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C uando Ambre entra en la sala , lo hace ataviada con su habitual vestido ajustado de color negro, de punta en blanco, con una libreta y un ordenador bajo el brazo.
Solo su rostro delata su inquietud: a pesar de parecer tan segura como siempre, está pálida y unas profundas ojeras le enmarcan los ojos. Ella tampoco ha dormido.
–Señora.
Me acerco a ella, con la duquesa y Félix detrás de mí, y Ambre hace una profunda reverencia.
–Me gustaría felicitarla por su nombramiento como regente.
Utiliza un tono neutro, cortés y, a la vez, respetuoso, liberado de la autoridad con la que se dirigió hacia mí durante los últimos días, pero la rabia me borbotea en el pecho al verla hasta el punto de que me tiemblan las manos.
–Ambre, me drogaste –le escupo a la cara–. Me entregaste a un sádico. Ahora dame una buena razón para no encarcelarte.
Por primera vez, pierde seguridad. Frunce los labios y desvía la mirada.
–No... No conocí la verdadera naturaleza de Luis XXII hasta que accedió al trono –dice al final, bajando la cabeza–. Si no, no habría hecho tan bien mi trabajo a su lado.
–En ese caso, ¿por qué no renunciaste? –pregunto, atacándola con más fuerza de la que pretendía–. ¿Por qué me drogaste? ¿Por qué me ofreciste a un monstruo? Viniste a mi habitación para depilarme antes de la noche de bodas. ¡Ahí ya lo sabías!
Ambre permanece en silencio un segundo y les dedica un vistazo a mis acompañantes.
–¿Y bien? –insisto, enfadada.
–Quiero... Quiero la garantía de que nada de lo que diga va a salir de esta habitación.
–Querida –interviene madame de Léon–, puedes hablar sin temor. Ni monsieur de la Brivoisière ni yo diremos ni una palabra de esta conversación. Seguimos las órdenes de la reina regente, así que sería traición.
Ambre asiente despacio. Luego, respira hondo.
–Habría matado a mi hijo –deja escapar, vacilante.
Se limpia una lágrima, tratando a duras penas de ocultar su emoción, y mi enfado desaparece de un plumazo.
–Esa fue la amenaza de Grimaux. Si renunciaba a mi trabajo, para proteger los secretos de ese loco, desaparecería en un trágico accidente, igual que mi niño. Perdonen...
Nos da la espalda mientras las lágrimas le inundan los ojos. La duquesa, que se siente identificada por el dolor de la pérdida de su propio hijo, se lanza de inmediato hacia ella para darle un pañuelo que saca de su corpiño. Ambre balbucea un «Gracias» y se seca las mejillas.
–Lo siento –musita al final, girándose hacia mí–.
Nunca quise hacerle daño. Al contrario. Fui yo quien sugirió que la drogaran.
Un calmante suave para los nervios, para soportar el espectáculo de las ejecuciones.
Fue Grimaux quien ordenó que le administrara algo más fuerte y que siguiera haciéndolo. Si supiera...
Niega con la cabeza.
–Al menos ese sádico está muerto, igual que Grimaux, y las dos nos hemos liberado de su control. Se lo suplico, señora, permítame trabajar como su asesora de comunicación. Debo redimirme ante usted.
Me dedica una mirada suplicante.
–No debes redimirte por nada, Ambre –musito–. No sabía que tuvieras un hijo.
–Nadie lo sabía. O eso pensaba yo –responde con una suave sonrisa–. Soy madre soltera. Su padre nos abandonó cuando le conté lo de mi embarazo, que pasé encerrada en casa de mis padres. Crían a mi hijo como si fuera suyo.
Esta confesión me desconcierta. Tener un hijo fuera del matrimonio es tabú en Francia, es sinónimo de vergüenza tanto para la madre como para toda su familia, un acto castigado por la ley, como me ha recordado el duque esta mañana.
Analizo la prueba de confianza que nos acaba de otorgar Ambre: con esta información, no solo podría despedirla, sino meterla en prisión y exiliar a su hijo y a sus padres.
De repente, Félix aparece en un extremo de mi campo de visión con una expresión de preocupación en el rostro y, sin necesidad de intercambiar una palabra, entiendo su inquietud: el talón de Aquiles de Ambre también es el nuestro.
–Acepto su disculpa. La mantendré en su puesto.
–Ambre, si me lo permites, me gustaría trasladar desde hoy a tus padres y a tu hijo a un lugar que el duque no conozca –interviene Félix–.
Será beneficioso tanto para su seguridad como para la de la regente si estás a su servicio.
Dispongo de varios alojamientos para las familias de los soldados en la capital.
Será fácil inscribirlos con un nombre falso.
Me ocuparé personalmente de sus necesidades.
–Gracias, señor –jadea, aliviada–. Muchas gracias.
–Ambre, si no tienes inconveniente –digo–, necesitaríamos tus consejos de inmediato.
Se recompone enseguida y abre la libreta para tomar notas, apoyándose en el ordenador. Le resumo la situación.
–Bueno –anuncia cuando termina de escribir la última frase–, señora, ¿puedo darle mi opinión?
–Adelante.
Se incorpora, enderezando la espalda ante nosotros.
–Ha sido reina menos de un día y es la regente de un rey al que la última vez que se le vio vivo fue hace tres años. Desde mi punto de vista, anunciar elecciones sería un error. El pueblo debe primero acostumbrarse a verla en el poder antes de que tome una decisión así...
–De ninguna manera –la interrumpo–. Además, ¿cómo podría acostumbrarse el pueblo a verme en el poder si no lo ejerzo?
Ambre traga saliva.
–Muy bien. Eso complica la situación, pero tomo nota.
Pasa ante nosotros para dejar la libreta en la mesa de café y abrir el ordenador.
–Por otro lado, revelar las atrocidades de Luis XXII me parece una idea excelente –comenta mientras se enciende el dispositivo, el último modelo de fabricación turco–. Si me lo permite, quiero que escuche lo que se ha publicado en Francia Republicana , el periódico en línea de monsieur Leclerc.
Navega por internet hasta que abre una pantalla con una página web que consultaba a menudo a escondidas en el despacho del barón. Félix, la duquesa y yo nos inclinamos sobre la pantalla cuando reproduce la grabación.
– He matado a su mujer, ¿sabes? Esa zorra estaba embarazada. Resplandecía de alegría...
La voz de Luis XXII retumba desde el altavoz y me transporta al momento de la ejecución.
Las imágenes del joven duque de Léon mientras lo desmembraban se superponen a las flores de la decoración.
Por instinto, retrocedo y Félix se da cuenta de inmediato.
Me tiende la mano, pero la perspectiva de aceptarla de repente me parece tan terrorífica como continuar escuchando ese infierno.
Niego con la cabeza y me siento en uno de los sofás más cercanos.
Por suerte, ni Ambre ni la duquesa se dan cuenta de mi inquietud.
– No maté a propósito a su pequeña Capucine... Era solo una advertencia. Si perdía al niño y no lograba tener otro, sería la guinda del pastel. Sin embargo, esa pequeña idiota se resistió. Tuve que calmarla.
–Es lo que corre por la red desde ayer por la noche –concluye Ambre.
Respiro hondo. No me había percatado de que había escuchado el resto de la grabación sin aliento.
–Durante su boda, Grimaux y yo intentamos interrumpir el acceso a las páginas republicanas en las que se había publicado al principio, pero se había compartido en gran cantidad de sitios web orientales de noticias.
Es inevitable, acabará llegando a oídos del pueblo.
Dado que Luis XXII está muerto, denunciar sus crímenes y recuperar el control de la narrativa es nuestra mejor opción.
Asiento. El peso en el pecho me oprime un poco más cuando me doy cuenta de que Leclerc va a intentar, sin duda, contactar conmigo. En teoría, sigo siendo su espía, ¿no?
–Debemos actuar con rapidez y cabeza –continúa Ambre, girándose hacia mí–.
Sobre todo, si desea anunciar elecciones en una situación tan inestable.
Desde ahora, debemos trabajar en su imagen: debe ser una regente cercana al pueblo.
Le propongo que modifiquemos el episodio diario en el que estaba previsto que saliera: en lugar de aparecer en la primera cadena haciendo su debut como reina, aparecerá como jefa del Estado.
Reúnase con el Consejo, asista a misa...
Son momentos especiales que se suelen reservar al canal siete, accesibles solo para la nobleza.
Me mira, esperando mi decisión. La idea de que me vuelvan a seguir a todas partes no me emociona, pero entiendo cómo adoptar este papel ante los ojos del público podría resguardarme de algunas intrigas del duque de Lorena.
–Comencemos lo antes posible –digo.
–Muy bien. Llamemos a los estilistas.
–Te deseo buena suerte, Gabrielle –musita la duquesa de Léon–. Rezaré por ti.
Hace una última reverencia y se va en un remolino de seda negra.
Unos minutos más tarde, un ejército de maquilladores y peluqueros, acompañados de pesados baúles, y modistos con burros cargados de vestidos negros y cajas llenas de rollos de tela del mismo tono invade el salón azul.
Félix se retira, consciente de que no tardaré en estar en paños menores.
Con aprensión, asisto al desembalaje de prendas.
Todos verán las marcas que me ha provocado el rey y los estilistas varones tendrán que tocarme.
Me obligo a respirar hondo y me refugio en la trigésima segunda sonata de Scarlatti para soportarlo.
–Monsieur Mercueil, tenemos trabajo –comienza a decir Ambre, dirigiéndose al modisto real–. Queremos a una regente maternal, aunque de luto, abrumada por las pruebas, pero capaz. ¿Qué tiene en mente?
–En ese caso, un vestido a la francesa para recordar a la última regente, Cristina, claro, pero con algunos arreglos...
Después de que monsieur Mercueil haga su propuesta, uno de sus ayudantes se acerca a mí para comenzar a desnudarme.
Contengo el aliento cuando me posa las manos en el cuerpo.
Me retira el velo y abre mucho los ojos cuando percibe las marcas negras, pero no hace ningún comentario.
Me desabrocha el corsé y la sonata que había conseguido tener en primer plano en mi mente se me escapa de las manos.
Se te van a qui tar las ganas de que te toque nadie .
Me tiembla el labio inferior y los ojos se me llenan de lágrimas, pero me obligo a no moverme.
El hombre me roza la piel para retirarme el vestido y no logro reprimir una sacudida.
El salón desaparece, la alfombra rosa se yergue ante mí y los golpes del cinturón retumban en mis oídos.
–¡Fuera!
El grito me saca de la pesadilla. Ambre me dedica una mirada de inquietud antes de girarse hacia la multitud de especialistas.
–Fuera. ¡Todos! –ordena.
Los maquilladores y estilistas abandonan la sala a toda prisa, dejando atrás su material.
–Dios mío, señora –exclama en cuanto se cierra la puerta–. ¿Qué le ha pasado? ¿De qué son esas marcas?
Me contempla de la cabeza a los pies, boquiabierta. Me paso una mano temblorosa por el rostro.
–No te hagas la inocente, Ambre. Sabes muy bien quién me ha hecho todo esto. Has estado a su servicio. Sabes cómo era.
–Eh...
–Me temo que, de ahora en adelante, tu trabajo va a ser más complicado.
Arquea una ceja y bajo los ojos, incapaz de sostenerle la mirada.
–Me siento incómoda ante la idea de que me toque un hombre. No sé si es una reacción temporal a esta noche horrible o algo más permanente. La cuestión es que no quiero que ninguno me ponga una mano encima.
–Podemos arreglarlo –me asegura de inmediato–. Podemos dejar que monsieur Mercueil supervise la confección de su vestido, pero conservar solo a sus ayudantes femeninas.
–Te lo agradecería.
–Pero me gustaría prevenirla. Si pretende reinar el máximo tiempo posible, tendríamos que encontrar una manera de superar el trauma.
–¿Por qué? –pregunto, levantando la cabeza para mirarla.
–Porque en algún momento tendrá que vivir una historia de amor si quiere mantener su popularidad...
Solo tiene dieciocho años. Es joven y guapa.
Puede seguir de luto durante un tiempo, pero, para dar la imagen de una regente moderna y conservar el poder, deberá volver a casarse.
El público no entenderá por qué sigue soltera y aprobará su deseo de proveer de una figura paterna a su futuro hijo o al pequeño rey exiliado en Sudamérica.
Luis XXI lo comprendió al poner en marcha Nobleza obliga y Luis XXII al participar: al público le encantan las bodas y los bebés.
No hay nada más eficaz para conseguir un lugar duradero en los corazones de la gente.
Un nudo de angustia se me forma en la garganta ante la idea de tener que interpretar de nuevo la farsa del amor.
–Las partes reales de la vida de una persona, tanto los éxitos como las pruebas, permiten al público conectar con ella –insiste.
Asiento despacio. Fuera, los árboles se balancean a un ritmo lento bajo la brisa cálida de este día de verano. Nunca se termina de abandonar este tipo de programas, me dijo Félix, y entiendo que tenía razón. Entonces, se me ocurre una idea.
–Ambre, emitamos varios programas especiales sobre los crímenes de Luis XXII.
No debería ocultarse nada y todo tendría que difundirse antes del funeral.
En concreto, querría que se grabaran los testimonios de sus víctimas si estas lo desean.
Son personas conocidas para el público: si las pruebas también hacen que el pueblo se sienta conectado a ellas, no me gustaría que ignorara nada de lo que han sufrido.
–Eh... Sí, podemos organizarlo.
–Y encuentre una manera de rehabilitar a mi padre y hacer que venga a verme –añade.
–¿Seguro? Está en la Bastilla, arrestado por alta traición a Luis XXII y...
–Y las dos sabemos que esa acusación es infundada. Solo pidió que lo encarcelaran para obligarme a participar en sus juegos enfermizos. Una vez que el pueblo conozca la verdad sobre Luis XXII, cuando yo misma haya testificado, esa condena dejará de tener sentido.
–No testifique –me aconseja Ambre.
–¿Por qué? –pregunto con un toque de ira en la voz–. No veo razonable ocultar lo que me hizo, sobre todo si pretendo pedirles a las víctimas que se lo revelen todo al público.
–Señora, ¿quiere darle a la nobleza una buena razón para poner en duda cualquiera de sus decisiones, evocando sus tormentos y salud mental?
Los pocos puntos de popularidad que conseguiría así no superarían la montaña de problemas que le provocaría.
–Permanezco impasible ante su expresión seria–.
Pero haré que liberen a su padre. Tendremos que esperar a los primeros episodios, pero lo sacaremos de allí.
Se inclina sobre su libreta.
–¿Puedo hacer que entren los estilistas? –pregunta.
–Adelante.