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E l día está llegando a su fin cuando salgo del salón azul.
Al ver las marcas en el pecho y en la parte superior de mi espalda, hemos decidido modificar el vestido tradicional que se lleva en la corte francesa: el bustier tendrá cuello mao, las mangas me llegarán hasta la muñeca y los guantes de seda completarán el conjunto.
Al reducir la superficie de piel visible, daré la imagen de una reina de luto y, sobre todo, limitará el contacto accidental con los hombres.
Con la mente embotada por el agotamiento, me dirijo a una de las salas de recepción donde, según me ha dicho el administrador, se encuentran Agnès, Solange y muchas de las antiguas prisioneras del convento.
Me encantaría tumbarme en la cama y olvidarme de las últimas cuarenta y ocho horas, pero todavía debo cumplir una misión antes de que llegue ese momento.
Cuando entro en la sala, todas las cabezas se giran en mi dirección. Las mujeres han formado pequeños grupos en los sofás, reunidas en torno a tazas humeantes y platos de pasta. Cuando se levantan para hacer una reverencia, las detengo con un gesto.
–Señoras, no tenéis por qué respetar el protocolo en este caso. Sois mis invitadas y espero que estéis cómodas. Después de lo que habéis sufrido, sería yo quien tendría que inclinarse ante vosotras.
Hago una profunda reverencia. Cuando me incorporo, las que estaban ya de pie se sientan y las demás me observan con intensidad. Advierto a Agnès y a Solange en una mesa cercana y me dirijo a ellas.
–Debo hablar con vosotras –musito.
Me siguen hasta una esquina, bajo la mirada de sus compañeras de desgracias.
–¿Qué tal ha ido vuestro día? –les pregunto–. ¿Cómo están todas?
–No te voy a mentir, Gabrielle. Nos ha resultado difícil ocuparnos de estas mujeres –responde Agnès–.
No hablo de encontrar prendas o comida, ya que tu administrador, monsieur Marche-Brume, es muy eficaz.
No, es solo que... –Hace una pausa y pasea la mirada por la sala–.
¿Las estás viendo a todas? Para muchas, es la primera vez desde hace años que tienen una conversación con alguien que no sea el rey.
La sangre me desaparece del rostro.
–¿Quieres decir... que estaban aisladas?
–Exacto. A las mayores, de las que ya se había cansado el rey, a veces las dejaban caminar por el patio o intercambiar algunas palabras, pero todas las demás no podían hablar con nadie que no fuera él.
Cuando las hemos reunido aquí, algunas no podían dejar de charlar, pero las demás...
Míralas. Siguen en completo silencio. Marie-France nos ha explicado que debían esperar la autorización del soberano para hablar, y están tan mentalizadas que no se atreven a mediar palabra.
Me señala con la barbilla a un pequeño grupo y constato que, en efecto, muchas de las mujeres vestidas de rosa se contentan con sorber el té y mirar a su alrededor, aterrorizadas.
–Están traumatizadas, Gabrielle. La mayor parte no ha visto nada más que su celda durante años, y sus únicas interacciones sociales han sido abusos.
Hemos conseguido sacar a las tres desgraciadas que no querían abandonar el convento, pero se han encerrado enseguida en una habitación del ala norte y han bloqueado la puerta.
–Tendríamos que alejarlas de aquí –interviene Solange–.
Llevarlas a un lugar calmado, en el campo, en plena naturaleza, para que puedan sanar.
Estamos demasiado cerca del convento. La Corona posee residencias en todo el país.
Tal vez tú pudieras poner alguna a su disposición.
–Cuando asiento con aprensión, añade–: También deberíamos permitirles contactar con su familia si lo desean.
–Tendré que organizarlo –respondo–, pero primero...
Dudo un momento. Mi deseo de hacer testificar a estas jóvenes me parece de repente insensible y egoísta.
Han pasado por tantas pruebas que imponerles una más sería cruel.
Sin embargo, no hacerlo es correr el riesgo de que toda o parte de la población siga admirando y adulando a Luis XXI y Luis XXII.
–Se podrán marchar –prosigo–. Pero primero me gustaría saber si hay alguna que quisiera contar ante una cámara lo que le ha ocurrido.
Solange se queda boquiabierta por la conmoción y Agnès me dedica una mirada severa, decidida.
–La popularidad de Luis XXII sigue siendo alta.
Las puertas de palacio están llenas de flores.
Durante la semana, difundiremos un programa especial para denunciar sus crímenes, pero las imágenes del convento y la lista de sus víctimas no serán suficientes.
El público conoce a todas estas mujeres.
Necesitamos que cuenten lo que les han hecho, tanto él como su padre.
–Gabrielle, estas mujeres han vivido un infierno –protesta Agnès–. Miedo me da el efecto que puede tener en ellas un relato así.
–No voy a obligar a nadie. Debo, al menos, darles la oportunidad de hacerlo.
Me giro hacia la multitud de mujeres. La mayoría me observa ya con atención, esperando el momento en el que tome la palabra. Carraspeo.
–Señoras, ahora sois libres. Tanto Luis XXI como Luis XXII están muertos, y me aseguraré personalmente de que no volváis a vivir coaccionadas.
Unos metros más allá, reconozco a la brillante Marie-France, que asiente.
La candidata de Nobleza obliga de hace dos años es, de lejos, la joven más inteligente que ha participado nunca en el programa.
Su talento solo consiguió que los posibles pretendientes huyeran de ella, además de sufrir una intensa impopularidad.
–Antes de ofreceros la posibilidad de marcharos a vuestras habitaciones –continúo–, me gustaría daros la opción de relatar vuestro calvario para que se haga justicia.
Un silencio sepulcral se instala en la sala, acentuado por el tictac de un enorme reloj antiguo.
–Dejo que reflexionéis sobre el tema. Si os interesa esta propuesta, venid a verme.
Me dirijo entonces hacia uno de los sofás vacíos en una esquina de la sala.
Durante mucho tiempo, permanezco a solas mientras el salón se llena de murmullos.
Agnès y Solange hablan en voz baja y las jóvenes se aferran a sus tazas de té, pareciendo de repente conspiradoras.
Solo el grupo de chicas de rosa permanece en silencio, removiendo la cucharilla dentro de la taza.
El sol baña el jardín con sus rayos y la cabeza me da vueltas por el cansancio, pero trato de no mostrarlo.
Agnès y Solange son las primeras en acercarse.
–Lo siento, Gabrielle –comienza a decir la última–. No me siento con fuerzas para exponerme en este caso. Supongo que mi familia... ya sabrá que se ha mancillado mi honra, pero no quiero revelarle cómo.
–Lo entiendo, Solange.
Sobre todo, entiendo que esa estúpida noción de la honra, en un país en el que se hace responsable a las mujeres de todos los abusos que puedan sufrir, será una de las numerosas razones por las que algunas no dirán ni una palabra. De esas cosas no se habla.
–Yo sí testificaré –anuncia Agnès–. A mí la honra me importa poco. La que quiero que desaparezca de forma definitiva es la de Luis XXII.
Le dedica una mirada de desaprobación a Solange y siento que el debate entre ambas debe haber sido acalorado.
–Debo pediros un último favor –continúo.
Ambas me dedican una mirada inquisitiva y, en el caso de Solange, teñida de inquietud.
–¿Podríais quedaros conmigo como damas de compañía? Sois, de lejos, las personas en las que más confianza tengo, y temo que el papel de regente me pueda resultar pesado si lo ejerzo sola...
Entonces, les hablo de mi deseo de anunciar nuevas elecciones y mis temores con respecto al duque.
–Con vosotras a mi lado, no solo tendría dos confidentes –concluyo–. Agnès, eres muy popular entre los profesionales liberales. Y, Solange, tú has representado a los católicos conservadores durante el programa. Con vosotras, podría hablar con todas las clases sociales del país.
Solange y Agnès intercambian una mirada.
–Será un placer, Gabrielle –contesta Solange de inmediato–. Te debo mucho.
–¿Seguro que me quieres en ese puesto? –me pregunta Agnès, escéptica–. Es probable que siga siendo una de las personas más odiadas del país, con la reputación de haber roto una pareja.
Me da la espalda y pasea la mirada por el gran salón.
–Tenía pensado emigrar y retomar por fin mis estudios en Estambul, lejos de este circo.
–Agnès, sabes que te apoyaré, sea cual sea tu decisión.
Se da la vuelta.
–Acepto. Al menos por un tiempo. Me gusta la idea de que, en tu reinado, una joven como yo no necesite considerar la expatriación para estudiar Derecho y hacer carrera.
Me levanto entonces y las abrazo a las dos.
–Gracias.
Cuando nos separamos, un movimiento en la sala capta mi atención. Marie-France se ha levantado y camina hacia nosotras con paso seguro y una expresión severa en el rostro.
–Testificaré –anuncia a bocajarro al llegar ante mí–. Hablaré de todo por lo que me han hecho pasar esos dos cerdos. Sin embargo, quiero dejar clara una cosa: no me voy a callar nada y no quiero que se elimine ni un punto de mi relato.
Noto cómo arde con una rabia incandescente.
–Me parece una petición muy razonable.
–¿Sabes por qué me encerró Luis XXI en el convento?
–continúa, enfadada–. Porque me atreví a interesarme por la ciencia.
Quería que sirviera de ejemplo para todas las jóvenes de este país.
«Mira adónde te ha llevado esa clase de pasión: al celibato y al olvido».
Se regocijaba por haberme recluido en su pequeño harén personal.
Quiero que todo el mundo sepa quién era ese cabrón.
Debido a la rabia, ha gritado esa última frase, que retumba bajo el techo recubierto de pan de oro. Ahora todas las miradas están puestas en nosotras. Otra joven, vestida de verde, Ophélie, una candidata de hace cinco años, creo, se levanta entonces.
–Yo también quiero testificar –anuncia ante toda la sala–. El delfín... Ese hombre era la perversión personificada. Pensar que dejan flores por él ante las puertas de palacio me pone enferma.
Se sitúa ante mí y un puñado de mujeres no tarda en unirse a ella.
Se han tenido que enfrentar a Luis XXI, Luis XXII o los dos, y siento que a todas les motiva lo mismo: la venganza.
Creo que, si les hubiera entregado a los monarcas vivos, los habrían despedazado en el acto.
Al cabo de media hora, una decena de antiguas víctimas ha aceptado aparecer en cámara.
Son pocas, comparadas con las sesenta y cinco recluidas en el convento, pero muchas si pensamos en todo lo que han sufrido.
Además, será suficiente para llenar varias horas de programa.
Cuando salgo de la estancia media hora más tarde, abrumada por el cansancio, no puedo evitar sentir una chispa de vergüenza y arrepentimiento: me encantaría poder asegurarles que yo también lo contaré todo ante las cámaras.
Pero, cuando me cruzo con el retrato de Luis XXII en el pasillo, cubierto por un velo negro, mi amargura se ve reemplazada por una intensa satisfacción vengativa.
Le prometí que lo convertiría en el rey más odiado de la historia de Francia, y ese augurio está a punto de hacerse realidad.