Libertad obliga 5
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D ejo escapar un suspiro y me apoyo en el respaldo mientras la limusina se desliza por las calles de la capital.

En el exterior, la ciudad, ahora despierta, parece deprimida: todas las ventanas están cubiertas de velos negros.

Algunos curiosos que recorren las calles llevan un brazalete del mismo color y, al girar en un cruce, percibo incluso a un par de viejas damas con lágrimas en los ojos, ambas encorvadas sobre sus enormes cestas.

Lo más probable es que sean las criadas de las grandes familias que viven en este barrio.

El coche cruza la verja y se detiene ante la escalinata.

Los criados flanquean la larga alfombra roja, preparados para recibirme.

En cuanto desciendo, solo oigo los lamentos de la multitud a mis espaldas.

Me detengo un instante, dudando de si debería girarme o no, pero, cuando entona un Ave María , subo los peldaños todo lo rápido que me lo permite la decencia.

No puedo unirme a una plegaria para salvar el alma de un hombre que no tenía.

–¡La regente!

En el interior, tres hileras de criados hacen una reverencia ante mí.

–Señora –dice un hombre al que reconozco como Marche-Brume, el administrador–. El palacio de las Tullerías y yo mismo queremos presentarle nuestras condolencias y acompañarla en el sentimiento. Ahora estamos a sus órdenes.

Le respondo con un sencillo asentimiento.

–Convoca a monsieur de la Brivoisière y a la duquesa viuda de Léon. Debo hablar con ellos. Encuentra también un salón en el que podamos reunirnos sin que nos interrumpan.

Asiente y, tras un chasquido de dedos, dos criados se apresuran a entregar mi mensaje.

–Levántese, señora.

La duquesa de Léon se incorpora ante mí.

Tiene los ojos brillantes y el delicado rostro parece perderse en la inmensidad negra de su vestido de luto.

No tengo dudas de que su duelo va dirigido a su hijo, no al monarca.

Tras ella, Félix Lanconnay de la Brivoisière se mantiene al margen, pero siento que está preparado para servirle de apoyo en cualquier momento.

–Gabrielle –comienza a decir–, te doy las gracias... –Respira hondo para reprimir un sollozo–. Sé que mi querido Hervé se ha reunido con su Capucine y que ahora los dos pueden descansar en paz.

No reacciono a lo que sus palabras dejan entrever.

La duquesa es inteligente, sabe que yo también conocía la naturaleza de Luis XXII y es una de las pocas personas que no me consideran una ingenua: como es obvio, ha llegado a la conclusión de que me he librado del rey.

Hace una nueva reverencia, un agradecimiento tácito por la muerte del asesino de su hijo y su nuera.

Me parece tan frágil y desamparada, toda de negro en un salón real de color azul claro, que no logro contenerme. Avanzo hacia ella para cogerle de las manos y ponerla en pie.

–La acompaño en el sentimiento, señora –musito.

–¿Ha sufrido? –me susurra, usando las mismas palabras que mi amiga.

–Sí, señora.

Cierra los ojos y una suave sonrisa serena sustituye su pena por un instante. No tengo el valor de decirle que la agonía de Luis XXII no es nada en comparación con la de Hervé de Léon, desmembrado en la plaza pública.

–Gracias por hacerme venir –dice la duquesa, ahora más calmada–.

Estoy convencida de que, con una joven como tú a la cabeza del Estado, este país va a conocer la gloria al fin.

Sin embargo... –Noto cómo titubea de repente, lo que me sorprende al ser una mujer con mucho aplomo–.

Imagino que, si me has hecho venir, es porque confías en mis consejos –prosigue al final–.

No obstante, ya he perdido a un hijo y me quedan otros dos.

Étienne, el benjamín, solo tiene quince años y es el último heredero de los De Léon...

No quiero arriesgarme a perderlos a él o a mi hija en una nueva batalla política.

Gabrielle, me encantaría que me dieras permiso para retirarme a mi hacienda.

Tras ella, Félix asiente, serio.

–Lo entiendo, señora –respondo–, y estoy de acuerdo, aunque me entristezca no poder tenerla a mi lado.

Aun así, ¿podría iluminarme con sus consejos una última vez antes de partir?

Soy nueva en política y en el mundo de la corte.

Aunque mi intuición me ha guiado bien por el momento, me temo que será insuficiente para enfrentarme a intrigas para las que no tengo ninguna experiencia.

–Por supuesto.

Invito a ambos a que tomen asiento en los cómodos sofás de color aguamarina que ocupan el espacio central de esta fría habitación, decorada con frescos primaverales, a juego con la magnífica panorámica del patio de palacio y los jardines.

Comienzo entonces a contarles la sesión y mi conversación con el duque. Si Félix se sorprende por mi petición de nombrarlo cabeza del ejército, no lo demuestra y se contenta con hacer una reverencia para darme las gracias.

–Sin duda, conocen al duque de Lorena mejor que yo –concluyo–. Hoy he conseguido la regencia, pero dudo que se dé por vencido. Necesito su ayuda para anticipar su próximo movimiento.

–No ha llevado a votación ante la cámara alta la organización del funeral de Luis XXII y tampoco ha mencionado sus crímenes en su comunicado –observa de inmediato la du quesa–.

Está esperando a que cometas un error, revelando el escándalo del convento en pleno periodo de luto.

¿Podría levantarme? Pienso mejor mientras camino.

–Adelante.

Me dedica una sonrisa y rodea el sofá para recorrer el salón de un extremo a otro. Con el vestido negro revoloteando en torno a su cintura bajo los frescos que cubren el techo, parece un enorme cuervo.

–Tu imagen –continúa–, lo queramos o no, está asociada a la de Luis XXII y a la historia de amor que todos hemos seguido en directo en Nobleza obliga .

Creo que lo que espera el duque es que, al revelar el escándalo, te salpiquen todas estas atrocidades.

Por desgracia, estoy de acuerdo con De Kerdoncuff: esto podría perjudicar tanto a tu reputación como a la de toda la nobleza.

El duque espera que acabes tan mancillada que te veas obligada a quedarte al margen o incluso a abandonar el poder si no estás embarazada.

–Ya veo.

La duquesa se detiene entonces cerca de mi sofá para sostenerme la mirada.

–Monsieur de la Brivoisière estará a tu lado para que mantengas el poder y evitará que el duque de Lorena someta a Francia a un régimen aún más conservador que el que tenemos ahora.

Pero, para salvaguardar mejor tu puesto, debemos saber qué nos espera...

¿Hay alguna posibilidad de que estés embarazada?

La crudeza de su pregunta me sorprende y dudo un instante antes de responder. Sí, hice el amor con Antoine una semana antes de la noche de bodas, pero, según Grimaux, la droga que me administraron a continuación era abortiva.

–Puedes ser sincera con nosotros –insiste la duquesa–. No saldrá de aquí.

Observo a la duquesa primero y a Félix después durante un instante. Este último parece totalmente pendiente de mis palabras.

–No, no puedo estarlo.

–¡Mejor! –exclama la duquesa–. No me malinterpretes. Esto te complicará la situación, sí, pero me alegra saber que no tendrás que pasar por un sufrimiento así.

Cuando continúa su paseo en torno a los sofás, no logro apartar los ojos de Félix: aunque se ha esforzado por mostrar una expresión neutra, no ha logrado ocultar del todo su alivio. Se le han relajado los hombros y ha aflojado la mano que tenía crispada sobre la rodilla.

–Por supuesto, no es demasiado tarde para concebir un hijo –comenta la duquesa–. Félix también es alto y moreno.

Levanto la cabeza a toda velocidad, atónita.

–Ah, olvídalo. Ha sido desconsiderado por mi parte –dice de inmediato, alejando una mosca imaginaria con la mano–. Son ideas chapadas a la antigua. A veces me dejo llevar por mis maquinaciones.

Félix deja escapar un profundo suspiro de alivio, con la tez tan roja como un tomate.

–Una vez más, Andrée, tus maquinaciones han estado a punto de hacerme sufrir un infarto –bromea.

La duquesa le dedica una sonrisa cómplice. No parece que sea la primera intriga política que traman.

–Ahora que hemos desechado esa opción, ¿qué haremos para que siga siendo regente? –pregunto.

–Eh, bueno, si pretendes conseguir los objetivos que le has anunciado al duque, es decir, la puesta en marcha de una auténtica asamblea nacional, debes moverte con prudencia –responde la duquesa con un suspiro.

Se sienta en el sofá frente a mí.

–Todo lo que pretendes hacer amenaza directamente los intereses de la cámara alta: si pones en marcha tus ideas de inmediato, enseguida esos hombres se embarcarán en la misión de expulsarte del trono. Debes dar pequeños pasos.

–Lo entiendo.

–¿Por qué no empiezas anunciando nuevas elecciones para la cámara baja nacional?

–propone–. Luis XXII hizo ejecutar a todos los diputados demócratas, acabando con dos tercios de la asamblea.

Así, te volverás aún más popular y el periodo de elecciones te dará un respiro: ningún noble se atreverá a atacarte por miedo a que el pueblo se le eche encima y pierda su escaño.

Tal vez la cámara baja tenga poco poder, pero numerosos nobles se esfuerzan por salir elegidos porque las prestaciones son excelentes y los temas que se hablan en ella les permiten hacer tráfico de influencias con las grandes empresas.

Cuando hayas asegurado un poco más tu puesto, podrás exigir la elección de un presidente de la cámara baja que asista a tu Consejo...

, un rol al principio simbólico cuya importancia podrás aumentar poco a poco. ¿Entiendes adónde quiero llegar?

–Me parece un plan excelente y bastante razonable –respondo, agradecida y a la vez reconfortada.

La duquesa me dedica una cálida sonrisa.

–En ese caso, tu asesora de comunicación debe venir de inmediato.

–¿Ambre?

Me tenso enseguida.

–¿Hay algún problema? –pregunta la duquesa de Léon.

–No confío en ella. Me drogó durante mis últimos días en Versalles. Trabajaba con Grimaux y Luis XXII.

Félix, a quien ya le he contado mis preocupaciones y cuyos hombres vigilan la habitación de Ambre desde ayer por la noche, asiente con seriedad.

–Vaya, ¡qué fastidio! –suspira madame de Léon–.

Ambre Dupuis es una de las asesoras de comunicación con mayor talento de todas las que trabajan para la Corona, una de las pocas personas que sabrían orquestar la revelación del escándalo del convento sin que te perjudicara.

En mi opinión, rechazarla sin darle la opción de justificarse sería un error.

Aquí todos nos hemos visto obligados a hacer cosas que iban en contra de nuestros principios por culpa de los dos monarcas fallecidos.

Toda la nobleza, igual que todo el palacio, estaba bajo su control. Sin duda, Ambre no será una excepción.

Dejo escapar un suspiro. De nuevo, el razonamiento de la duquesa tiene su lógica, pero es poco tranquilizador: la idea de estar rodeada de tantos criados que han servido a ese verdugo, incluso quizá de manera voluntaria, me hiela la sangre.

Quién sabe si entre estas paredes no se encuentra un criado o mayordomo sádico, ahora frustrado por no poder ayudar a un monstruo a desahogar sus impulsos. ¿En quién puedo confiar?

–¿Señor de la Brivoisière?

–Sí, señora.

–¿Podría mudarse un tiempo al palacio? Al menos hasta que monsieur de Maintenon haya terminado de investigar a todas las personas implicadas en el escándalo del convento. Por supuesto, si mi petición no lo aleja demasiado de su prometida.

–Señora, temo más la cólera de mi madre y mi hermano más pequeño, que viven bajo mi techo –bromea Félix–. Pero estoy seguro de que entenderán mi ausencia. Será un placer.

–Es muy buena idea, Gabrielle –interviene la duquesa–. Mientras Félix y sus hombres sigan aquí, serás intocable.

Una sonrisa le ilumina el rostro y, de repente, me siento más serena.