde el interior –protesta Ambre–. Y debemos velar por la supervivencia política de la regente.
–Adelante con la grabación –intervengo–. Monsieur de Maintenon, le dejo a cargo de que dé la orden de mantener a raya a la multitud, pero sin violencia. Y, tras eso, tendrá acceso libre al edificio.
Excepto a la sala con el material comprometedor .