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–Exacto. A menos que esté embarazada de un hijo varón.
Una expresión dolorosa pasa, fugaz, por su rostro.
–No sé cómo la van a interrogar los pares del reino –prosigue–.
Ni a usted ni al médico real. Supongo que tendrá que responder a numerosas preguntas sobre las circunstancias de la muerte de su esposo y el descubrimiento de lo que había en el convento.
Imagino que querrán saber si hay posibilidades de que esté embarazada... Pero eso son solo suposiciones mías.
Respira hondo de nuevo.
–Sin embargo, y esta es la razón principal de que me haya presentado aquí esta mañana, debo advertirla de que, si desea mantener su puesto, le espera por delante una batalla política.
Asiento para animarlo a continuar.
–La cámara alta es quien debe designar un regente en nombre del rey Luis XXIII. Todos estos caballeros querrán quedarse con el puesto, comenzando por el portavoz, el duque de Lorena. Seguro que se acuerda de él: era el padrino de Luis XXII, el que pronunció un largo discurso ayer, en su boda.
Asiento. Alto, con el bigote y el pelo canosos, pero lo bastante bien conservado para adivinar en sus facciones los vestigios de una gran belleza, me pareció un hombre afable. Un verdadero político, en definitiva.
–Conozco al duque de Lorena. He oído quejarse a mi padre durante mucho tiempo de su presencia en las papeletas de voto.
Porque Enrique VI, duque de Lorena, al mando del partido conservador mayoritario, Francia Unida, no ha dudado nunca en acumular poder presentándose también a las elecciones de la cámara baja.
–Es con el que más cuidado debe tener –continúa Félix–.
Sin usted, la regencia sería suya automáticamente, ya que cuenta con un apoyo inmenso en la cámara alta, donde es presidente y portavoz del rey desde hace veinte años.
Es poderoso, rico y está rodeado de numerosos aliados importantes tanto en la capital como en la provincia.
Además, es un gran defensor del clero y las buenas costumbres.
El hombre considera que la religión es una herramienta política con la que controlar a las masas y la pondrá al servicio de sus ambiciones si llega al poder.
Trago saliva. Las leyes religiosas son ya bastante estrictas, con la prohibición de cualquier método anticonceptivo o de las relaciones extramatrimoniales. ¿Qué haría para ir aún más lejos?
–Es un tiburón, señora, un tiburón que Luis XXI y después Luis XXII mantuvieron bajo su yugo, pero que ahora mismo cree tener las manos libres.
–¿Piensa que es un peligro para la vida del joven rey si lo encontráramos? –pregunto enseguida, inquieta–. Si el duque de Lorena es tan ambicioso como dice, ¿no se sentirá tentado a matarlo para acceder al trono?
–Ahora mismo, no creo. La situación es demasiado inestable para que desencadene lo que, de manera inevitable, provocaría una guerra de sucesión.
Primero intentará hacerse con la regencia, que pretende atribuirse sin su intervención.
Pero de aquí a unos meses o años, con una posición consolidada, todo es posible.
Es un hombre paciente y calculador, señora.
–Lo entiendo.
–¿Comprende ahora por qué es tan importante que le cortemos el paso, igual que han hecho los dos monarcas anteriores? Es como una garrapata: una vez ocupa un puesto, es muy difícil sacarlo de ahí.
La violencia de su lenguaje me sorprende, e intuyo que este no es el primer enfrentamiento de Félix con el duque.
–Tenemos una oportunidad al estar en posesión del material comprometedor del rey.
Asiento al recordar la sala llena de cintas de vídeo y documentos en el interior del convento.
–Antes de su interrogatorio, debemos comprobar qué imágenes comprometedoras de él tenían Luis XXI y Luis XXII. No nos dejemos engañar: si no cuenta con una manera de presionarle, le arrebatará la regencia con un par de frases ante la cámara alta.
–Me ha quedado claro.
Félix asiente y me sostiene la mirada.
–Sin embargo, no debe perder totalmente su simpatía.
Es él, a través de su red de aliados en la cámara alta y la administración, quien permite reinar a un monarca.
Debemos manio brar de forma hábil y mantener la presión, ofreciéndole a la vez pequeñas recompensas.
Pedirle que cree un gabinete para ejercer el poder, un gabinete del que formará parte, quizá suavice un poco el golpe.
Asiento, admirando el talento estratégico de Félix.
Sin embargo, no tardan en asaltarme las dudas: se apresuró a quemar su propio material comprometedor en cuanto lo tuvo en sus manos.
¿Qué había en esa cinta para que no haya puesto en práctica tanta perspicacia política durante más de dos años?
¿Se trataba de un momento tan inocente como el que compartí con Antoine, pero cuya revelación sería devastadora? ¿O era algo más turbio?
–Sí, habrá que pedirle al duque que forme un gabinete –continúa Félix–, pero con una condición, una sola...
–Su mirada se torna dura–. Que incluya a monsieur de Maintenon.
Lo conozco personalmente y es un hombre muy íntegro.
Lo apartaron mientras yo participaba en Al servicio del rey por haberse atrevido a criticar la decisión de Luis XXI de prolongar la guerra.
Es una persona eficiente y, si le devuelve su honor, se mostrará agradecido y fiel.
–¿Y qué cargo le debería dar, según usted?
–Ministro del Interior. He contado setenta y dos medallones en el tablón de corcho rojo.
Son demasiados como para que solo Grimaux le procurara víctimas a Luis XXII.
Si quiere descubrir a todas las personas implicadas en este asunto, creo que solo De Maintenon podría investigarlo con total objetividad, sin tener en cuenta a amigos y aliados, algo de lo que el duque sería incapaz.
–Lo entiendo. Gracias por sus consejos.
Advierto con interés que no me ha pedido ni el puesto más bajo. Quizá sí que pueda confiar en él... Cojo aire y el edificio gris de la otra orilla del río atrae mi atención una vez más. En este momento, el sol ilumina su fachada desnuda con un intenso brillo.
–Deberíamos ir ahora mismo a buscar el material comprometedor que tiene que ver con el duque –digo con un suspiro–. No nos queda mucho tiempo antes de que tenga que prepararme para enfrentarme a la cámara alta.
Félix me ofrece su brazo y yo coloco una mano en el hueco de su codo. De repente, me sobreviene el vértigo, se me constriñe el pecho y la retiro.
–Señora, ¿va todo bien? –me pregunta de nuevo De la Brivoisière con expresión preocupada.
–Eh...
Pero no logro pronunciar las palabras siguientes.
Me arde la espalda, tengo la boca seca y el brazo que me sigue ofreciendo me produce una extraña sensación nauseabunda.
Se te van a quitar las ganas de que te toque nadie , susurra la voz del monstruo en mi oído.
Tiendo la mano de nuevo hacia Félix, pero mi malestar se acentúa. Retrocedo.
–Deme un minuto.
Corro hacia mi habitación, con sus enormes puertas francesas abiertas.
Está sumida en la penumbra y, a pesar de las cortinas cerradas de la cama con dosel, oigo la respiración lenta de Catherine, una de las internas del convento: después de que Solange la haya liberado de su celda, la desafortunada se ha negado a salir de mis aposentos y se ha quedado dormida de agotamiento.
Trato de ralentizar la respiración, pero esta ligera sensación de pánico no se atenúa.
Algo brilla y capta mi atención. Bajo la suave luz del amanecer, el jarrón en el que he sumergido la grabadora y la película de la cápsula de veneno desprende reflejos iridiscentes.
Ahí siguen las pruebas de mi papel como espía implicada, además, en un regicidio.
Cojo el recipiente lleno de flores. Con lentitud, vuelvo a salir y, ante la mirada de sorpresa de Félix, lo lanzo al río.
La fina porcelana se rompe y las flores blandas flotan durante un momento por el cauce del río antes de desaparecer de mi vista.
–¿Se siente mejor?
–Sí.
Quiero tomarlo del brazo, pero la sensación de opresión me vuelve a constreñir el pecho.
–Vamos –musito al final, dándole la espalda.
Al cruzar las puertas francesas, creo oír la última carcajada de Luis XXII en mis oídos.