Libertad obliga 3
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– E spero que pueda disculpar este desorden –se lamenta el duque tras cerrar la puerta de la sala a la que me ha conducido–. A veces los debates de la cámara se vuelven acalorados, pero es la primera vez que nos debe mos enfrentar a una situación tan delicada.

–Lo entiendo perfectamente, señor. A mí también me habría costado imaginarme una tragedia así hace solo unas horas.

El duque señala un sofá para que me siente. Sin duda, estamos en su despacho. Se instala tras un enorme escritorio elaborado que se yergue ante una ventana.

–Siento que esos hombres la hayan hecho pasar por un espectáculo así tras la noche que acaba de vivir –prosigue–. ¿Quiere que mande traer algunas pastas? ¿O quizá otra manzanilla?

–No, gracias, señor.

–Soy consciente de que el día de hoy le debe estar produciendo un gran sufrimiento. Por desgracia, la política a veces es un campo de batalla.

Hila su metáfora bélica y asiento, cortés. Es fácil leer entre líneas que la política, como la guerra, es un asunto de hombres y no tengo lugar en ella.

–En ocasiones, hace falta liderar la ofensiva sin piedad y dirigir a los capitanes con puño de hierro.

Mientras escucho su discurso, me percato de su sonrisa.

Juraría que, bajo su aspecto de hombre respetable, decente y cortés, exuda satisfacción.

Entiendo entonces que su pérdida del control de la asamblea y la interrupción de la sesión no han sido una casualidad.

Podría haberle apagado el micrófono a Beaumont o a De Polignac.

Sin embargo, los ha dejado pelearse hasta que la cámara ha estallado.

Me ha hecho pasar adrede por este espectáculo político como si fuera un combate para quitarme las ganas de mantenerme en el poder.

Al parecer, él también quería que nos viéramos a solas.

–¿Señora?

El duque me observa, inquisitivo, y me doy cuenta de que me he perdido en mis reflexiones.

–Lo siento. No he dormido en toda la noche y me cuesta mantener la atención esta mañana –le respondo con una tenue sonrisa.

No veo por qué tendría que mentirle en ese tema.

–¿Sabe? Cuando falleció mi primera esposa –continúa con más dulzura–, creía que no volvería a sonreír.

Encontrar de nuevo las ganas de vivir me llevó años, y solo lo conseguí gracias a monsieur de Montespan, portavoz de la cámara alta en su momento, quien se aseguró de apoyarme.

Ahora me toca a mí ofrecerle mi ayuda para superar las siguientes semanas.

Puede contar con mi apoyo. Sé hasta qué punto pasar el duelo es una prueba, sobre todo cuando se ocupa un puesto tan visible.

–Me alegra, señor duque, que me ofrezca su apoyo para la regencia –le respondo con una sonrisa sincera.

Se aclara la garganta y levanta una ceja, sorprendido.

–¿La regencia? –repite–. Con todo mi respeto, señora, aún no está embarazada y quizá no lo esté nunca.

Hasta que una ecografía confirme que lleva en el vientre a un varón, el rey legítimo es el joven Luis XXIII, exiliado en algún lugar de Sudamérica, y es la cámara la que se ocupa de los asuntos del país en su nombre hasta la designación de un regente...

–Y soy yo la indicada para convertirme en tal –replico.

Me dedica una sonrisa como si fuera una niña que acabara de hacer una broma.

–Mire, señora, esta mañana ha podido constatar la dureza del trabajo en la cámara.

¿Cree que podrá poner orden entre todos esos señores?

Usted es muy joven, apenas dieciocho años, y solo ha podido ser reina durante un día...

Ha confesado haber interrumpido su educación con catorce años.

¿Se imagina colocarse a la cabeza de una estructura estatal que todos esos hombres se han pasado la vida estudiando?

Su tono es paternalista y condescendiente, el mismo que se utilizaría con un crío que hiciera una tontería.

–¿Y qué querría hacer a la cabeza del país?

–continúa–. Luis XXI y Luis XXII no solo aprendieron cómo funcionaba cada engranaje de nuestro sistema administrativo antes de llegar al poder, sino que también trabajaron para perfilar su visión de lo que deseaban para Francia.

Usted solo ha recibido clases de protocolo y administración en Nobleza obliga . ¿Cuál podría ser la suya?

Sé que es una pregunta retórica, pero adopto una expresión amable y cortés para contestarla:

–Sí que tengo una visión para Francia, señor.

Deseo prosperidad y progreso para este país, que todos los habitantes puedan alcanzar su potencial y se les trate de manera justa y equitativa.

Para eso, claro está, se deben denunciar los críme nes de Luis XXII y organizar elecciones libres para una asamblea nacional.

El duque suelta una carcajada.

–¡Una asamblea nacional! ¿Lo dice en serio?

Sigue riéndose hasta que saca un enorme pañuelo blanco de la chaqueta y se seca lágrimas imaginarias.

–Señora –dice, ahora un poco más serio, pero sin abandonar la sonrisa–, son ideas encantadoras para una chica de dieciocho años, pero únicamente son ideales adolescentes.

Solo los locos como Leclerc los conservan con la edad.

Mire, los franceses no son como los turcos o los marroquíes.

No tienen la disciplina necesaria para tomar el control de los asuntos del país e interesarse por la política.

Nuestro pueblo ni siquiera es capaz de limpiar la acera ante su tienda a menos que le obliguemos.

Su desviación moral no puede más que constatarse al ver el número desconcertante de madres solteras a las que deben juzgar nuestros tribunales.

¿Cómo podrían interesarse por los asuntos nacionales?

Basta con contemplar la tasa de participación de las últimas elecciones regionales de las cámaras bajas.

Los franceses no se preocupan de lo que se decide en las altas esferas del país...

Parece satisfecho, contento con su discurso.

–Me alegra que haya mencionado la disciplina del pueblo marroquí –digo, tajante–. Supongo que deseará hablar de su amante en Casablanca, con la que tiene un hijo ilegítimo. ¿Son los dos muy disciplinados?

El duque se queda sin palabras. Abre la boca para protestar, pero la cierra enseguida.

–Por no hablar de los otros cuatro hijos a los que envía una generosa pensión aquí, en nuestro territorio.

¿Son menos disciplinados? ¿Y sus madres, con las que no ha estado casado, tam bién son una muestra de la desviación moral?

Quizá podríamos difundir imágenes de cómo ha retozado con ellas y dejar que los franceses lo juzguen.

Coloco la mano buena sobre su escritorio, sosteniéndole la mirada.

–A menos que esta falta de disciplina de los franceses no le concierna personalmente.

Por supuesto, también me gustaría que habláramos de la manera metódica con la que se ha apropiado de los fondos de las obras de caridad para ampliar su castillo familiar en Sologne.

Podríamos tal vez enviar a los periódicos una transcripción de ciertas conversaciones con su administrador para revelar qué opina en realidad de las finanzas de Francia.

El duque me contempla con atención mientras le tiembla el labio inferior por una rabia contenida.

–Va a confiarme la regencia. No porque pueda revelar todos sus tristes secretos o destruir su reputación, carrera y nombre, sino porque es lo mejor que se puede hacer por el país.

Quizá solo haya sido reina unas horas, pero el pueblo me quiere y lleva semanas preparándose para que adopte una gran responsabilidad.

Esperará a verme cada noche en la televisión, al mismo tiempo que aprendo a cumplir mi papel como soberana.

Cuando la depravación de Luis XXII salga a la luz, necesitará la estabilidad que solo puede aportar mi imagen.

Me reclino en el sofá. El duque me contempla con aspecto severo, por lo que ahora debo aplacar las aguas a toda prisa y ofrecerle la opción de mejorar su situación si me apoya. Tras el golpe, llega el momento de agitar la zanahoria.

–Pero tiene razón en una cosa, señor. No conozco la estructura estatal y me gustaría apoyarme en usted. Espero que pueda formar un gabinete y colocarse a la cabeza para permi tirme reinar. Al mismo tiempo, seguirá siendo, por supuesto, mi interlocutor principal y mi voz en la cámara alta...

Su expresión parece suavizarse un poco al darse cuenta de que le estoy proponiendo no solo mantener su puesto, sino también ampliar su esfera de influencia.

–Es un hombre ambicioso, señor duque, y estoy segura de que podremos beneficiarnos entre nosotros –continúo–. ¿Me entiende?

–Muy bien –responde, derrotado.

Cualquier rastro de sarcasmo ha desaparecido de su voz, que se ha tornado grave y seria.

–Solo tengo dos requisitos. Me gustaría tener a monsieur de Maintenon como ministro del Interior y, al frente del ejército, a monsieur de la Brivoisière, quien además mantendrá su cargo como comandante de las tropas en París.

Noto enseguida cómo no logra disimular un ligero ceño fruncido. Uno de esos nombres le molesta. O los dos.

–Tomo nota, señora.

–Bien. Creo que esta conversación ha terminado.

Entonces, el duque se levanta, tenso, y hace una reverencia antes de dirigirse a la cámara alta.