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C uando entramos de nuevo en la asamblea , aún se pueden oír los gritos y los nobles de tez pálida de esta mañana están rojos de tanto insultarse.
Un manto de silencio cae cuando advierten nuestra llegada.
Ocupo de nuevo mi sitio en el sillón de terciopelo mientras el duque se coloca ante el atril detrás de mí.
–Señores, ¡orden!
Su voz retumba con fuerza desde los altavoces a un volumen más elevado que antes y los nobles interrumpen su disputa de inmediato.
–Señores –repite ahora que le prestan toda su atención–, debemos pensar en el bien del país.
La situación es grave. Luis XXIII, heredero legítimo del trono, está en algún lugar de Sudamérica y no tenemos noticias de él desde la muerte de sus padres hace tres años.
En su ausencia, nos corresponde evitar que el país se vuelva caótico y debemos elegir a un regente que nos asegure la continuación del buen funcionamiento del Estado.
Algunos miembros de la asamblea responden con un fuerte «¡Sí!» desde el semicírculo.
–Nuestra querida reina viuda, Gabrielle, podría llevar en su vientre al futuro heredero y, dados los tormentos que sin duda asolarán a nuestros compatriotas, es una figura tras la que todos podrían unirse, un faro que iluminará su camino en las tinieblas.
Así, someto a votación la siguiente resolución: «Será designada regente en nombre del rey Luis XXIII su majestad, la reina Gabrielle».
Le hace un gesto a un secretario judicial y, unos momentos más tarde, los hombres se inclinan sobre un dispositivo que intuyo incrustado en el reposabrazos de su escaño de mármol blanco.
Todos, menos el barón. Me contempla con aspecto severo, igual que cuando no le obedecía lo bastante rápido para su gusto.
Ese idiota esperaba que el duque me borrara de un plumazo, sin duda.
Me atrevo a girarme para contemplar a este último tras el atril.
Parece majestuoso, con la espalda recta y la mirada glacial fija en las filas de conservadores.
Entiendo entonces que la votación es una pantomima, ya que todos están bajo sus órdenes.
¿De qué instrumentos de presión dispondrá?
¿Será posible que él también posea su propio material comprometedor?
O quizá aprovechaba el del rey como mandatario, dado que se encargaba de mantener el orden aquí.
–Seiscientos noventa y siete votos a favor. Doscientos doce votos en contra. Se acepta la moción –proclama el duque, señalando un panel numérico tras él.
Los nobles se levantan para aplaudirme, incluido el barón, quien lo hace con tanto entusiasmo como si le hubieran propuesto arrancarse un diente.
Permanezco sentada en mi sillón con el rostro impasible.
Vistas las circunstancias, mi regocijo no solo estaría fuera de lugar, sino que sería prematuro.
El duque me acaba de hacer partícipe de su poder.
Los conservadores, que son mayoría en la cámara, están bajo su control, y no tengo ninguna duda de que mi acceso a la regencia no los entusiasma.
Sin embargo, el duque no ha necesitado más que unas palabras y una mirada para convencerlos.
–Señora, si le parece bien, tendríamos que anunciar el resultado al resto del país.
Con una sonrisa cortés en el rostro, me invita con la mano a que le siga fuera de la sala.
En cuanto salgo del palacio, el sol del mediodía me deslumbra y transforma mi largo vestido de seda negra en una estufa. Entorno los ojos ante el grupo de periodistas, al mismo tiempo que el duque avanza hacia ellos.
–A medianoche del día 1 de agosto del año del Señor 2007, Luis XXII ha fallecido a causa de un infarto –le confirma a la prensa.
Me satisface advertir que ha eliminado de su declaración el «querido».
El duque repasa las circunstancias de la muerte del monarca, omitiendo el descubrimiento del convento, antes de anunciar los resultados de la votación que acaba de tener lugar.
Durante todo su discurso, no abandono la máscara de impasibilidad, consciente de que esta es la primera imagen que el pueblo verá de mí como regente.
No es el momento de parecer una viuda desconsolada si quiero denunciar los crímenes del rey.
–Nuestra querida reina viuda, su alteza serenísima Gabrielle, será la regente del reino. Invito a mis compatriotas a rezar por su éxito y nuestra gloria...
Así, tan rápido como ha comenzado, se acaba la conferencia.
No necesito hacer ningún gesto para que mi coche avance y la marea de periodistas se divida en dos para dejarme pasar.
Cuando me cuelo en su interior, me topo con la mirada del duque, dura y glacial durante un segundo, antes de ofrecerme una sonrisa bondadosa en cuanto se percata de que lo estoy observando.
Tengo entonces la certeza de que nuestro pulso no ha hecho más que empezar.