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–Me temo que tendrá que esperar unos minutos –dice el duque–. Ya han venido casi todos los miembros de la cámara, pero aún faltan algunos para poder comenzar. Como sabrá, dadas las circunstancias, debemos tener una asamblea plenaria.
–Lo entiendo perfectamente –respondo como haría cualquier joven sensata.
–Muchas gracias.
Es mejor que este hombre me considere inofensiva hasta que pueda mostrarle mis cartas. Así el golpe será más certero.
El duque me conduce a una de las antecámaras revestidas de madera oscura, donde los sofás de terciopelo rojo y verde se alinean en paralelo a las paredes.
–¿Puedo ofrecerle algo de café? ¿Té?
Me dispongo a pedir café, pero me contengo: estos hombres esperan, sin duda, que haya quedado embarazada la noche de bodas y lleve en mi vientre al heredero de la Corona.
–Una manzanilla, por favor.
–Ahora mismo. Si me lo permite, voy a asegurarme de que los impuntuales hayan llegado para recibirla con la menor demora posible.
Me planteo retenerlo por un instante para enfrentarme a él, pero, a sus espaldas, advierto a través de la enorme puerta abierta a un grupo de auxiliares de negro que pasean por el pasillo.
Esta sala está demasiado cerca de una zona de paso como para que pueda hablarle del material comprometedor sin arriesgarme, por lo que le dedico un breve asentimiento para que me deje a solas.
Doy una vuelta por el salón. Fuera, el ruido de las carreras se intensifica, supongo que de los criados que están preparando la sala a toda prisa, a menos que sean los últimos nobles, que se apresuran a ocupar su puesto.
Me acerco a las ventanas. Están demasiado altas para que pueda ver lo que se encuentra en el exterior, pero me imagino que dan a un patio.
Me pierdo en la contemplación de las paredes y consigo por fin atrapar algunas notas con las que calmar el latido frenético de mi corazón.
La quinta Variación Goldberg me invade el cerebro.
La toco con mayor lentitud de la habitual, adapto mi respiración como si estuviera ante el piano y un silencio melódico acaba serenándome la mente, sumida en la neblina del agotamiento.
No percibo siquiera al sirviente que viene a dejar una taza humeante sobre uno de los veladores.
Cuando el duque vuelve, ya está fría y he perdido la cuenta de las veces que he tocado la pieza.
–Perdóneme, señora –dice, algo sofocado, como si hubiera venido corriendo–. La cámara alta está lista para recibirla.
Señala una puerta trasera de la antecámara y me dispongo a seguirlo por un largo pasillo en penumbras donde retumba el ruido amortiguado de una multitud.
Abre una última puerta y se hace el silencio.
Entro en el gigantesco semicírculo de mármol blanco con un estilo que recuerda al senado romano, y el brillo de la piedra y los recubrimientos de oro es tal que debo entornar los ojos un momento para que se me acostumbren.
El duque me indica un sillón de terciopelo rojo con el armazón de delicado oro y me siento en él.
Desde aquí, no me da la impresión de ser la soberana, sino una joven a merced de los pares del reino que me dominan desde la tribuna.
–Señores –comienza a decir el duque de Lorena desde su puesto–, estamos aquí reunidos debido a unas circunstancias trágicas. Nuestro querido Luis XXII ha fallecido esta noche. Recemos juntos por la salvación de su alma...
Mientras el duque entona un Ave María en memoria del rey, observo a los congregados.
A pesar de venir ataviados con el impecable atuendo tradicional de los parlamentarios, azul con los cordones y los botones dorados, la inmensa mayoría de los nobles no parecen demasiado vigorosos.
Presentan ojeras al menos tan profundas como las mías y un delicado tono verdoso cubre la tez de algunos.
Como es obvio, todos asistieron ayer a la boda y me imagino que gran parte de ellos están todavía borrachos.
En la tribuna reconozco a Beaumont, líder de los reformistas, que maniobra desde hace años para que la cámara baja, la única asamblea elegida por el pueblo, tenga más poder.
En las gradas inferiores, donde se sientan los conservadores, fervientes defensores de los privilegios, identifico rápidamente al grupo formado por los amigos de Luis XXII: De Choiseuil, Castellane, De Vogüe, De Polignac, Montesquiou-Fezensac y, con ellos, el barón de Kerdoncuff, mi antiguo señor.
Oculto mi sorpresa a duras penas. Mi sorpresa, y mi temor, ante este individuo que no ha hecho más que darme órdenes.
¿Qué hace aquí? Pertenece a la baja nobleza, con una importancia ridícula, dado que su abuelo compró el título tras con seguir una fortuna al crear una cadena de tiendas.
No tiene nada que ver con los que lo rodean, todos nacidos en el seno de la antigua nobleza...
¿Cómo, en pocos años, ha obtenido acceso al canal siete y se ha convertido en par?
Antes sospechaba que tenía amigos en un burdel, pero debió prestarle grandes servicios a la Corona para haber escalado hasta este tipo de puestos.
Sin embargo, este hombre débil y perezoso nunca ha brillado por su inteligencia...
Observo al grupo del que forma parte: todos son íntimos del rey, habituales en pequeñas fiestas que a menudo se descontrolan.
¿Se habrá juntado con estos señores? Advierto que De Polignac, que hace unos meses miraba a Agnès con deseo mientras esnifaba una raya de cocaína, evita con cautela sostenerme la mirada.
Los demás, por el contrario, me observan con cierta benevolencia paternal, incluido el barón.
Creo que incluso me dedica un discreto saludo.
–Señores –continúa el duque de Lorena, y su cambio de tono es tan abrupto que me sobresalto–, la misión que tenemos hoy entre manos será difícil.
Y debemos ponernos a trabajar para sacar al país de la grave crisis en la que lo ha hundido la muerte de nuestro querido Luis XXII.
Sin embargo, en primer lugar, dado que así lo indica la ley, invito al doctor Boulard de Gatellier a que nos haga partícipes de sus observaciones.
El médico real desciende de su puesto en el seno de la cámara y ocupa el lugar del duque en el atril que tengo a mi espalda. Debo controlarme para no darme la vuelta, para seguir observando a la asamblea con aspecto impasible. El hombre carraspea.
–Señores, a la una de la mañana del día de hoy, el 1 de agosto de 2007, su majestad, Gabrielle, reina de Francia, me llamó para que fuera a sus aposentos, los que anteriormente pertenecieron a la reina María Teresa, donde estaba teniendo lugar la noche de bodas.
Nuestro querido Luis XXII yacía en el suelo.
Según la señora, llevaba muerto poco más de una hora cuando me había hecho llamar.
La ausencia de rigidez cadavérica confirmó sus palabras. No pude más que constatar su muerte.
Algunos conservadores, incluido De Polignac, levantan la mano para pedir la palabra, pero interviene el duque de Lorena:
–Las preguntas al final, por favor, señores –masculla a través de un micrófono.
–La reina me contó que Luis XXII sufrió un paro cardiaco en cuanto hubo cumplido su deber con Francia. Comenzó a sentirse mal, se agarró el brazo izquierdo y cayó al suelo. La señora pidió ayuda, pero no apareció nadie. El rey, consciente de su inminente muerte, le confesó sus pecados.
Asiento para aprobar el discurso del médico.
–Se trasladó el cuerpo de nuestro querido monarca a la morgue real, donde mi equipo y yo mismo procedimos a la autopsia, que continúa hasta ahora mismo.
Aún quedan por comprobarse algunos aspectos del examen toxicológico, pero, de todos modos, puedo informar de que el estudio del corazón y otros órganos vitales corroboran el relato de su majestad, la reina Gabrielle.
Tanto mis ayudantes como yo hemos observado las lesiones características de un infarto.
Me esfuerzo por permanecer impasible mientras me inunda una oleada de alivio.
–Examinamos a su majestad, la reina Gabrielle, y constatamos que su himen, cuya integridad habíamos comprobado previamente, se había roto. El matrimonio se consumó.
Las mejillas se me tiñen de rojo. Esperaba que hablara de mí en esos términos ante toda la nobleza del país, pero no lo vuelve menos humillante. Se levantan nuevas manos, pero esta vez el duque invita a monsieur de Vogüe a tomar la palabra.
–¿El matrimonio se consumó correctamente con el fin de permitir la concepción de un heredero?
–Eh, bueno, si creemos el relato de su majestad, sí. Ha informado de que...
Esta vez, es la ira la que me incendia las mejillas mientras estos hombres hablan de mí como si fuera una yegua reproductiva a la que acabara de montar su semental favorito.
Me aferro al reposabrazos dorado con la mano buena mientras mantengo los ojos fijos en el mármol blanco del escaño de monsieur de Polignac para no cruzar la mirada con nadie.
–Pero ¿la reina ha permanecido acostada tras el acto, como recomienda la medicina para favorecer la concepción? –pregunta monsieur de Kerdoncuff.
El tono meloso y mórbido de la pregunta hace que me hierva la sangre y la rabia me empuja a levantarme de repente de mi asiento.
Sin que el duque me haya invitado a hacerlo, me dirijo en silencio hacia el atril, tratando de mantener la expresión más gélida posible.
El médico se aparta de inmediato para dejarme sitio.