Libertad obliga 8
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E l sol se pone justo cuando llego a mi habitación. Iphigénie me recibe en cuanto cruzo el umbral.

–He hecho que le traigan la cena –dice, señalando varios platos tapados sobre una mesa que antes no se encontraba allí–. El administrador me ha contado que no ha comido nada en todo el día.

Me doy cuenta de que tiene razón. He sufrido tanto estrés que no he sentido siquiera hambre ni he pensado que sería buena idea alimentarme.

–He pedido los platos que más le gustaban en Versalles: pechuga de pollo, verduras y patatas al vapor.

–Gracias.

Levanto la tapa y el delicioso aroma hace que me ruja el estómago. Pico algo del plato antes de que mi doncella se disponga a liberarme del enorme vestido negro que me ha enfundado esta mañana. Cuando por fin me quito la ropa interior para ponerme un camisón, ya he devorado la mitad de la comida.

–Me marcho a prepararle un baño, señora, pero llámeme si necesita cualquier cosa.

El silencio se posa sobre la habitación en cuanto cierra la puerta y me quedo a solas, rodeada por esta decoración rosa y blanca de ensueño.

Paseo la mirada por la cama con dosel cubierta de plumas, las cortinas de color almendrado...

, la alfombra. El ruido del cinturón restalla de nuevo en mis oídos.

Sé cómo consolarte . Veo su rostro agonizante, contorsionado por el miedo.

El ruido del tenedor al chocar contra el parqué me saca de esa horrible visión. Retrocedo, sin aliento, con los ojos fijos en la alfombra de lana rosa. Fue justo ahí donde me pegó. Fue justo ahí donde murió. Siento que me falta el aire y jadeo en busca de aire.

–¡Iphigénie! –consigo gritar.

La puerta se vuelve a abrir enseguida y se precipita hacia mí.

–Señora, ¿se encuentra bien?

–Sí... Eh... No. Quiero cambiar de habitación. No puedo... No puedo quedarme aquí.

–Ahora mismo informo al administrador.

Media hora más tarde, recorro los pasillos de palacio en camisón, acompañada de Iphigénie y monsieur Marche-Brume.

Este me guía un piso más arriba, en la misma ala sur, hasta una puerta que, al abrirla, revela paredes cubiertas de ebanistería y grandes y cómodos sofás de un verde intenso, todos orientados hacia las altas ventanas desde las que se observa el Sena y París.

Un enorme retrato de la regente Cristina observa la decoración, vigilante, con una sonrisa misteriosa en el rostro.

–Estamos en sus antiguos aposentos –me informa el administrador, señalando al cuadro.

Me invita a seguirle a la cámara adyacente y descubro una cama con dosel con cortinas de terciopelo azul medianoche sobre una alfombra persa con motivos de múltiples colores.

Dejo escapar un suspiro de alivio. Toda la decoración es justo lo contrario a los aposentos de María Teresa: mientras que su escritorio era blanco y exquisito, este es de ébano y macizo.

En cuanto a los techos y paredes, no están adornados con ningún trampantojo, solo pintados de un azul real monocromo.

Tras acabar de salir de un jardín, me parece estar entrando en una cueva oscura, aunque reconfortante.

–¿Le gusta? –pregunta el administrador.

–Es perfecta –contesto sin aliento.

–Si nos da un minuto, Iphigénie, me gustaría mostrarle a la señora algo que solo ella debe conocer –le dice a mi doncella.

Me hace una señal para que lo siga al baño.

La sala es espaciosa, blanca, con una ducha y una enorme bañera con patas como las de un león, todas las comodidades modernas, a pesar de tener un estilo pasado de moda desde los años noventa.

Marche-Brume se dirige hacia los adornos de madera al final de la estancia.

–Si se siente en peligro, aquí tiene un pasadizo que lleva al salón adyacente, al final del ala sur. Presione un dedo aquí, contra la hoja, y gire el pestillo que aparecerá justo encima...

Una parte de la pared se mueve entonces, desprendiendo un clic bien engrasado.

–Uno de los famosos «pasadizos de la austriaca». La reina María Antonieta los hizo instalar en todas las habitaciones que no disponían de un acceso al exterior. Pronto le enseñaré los demás.

Hace una reverencia y me deja a solas. Respiro hondo y trato de recuperar la calma.

Ya no siento el agotamiento. Al contra rio, me cuesta ralentizar el latido de mi corazón.

Iphigénie no tarda en aparecer y comienza a llenar la bañera.

Sin preocuparme por el pudor, me desnudo y me tumbo en ella, aunque todavía no se ha llenado del todo.

Durante la media hora siguiente, la doncella me frota con una esponja y me aplica una crema calmante en la espalda y el pecho. Luego, me coloca en el meñique la férula que me quitaron el día de la boda, me ayuda a ponerme un camisón y me arropa en la cama como si fuera una niña.

–Llámeme si necesita cualquier cosa.

Se marcha y cierro los párpados, rodeada de la oscuridad que procuran estas pesadas cortinas, esperando a que el sueño venga a buscarme.

Pero son los ojos claros de Antoine los que aparecen en mi mente, dirigidos por última vez hacia mí antes de su ejecución.

Un sollozo, retenido durante mucho tiempo, me convulsiona todo el cuerpo.

Me pego las rodillas al pecho y me permito llorar por él durante un momento.

Aquí, en la soledad de mi cama, no hay nadie a quien deba ocultarle mi pena.

Ojalá hubiéramos podido huir juntos. Ojalá...

Retiro la manta con rabia y me precipito fuera del dosel.

Cojo la bata y salgo al pasillo. Ahora mismo solo tengo ganas de tocar el piano, lo único que me permitirá escapar del infierno en el que se ha convertido mi propia cabeza.

Sin mirar atrás, me alejo de mis aposentos como si la vida me fuera en ello.

Debo preguntar a dos criados antes de encontrar la sala de música.

Cuando me acerco, percibo algunas notas de piano.

Ya hay alguien ahí... Estoy a punto de dar media vuelta cuando advierto que ya no soy una dama de compañía al servicio de los De Kerdoncuff, sino la regente, y no tengo que esperar a que mi instrumento quede libre.

Abro con cautela la puerta, con curiosidad por saber quién toca a esta hora.

Félix está detrás del piano, con los ojos semicerrados, sumido en la música.

Reconozco enseguida la pieza: Fantasía-Impromptu de Chopin, la preferida de Capucine de Léon.

Sin embargo, la toca con una lentitud infinita.

Debe estar aprendiendo, y noto que su complejidad le está suponiendo una gran dificultad.

Permanezco un segundo en el umbral sin atreverme a molestarlo.

Félix se ha quitado la chaqueta del uniforme y la corbata y se ha abierto el primer botón del cuello de la camisa.

Inclinado sobre el teclado, se mece al ritmo de la melodía.

Parece mucho más joven, más despreocupado.

La música se interrumpe con brusquedad con una nota incorrecta.

–Maldita sea, Félix, siempre en el mismo punto –escupe.

Coge un vaso que parece contener whisky y se lo bebe de un trago.

–Pruebe a hacerlo más despacio –sugiero, adentrándome en la sala.

Alza de repente la cabeza y se levanta del banco enseguida para hacer una reverencia.

–Se lo ruego. Continúe.

–Ah, no, con usted delante me daría mucha vergüenza. Y esta pieza es demasiado difícil para mis escasas habilidades. Me estoy dando cuenta ahora.

Me invita a ocupar su sitio. Me dejo caer ante el piano, aliviada.

Por primera vez desde hace días, por fin estoy en terreno conocido.

Con la mano derecha, comienzo a tocar Fantasía-Impromptu , retomándola donde la ha dejado, usando el mismo ritmo.

Una oleada de bienestar me invade y aprieto los párpados para dejarme llevar por las notas.

Durante un segundo, vuelvo al lugar tranquilo y reconfortante de mi mente en el que vive la música.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, Félix se ha sentado en un sillón al otro lado del piano y me escucha atentamente, con el rostro inundado de una intensa melancolía.

–Usted también la quería, ¿verdad? –pregunto mientras sigo tocando la melodía–. A Capucine de Léon.

Asiente despacio.

–Por favor, cuénteme la historia.

Es egoísta, soy consciente, pedirle algo así, pero esta noche, sobre todo esta noche, me gustaría saber que no soy la única que ha perdido a un ser querido.

–La quería como un hermano mayor quiere a su hermana pequeña –comienza a decir, afligido–.

Era la hija de un ingeniero de Reims en cuya casa limpiaba mi madre.

Cuando era más joven, la ayudaba durante los fines de semana.

A madame Trégor le encantaba que la casa se limpiara a fondo los domingos mientras la familia estaba en misa.

Así conocí a Georges, el hermano de Capucine.

Hunde los hombros cuando termino la pieza. La encadeno con un nocturno de Chopin, el más dulce que conozco, el quinto, y trato de tocarlo con ambas manos a pesar de la férula.

–Georges era un alumno brillante, con un gran corazón.

Cuando mi madre habló con la suya sobre que tenía dificultades con las matemáticas, sobre el poco nivel de los profesores en el colegio público al que íbamos mis hermanos y yo, Georges se presentó voluntario para ayudarme.

Fui a estudiar a su casa todas las noches, por lo que nos hicimos amigos.

Por supuesto, Capucine estaba por allí y nos admiraba a los dos.

Siem pre encontraba la manera de robar un poco de chocolate para mí, dado que sabía que mi madre no podía comprárnoslo.

Deja escapar un profundo suspiro y me observa tocar durante unos segundos con una intensidad que nunca había visto en él.

–Georges y yo obtuvimos el diploma y nos alistamos en el ejército. Ya sabe cómo funciona este país: la única manera de hacernos un nombre era esa, y estábamos convencidos de que juntos no nos pasaría nada. Tanto él como yo fuimos elegidos para participar en Al servicio del rey .

Dejo suspendidas las manos sobre el teclado.

–No me acuerdo de él –musito.

Sin embargo, seguí aquella temporada: madame y monsieur de Kerdoncuff estaban enganchados y todos los inviernos ponían la televisión a las cinco de la tarde para seguir el episodio diario.

–Nadie se acuerda de él. –Me dedica una mirada suplicante–. Por favor, siga tocando. Me resulta difícil hablar del tema. –Obedezco al instante y continúa–: Nadie se acuerda de él porque murió durante la primera prueba.

Se me encoge el corazón y debo esforzarme para no detenerme. Me acuerdo de que ese año los candidatos debían atravesar un campo de minas para entrar en la academia militar.

–Formó parte de los cuarenta candidatos fallecidos –prosigue Félix–. Pensamos que los dos tendríamos éxito. Y yo sí salí vencedor del programa, pero solo.

Una chispa de culpabilidad me aguijonea cuando percibo toda la pena que mantiene alejada a duras penas de su voz.

–Les devolví sus cosas a sus padres, como había prometido que haría si le ocurría algo. Las cámaras estaban ahí y la escena debía aparecer en el último programa. La filmaron, pero nunca la emitieron.

Se pasa una mano por el rostro.

–Monsieur de Lafayette, que supervisaba la grabación, se quedó impresionado por la belleza de Capucine. Sé que la recomendó para que participara en Nobleza obliga . Los nobles se benefician de enormes ventajas cuando proponen a una joven para el programa, ¿sabe?

Niego con la cabeza sin dejar de tocar. Percibo el horror que dejan entrever sus palabras: esa era la manera en la que el rey se servía de la nobleza para atraer a chicas, una parte de las cuales acababan en su harén personal. Me doy cuenta de que estoy aporreando las teclas y me recompongo.

–Esa situación aún me reconcome –prosigue Félix–. Fue culpa mía que se cruzara en el camino de un sádico. ¿Sabe? Me atormentan muchas cosas desde que participé en Al servicio del rey .

Pienso en lo que vi en el programa: una sucesión sin fin de batallas en la guerra con México, misiones en las que los hombres bajo su mando y él debían tomar o defender fortalezas...

Todo estaba tan bien editado que la sangre era apenas visible en un momento de gran audiencia, convirtiendo a Félix en el héroe de una guerra sucia.

No soy tonta, sé que ha debido ver grandes atrocidades.

Y aquí estoy yo, lamentándome por mi suerte cuando es probable que él haya vivido cosas peores. Interrumpo mi interpretación.

–Félix, ¿cómo lo ha hecho?

–¿Perdone? –dice, sorprendido por la pregunta.

–Ha superado múltiples pruebas y, sin embargo, está aquí... No parece destrozado por lo que ha vivido.

–Ah...

Se pone en pie.

–Claro, debería haberlo pensado antes. Deme unos segundos. Tengo una cosa para usted.

Sale de la habitación y toco un pequeño fragmento de Chopin mientras espero su regreso.

Cuando vuelve, lleva entre las manos un pequeño aparato de plástico gris.

Me invita a sentarme en un sofá y se deja caer en el extremo opuesto, a mayor distancia de la necesaria.

Félix es observador, ha debido darse cuenta de que ya no soporto el contacto con los hombres.

–Es un juego muy popular en la Unión Oriental –dice, tendiéndome el artefacto–.

Se llama Tetris. Este era de Georges. Seguía con avidez las noticias turcas y descubrió que sus soldados no salían al frente sin ir equipados con esto.

Tenían la orden de jugar después de cada misión para evitar la aparición de traumas psicológicos de larga duración.

Contemplo el aparato y aprieto el botón C para ponerlo en marcha. En la pantalla aparece una forma compuesta de cuatro cuadrados que desciende con lentitud hacia la parte inferior.

–Hay que intentar crear una línea con las figuras –me informa Félix–.

Luis XXI prohibió este juego hace unos años porque pensaba que era un invento que corrompía a la juventud.

Debía esconderme para jugar al Tetris durante el programa tras haber recuperado las cosas de Georges. Y ya nunca he dejado de hacerlo.

–¿Y... funciona?

–A mí, por lo menos, sí. No tengo tantas pesadillas como mis compañeros.

Me inclino sobre la pantalla. La forma ha aterrizado en la parte inferior y otra, una L, está descendiendo en la misma dirección, por lo que la muevo a un lado.

Juego en silencio durante una hora, mientras Félix continúa sentado en el otro extremo del sofá, hasta que comienzo a notar el agotamiento.

Cuando vuelvo a mi habitación, me duermo antes de que mi cabeza aterrice sobre la almohada.