Libertad obliga 2 #3
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–Me conmociona, señores, que se preocupen antes por mi himen que por todas las jóvenes que hemos encontrado encerradas en el convento de Notre Dame.

Un silencio sepulcral invade la sala.

–Dado que reclaman la transparencia de los acontecimientos de esta noche, se los revelaré: antes de morir, mi marido me confesó la existencia de un pasadizo entre el palacio de las Tullerías y el convento de Notre Dame y admitió la verdadera naturaleza de este lugar.

Me confesó que allí había abusado de decenas de chicas y las había torturado en muchos casos hasta su muerte.

Mientras la sala se llena de gritos ahogados por el horror, advierto con interés la sorpresa calculada que ilumina el rostro de De Polignac. Lo sabía, pondría mi mano en el fuego.

–Cumpliendo su última voluntad, me apresuré a liberar a las víctimas. Comprenderán, sin duda, la necesidad urgente de poner fin a su sufrimiento, por la salvación de su alma.

Aquí y allí percibo asentimientos aprobatorios.

–¿Y monsieur de la Brivoisière? –interviene De Polignac–. Se le ha visto acompañado de algunas de estas jóvenes. ¿Qué hacía ahí?

–Fui yo quien tomó la decisión de pedir apoyo y protección a monsieur Lanconnay de la Brivoisière.

–Abre la boca para protestar, pero continúo–: Y fue él quien me llevó a un lugar seguro mientras atentaban contra nuestro difunto rey Luis XXI.

Desde entonces, tengo total confianza en él.

En tales circunstancias, le pedí al secretario de mi marido, monsieur Grimaux, que fuera a buscarlo para ir juntos al convento. Por desgracia, no previmos su reacción.

Un silencio tenso se ha vuelto a instalar en la sala, con todos los hombres pendientes de mis palabras.

–Monsieur Grimaux, como secretario personal de Luis XXII, estaba a cargo de proporcionarle las jóvenes. Dado que no quería que sus crímenes salieran a la luz, se produjo una pelea en la que mi vida y la de monsieur Lanconnay de la Brivoisière estaban en juego, por lo que este acabó con él.

A juzgar por las exclamaciones y las reacciones violentas tanto de reformistas como de conservadores, la asamblea se ha tragado todas las mentiras que Félix y yo hemos ideado mientras veíamos el material comprometedor para explicar su presencia en el convento y la ejecución de Grimaux.

–Señores, señores, ¡orden! –grita el duque de Lorena.

De Kerdoncuff se levanta para tomar la palabra, animado por De Polignac.

–¡Señores! La situación es seria –dice sin aliento al micrófono–.

Estas revelaciones me sorprenden y horrorizan tanto como a ustedes.

Pero no debemos perder de vista el bien del país.

¡Piensen en la reputación de Luis XXII ante sus súbditos!

La suya, la de la Corona y la nuestra. Debemos tomar medidas de inmediato para que este escándalo no salga a la luz, o será nuestra perdición.

Sugiero que dejemos encerradas a estas jóvenes.

Al fin y al cabo, han pronunciado sus votos y deben pasar la vida rezando.

–¡Orden, orden! –exclama el duque ante el alboroto que se ha montado.

–Es una vergüenza, señor –chilla Beaumont desde la tribuna.

A pesar de la despreciable solución del barón, debo hacer uso de todo mi control para evitar sonreír y seguir con el rostro impasible.

Los nobles se insultan mientras el duque intenta calmarlos por todos los medios posibles.

Si azuzo un poco más el fuego de esta sala, no nos quedará otra opción que suspender la sesión, y así tendré ocasión de quedarme a solas con el duque.

–Monsieur de Kerdoncuff –contesto con un tono gélido–, los últimos invitados presentes en mi boda han asistido a la llegada a palacio de las antiguas candidatas de Nobleza obliga , con apenas ropa, visiblemente maltratadas y abusadas.

Sin duda, las han visto los criados y los guardias.

¿Cómo espera esconder durante mucho tiempo una vergüenza así?

¿Cómo va a conse guir que el pueblo no perciba cualquier tentativa de ocultar este asunto como una confesión de culpabilidad?

–La señora tiene razón –interviene Beaumont–. Mademoiselle Héloïse se ha derrumbado en los brazos de mi esposa. ¿Y quiere, señor barón, encerrarla de nuevo en el convento? ¿Cómo puede demostrar tan poca humanidad?

–¿Cómo se atreve? Soy...

–Y todos conocemos los artículos publicados en el extranjero sobre la muerte de Capucine de Léon –lo interrumpe Beaumont–. ¿También quiere que encubramos su asesinato?

–¡Orden! ¡Orden! ¡Orden!

El duque grita, pero sus peticiones no sirven de nada, ya que toda la asamblea se revela.

Los reformistas y los conservadores se dedican ahora numerosos insultos desde sus asientos.

Beaumont, incluso, desciende hacia De Kerdoncuff con los puños en alto, como si quisiera plantarle cara, y reprimo una sonrisa, esperando con ansia ver cómo le estampa la mano en el rostro a ese idiota.

Por desgracia, sus compañeros, que intentan calmarlo, no tardan en retenerlo.

–¡Se suspende la sesión! –exclama el duque.

Me hace un gesto con la cabeza y comprendo que debo seguirlo en privado. Comienza el auténtico enfrentamiento.