Libertad obliga 2
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– L a acompaño en el sentimiento , señora.

Iphigénie me hace una reverencia cuando vuelvo al pequeño salón vegetal.

En la enorme y fría sala, la luz de la mañana se filtra por las altas ventanas y baña los trampantojos que adornan las paredes, dándoles vida a los pájaros exóticos y al follaje.

Sin la presencia del delfín a mi lado, por fin parece paradisíaca.

–Gracias, Iphigénie. Necesito que me dejes presentable con un vestido negro. Debo irme dentro de treinta minutos.

–Enseguida voy a buscar a Ambre.

La detengo con un gesto.

–Confío en ti, Iphigénie. Y no quiero ver a nadie más esta mañana. Mademoiselle Ambre se encuentra en el ala norte. La haré llamar cuando crea necesario.

Probablemente nunca , me entran ganas de añadir. No he olvidado la manera en la que me ha drogado estas últimas semanas. Iphigénie, dócil, asiente y no logra disimular un ápice de orgullo en su mirada.

–Voy a buscar un vestido de luto riguroso, señora. Creo que hay uno en su nuevo guardarropa.

Sale de inmediato de la habitación. Por fin a solas, dejo escapar un largo suspiro de alivio.

Me arden los ojos por el cansancio y las imágenes que acabo de presenciar y tengo grabadas en la retina.

Nada demasiado turbio, sobre todo en comparación con los crímenes de Luis XXII, pero lo bastante vergonzoso como para destruir la carrera del duque y lo suficientemente explícito como para haberme sentido a disgusto al estudiarlas junto a Félix.

Me he felicitado enseguida por haber destruido mi propio material comprometedor.

Me acerco al enorme espejo de cuerpo entero.

La seda rosa de la capa del vestido que me puse ayer a toda prisa para ocultar mi desnudez cuelga sin forma sobre mis hombros.

Observo las grandes ojeras y la fatiga que me cubren el rostro y me cuesta identificar a la recién casada que hace unas horas se encontraba allí, arreglada de forma meticulosa para su gran día.

Me desabrocho la blusa y la pesada tela se desliza hasta el suelo, dejando al descubierto mi pecho malherido, salpicado de manchas azules y negras allí donde me ha mordido el rey.

Me tuerzo para mirarme la espalda. Largos verdugones de un vivo color rojo me recorren la piel blanca, formando un cuadro que podría clasificarse como surrealista, la última corriente artística a la moda en Turquía.

–Dios mío, señora...

Iphigénie acaba de volver a la habitación con un pesado paquete negro en los brazos, que se apresura a dejar sobre uno de los sofás.

–Deje que vaya a buscar un ungüento –musita–. Debe dolerle mucho.

–No tenemos tiempo. Debo presentarme ante la cámara alta antes de media hora.

Le sostengo la mirada llena de temor.

–Señora, si cree que puedo hacer algo por usted...

–Me basta con estar presentable vestida de negro.

–Bien.

Abre el paquete y saca una camisa que me acerca a la cabeza para ponérmela.

Introduzco los brazos por ella, temblorosa, sufriendo el efecto del estrés y la falta de sueño.

Para conservar la calma, evoco la Stabat Mater de Pergolèse, una obra que mi padre solía escuchar en su despacho cuando trabajaba hasta tarde los fines de semana.

No la he tocado nunca, pero mi mano derecha conoce la melodía y puedo interpretarla dejando descansar mi dolorida mano izquierda.

–¿Seguro que no quiere que le eche una crema, señora? –insiste Iphigénie, alzando un corsé negro como la tinta–. Esto le va a doler cuando se lo apriete.

–No.

El dolor me mantendrá alerta y despierta.

–Como desee.

Me envuelve el torso con el corsé y, como había predicho, el ardor me quema la piel con más fuerza cuando tira de las cintas.

Las lágrimas me inundan los ojos y debo esforzarme para ahuyentarlas.

Esto es bueno. Lo más probable es que deba parecer una viuda desconsolada ante un público de nobles.

Así, al menos, me resultará fácil llorar.

–Todo va a salir bien, señora.

Iphigénie se apresura a colocarme el guardainfante, dos enaguas y, por fin, un enorme vestido a la francesa de seda tan negra como la noche, pero en el que se perciben ricos motivos florales.

Da una vuelta a mi alrededor para revisar la caída de la cola del vestido y veo que esboza una mueca al mirarme el pecho. En el reflejo del espejo, advierto que todavía se ven los moratones negros.

Se dispone enseguida a colocarme el último accesorio que hay en el paquete, un largo velo negro, parecido al que llevé en el entierro de Luis XXI. Lo deja caer sobre mis hombros y lo pliega de forma elegante antes de introducirlo en el escote para cubrir totalmente las marcas.

–Para el cuello, permítame que le aplique un poco de base de maquillaje.

Va a buscar los polvos y oculta con ellos el último rastro de los dientes. Reprimo una mueca. Levanta la mano hacia mi rostro, pero la detengo.

–Déjame la cara tal y como está, Iphigénie.

–Como desee, señora.

Observo por última vez mi aterrador reflejo, exhausto, marcado por el agotamiento y el sufrimiento, con la frágil silueta escondida bajo cascadas de seda negra. Es justo lo que necesito para esta mañana.

Cuando cruzo la puerta de mis aposentos, Félix me espera al otro lado, flanqueado por dos de sus soldados, que han tomado el control del palacio a lo largo de la noche, después de que anunciara que el rey había muerto.

Como es obvio, no podía permitir que los hombres que le eran fieles deambularan de aquí para allá, por lo que les ordené que se retiraran a su cuarto el tiempo suficiente para que pudiera identificar y apartar a todos aquellos que, en el pasado, formaron parte de la guardia personal del rey.

–Es la realeza personificada –me halaga Félix.

Con la mano, me invita a seguirlo y advierto, aliviada, que no me ofrece el brazo.

–Su coche la está esperando.

Atravesamos con rápidas zancadas los pasillos de palacio, donde los atareados sirvientes van de un lado para otro sumidos en una cacofonía ensordecedora de tacones que repiquetean sobre el tablero de ajedrez que forman las baldosas del suelo.

Criados a los que no se les ven más que las piernas llevan paquetes con los ramos de flores de la boda, han colgado velos negros sobre los espejos y tablones, y trasladan sillas de una habitación a otra.

–Me he tomado la libertad de informar al administrador del palacio de los fallecidos Luis XXI y Luis XXII, monsieur Marche-Brume, de que debe proceder con los arreglos habituales en estas circunstancias.

Me ha confirmado que pondrá a los guardaespaldas en sus puestos esta tarde, después de estudiar a cada uno de ellos.

Pero mis tropas seguirán colocadas en torno al complejo por precaución.

–Gracias.

Nos abrimos paso entre la multitud de lacayos y doncellas hasta que llegamos a la entrada del palacio.

Advierto la presencia de numerosas cámaras, con los logos de las seis cadenas nacionales y el séptimo canal reservado a la nobleza.

Sus objetivos no me abandonan mientras me cuelo, sin mediar palabra, en la parte trasera de la limusina.

–Buena suerte, señora –me susurra Félix antes de cerrar la puerta.

Enseguida, el coche arranca y un temblor nervioso se apodera de mis dedos, produciéndome descargas eléctricas por la mano herida.

Intento evocar una melodía, como he hecho a menudo estos últimos días, pero no se me ocurre ninguna.

Me da vueltas la cabeza por el cansancio y me dejo caer contra el asiento mientras contemplo la capital.

Aunque el palacio rebosa actividad, la ciudad está vacía, a pesar de la hora tardía.

En algunas mansiones se han colgado telas negras desde las ventanas, pero el resto de los habitantes deben estar todavía dormidos tras las persianas venecianas bajadas después de una larga noche de fiesta. Envidio su descanso e ignorancia.

La comitiva no tarda más de unos minutos en llegar al palacio de la cámara alta, en la isla de la Cité.

Delante de las escaleras, los vehículos forman una larga fila y veo cómo los nobles descienden a toda prisa ante un nuevo grupo de periodistas, esta vez más numeroso.

Mi guardaespaldas recorre la cola de coches hasta llegar a la alfombra roja.

Tomo una amplia bocanada de aire mientras espero a que el conductor me abra la puerta.

Salgo del interior con movimientos lentos y prudentes, hago una pausa calculada ante las cámaras y levanto los ojos hacia la fachada del palacio.

El antiguo nombre del edificio, «Parlamento de París», aún se encuentra grabado con letras doradas en el mármol, un vestigio del siglo pasado.

Entonces, sin dedicarle la mínima atención a los objetivos, camino recta hacia la puerta doble abierta de par en par y el vestíbulo a oscuras.

Apenas he cruzado el umbral cuando un hombre viene a mi encuentro, vestido con un uniforme azul marino, alto, con los ojos claros y el pelo canoso.

Lo reconozco enseguida: Enrique VI, duque de Lorena.

–Alteza –dice, y enseguida me dedica una reverencia–, la acompaño en el sentimiento. Ha sido un shock ... Puede estar segura de que estoy preparado para ayudarla de todas las maneras posibles en esta dolorosa prueba.

–Gracias, señor.

Me ofrece el brazo y vuelvo a sentir la sensación de malestar, sorda y perniciosa. Me abstengo a duras penas de dar un paso atrás, pero mis reticencias no pasan desapercibidas a ojos del duque.

–No se ofenda –trato de justificarme–, pero la última persona que me ofreció el brazo fue mi querido marido. No me atrevo a aceptar el suyo por miedo a que ese preciado recuerdo se desvanezca...

Se lleva la mano al pecho de inmediato y hace una reverencia con el rostro engalanado de una sonrisa cálida y compasiva.

–Lo entiendo, señora. Si le parece bien, sígame.

Adopto su ritmo cuando se dispone a recorrer el pasillo.